2016-08-17

VÍCTOR MORA



Se llamaba Víctor Mora. Tuvo muchas vidas y nos hizo vivir por vida de otros. De sus vidas reales, nos quedamos con su infancia de niño de la guerra exiliado en un campo de concentración francés, su vida en Francia, su contacto entonces con los grandes clásicos del cómic de prensa norteamericano (que, no hace falta decirlo, fueron y aún son los mejores cómics de todos los tiempos), en especial Prince Valiant, que tanto influyó luego en su obra. Esa vida real, en España, y en Bruguera, por si las moscas, le llevó a usar varios seudónimos. Víctor Alcázar el más popular, el que utilizó, quién sabe si con retintín o por obligación, en la mayor parte de su obra, esa que nos hizo vivir por vida de otros otras vidas.

Los hagiógrafos al uso, quizá los mismos que hoy se avergüenzan de términos como "tebeo" o "historieta" dicen siempre que Víctor Mora fue "novelista y guionista de cómics". Creo que fue, antes que nada, guionista. Y que escribió alguna novela (quizá con éxito, no las he leído, no han llegado, me parece, más allá del terruño barcelonés).

Y es que Víctor Mora fue el guionista de tebeos español por antonomasia. El que revolucionó un género, la aventura, y marcó con su impronta los personajes y títulos que vinieron luego. Él mismo, cierto, repitió una y otra vez el esquema que llevó a la perfección. Pero no hubo durante veinte años personaje del tebeo español (o de la tele, ahí está Curro Jiménez, ahí están Los Paladines, ahí está El Ministerio del Tiempo) que no siguiera ese estilo y ese esquema.

Y el esquema era sencillo, y tiene mucho más mérito porque se produjo en una España triste y analfabeta. Un héroe, un forzudo, un adolescente o un comparsa gracioso. Una dama. La tríada de personajes que quizá empezó con Los tres mosqueteros, que ya existía en el cómic español (recordemos El Capitán Misterio del gran Emilio Freixas), e incluso en el cine marcial de la posguerra (Botón de Ancla).

Mora, sin embargo, fue más lejos. Fue, sobre todo, un magnífico contador de historias. Aportó al tebeo español su cultura de lector de tebeos foráneos, su pasión como lector de libros, su ideología política. Y, contra los personajes motivados por la nada o la venganza, fue capaz de mostrar héroes que sonreían. Héroes que derrocaban tiranos, pero también los perdonaban. Historias que se tomaban en serio, pero contenían humor. Y, sobre todo, suspense. Los tebeos apaisados escritos por Víctor Mora son un ejemplo admirable de gradación dramática, desde las llamadas al lector desde las cartelas al estratégico uso de los monólogos y, en especial, el recurso del continuará. Quienes han leído su obra en las reediciones remontadas de los años setenta o después sólo pueden imaginar la tensión de la espera, semana a semana, para saber cómo se resolvía el embrollo de una trama que, pese a su sencillez, era capaz de mantener en vilo a sus seguidores.

El Capitán Trueno es su héroe más emblemático, el personaje que marcó a varias generaciones y que, por aquello de la estulticia editorial, languideció cuando se hicieron cuentas y se advirtió que era más rentable reeditar en color en vez de continuar creando aventuras (y recordemos cómo se ignoraron los derechos de los creadores durante décadas). Pero ahí quedan también El Jabato, El Cosaco Verde, El sheriff King, Galax el Cosmonauta, Ray 25, Sunday, Dany Futuro, Vendaval, El Corsario de Hierro, Tequila Bang, Las crónicas del Sin Nombre y tantos otros.

Víctor Mora no fue solamente un grande. Fue el mejor guionista de tebeos de nuestra historia. Descanse en paz.

Esta bitácora está en stand-by, suspendida sine díe, reposando o quizá simplemente difunta. Durante doce años largos fue mi casa y la de sus lectores, incluidos esos testigos de Jehová molestos que fueron sus trolls. Fue mi pasatiempo y mi obligación. Pontifiqué de lo divino y de lo humano. Escribí de todo y sobre todo de mí. No gané nunca un céntimo y me lo pasé bien. Hasta que me quedé sin cosas que contar, hasta que decidí que empezaba a repetirme. Me busqué sitio en otros sitios donde una frase brillante equivale a un artículo largo y donde, sí, puedo cerrar para siempre la puerta en la cara a esos testigos de Jehová molestos que son los trolls, la gran desventaja de este sistema o quizá de esta plataforma.

No echo en falta esta bitácora: sigue ahí. Se desperezará cuando quiera y volverá a tomarse el café, o quizá no. Lo que estuvo, está.

Ya no sigue. No está operativa. No sigue la crónica del momento ni de las inquietudes que me despierta este momento. No se extrañen, entonces, si no contesto a sus peticiones de reseñas de libros o cómics: nunca lo hice (lo de cumplir las peticiones) cuando era un pasatiempo y una obligación a diario: no lo voy a hacer ahora. Absténganse, pues, de pedirme publicidad o consejo. Mi voz, que nunca llegó a nadie, tampoco va a llegar a nadie ahora.

Buena suerte, en todo caso. Sigo durmiendo.

2016-04-14

LUNA DE DÍA

Me sale al paso esta mañana. Ni las ocho eran. Cruza la avenida y se abre paso entre dos coches. Baja de estatura, morena, bonita. No tendrá ni treinta años. Bien vestida. Lleva un bolso al hombro que, me doy cuenta más tarde, la delata. Tiene un labio partido, un ojo amoratado y medio cerrado, un pómulo hinchado y sangrante. Como en las películas. Me doy cuenta entonces de qué se trata. Me vuelvo a mirarla y veo que se tambalea: todavía debe de tener más marcas por dentro que por fuera. Se pierde pronto, en la calle de Canelo. No sé si sigue hacia su casa o se dirige a mentir a Urgencias.

Imaginen ustedes que se gastan un dineral infame en comprar los derechos de Star Wars para explotarlos en continuaciones y spin-offs.

¿Qué spinoff harían ustedes primero? Evidentemente, uno con un personaje clave y sobre seguro. Pongamos Han Solo.

Pero no, se sacan de la manga un episodio 3,5 a cuenta de una anécdota (lo mismo equivocada de sitio) sobre cómo un comando suicida roba los planos de la primera Estrella de la Muerte.

¿Una jugada peligrosa?

Tal vez no. Porque si la peli se desarrolla en paralelo al episodio IV, da la casualidad de que tiene una protagonista femenina, una chica aguerrida y rebelde que, a lo mejor, es una agente doble desde el principio o acaba pasándose a las filas imperiales.

No puede ser casualidad ni que sea una chica ni que se desarrolle donde se desarrolla, obviamente.

Cada vez tengo más claro que ese episodio 3,5 que es Rogue One va a servir de puente al episodio 8, y que la chica va a ser la madre de Rey y señora de Luke.

Chica que, si es mala, o si se horroriza ella sola de lo que puede hacer un jedi como hizo Kylo Ren, tiene toda la justificación y la lógica del mundo que se pegue un desmarque y abandone a la niña allá en el quinto pinto.

Piensen, piensen. Lo que se van a ahorrar en exposición cuando Luke cuente que es su padre y quién fue su madre... hablando no de un personaje femenino desconocido, sino de alguien a quien hemos conocido apenas un año antes en una película que es mucho más que un relleno.

Luego les cuento por qué Young Han Solo puede ir entre los episodios 8 y 9.

2016-04-07

ELSEWORLDS TONTACOS

Su padre era médico y trabajaba para la Seguridad Social (con un sueldo de la Seguridad Social). Lo mató un yonqui cuando salían del cine de ver una película de Antonio Banderas. Veinte años después, el joven Bruno Díaz se convirtió... en barman.

La vendedora de zapatos, quizá enamorada en silencio, nunca tuvo valor para decirle a Flash que sabía su identidad secreta desde que descubrió que iba a visitarla cada día no precisamente para verla a ella.


Pedrito Parterre era un zoquete que jamás estudiaba. Ni caso hacía a los tíos que lo tenían acogido en casa. Por tanto, no le interesó acudir a la exposición científica. Se libró de que la pipeta de ácido sulfúrico le empeorara el asma, porque experimentos radiactivos, en el barrio del Chicle, como que no.

En el Imperio Skrull (como en el Imperio Skorpi antes) no existe la moda ni está mal visto el adulterio.

El maestro Stick se pilló un rebote, pero su alumno Mateo Mudo pasó de artes marciales y se buscó un buen chollo empresarial. Del dos iguales a telecinco.

Sus compañeros de la Academia Privada para Jóvenes con Talento jamás supieron que el origen de la fortuna de Waldo Warringón III era el sobresueldo que se sacaba cada domingo en misas, procesiones y triduos.


Esteban Trébol gozaba. Gozaba mucho. Pero jamás se le habría pasado por la cabeza que su relación con su secretaria Diana tuviera tintes sadomasos no veía ningún lazo que lo amarrara.

Lilandra Neramani canta "uy uy uy mi gato" en los veranos de Zahara de los Atunes.

Para Esteban Roger, el Spectrum sigue siendo magia futurista.

Víctor von Doom sabe que el segundo apellido de Anakin Skywalker es Avellaneda.

Wilson Fisk juró no volver nunca más a España de vacaciones. No tenía ni puta idea de quién era ese King Africa con el que lo confundía todo el mundo.

Galactus nunca comprendió que lo consideraran el mal definitivo por su hambre cósmica. Total, lo comido por lo servido... Y en el espacio no hay sonido. Ni olor.

En España, antes de perder el pelo e ir a Eurovisión para que le enseñaran a cantar, Reed Richards no fundó un grupo de justicieros, sino un conjunto musico-vocal. Los Tonis.


El maldito pluriempleo, fruto de sus deudas, fue lo que llevó a cruzar de universo continuamente a Joker para hacerse pasar por el Jester...

En los universos superheroicos, al paso que van, lo único que va a ser inevitable son los impuestos.


La gran paradoja es que Magneto aborrece las lentejas.

Para sacar a hacer sus caquitas a Mandíbulas no basta un recogedor o una bolsa de plástico. Escafandra y traje espacial, que nunca se sabe dónde puede acabar la historia.

No, la Academia de Jóvenes Talentos de Carles Xavier no es concertada.


A las reuniones de la comunidad de vecinos del Edificio Baxter no va ni el tato. Por si las moscas.


Los xenobiólogos aún no han decidido si no existe o si siempre es carnaval en el Imperio Skrull.

Refranes como "la suerte de la fea la guapita la desea" son incomprensibles en el Imperio Skrull.


Es imposible copiar en los exámenes de la Academia Privada de Jóvenes Talentos de Carles Xavier.


Hasta que apareció Shang Chi en su vida, Sir Dennis Nayland Smith fue un gran amigo por correspondencia con Carles Xavier.


El príncipe submarino empezó a sospechar si su madre no habría sido un poquito ligera de cascos cuando vio por la tele su primer episodio de Star Trek.


En realidad, Reed Ricards copió la fórmula del tejido de moléculas inestables de ilustres cowboys como Rayo Kid o El llanero solitario. ¡Qué ajustaditos iban!


Se cambió de bando y reorientó su carrera Natacha Romanova cuando comprobó que ninguno de sus maromos conocidos quería ya casarse.


Siempre le reprochó a su padre el hijo del diablo amarillo que no le comprara otro pijama, ni unos zapatos.

Por culpa de su deficiente educación, Esteve Rogers creyó siempre que la A de su cabeza era de "alférez".

Johnny Lengua Viperina descubrió demasiado tarde que "poner verde a Bruce Banner" era otra cosa...

No es que fuera invisible. Es que los tres machistas de sus compañeros de grupo hacían como si no estuviera.

No se entendían Aquaman y el príncipe submarino el borboteo del agua en sus gargantas era indescifrable.

Se ciscaba en su esmerada educación artistocrática, cada vez que tenía ganas de hacer pis el príncipe submarino.

Nunca le valían las excusas a Flash cuando llegaba tarde a casa.


Las noches de frío, cuanto más se tapaba, más se resfriaba el príncipe submarino.


El capitán Esteve Rogers logró que el Pentágono reconociera que no estaba muerto, lerén. Luego demandó las pagas atrasadas y los ascensos en el escalafón. Hoy vive felizmente retirado en Florida, comentando batallitas bélicas con otros ilustres jubilados que sólo miran nenas mientras él las cata.

Al contrario de su primo de la Distinguida Competencia, el Hombre Cosa jamás dijo una palabra más alta que otra.

Cráneo Rojo se pegaba unos sustos de muerte cada vez que se levantaba a hacer pis por las noches.

Pete Pegatodo fue, de jovencito, miembro del partido nazi. Se largó por patas cuando un desafortunado incidente con un tal Barón Zemo hizo peligrar su vida.

Todo le parecía carísimo al capitán Esteve Rogers...

Se le apetecía tanto al príncipe submarino tomarse un filetito de ternera bien caliente...

Carlos Xavier soñaba en secreto con ser Madama Medusa.

En los karaokes del Gran Refugio, todos los inhumanos se retiran de la competición antes de que participe Rayo Negro.

Mucho se frustraba Daniel Rand, rubito y karateca, cuando sus novietas no le dejaban realizar su práctica sexual favorita.

Incapaz de comprender al ser humano, el Todopoderoso no fue capaz de entender tampoco por qué, cuando visitó Sevilla, lo sacaron en procesión.

Internado en la Modelo, condenado por un crimen que no cometió lo suficientemente rápido, Lucas Puig (né Coppola) se ofreció voluntario para un experimento. Escuchar de seguido horas y horas de rumbita catalana lo dejó cataléptico.

Mientras malvivía en los muelles de San Francisco realizando abortos clandestinos a la espera de un barco que lo sacara de la miseria, el doctor Esteban Extraño no podía dejar de envidiar la fortuna que, haciendo lo mismo en Ciudad Gótica, había amasado su compañero de facultad Tomás Guein.

Whatever happened to Dazzler? Poned La Voz Kids, hombre.

Güilson Fik dirige el crimen organizado andaluz bajo el nombre de El Gallo. En la alcaldía de Morón, precisamente.

A punto de entrar en combate en el barranco del Lobo con un mosquetón oxidado y una bayoneta mellada, el sargento Arensivia reprimió dos lágrimas cuando recibió una postal de su primo Nicolás, que emigró a América con sus padres.

Había una vez un Pinguino Chiquitorl, pecadorrr.

Alfredo Penniguorl fue el primer trabajador altamente cualificado en tener un empleo por debajo de su formación.

2016-03-27

HATER (2)

En el fondo, todo hater es un fascista: intenta imponer su gusto a los demás. Como si a los demás, imbécil, nos importasen tus preferencias.


Me llega esta reseña que me hace de pronto viajar en el tiempo y me llena de agradecimiento como autor:

http://hombredetrapo79.blogspot.com.es/2016/03/el-muchacho-inca-rafael-marin-1993.html

2016-03-23

BATMAN Vs SUPERMAN



Desde hace al menos un par de décadas, los cómics de superhéroes se equilibran en una difícil cuerda floja: por un lado, no pueden perder su origen como entretenimiento infantil derivado en diversión adolescente, y por otro intentan convencer de que son también material adulto. En esa disonancia cognitiva nos movemos los lectores y también los creadores, inseguros de cuál es el auténtico target y mediatizados por las cambiantes políticas editoriales, que dejaron de estar en manos de gente del mismo medio para entregarse a emporios comerciales que tienen otros intereses que superan las páginas de los tebeos.

El cine, que tan rápido quema las ruedas del medio que adapta, sufre el mismo problema. No acaba de encontrar el tono para contar en pantalla los saltos, brincos, piruetas, dramas emocionales y acciones heroicas de los enmascarados con capa. Si, además, se trata con iconos (y ya sabemos que un icono, hoy, es esa figura mediática que todo el mundo cree reconocer a primera vista... sin conocerla, sumando a lo que se ve o no se ve en pantalla su concepción previa de cómo debería o no debería verse), el problema aumenta. Los dos grandes de DC, como el grande de Marvel, pertenecen ya a la cultura popular que los identifica, que quisiera verlos de otra forma o a su forma, todo condensado en dos horas o dos horas y pico de metraje. Tiene que haber emoción, pero también reconocimiento. El espectador, lo hemos dicho muchas veces, no tiene por qué venir del mundo del cómic, pero hay que entretener a unos sin descuidar a los otros. No es tarea fácil: cuando las películas salen oscuras, se les critica que son oscuras; cuando las pelis salen naif, por lo contrario.

Batman vs Superman supone, además, la continuación de una película que también recibió (y sigue recibiendo) sus palos y críticas por la actuación final del superhombre de Kripton (lo cual viene a demostrar que espectadores y críticos no comprenden que los cabos sueltos se amarran en continuaciones, como es este caso... o quizás que a modo de no-prize las acciones criticadas se enmiendan en secuelas y segundos actos). Y, si por una parte continúa la historia de Superman, por otra hace borrón y cuenta nueva (pero continúa a su modo) el tono oscuro y terrible de la anterior trilogía del hombre murciélago.

El resultado es una película seria y oscura, quizá la culminación de lo dark & gritty hasta el momento en pantalla (mucho más, quizás, que las entregas de Nolan, aquí productor). Una película que sirve una vez más como catarsis ante el horror que golpeó a la sociedad norteamericana a principios de este siglo y que nos sigue golpeando a todos los que nos alineamos (con justicia) en ese lado: si el trauma de las Torres Gemelas afectó a los medios y no se aireó hasta 2008 con El Caballero Oscuro, esta nueva entrega incide en lo mismo: el miedo ante la destrucción implacable, la indefensión de la cultura ante lo irracional. No es baladí que el retelling de la destrucción causada en Man of Steel remita en planos, fotografía y polvo a la caída del World Trade Center. La película, en el irreal mundo de los superhéroes, tiene entonces una lectura política (y no olvidemos que Superman, es el "alien", o sea, también el extranjero).

Dos horas y pico de metraje, con una larga exposición hasta encontrar el nudo narrativo y la presentación (o re-presentación) de los personajes conocidos y de los nuevos rostros de los personajes que se unen ahora al universo DCinematográfico ejemplifican los juegos malabares que hay que hacer para que las tres o cuatro pistas en acción sigan llamando la atención del espectador. El centro de la película puede ser el juicio popular a la figura de Superman, pero el protagonista que se lleva el gato al agua es Batman, un Batman maduro, desencantado, cruel e implacable, que por fin ha encontrado en Ben Affleck (¿eh, recuerdan? ¡Lo odiaban todos!) su intérprete ideal. Es un Batman que viene de un pasado de dolores (¿Robin ha muerto a manos de Joker?) y que quizá vive al borde del alcoholismo. Rico, casi mesiánico en su misión contra el mesías de Kripton. Con su ramalazo a lo James Bond (¿por qué hay planos del coche y el páramo que recuerdan a Skyfall?), encarna dentro de la pantalla la reacción de los fans de Superman a la muerte de Zod a manos del alter ego de Clark Kent. Batman/Bruce Wayne ve en el chico de rojo, blanco y azul una amenaza, y decide eliminarla.

Ese leit motiv de la película, que en un tebeo se explicaría en dos viñetas, ocupa casi la primera hora y pico de metraje. La pasión del oscuro Dark Knight no encuentra, quizás, reflejo en la dubitativa actitud de Superman, que aunque comparta título con el murciélago es casi un secundario de lujo. La trama política ahoga un tanto al personaje, demostrando tal vez sin advertirlo que, como bien sabemos los lectores de tebeos desde hace décadas, se ha quedado desfasado en el tiempo (bien le dice Perry White que no estamos en 1938); en ese sentido, Batman sí ha sabido evolucionar y encajar a la perfección, tanto en los cómics como en las pantallas, con las nuevas décadas.

Todo el largo preparativo del enfrentamiento anunciado entre los dos héroes tiene detrás, como bien sabíamos todos, la mano negra de un Lex Luthor juvenil, antipático como antipático es su actor, y cuyas motivaciones no quedan demasiado bien explicadas o no tienen demasiada lógica al ser expuestas. La gran batalla entre los dos superhéroes (con autohomenaje a Watchmen y referencia a La Ilíada incluidos) se resuelve bellamente, sí, aunque la escena carezca de la emoción necesaria, pero la inevitable traca final entre los dos personajes más la estrella invitada y la abominación que es Doomsday olvida la lectura política para incidir muy levemente en la mesiánica, destruyendo de nuevo cuanta piedra y cristal se pone por delante (por más que anuncien que la isla donde se enfrentan está desierta). Los lectores de tebeos, por serlo, no encontramos ya sorpresa en la conclusión de la historia.

Zack Snyder dirige con oficio y hasta con delicadeza, estilizando la narración pero incapaz, por motivos de guión, de encontrar más enjundia a las escenas que provocan el estallido del conflicto. Quizás vimos demasiado en los tráilers, y algún momento de flashforward (all pun intended), si no es una alucinación de Bruce Wayne, nos despistan y nos engañan, pero si el futuro es Batman (que recuerda ahí a Blacksad) contra un ejército de nazis seguidores de Superman, quizá sería conveniente saltar ya al futuro y contarlo.

La película pertenece, ya digo, a Ben Affleck. Gal Gadot, encarnando a Wonder Woman, es un agradable contrapunto a los dos colosos, mucho más cuando va de paisana que cuando encarna a la princesa amazona. Junto a los cameos de los otros tres (¿o son cuatro? Miren el cuadro de Lex Luthor) futuros componentes de la Liga de la Justicia, es sorprendente el poder evocador que tiene una simple fotografía para servir como avance de la película de una Wonder Woman que no será (ni es) exactamente como la de los cómics, pero que, al retrasar en el tiempo su aparición en el mundo de los mortales, para así no convertirla en el Capitán América, promete ser cuanto menos interesante.

Cincuenta años leyendo cómics y no nos habíamos dado cuenta de que las madres de ambos superhéroes se llaman de la misma forma...


Se había quedado sin tabaco. Un enfermero le dio un cigarrillo, pero no tenía fuego, así que Alberto se pasó un rato jugueteando con él entre las manos, hasta que se lo guardó en el bolsillo. Nunca le había gustado el olor de los hospitales, y aunque la actividad a estas horas era tranquila y no había el típico bullicio de enfermos quejándose no dejaba de fastidiarle, y de sorprenderle, cómo un acción imprevista podía arruinarte la vida en un abrir y cerrar de ojos.
Volvió a sacar el cigarrillo y se lo metió en la boca, aspirando el tabaco ya humedecido. La culpa era suya, no del bueno para nada de Ricardo Ramos, se acusó. Si le hubiera dicho que no lo acompañaba, seguro que no habría tenido valor para presentarse él solo en aquella corte de los milagros en busca de un cura que se quitó de en medio en cuanto sonó el disparo, antes de que los demás comensales sujetaran al camarada del bigotito de Hitler y alguien menos bebido que el resto le hiciera un apresurado torniquete a Ricardo en la pierna y mandara al maitre, todavía maquillado de betún, a que corriera al teléfono para avisar a la policía y a una ambulancia.
Llegaron casi a la par, como si estuvieran esperando la llamada. La policía, a tomar declaraciones y a detener a quien fuera preciso. La ambulancia, a meter sin miramientos y con mucho esfuerzo al herido en una camilla y a salir pitando hacia el Hospital General. Alberto se había librado de pasarse las horas declarando ante la policía porque en el fondo no había visto nada, ocupado como estaba en llenar de arroz el plato, y fueron los caballeros mutilados y excombatientes quienes prestaron juramento e informaron a los dos números de la Benemérita. Al parecer, hubo acuerdo común de que en una discusión sobre señoras lo último que se saca es una pistola, que era precisamente lo que había hecho el hombrecito del bigote hitleriano. Alberto, que aprovechó la ocasión para meterse en el dos caballos, seguir a la ambulancia y acompañar a su amigo, apenas tuvo tiempo de ver cómo el detenido tiraba de credenciales y se cuadraba de la manera más marcial que le permitía su pierna ortopédica y todo el alcohol trasegado.
Ricardo dormía ahora, cubierto por una sábana hasta el pecho. Parecía tan tranquilo, como si haberle visto los colmillos a la muerte no significara gran cosa para él, así de inconsciente era. Una bala de calibre pequeño, bien lo sabía Alberto, puede matar igual que una nueve milímetros, pero todos los tontos caen de pie y el disparo de la Astra 200 había hecho un destrozo más llamativo que aparente. Esa misma herida en un hombro, como en las películas, habría permitido al muchachito bueno seguir disparando hasta que no quedara nadie en pie. En la vida real, y en la entrepierna, había sido un aguijonazo suficiente para que Ricardo se meara por las patas abajo y perdiera el conocimiento de puro miedo.
Le había tocado a Alberto lidiar con la más fea hasta que apareciera la guapa. El papeleo. Con tal de que su amigo no se muriera desangrado en el pasillo, firmó cualquier cosa. Siendo un día tranquilo, metieron a Ricardo en el quirófano de inmediato y la intervención apenas duró una hora. O la herida era en efecto de poca enjundia, o el cirujano tenía prisa por salir de guardia y ponerle los juguetes a su querida o a sus hijos.
La guapa apareció al filo de la medianoche, cuando lograron localizarla y darle la mala noticia. Charo. Abrió la puerta con precaución, acompañada de una monja de hábitos blancos y cara de Trotaconventos, y ahogó una exclamación de angustia. Alberto no supo si por ver a su marido inconsciente o por encontrarse con que él estaba dentro sentado. Corrió a la vera de Ricardo y se quedó allí plantada, inmóvil y nerviosa, sin saber cómo interpretar aquel silencio de su respiración entrecortada. Alberto se levantó de la silla, se metió de nuevo el cigarrillo en el bolsillo sin darse cuenta de que se le había roto entre las manos mientras la monja, que no sabía nada ni podía sospecharlo, los dejaba a los tres a solas.
––Dicen que no es grave –murmuró Alberto, la garganta seca––. Si no hay complicaciones, se recuperará en un par de semanas.
Charo no se volvió a mirarlo.
––¿Cómo ha sido?
––Una pelea de borrachos. Ya sabes cómo es él. Se enzarzó en una discusión estúpida y han acabado metiéndole un tiro en la ingle. Un poco más y no lo cuenta.
Charo se volvió entonces. En sus ojos oscuros había un brillo de lágrimas que no habían podido escapar de sus párpados cerrados. Hacía calor en la habitación y se quitó el abrigo con un movimiento líquido y felino, como se había quitado la ropa tantas noches para Alberto. Él contempló la boca carnosa, los pechos generosos, el talle estrecho y las caderas amplias que tantas veces habían soportado su peso entusiasmado. A su pesar, notó los principios de una erección. Era mucha mujer, Charo Moreno, demasiada mujer para un inútil como Ricardo, pero lo suficiente, quizá, para que hubiera estado dispuesto a dejarse pegar un tiro defendiendo una honra que durante más de tres años le había pertenecido a Alberto, a quien consideraba, sin serlo, su mejor amigo.
Se miraron a los ojos, sin hacer ningún comentario, compartiendo el pecado mudo que los había amarrado y ahora los obligaba a alejarse como un par de imanes que huyen, rechazados por el mismo polo. Los dos casados, los dos infelices, los dos entregados a una pasión salvaje que pudo haber acabado con ella en la cárcel y con él quién sabía dónde. Cuántas citas a ciegas, cuántos magreos en los cines, en coches prestados, en la redacción vacía que ahora Alberto llenaba alguna que otra noche de mujeres compradas que no borraban su recuerdo, en hoteles de mala muerte donde no miraban los carnets falsos y, ya cuando el frenesí no tuvo remedio, en la propia casa de Charo, mientras Ricardo trataba inútilmente de redactar un artículo o vender un seguro y dejaba vía libre al engaño. Alberto, que había conocido a muchas mujeres, nunca había conocido a una mujer como Charo. Y ella, que sólo había conocido a dos hombres, no había tenido más remedio que elegir al desgraciado que ahora, en la cama, iniciaba un ronquido tranquilo, como de niño pequeño que espera que los Reyes Magos no se olviden de su regalo.
––Hace mucho tiempo que no te veía, Alberto.
––Va para dos años.
––¿Y los niños?
––Bien, bien. El otro día estuve con ellos en el circo, y hoy habría visto la cabalgata de no ser… de no ser por tu marido.
––¿Y tu mujer?
Alberto se encogió de hombros. Charo comprendió. Se sentó en la silla, cruzó las piernas, y Alberto pudo ver una carrera remendada con tino en la media.
––¿Cómo te va a ti?
––Tirando. Madre y esposa de la misma persona. El día menos pensado seré viuda. O cogeré la puerta y me quitaré de en medio.
––¿Tan mal te va?
––¿Cómo quieres que me vaya? Si es que no hace nada a derechas. No tiene constancia, ni suerte, ni empuje. Pajaritos, sólo pajaritos en la cabeza. Se empeña en ser periodista y no sabe hilvanar dos frases que tengan sentido. Cree que vendiendo enciclopedias puerta a puerta, o Magefesas, o seguros, se hará rico y me tratará como a una reina –Charo rió sin humor ninguno––. Y ahora cree que podrá zanjar todas las deudas que tiene encima cobrando una herencia.
––¿Y no es así?
––¡Y yo qué sé! Ricardo ha nacido para ser el primero en creer sus propios embustes. Lleva toda la vida esperando que se le muera un familiar, un tío abuelo por parte de madre, creo, en Alicante. Para heredar unas tierras. Y el tío abuelo se muere hace mes y pico, le salen sobrinos hasta debajo de las piedras, la familia, que es igual de tarada que mi marido, se lía a mamporros, se dicen de todo, buscan a un abogado aunque Ricardo decía que él lo arreglaba todo por su cuenta…
––Pero no lo arregló, claro.
––Ni siquiera en la familia lo esperaban. No aparecen papeles por ninguna parte. Nada que demuestre quién es el propietario real de las tierras.
––¿Para eso buscaba al cura?
––Se le ha metido entre ceja y ceja que el cura sabe dónde están los documentos.
––¿Y es así? Sabes que yo me fío más bien poco de los curas.
––¿Qué más da? El plazo de presentación de alegaciones termina en un par de semanas. Si no, las tierras pasarán al ayuntamiento del pueblo. Y quien sacará tajada será cualquiera menos nosotros. Y ahí lo tienes, en el séptimo cielo. Cuando pueda salir de aquí, será tarde. Pero te juro que no me quedaré a sonarle los mocos esta vez. Antes, me dedico a la vida.
Alberto extendió una mano, tocó brevemente la mano de Charo. Notó poco la descarga eléctrica. Se puso en pie. Recogió el abrigo.
––Vimos al cura en esa fiesta –dijo––. Si Ricardo no hubiera sido tan impetuoso, o no hubiera estado tan bebido, habría podido hablar con él esta misma tarde. En cambio, prefirió arriesgarse a convertirse en eunuco.
––Para lo que le sirve la hombría…
––Vi al cura un momento, en medio del barullo. Pero si está en Colmenar Viejo, y con un nombre como el que tiene… no creo que sea difícil localizarlo. El dos caballos está aparcado ahí abajo, ¿te importa que lo coja?
Charo alzó la cabeza.
––¿Para qué?
––Si el tiempo apremia, puedo ir a hacerle una visita mañana o pasado. Cuando pase la fiesta y deje organizado el trabajo en la redacción.
––¿Lo harías por él?
––No –Alberto sacudió la cabeza––. Lo haría por ti.
Salió de la habitación. Necesitó inspirar profundamente el fresco de la noche para espantar el olor a desinfectantes y el otro olor más doloroso del perfume de Charo. Miró la hora. Las doce y media. Se había perdido la cabalgata, como ya sabía. Entró en el coche aparcado y le costó arrancarlo. Cerraba los ojos y en las retinas sólo veía la boca de Charo, el cuerpo de Charo, las noches con Charo. Ricardo no lo sabía, pero debía a su esposa las copas que Alberto le pagaba, los favores que le hacía, los capotazos que le echaba. Por una sensación de culpa, posiblemente. Porque había traicionado a un amigo y la vida de siete personas había hecho equilibrios en la cuerda del escándalo y las murmuraciones. Nadie tenía derecho a empezar de nuevo. Los errores se soportan o se expían.
Enfiló la Gran Vía arriba. Casi la una. En Galerías Preciados estarían vendiendo de saldo los juguetes que sus hijos no imaginaban que mañana tendrían.

De esta noche, le sorprendía siempre el silencio. Como siguiendo una especie de toque de queda, a pesar de las luces encendidas en las casas, no se escuchaba un alma en todo Madrid, igual que imaginaba que no se escucharía en toda España. Noche de Reyes, pijamas de felpa y niños con los ojos cerrados a la fuerza, intentando conciliar un sueño que no venía mientras los padres, en la habitación de al lado, trataban de no dormirse y esperaban el momento que no llegaba nunca para sacar los juguetes de los diversos escondites que habían repartido por toda la casa.
Siendo la menor de cuatro hermanos, Silvia llegó demasiado tarde al secreto de esta noche. Descubrirlo fue una desilusión inevitable, pero pasajera. Otras desilusiones tardarían mucho más tiempo en borrarse, si es que lo hacían alguna vez. Recordaba las miradas de complicidad de Juan Carlos, de José Antonio, de Ramiro, y la exquisita parsimonia con que sus padres, cuando ambos vivían, la enviaban a la cama después de obligarla a cepillarse bien los dientes y rezar tres avemarías. Luego, aquel suplicio del frío bajo las mantas, los crujidos de la casa, a veces la lluvia y una vez la nieve contra las ventanas, roces minúsculos que en cualquier otra noche no le habrían llamado la atención y que sin embargo esa noche resonaban como cañonazos y la mantenían despierta y nerviosa. Siempre flotaba aquella amenaza que no entendía del todo: los Reyes no vendrían si los esperaba despierta, o si se asomaba a verlos, a pesar de que ya se habían dejado ver en la cabalgata y un par de veces, en el Casino, habían acudido a regalar a los hijos de los socios algún juguete como adelanto.
Pero no había más remedio que intentar dormir. Se cubría la cabeza con las mantas cuando no lo conseguía, y al amanecer era la primera en la casa que salía al encuentro con la sorpresa esperada. Llegó a pensar que los Reyes debían ser tan ancianos que no sabían leer ya muy bien, porque aunque siempre le traían aquellas cosas que pedía, nunca faltaba algo que no había pedido, y que acababa por encandilarla. A menudo Silvia se preguntaba dónde estaban ahora aquellos Reyes, dónde estaba ahora aquella niña.
Doña Pilar la estaba esperando, como ya sabía. El servicio se había retirado. Ninguno de sus hermanos vivía ya en casa: Juan Carlos trabajaba en un bufete a caballo entre Madrid y Barcelona; iba a hacerse de oro pero al coste de una úlcera, pero era el camino inevitable si quería algún día un escaño en las Cortes. José Antonio estaba trabajando con Lucio Costa en la construcción de Brasilia, y Ramiro, consagrado a la carrera militar, el único que había seguido los pasos de su padre, estaba destinado en la base aérea de Zaragoza, jugando con los modelos a escala real de las maquetas que todavía adornaban su cuarto y que, hasta anteayer mismo, tal noche como hoy, componían su propia lista de regalos.
Un beso en la mejilla de su madre, las preguntas de rigor (“¿Has cenado? ¿Quieres que te prepare algo?”, “No, déjalo mamá, ya me hago yo misma un bocadillo”) y un rato delante del televisor, esa caja mágica que había sustituido en la familia las voces mágicas de la radio. Decían que era el aparato del futuro, que ya había más de cincuenta mil casas con sus receptores de importación, pero de momento a Silvia no le atraía demasiado el invento, quizá porque prefería las pantallas enormes del cine, o porque las horas de emisión eran tan escasas que siempre la pillaban a trasmano. Su madre, sin embargo, se pasaba las horas allí delante, como si estuviera dispuesta a entablar una conversación de un momento a otro con Matías Prats o con Mario Cabré. Tanto mejor. El sonido algo estridente de la pantallita en blanco y negro disimulaba los silencios que se habían abierto entre ambas.
París les había traído un distanciamiento inevitable. Fue la negación de todo en lo que Silvia había creído, el despertar a un mundo adulto que esgrimía las creencias según le convinieran en el momento. Silvia no había podido hacer nada al respecto, y en el fondo hasta lo agradecía. Pero aquella decisión tomada en su favor, sin su conocimiento ni, quizá, su consentimiento, había abierto una brecha infranqueable con su madre. Doña Pilar ya no le había vuelto a preguntar, como hacía casi con ternura cada vez que la telefoneaba algún chico o asistían juntas al cine o al teatro, cuándo la iba a hacer abuela, pese a su juventud, ya que sus tres hermanos no parecían por la labor. Los hombres, ya se saben, pueden casarse tarde. Las mujeres, en cambio, se quedan para vestir santos. No había vuelto a preguntarlo: tuvo la oportunidad, aunque fuera forzada, y prefirió el borrón y cuenta nueva a la vergüenza o la desgracia de por vida. Y no se enteró nadie.
Sobre la mesa, el ABC de ayer, el chiste de Mingote recortado que doña Pilar seguía coleccionando por inercia, porque ya lo coleccionaba en vida su marido. El artículo en primera de Gironella, declarando que aún creía en los Reyes Magos. Silvia se fue a la cama pensando que por desgracia ella no creía ya en esas historias, como había dejado de creer ya en tantas otras. Mañana, al amanecer, no tan temprano como antaño, las dos mujeres solas de la casa se intercambiarían regalos: un collar, un reloj, una blusa, un pañuelo, quizá, ahora que Silvia había tomado la decisión de seguir escribiendo, una estilográfica. No habría sorpresas. Ni tampoco cariño. Ese puente se había roto en París, en la clínica.
Como en los viejos tiempos de la infancia, a Silvia le costó trabajo conciliar el sueño. Pero no por ilusión hacia lo que pudiera traerle el día de mañana, sino por todo lo contrario.






La tasca de Curro Tarantos era un tugurio de suelo de serrín y barra de caoba negra, un territorio mínimo salpicado de mesas de mármol gastadas por el roce de las fichas de dominó y los golpes acumulados de cientos de botellas y de vasos. La cabeza disecada de un toro enorme, bobalicón y astifino, colgaba sobre el espejo que se extendía de una parte a otra de la barra, entre barriles de amontillado, banderines del Betis y el Rayo Vallecano, catavinos y botellas de Centenario Terry, manzanilla La Gitana y Cara de Gallo, anís Machaquito y fino La Ina. Una pata de jamón abierta esperaba el cuchillo en un rincón, rodeada de un rosario de chorizos de Cantimpalo y morcón de Chiclana.
Alberto se sentó en una de las mesas, debajo de un retrato de Antonio Bienvenida y Ernesto Hemingway, y por matar el tiempo mientras Ricardo Ramos llegaba pidió una cerveza Cruz Blanca que Curro Tarantos, antiguo matarife en su Albacete natal, le trajo acompañada de un platillo de aceitunas. El dueño de la tasca ni se llamaba Curro ni se apellidaba Tarantos, hasta hacía cuatro o cinco años había acarreado mármol en la obra del Valle de los Caídos, y decía tener una visión comercial del mundo que provocaba la guasa de la clientela: según él, la visión de España del capital extranjero (y ahí tenía colgadas las fotos de clientes como Orson Welles, Errol Flynn, Frank Sinatra y Cary Grant para recordarlo) era flamenco y toros. Por eso se hacía pasar por andaluz, y mal no le iba el negocio, aunque a pesar de los rostros ilustres y algo achispados de las fotos en blanco y negro de las paredes, estropeadas a veces por el garabato de una firma temblorosa después de un exceso de copas y de cantes, la mayoría de los clientes eran gente del barrio o, como mucho, los monosabios y personal de la plaza de toros que estaba a dos pasos.
––¿Cómo va la crónica de esa España negra, don Alberto? –le preguntó Curro mientras con una mano limpiaba la mesa y con la otra hacía equilibrios con la cerveza y las aceitunas.
––Vamos tirando.
––Mientras no se nos convierta en una España rosa…
––Todo se andará, Curro. Ya no quedan hombres de pelo en pecho.
––Diga usted que sí. Antes, con una buena navaja de las de mi pueblo se resolvían los asuntos de honor. Y ahora todo el mundo tira de pistola o de veneno. No sé dónde vamos a parar.
––Al caos, Curro. Al caos vamos.
Con una sonrisa, Curro Tarantos se retiró tras la barra, tras apuntar meticuloso con tiza la cuenta en la madera negra. Alberto picó dos aceitunas, fuertes y agrias, dio un sorbo a la cerveza. No se sentía cómodo. Debía ser cosa del frío, esa extraña inquietud que se le había metido en el cuerpo en Stalingrado y que lo acechaba todavía algunas veces, como un presentimiento de líos por venir. Tenía demasiada experiencia en la crónica de sucesos, en esa España negra que encandilaba al hombre tras la barra como encandilaba por igual a las ancianas y las porteras, como para temer, más que desear, tener entre manos un caso importante. Que Ceballos no hubiera llamado ya para informar de alguna migaja era sintomático: el chapero muerto era una cosa que podría pasar censura si se utilizaba un vocabulario decididamente oscuro y se daba al tema el conveniente matiz condenatorio. Pero un señorón del Opus ahorcado en la puerta de al lado, con los pantalones bajados y la lengua más flácida que la minga, era algo que se iba a tener que comer con patatas. Aunque hubiera un reportaje que pudiera dejar en pañales a los grandes titulares de El Caso. Compadeció un instante a Josete Guillén, que ahora estaría intentando encontrar el rastro de aquella lotera fantasma que todos decían haber visto, aunque nadie declaraba haber sido agraciado por sus billetes premiados.
Miró la hora. Ricardo Ramos se retrasaba. El frío de la cerveza no hizo ningún bien a su sensación de inquietud. Encontrarse ahora con Ricardo Ramos, con el inútil de Ricardo Ramos, no era lo que más se le apetecía en el mundo. Pero estaba en deuda con él, no lo podía evitar. Lo llevaba a sus espaldas como una penitencia, una cruz camino del Calvario. Ricardo Ramos, tan inútil, tan poquita cosa, tan lleno de grandes ideales y tan dado a los grandes abatimientos. Entrado en kilos, apocado, con el pelo cada vez más escaso. No servía para periodista, no tenía madera, ni la ilusión, ni el ansia; no daba la talla: cometía faltas de ortografía que los linotipistas tenían que corregir con gran cabreo y que él defendía excusando que el tarado que puso las “b” al lado de las “v” en los teclados no entendía ni palabra de español, aunque eso no le libraba de las veces que se comía las haches. Eran incontables las ocasiones en que había que pararle los pies cuando indagaba en un caso y acusaba sin pruebas o metía en líos con la madán a quien sólo había sido testigo casual de un marido maltratador o un butrón a media noche. Siempre andaba a la cuarta pregunta, sableando aquí y allá, dejando a deber las copas en baretos como éste, intentando cobrar electrodomésticos a plazos en visitas puerta a puerta cuando salía de la redacción, demasiado pusilánime para insistir en los pagos y a la vez demasiado gallito para no darse cuenta de cuándo no podía exigir que le atendieran por derecho. Mal perdedor en el mus, forofo del Barcelona en un Madrid donde eso suponía un pecado aún mayor que confesar que habías combatido con los republicanos, era capaz de emborracharse como una cuba a la segunda copa y quedar en evidencia convertido en un pelele y sin embargo tenía sueños de grandeza, ganas de vivir a todo tren, de pasar las vacaciones en Biarritz o Estoril, como las grandes fortunas que admiraba. Podría haber inspirado ternura de no ser tan cargante. Y sin embargo Alberto se desvivía por él. Uno de los grandes misterios de la humanidad era, para él, intentar comprender qué había visto en Ricardo una mujer como Charo.
Llegó a la tasca de Curro Tarantos con tres cuartos de hora de retraso, sudoroso y arrugado, empapado, con los pocos pelos que le quedaban convertidos en un nido aplastado contra la coronilla.
––Un sol y sombra, Currito, anda, que estoy helado.
––Marchando.
Se sentó frente a Alberto, tiritando. Picó la aceituna que quedaba en el platillo y apuró de dos tragos el combinado de coñac y anís que le trajo en seguida el camarero.
––Apúntalo a mi cuenta, ¿quieres, Curro?
––Deja, deja, yo lo pago –intervino rápidamente Alberto, antes de que el otro pusiera mala cara––. Vienes hecho una pena, Ricardo. ¿Dónde te has metido?
––Pinché una rueda y he pasado un quinario para cambiarla: se me jodió el gato. Y encima estaba cayendo el diluvio. Suerte que me ayudó una patrulla de la Guardia Civil de tráfico.
––¿Y te han dejado conducir, en el estado en que vienes? ¿Cuánto has bebido, Ricardo?
El hombre se encogió de hombros, como si no llevara la cuenta o Alberto le estuviera haciendo una pregunta sin sentido.
–– ¿Lo has traído? –preguntó, ansioso, mientras hacía un gesto a Curro para que le sirviera un nuevo sol y sombra. Alberto negó con la cabeza y Curro Tarantos, en contra de sus intereses, le hizo caso.
––No salgo de casa sin él –respondió Alberto, palpándose el bolsillo interior de la chaqueta.
––Pues entonces, vamos.
Alberto pagó la cuenta, se puso el abrigo, esperó mientras Ricardo salía tambaleándose del retrete hediondo. En la calle, mientras se arrebujaban en las bufandas, Alberto tuvo que esperar a que el otro periodista acabara de rebuscar en todos los bolsillos de la gabardina, la chaqueta y los pantalones las llaves del coche, un viejo dos caballos de segunda o tercera mano que se caía en pedazos y que, cuando por fin logró arrancar, escupió una perla negra que fue marcando el rastro por toda la calle.
––Me han dicho que está ahí. En la celebración. El cura que busco –murmuró Ricardo, agarrado al volante con las dos manos y encogido hacia adelante. Alberto tuvo la impresión de que no llegaba del todo a los pedales de puro incómodo dentro del vehículo.
––¿El que se vino de Alicante con los papeles que buscas?
––Ese mismo. Si no se los trajo él, debe saber quién los tiene.
–– ¿Y seguro que sabes adónde vamos?
––Seguro. ¿Por qué lo dices?
––Porque ya hemos pasado dos veces por el mismo sitio, por eso lo digo.
El sentido de la dirección de Ricardo Ramos, se demostró en seguida, estaba a la par de su olfato periodístico. Y de sus dotes de automovilista: Fangio no tenía de qué preocuparse en ese aspecto. Pero por fin, después de dos giros en falso, un semáforo que se saltó en rojo, otro donde se gripó el coche y un momento en el que estuvo a punto de comerse el arcén al calcular mal un giro del volante, llegaron a su destino, un gran restaurante en las afueras de Madrid, especializado en bodas, bautizos y comuniones, algo desangelado y hostil, mitad cortijo mitad casa de campo, un híbrido entre castellano y andaluz. Alberto pensó que quizá Curro Tarantos no andaba descaminado del todo en su apreciación de cuál era la España que los esperaba en el futuro.
Había casi un centenar de coches aparcados en el inmenso terraplén que rodeaba el restaurante, clavados en el barro todavía húmedo tras los días de lluvia. Cuando el motor del dos caballos se detuvo, y Alberto esperó que no fuera por última vez o les esperaba un regreso peliagudo, pudieron escuchar la algarabía de cientos de voces y risas, un estrépito de músicas y vajillas y brindis.
––Mmm, huele bien, y tengo hambre. ¿Escuchas eso? Parece que se están divirtiendo, tus antiguos camaradas –comentó Ricardo, mientras realizaba una maniobra de torsión para salir del coche y trataba, sin éxito, de no hundir los zapatos en el barro.
––Sabía que en la División estuvimos más de cuarenta mil hombres, pero que todos estén aquí hoy es ridículo –dijo Alberto, señalando la proliferación de coches y reparando en que también había dos autobuses en otro lado del aparcamiento.
––¿Tú no sueles venir a estas cosas?
––Yo pegué ya los tiros cuando había que pegarlos.
Cruzaron la explanada y llegaron a la puerta del local. Un par de hombres los detuvieron en la puerta. Vestían uniformes de camarero como si fueran combatientes de las Waffen-SS.
––¿Vienen ustedes a alguno de los dos bautizos? ¿O a la celebración de los yanquis?
––¿Los yanquis?
––Un puñado de americanos de Torrejón de Ardoz. Civiles. Están celebrando el aniversario de las ocho horas laborales y el salario mínimo que estableció un tal Henry Ford.
––Estos americanos, siempre tan adelantados a todo. No, nosotros venimos a lo de la División, ¿verdad, Alberto?
Alberto asintió, sacó el ajado carnet de la División Azul y lo mostró a los dos camareros de uniforme. Como si le hubiera entregado un papel sucio, el camarero miró a Alberto de arriba a abajo. Luego miró a Ricardo, fijándose especialmente en sus extremidades. Cuando pareció cerciorarse de que ambos tenían dos brazos y dos piernas cada uno, cayó en la cuenta.
––Ah, comprendo. Lo siento.
––Pueden ustedes pasar –dijo el otro camarero, extendiendo la palma de una mano enguantada de blanco––. Son veinte duros cada uno.
––¿Pero es que hay que pagar también ahora? Mire que nosotros pagamos la cuota religiosamente todos los meses –mintió Ricardo.
––Es una contribución voluntaria para los huérfanos. Lo dice muy claro la invitación. Que no han traído ustedes, caballeros. Pero si quieren pasar, ya saben… Alberto recogió el carnet, sacó la cartera, contó dos billetes de veinte duros y los tendió al camarero mientras Ricardo se empinaba sobre sus talones y se hacía el tonto o pensaba que, dado su estado más que achispado, quedaba libre del pago.
El interior del restaurante imitaba el claustro de un convento, pero los decoradores incorporados más tarde no habían podido evitar añadir elementos de folklore, un par de vírgenes en mosaico, una reja andaluza algo incongruente allí dentro y una imitación de un pozo con brocal que servía para acceder al sótano donde se mantenían las botellas al fresco. Como contrapunto, una especie de todo vale de la decoración contemporánea, había arcones y sillas de tijera pegadas a las paredes e imitando el estilo castellano recio, envejecidas de manera burda con capas de nogalina.
Cuando entraron en el salón asignado, justo cuando la bofetada de sonido se hizo más fuerte, Alberto reparó en el enorme retrato de Millán Astray que presidía la mesa.
––¿Tú estás seguro, Ricardo, de que esto es un banquete de veteranos de la División Azul?
––Es lo que me dijeron por teléfono. ¿Por…?
––Porque la Legión es una cosa, la División Azul es otra… y esto lo que parece es la corte de los milagros.
Disimulando su sorpresa, Ricardo Ramos comprobó que en efecto a ambos lados de la larga mesa había sentados medio centenar de hombres, algunos con el uniforme de la Legión, otros de paisano, algún que otro marino o con porte militar que no ocultaban los kilos y los años de abandono. A uno le faltaba un ojo, a otro, la pierna. El de más allá tenía amputados los dos brazos y había también un par de hombres sin orejas. Una nariz de cuero negro, como de carnaval, cubría la cara de un hombre delgado y cadavérico. Bajo el retrato de Millán Astray, fallecido hacía cinco años, una banda de seda rojigualda anunciaba la IX Reunión de Miembros del Benemérito Cuerpo de Caballeros Mutilados de Guerra por la Patria. No había ningún cura por ninguna parte.
––Lo mismo es que, como fue capillán castrense, para estas cosas viste de paisano –comentó Ricardo, cruzando el espacio que los separaba de la mesa y ocupando el único sitio libre que quedaba junto a un hombrecillo pequeño con cara de ratón y bigotillo al estilo de Hitler.
––Llegan un poco tarde, ¿no? –se quejó.
––No puedes imaginarte cómo está el tráfico, camarada. ¿Quieres correrte un poquito?
Con expresión de fastidio, el hombrecito se corrió. Alberto, al ocupar el sitio estrecho que le quedaba, comprobó que tenía una pierna de madera. El caballero mutilado que tenía en frente lucía una mano metálica, pero la dominaba con tal perfección que no tenía ningún problema para coger el vaso y llevárselo a los labios. Restos de pollo y arroz cubrían su plato.
––Acabamos de llegar y no hemos comido –le dijo a un camarero que procedía a retirar los platos.
––Pues estamos retirando ya.
––Eso ya lo veo. Pero quedará algo, ¿no?
––No lo sé. Me han dado orden de retirar los platos.
El camarero se dio la vuelta, y Alberto lo siguió con la mirada, boquiabierto, hasta encontrarse con la mirada del hombrecito del bigote hitleriano y la cara de ratón, que los escudriñaba como lo habían hecho los dos ujieres de uniforme en la puerta. Y ahora comprendió que el ex combatiente, como los camareros de la entrada, estaban buscando sus propias mutilaciones que no saltaban a la vista.
––¿En qué cuerpo servisteis vosotros, camaradas? –le preguntó a Ricardo, que acababa de servirse un vaso de clarete en un vaso, sin importarle si tenía dueño o si estaba limpio––. Nunca os he visto antes en una de estas comidas de hermanamiento, y eso es raro.
––¿Raro? ¿Qué quieres decir con raro? ¿Raro por qué?
––Pues que nos he visto ningún año que hemos celebrado el banquete, y yo he asistido a todos, menos a uno, que tuve que operarme de una fistula.
––Pues seguro que en ese fue cuando estuvimos. Somos divisionarios. Mi amigo estuvo en Stalingrado. Yo en la Escuadrilla Azul, al mando del mariscal Wolfram Von Richtofen.
––¿Aviador? ¿Con ese tamaño?
––¿Qué pasa, que del partido nazi sólo te fijaste en Hitler, camarada? Más kilos que yo tenía Göring y llegó a ministro del aire.
Se volvió hacia Alberto para que corroborara su mentira y sacara al menos el carnet de divisionario, pero Alberto, incómodo y fuera de lugar, se había vuelto a insistirle al camarero, que retiraba los platos con parsimonia británica.
––Le habrán dicho que retire los platos porque aquí todo el mundo ha terminado, pero nosotros acabamos de llegar y no hemos probado bocado. Con la hora que es, no nos irá a dejar sin comer, ¿no?
––Yo no decido esas cosas. Tendrá que hablar con el encargado. Mi turno termina dentro de cinco minutos y todavía tengo que recoger los Reyes del SEPU.
––Pues dígame a mí, que me esperan mis tres hijos para ir a la cabalgata.
––¿Tres hijos tiene usted, caballero? Pero serán mayores, ¿no?
–– ¿Por qué van a ser mayores? El mayor tiene todavía siete años.
––Usted disculpe, señor. Puesto que no salta a la vista, había pensado que su mutilación de guerra…
––¿Qué pasa, que no me cree? –a la derecha de Alberto, enfrentado al hombrecito de cara de ratón, Ricardo levantó la voz––. ¿Le he pedido yo a usted acaso credenciales de cómo y por qué está mutilado? ¿Cómo sé que no lo atropelló un tranvía en vez de un obús en Belchite? ¿O le voy a tener que enseñar mi carnet de la Escuadrilla azul?
––Pues sería un buen principio.
–– ¿Es que no se fía usted de mi palabra, caballero?
––No, no me fío. Por no llevar, no lleva usted ni medallas ni sombrero.
––Tranquilo, Ricardo –calmó Alberto––. Voy a ver si consigo que nos pongan de comer aunque sea un piscolabis –se volvió hacia el camarero––. ¿Dónde puedo encontrar al encargado?
––En esa habitación de ahí.
––Voy a ver. Deja de discutir con este caballero, Ricardo, y pregunta a ver si el cura de marras está por alguna parte, que te conozco.
Sin saber si renquear o meterse una mano en el bolsillo para que no lo miraran todos con mala cara, Alberto se levantó y se encaminó hacia la habitación de puertas abatibles que le había señalado el camarero. El murmullo de las conversaciones de la sala, esa mezcla de recuerdos de hechos de armas, canciones marciales, chistes picantes y denuncias de conspiraciones judeo-masónicas y desprecios al amigo americano que celebraba el peculiar socialismo de Henry Ford en la sala de al lado se perdió enseguida cuando entró en la habitación, un anexo dedicado a almacenar y fregar platos. Un tipo alto y delgado, chulesco, con chaleco de rayas y medallón de somelier fumaba un cigarrillo con la parsimonia de Marlene Dietrich.
–– ¿Es usted el maitre?
––Sí. Aquí no se puede entrar.
––Estoy en el banquete de… de los caballeros mutilados –ahora sí se metió la mano en el bolsillo, por si acaso––. Acabamos de llegar. Y están retirando los platos.
––Así es. Hace un rato que se sirvió el café.
––Pero es que ni mi amigo ni yo hemos comido.
––Hay un horario que cumplir, señor, y ustedes han llegado tarde. Lo siento mucho, pero ya hemos retirado el servicio y estamos esperando que lleguen las pelucas y las capas.
–– ¿Cómo dice?
––De los Reyes Magos. En ese bautizo de ahí a lado hay un montón de niños. Primos y hermanos del recién cristianado. No han podido ver la cabalgata, por motivos obvios, pero como los padres son señores de posibles, han organizado una entrega de juguetes aquí mismo. Yo voy a ser Baltasar.
––Pues si trae usted regalos a los niños buenos, recuerde que serán adultos el día de mañana. Como yo mismo. Y no he comido. ¿De verdad que no queda ni siquiera para un bocadillo?
––Como no vaya usted a la cocina…
––De su parte. ¿Dónde está?
––Siga por este pasillo. Una puerta blanca con un ojo de buey.
––No sabrá usted cuál de todos esos caballeros será cura, ¿verdad?
––Me temo que no: todos han comido con la misma ansia.
Alberto echó una mirada hacia atrás. Ricardo Ramos se había puesto en pie y agitaba su cartera ante el hombrecito del bigote a lo Adolfo Hitler. El otro, tan gallito como él, aunque medía la mitad, hacía gestos de desprecio. Durante un momento, Alberto estuvo tentado de darse media vuelta, coger a su amigo por el cogote y arrastrarlo hasta el dos caballos y volverse a Madrid. Pero la broma le había costado ya cuarenta duros, tenía hambre, y seguían sin localizar al sacerdote castrense. Como vio que otros dos caballeros mutilados se levantaban y trataban de sosegar los ánimos, decidió que las aguas iban a volver a su cauce sin necesitar su ayuda. Enfiló el pasillo mientras el maitre empezaba a pintarse la cara de betún.
Llamó a la puerta de la cocina con un par de golpecitos. Sin esperar respuesta, abrió y entró. El interior era un caos de fogones a medio apagar, humo, olores variados, ruido de cacerolas y camareros que iban y venían de un lado a otro y cocineros pidiendo especias y pinches equivocándose al traerlas.
––Aquí no se puede entrar –dijo una mujer gruesa, madura, con un delantal blanco salpicado de amarillo azafrán y una redecilla en el pelo.
––Verá, señora, estoy en el banquete de los caballeros mutilados –ahora no se metió la mano en el bolsillo––, y nos han retirado ya el servicio.
––¿Cómo dice?
––Que estoy en el banquete de aquel salón y nos han retirado los platos, pero ni mi camarada ni yo hemos comido. ¿Pueden servirnos algo? Lo que sea.
––¿Y qué quiere que yo le haga? Si comen ustedes como limas. Han acabado con todo.
––Algo quedará, mujer.
La jefa de cocina señaló unas bandejas apartadas junto al fregadero, no muy lejos de los cubos de basura. Una de ellas contenía al menos el equivalente a dos raciones de arroz con pollo y la otra los restos de una tarta imperial que no había tocado nadie.
––Es lo que queda. Lo íbamos a tirar, pero si lo quiere, puede llevárselo.
Hijo de una España que no hacía remilgos a la calidad de la comida, sobreviviente de dos guerras y una larga década de carestía, Alberto sirvió dos platos de arroz, los colocó en una bandeja recién fregada, apiló los restos de tarta imperial y, tras dar las gracias a la mujer, que se había olvidado de él ya, se dio media vuelta y recorrió de nuevo el pasillo hasta el anexo donde el rey Baltasar estaba asomado al salón.
––Me parece que a estos tipos los reyes de verdad les van a poner carbón esta noche –comentó, señalando con una mano enguantada de seda negra.
––¡Le digo, cabronazo, que no es Silvana Mangano! ¡Es mi señora y se merece un respeto!
Alberto reconoció la voz borracha de Ricardo Ramos antes de asomarse detrás del maitre pintado de betún. Fue entonces cuando supo que no tendría que haber confiado en la capacidad de contención de su amigo. A pesar de que dos caballeros mutilados trataban de impedírselo, Ricardo descargaba un mamporro tras otro contra la cara del hombrecito del bigote, al que tenía dominado contra la mesa, entre un gran revuelo de platos que caían y vasos que saltaban hechos añicos.
El hombrecito quedó despatarrado, agitando levemente al aire una de sus piernas, quizás la ortopédica. Muy ufano, Ricardo se separó dos pasos, se quitó de encima a los otros dos hombres que en vano habían intentado sujetarlo, se alisó la chaqueta y recogió del caos de la mesa la cartera.
––Ale, ya está bien. Asunto zanjado. Esa foto es de mi señora y soy piloto de avión, coronel de zapadores, maquinista de la Renfe y lo que me salga de los cojones. Habrase visto. A lo que íbamos, señores. ¿Hay por aquí un cura, un tal don Remigio, de Alicante, que ahora está en Alarcón?
Hubo un momento de estupor que Alberto aprovechó para volver al salón cargando la bandeja, aunque se le había quitado de repente el apetito.
––¿Un sacerdote, por favor, camaradas? ¿Don Remigio?
––¡Yo te voy a dar a ti sacerdote, hijo de puta!
Todavía desmoronado contra la mesa, en mitad del revuelto de sobras y manchado de vino y arroz, el hombrecito del bigote a lo Adolfo Hitler se incorporó como pudo. Tenía la cara hinchada y amoratada por los golpes de Ricardo, un ojo medio cerrado y le sangraba un labio. En su mano brillaba algo plateado, más grande que una navaja, más pequeña que una pitillera.
El disparo de la Astra 200 se confundió con los gritos de advertencia y con el champán que los americanos descorchaban en recuerdo de Henry Ford. Ricardo se llevó una mano a la ingle, como si de pronto le hubieran dado una patada en sus partes, y la retiró cubierta de dolor y rojo. Antes de que el hombrecillo del bigote de Hitler tuviera oportunidad de disparar por segunda vez, su camarada más sobrio, el del guantelete de metal, le arrancó la pistola de un manotazo.
Ricardo se desplomó de rodillas en el suelo, manchada la entrepierna de sangre y orines. Alberto soltó la bandeja, corrió a su lado y apenas tuvo tiempo de escucharlo murmurar, la voz pastosa, los pelos escasos aplastados contra la coronilla:
––No creí que una pistolita tan pequeña pudiera hacer tanto daño.




Alberto sabía que la policía tenía que andar echando chispas. Dos asesinatos en puertas contiguas, en fiestas señaladas, en un país donde estas cosas no sucedían más que de higos a brevas y sólo en ciertos segmentos de la población: entre vagos, maleantes, rojos, chaperos, quinquis, mercheros y otras gentes de mal vivir. El muchacho de la barra de hierro en el culo sin duda encajaba en el grupo, pero el hombre elegante del anillo de oro quizás no. Con un Jarabo en la historia, lo sabía bien, había más que suficiente: el chivo expiatorio ideal para que los de abajo no se supieran solos al acecho de las maldades del mundo, y para que los de arriba pudieran decir después, sacando pecho, que la justicia era ciega e implacable y que no distinguía de dineros cuando el grado de los crímenes exigía una retribución inmediata.
Y eso sería lo que le estaba quemando ahora mismo a Ceballos y a su equipo, la búsqueda del móvil de aquel doble crimen, la posibilidad de desentrañar una telaraña de vicios y corruptelas que podría traducirse lo mismo en un ascenso que en una reprimenda. Alberto García era perro viejo en el oficio y conocía al dedillo los flecos que tenías que recortar para llegar adonde fuera en busca de un artículo o en busca de un cabeza de turco si eras policía. Había que andar con pies de plomo, en ambos casos porque quienes tenías por encima querían soluciones rápidas, que no hicieran mucho escándalo o que levantaran sólo la polvareda justa para que pudiera publicarse sin tener que soportar los tijeretazos inmisericordes de la censura.
Con todo, en cuatro días, pese al fin de semana, Ceballos había tenido tiempo de averiguar cosas. Y, en ese caso, de llamarlo y darle un par de ideas para redactar el artículo y crear esa curiosidad inquieta que era la razón de ser del semanario. No lo había hecho, lo que quería decir que estaba en albis, más despistado que un esquimal en el Sáhara, o que el curso de la investigación le impedía ponerse en contacto con él y darle, aunque fuera con cuentagotas, esas perlas de información que luego Alberto y los hombres como él convertían en puras pepitas de oro impresas en papel de pulpa.
Llamó tres veces más a la comisaría, en intervalos de media hora, pero el teniente no estaba, ni pudieron decirle dónde había ido, ni en qué ambientes se movía. Josete, con un suspiro, se echó el abrigo encima de la chaqueta de cuadros (y el abrigo no era precisamente poco llamativo tampoco) y se fue a Cuchilleros, donde la gente insistía que rondaba una lotera fantasma. Silvia se quedó encargada de hacer media docena de copias de aquel sorprendente boceto suyo, y aunque no pareció muy conforme, aceptó que, siendo el día que era, Alberto se la quitara de encima hasta el miércoles, cuando por fin pudieran dejar atrás las fiestas y España volviera a la normalidad, y fue el propio Alberto quien, haciendo de tripas corazón, decidió que si Mahoma no iba a la montaña habría que darle la vuelta a la tortilla.
Miró la hora. Las dos menos cuarto. Había quedado con Ricardo Ramos a las tres, en Las Ventas. Maldita la gracia que le hacía tener que esperar a aquel bueno para nada. Pero estaba en deuda con él, en más de un sentido, y ya se había comprometido a acompañarlo. Con suerte, a las cuatro habrían localizado a aquel cura que buscaba y podría volver corriendo, aunque fuera en taxi, para acompañar a los niños y a Inés para ver la cabalgata. Lo mismo el cohete espacial merecía la pena y todo. Si no, el miércoles podría reírse un rato a costa de Josete Guillén y sus paranoias.
Compró un bocadillo de calamares en el bar de la esquina y se lo fue comiendo por el camino, acompañado de un quinto de cerveza que estaba tan fría que le lastimó la garganta. A pesar del frío, quizás porque ya no llovía, la gente había salido a las calles y caminaba presa de un extraño frenesí, entrando y saliendo de los comercios, cargados con paquetes donde podía verse sin demasiados problemas las carabinas de juguete de los niños y las escobas de verdad para las niñas. Terminado el recogimiento del día de Nochebuena y la Misa del Gallo, terminada también la algarabía de la llegada del nuevo año, la gente se zambullía en la Noche de Reyes invirtiendo los pocos ahorros en comprar el cariño de sus hijos. Luego, cuando la cuesta de Enero se hiciera inexpugnable, Dios proveería.
La joyería de Pablo Esteve estaba de bote en bote. Como si, en vez de vender alhajas, las regalaran. Pablo, pequeño, de piernas pequeñas y torso alargado, con su rostro de niño grande y sus ojos celestes de no haber roto nunca un plato, atendía a la clientela con esa parsimonia exquisita de quien sabe que muestra tesoros que no están al alcance de cualquiera. Su hermana Remedios, también pequeña, redonda y mojigata, atendía en el otro mostrador, mientras que el tercer hermano, Antonio Manuel, grande y peludo, con su diente de oro y su tupé teñido de color caoba, parecía fuera de sitio en el negocio familiar, como si prefiriera estar en otra parte, escuchando unos tientos de flamenco o jugándose los ingresos de la joyería en una timba de cartas.
Pablo Esteve mostraba un paño con sortijas a un par de viejas beatas, como el prestidigitador que está a punto de sacar una moneda de entre los dedos para hacerla desaparecer con un chasquido. A pesar del aspecto inofensivo de las dos mujeres, no les quitaba ojo de encima, como tampoco se lo quitaba al joven matrimonio que buscaba unos pendientes de primera para una sobrina recién nacida ni a la demás gente que guardaba cola en la puerta. Fue ver a Alberto y su rostro se desencajó un instante, con un tic involuntario que le hizo temblar la mejilla.
––Don Alberto… ––murmuró, mientras ofrecía un camafeo de plata a una de las ancianas––. En mal momento me pilla usted.
––No va mal el negocio hoy, por lo que veo –dijo Alberto, paseando la mirada por la docena de parroquianos que, al ver que iniciaba una conversación con el platero, le dejaron sitio. Un escalofrío malicioso le hizo comprender que los clientes habían creído que era policía.
––Vamos tirando. Ya sabe usted que cuando no se sabe qué regalar, se recurre a nosotros. Galerías Preciados habrá terminado con todos sus juguetes a las seis de la tarde. A nosotros nos dará aquí la medianoche.
––Venía a hacerte una consulta, Pablo. Si no te importa, por supuesto. Puedo volver en otro momento en que estés menos apurado.
Pablo Esteve cruzó una mirada rápida con su hermana.
––Antonio Manuel, encárgate tú, ¿quieres?
El tercer hermano se separó de la pared y ocupó el puesto del pequeño jefe del clan, quien por si acaso retiró el paño con las sortijas y lo colocó, con esmero, bajo el mostrador transparente de caoba. Luego, Pablo recorrió un par de metros y abrió hacia arriba una parte del mostrador, permitiendo el paso al periodista.
Entraron los dos en la trastienda del negocio, una cueva de Ali-Babá con todo tipo de cachivaches, desde despertadores a armas antiguas, pasando por abrigos, zapatos, libros y cualquier otra cosa que la gente pudiera empeñar para salir de apuros. Las joyas y demás bienes valiosos estaban a buen recaudo, en la caja fuerte oculta detrás de algún cuadro. Los crímenes de Jarabo habían puesto en alerta al sector, y si Pablo Esteve miraba ya bastante por su mercancía ahora lo hacía con más ahínco. Era un hombre escrupuloso que no se fiaba ni de su sombra.
––Usted dirá, don Alberto.
––Me sabe mal molestarte un día como hoy, Pablo. De verdad. Con todo el follón que tienes ahí liado…
––Peor será a partir de las siete de la tarde, cuando termine de pasar la cabalgata. Y dentro de una semana.
––¿Dentro de una semana?
––Cuando la gente que reciba estos regalos venga a cambiarlos por su importe o a empeñarlos directamente –se encogió de hombros el joyero––. Gajes del oficio.
––O ganancia –sonrió Alberto, y encendió un Bisonte––. Me preguntaba si, con tu experiencia, podrías echarme una mano en un artículo que me tiene a mal traer.
––Ya hace tiempo que no me ocupo de esas cosas, don Alberto. No quiero más líos con la policía. Todo lo que vendo y compro es legal, usted lo sabe.
––Tranquilo, hombre, tranquilo. No es nada de lo que imaginas. Ya sé que estás limpio de polvo y paja –mintió Alberto, y rebuscó en el bolsillo interior del abrigo para sacar la fotografía––. Pero necesito de tu experiencia en un asunto.
Alberto le mostró la foto. Indeciso, Pablo Esteve la cogió, la acercó a un foco de luz, se puso unas gafas para el cerca y estudió el primer plano de las manos atadas. Si dedujo por su cuenta que eran las manos de un cadáver, no dijo nada.
––Ese anillo parece caro –dijo Alberto, recalcando lo obvio.
––Un sello caro, sí. Pero no es de mi casa.
––Mucha casualidad sería si lo fuese, Pablo. Pero verás, lo que me llama la atención es esto que se ve aquí –señaló con el dedo la foto––. Parece que tiene un grabado, ¿no?
––Sí. Eso parece.
––¿Podrías identificar las letras? ¿Son unas iniciales, una leyenda, una fecha?
Como si en vez de tener una foto en blanco y negro entre las manos tuviera una joya que hubiera que tasar, Pablo Esteve se llevó al ojo una lupa de joyero y observó con detenimiento el detalle que el periodista le indicaba.
––No. No son unas iniciales. Ni una leyenda. Ni una fecha.
––¿Entonces…?
Pablo Esteve se dio media vuelta, rebuscó en un cajón y sacó unos papeles de cebolla. Encontró el que buscaba y se lo mostró a Alberto: un dibujo sencillo, una cruz latina dentro de un círculo.
––Es un dibujo como éste. El anillo no es mío. Pero esto es lo que se ve tan malamente en la foto. Es un anillo de fidelidad, don Alberto. No hay dos iguales, pero muchos llevan dentro este grabado.
Alberto asintió. Supo inmediatamente lo que significaba. Y supo ya, desde ese instante, que su investigación estaba condenada a complicarse.
––El dueño de este anillo –sentenció el joyero, devolviéndole la foto y guardándose la lupa— no sólo es un caballero de posibles. También pertenece a la Obra.



Si hay algo peor que un lunes de trabajo, es cuando ese lunes de trabajo es además el primer lunes del año, la indicación de que el espejismo de la navidad y los deseos de cambio han sido flor de invierno. De mala gana, tras una noche de mal dormir y discusiones conyugales, Alberto entró en la redacción y, al escuchar tan fuerte la radio, supo que el Ogro no estaba. Como el locutor indicaba el final de una huelga general, comprendió que no hablaba de España, y cuando nombró a los barbudos que seguían pegando tiros en Santo Espíritu, donde se habían atrincherado los últimos reductos del antiguo régimen mientras un tal doctor Urrutia llegaba a la capital para ser presidente del país, ya supo que hablaban de Cuba.
Se quitó el abrigo y la bufanda, se sopló las manos y sacudió la cabeza. Fidel Castro. Nadie tenía claro a qué atenerse con aquel hombre. ¿Un héroe, un villano, un patriota, un aprovechado? El tiempo lo diría. Urrutia, eso estaba claro, iba a durar menos que un pirulí en la puerta de un colegio. Un hombre de paja de Fidel, lo mismo que Batista lo había sido de los puñeteros yanquis.
Molesto por el zumbido de la voz del locutor, bajó el volumen de la radio. Casi inmediatamente, del cuarto de baño, salió Josete Guillén, todavía vestido como un colegial con su pajarita y su chaqueta de cuadros a pesar de sus treinta años largos. A sus espaldas, en la redacción lo llamaban Jaime Olsen. Algo engreído, de movimientos muy veloces, Josete Guillén se las daba de conquistador, y hasta fardaba de haber pasado una noche loca con Ava Gardner. Como medio Madrid, por otra parte. A Alberto le hacía gracia, y como había visto en persona a la Gardner un par de veces, con Mario Cabré y con Dominguín, una vez en Lardis y otra en Chicote, tenía muy claro que Josete exageraba de algo imposible de cerciorar, o que la actriz iba más cocida que de costumbre, cosa que siempre entraba dentro del reino de lo probable.
—Vaya, ahora que iban a hablar de los sputniks vas y me apagas la radio.
—No la he apagado. Están diciendo que va a llover. ¿Dónde está todo el mundo?
—A mí que me registren. El Ogro está en Barcelona. Para lo del premio Nadal. Dice que lo va a ganar una amiga suya y quiere estar mañana presente.
—Si el premio es mañana, ¿cómo sabe lo que ha ganado una amiga suya?
—Porque para eso es el Ogro y tiene sus contactos. Marchena vino, cogió dos recados y se fue corriendo a no sé qué de un robo con escalo en Fuencarral. Matías llamó, que tiene gripe. Huertos llamó que está investigando el caso de la lotera fantasma, y Rubio dice que le sentó mal la cena de anoche y que se va de vareta por culpa de unos mejillones.
—Pues anda que está bien el panorama.
—Tú y yo solos vigilando el fuerte.
—¿No ha llamado Libélula?
—Sí, me olvidaba. Que tiene que ir con su madre a comprar los reyes. O que le faltaban los reyes de su madre. Algo así. Antúnez salió con la moto a recoger algo que tenía que enviar. Unas fotos, seguro.
—Unas fotos, claro. ¿Silvia no ha llamado?
—¿Quién es Silvia? ¿Uno de tus ligues? Te recuerdo que estás casado, Alberto. A cadena perpetua, macho.
—Menos lobos que a ti te gusta una falda más que a mí, Josete. Mi pupila.
—¿Te duele un ojo?
—No el que te va a doler a ti, gracioso. El Ogro me la ha encasquetado. Le tengo que enseñar a ser periodista de sucesos.
—Te acompaño en el sentimiento.
—Bah. La chica vale. ¿Algo en el teletipo que merezca la pena? ¿Han llamado Ceballos o algún otro de la madán?
—La madán estará hoy como para llamarnos a nosotros. Tienen Madrid tomado, por eso de la cabalgata. ¿Has visto las carrozas que tienen preparadas para esta noche?
—A ver si te vas a creer que soy Eugenio. Si las carrozas son esta noche, ¿cómo quieres que las haya visto, alma de cántaro?
Josete sonrió con picardía, se sentó en una de las mesas, hizo un gesto para acomodarse las mangas de la chaqueta de cuadros y silbó entre dientes. Los tenía demasiado separados, pero no le faltaba ningún hueso.
—Uno, que tiene sus contactos también, no te vayan a creer. Hay unas cuantas aparcadas en un bajo de La Castellana, y como saqué al guardia en un artículo, me dejó verlas. Hay una alucinante. ¡Un cohete espacial! ¿Qué te parece?
Alberto se sentó tras su escritorio, le quitó la funda a la máquina, rebuscó entre el puñado de papeles y repasó por dónde había dejado sin terminar los artículos en curso. No fue capaz de aclararse.
—¿Es que me tiene que parecer algo?
—¡Pero si es el tema de moda, Alberto, hombre!
—¿Qué tiene que ver un cohete espacial con los Reyes Magos? ¿Me lo explicas? Al paso que vamos, en las carrozas acabará saliendo ese gordo barbudo del pijama rojo. Papá Noel.
—Santa Claus.
—¿Le han cambiado el nombre?
—Es como lo llaman los yanquis.
—Puñeteros yanquis –rezongó Alberto, e introdujo un folio en blanco en el carro de la máquina—. Quién les habrá dado vela en este entierro.
—Son los dueños del mundo. Como antes lo fueron los alemanes. Y lo mismo mañana lo son los rusos. ¿Sabes qué hacen por la fiesta de Todos los Santos?
—Comerán pavo. Y yo qué sé, Josete. ¿Se matan unos a otros?
—El pavo lo comen en noviembre. En Acción de Gracias. En Todos los Santos, me lo ha contado un compadre que trabaja en Torrejón, disfrazan a los niños de vampiros y los mandan a pedir caramelos.
—Será que se han quedado sin chicle. Tontos del culo, ya te digo. Menos mal que esas cosas nunca las veremos aquí.
—Cualquiera sabe. Ahora todo el mundo quiere fumar rubio, beber Coca Cola y usar camisas “Ike”. No hablemos ya del whisky.
—El whisky lo inventó un escocés, listo.
—Me da igual. Tengo que hablar con el jefe cuando vuelva de Barcelona. Quiero hacer una serie de artículos sobre el tema.
—¿Sobre los niños vampiros? –preguntó Alberto, arrancando la hoja en blanco de la máquina sin haber tecleado ni una línea. Josete estaba especializado en tocar temas extraños y algo esotéricos, desde rituales en cementerios a manchas en la pared con la cara de María Goretti o Fray Escoba, pero a él ese tipo de periodismo no le hacía la menor gracia.
—No, hombre. La carrera espacial. Los rusos colocaron aquella perrita en órbita, ¿lo recuerdas? Y ahora los americanos están acojonados, no vaya a ser que los puedan bombardear impunemente con sus naves en órbita.
—¿Los rusos van a bombardear con perros a los americanos?
—No, joder, que no te enteras de nada. Estamos a las puertas de un nuevo tipo de guerra. La guerra espacial, ahí queda eso. Rusos y americanos partiéndose los morros encima de nuestras cabezas. ¿Cómo te quedas? ¿Qué pasará con las naves derribadas? Caerán en cualquier sitio. ¡Nadie estará a salvo!
—A ver, Josete, que tengo cosas que hacer y no me concentro contigo dando la alarma. ¿Vas decirme de una puñetera vez adónde quieres ir a parar?
—Me han dicho que ya no estás con lo de Jarabo.
—No –gruñó Alberto—. Ya no estoy con lo de Jarabo.
—Pues ya somos dos. Llegamos los últimos a la cola. Necesito ayuda para proponerle al jefe una serie de artículos sobre la próxima guerra espacial. Es algo que me apetece hacer. Todo documentado y científico, ¿eh? Con entrevistas a expertos en el tema. Pero no lo veo muy receptivo.
—Pues insístele.
—Pero es que me pone nervioso, Alberto. Lo veo allí, jugueteando con la pistola, y me dan ganas de hacérmelo encima. Valoro mucho mi vida.
—Una cosa es que se entretenga pegando tiros a la pared, y otra cosa es que le pegue un tiro a un periodista. No lo ha hecho todavía, creo.
—No quisiera ser el primero. Mira, tú tienes mano con él. Combatisteis juntos en lo de la División Azul y yo…
—Combatí yo. A él lo devolvieron a casa más amarillo que un chino.
—Es igual. Sois viejos camaradas. A ti te tiene respeto y si me apoyas…
—No.
—¿Por qué no?
—Porque todo este asunto me parece una chorrada monumental, Josete. Por eso. Deja de escuchar esos seriales de Diego Valor y dedícate a otra cosa, anda.
Josete, picado, fue a replicar cuando sucedieron dos cosas al mismo tiempo. Una muchacha rubia y elegante, con un abrigo blanco y los ojos muy verdes, entró en la redacción. Y sonó el teléfono.





Llegó a casa oliendo a tabaco y a sudor ajenos. Todavía no le llegaba la camisa al cuerpo, pero es que no podía evitar ponerse nervioso cuando estaba delante de ellos. La policía tenía una forma especial de mirarlo y de tratarlo, haciendo que se sintiera culpable de pecados que no se atrevía a cometer ni siquiera en su imaginación.
Doña Obdulia lo esperaba. Preocupada, como siempre, un abrazo y un beso que olían a pan y a colonia de niño pequeño.
—Me tenías ya asustada, Juanito, hijo.
—Por Dios, mamá, que ni siquiera son las nueve de la noche.
—Pero es que hace tanto frío en la calle…
—Tranquila, mamá, tranquila. Además, ¿qué me iba a poder pasar? Si he estado toda la tarde con la policía, precisamente.
—¿Con la policía, hijo?
—Con la policía, sí. Pero tranquila, que es por cosas de trabajo.
—Ay, hijo mío… ¡Si te viera tu padre que en gloria esté! ¡Con lo bien que te podrías ganar la vida haciendo fotos en bautizos y comuniones! ¡Pero no! ¡El niño quiere ser periodista!
—Reportero, mamá. Reportero.
Entró en el cuarto de baño, se lavó la cara, las manos, dos veces. Aquel olor pegajoso a sudor de policía no se le iba de encima. Era como si aún lo estuvieran interrogando, tratando de hacerle desdecirse de lo que ya les había dicho. Y siempre las miradas, las risitas, las insinuaciones. Y no, no quería ganarse la vida haciendo fotos insulsas de niños insulsos, pero cada vez le hastiaba más hurgar en las entrañas de los muertos. Otro tipo de fotografía, otra manera de expresar su sensibilidad artística, de demostrar su valía y hacerle ver a aquellos chulos que se podía reflejar la vida sin creer que toda la vida es una mierda…
—Llamó Rosita –dijo doña Obdulia desde el otro lado de la puerta—. Que la llames para quedar mañana. Que tenéis que dar un paseo por el Retiro.
—Sí, mamá. En cuanto pueda la llamo.
—Ay, Juanito. No la dejes escapar, que es buena niña.
—Se hace lo que se puede, mamá.
—Tienes la sopa en la mesa. ¿Te preparo un vermut, hijo?
—Lo que tú quieras, mamá.
Tomó la sopa con la mirada perdida, imaginándose en otros mundos donde el encuentro con un agente del orden supusiera la seguridad de saber que eras tú el protegido. Y donde no hubiera que esconder las fotos de tu trabajo entre los pechos de una mujer.
—Me voy a revelar, madre. No entres en el cuarto oscuro.
—¿He entrado alguna vez, so tonto?
—Por si acaso te lo recuerdo. Tú sigue escuchando la radio, anda. He pedido que pongan una canción de Machín para ti. Un besito, guapísima. Buenas noches.
Se despidió de la anciana con un abrazo y entró en el cuartito repleto de material fotográfico. Se subió las mangas, sacó del bolsillo del pantalón los tres carretes de fotos. Todavía olían a Silvia, aquel perfume caro y a la vez sencillo, a la intimidad del contacto con su cuerpo.
Apagó la luz. Se olvidó del mundo. A solas con el fruto de su trabajo, el horror de la muerte se fue convirtiendo poco a poco en la maravilla de la ciencia, y luego en el asombro del arte.
Flotando en la disolución, en un mar de sales de plata, el cadáver del ahorcado parecía cobrar nueva vida: los ojos que se abrían, la boca que mostraba la lengua, el anillo de oro que brillaba como un relámpago en la noche.




La salida del circo se diferencia sólo en un par de detalles de la salida de cualquier otro espectáculo. Al contrario que el fútbol o los toros, donde la expresión del público que vuelve a casa está en relación directa con el marcador o el lucimiento en la faena de los diestros, el público del circo, porque es menos exigente, o más ingenuo, o no se juega su orgullo, deja atrás la carpa con una sonrisa de satisfacción. Eso notó Silvia Velázquez en el gesto de los padres, considerada misión cumplida el sacrificio económico hecho por los hijos, y sobre todo en el brillo de los ojos de los niños, que se arrebujaban en los abrigos y las bufandas y no dejaban de reír todavía las gracias de los payasos Emy, Gothy y Cañamón, que sonreían boquiabiertos en los carteles de entrada, y las monerías del chimpaché Mister Charly y las perritas futbolistas de Nellos. La gente desalojaba el local, un circo estable como no había otro circo en el mundo, y se perdía en la noche de enero, de vuelta a la vida normal. Una patrulla de motoristas de la Guardia Civil escoltaba a un enorme coche negro que aceleraba ante el pasmo de los asistentes: algún pez gordo del gobierno acababa de asistir con ellos al espectáculo. Franco, no. A Franco, no le gustaba el circo.
Le costó trabajo reconocerlo. Llevaba a un niño pequeño de la mano, y a una niña en brazos. Era la cabeza de la niña, apoyada contra la cara, lo que le impidió identificarlo a primera vista. Un tercer niño, algo más mayor que los otros dos, sujetaba la mano del niño más pequeño, formando una cadena con el padre: Alberto. Silvia esperó a que cambiara el semáforo y entonces cruzó la calle para abordarlo.
––¡El mejor de todos era Cañamón! –gritaba el niño más pequeño, indicando con la cabeza la efigie de chapa del payaso que colgaba sobre el arco de entrada––. ¡Ese! ¡Ese es el mío! Papá, ¿verdad que Cañamón era el más gracioso de los tres?
––Pues claro.
––¿Ves como sí?
––Pero los tres tenían gracia.
––Yo quiero un perrito futbolista –dijo la niña, melosa––. ¿Me traerán los reyes un perrito?
––Para perritos estamos, hija. Además, a mí a quien me ha gustado más es Gitta Morelly, la contorsionista. ¿Verdad, Pablo? Era guapa, ¿eh?
El niño mayor sonrió con picardía, como si fuera capaz de entender un asunto solo de hombres, un secreto en el que todavía no podía entrar el hermano pequeño, ni mucho menos su melliza. Alberto se detuvo en la acera, el tiempo suficiente para recordar a Juanito que no se soltara, y entonces vio acercarse a Silvia.
––¿Y tú qué haces aquí? –preguntó, advirtiendo por el rabillo del ojo que los tres niños miraban con curiosidad a la muchacha.
––Sabía que ibas a venir al circo. Llamé a tu casa y tu mujer me confirmó la hora. Hasta me dio los números de las localidades.
––Ya. A última hora decidió quedarse en casa –contestó Alberto, evasivo––. Pero repito la pregunta: ¿qué haces aquí?
Silvia miró a los tres niños. Vaciló un instante.
––Me temo que la cosa se haya complicado. ¿Dónde podemos hablar?
––Íbamos a tomar unas porras con chocolate allí a aquella cafetería de la esquina. Aprovechemos que ahora el semáforo en verde. Se me está durmiendo el brazo de cargar con la niña.
Cruzaron a la carrera, entre risas de los niños y el pitido impaciente del taxi que tuvo que esperar a que terminaran de pasar. La cafetería estaba a rebosar, gente que salía del circo Price con la misma idea que ellos, pero tuvieron suerte y encontraron pronto una mesa libre. Ayudó un poco que Alberto fuera más rápido que la pareja de jóvenes que esperaba antes que ellos.
Los niños no dejaron de alborotar hasta que el camarero, un hombre mayor y canoso, vestido impecablemente con su chaquetilla blanca y su pajarita negra, les tomó nota. Chocolate con churros para ellos, un café con leche para Silvia, un café solo para Alberto. En compañía de los críos, Alberto era consciente de que tendría que pasarse sin la copita de Soberano que le ayudaba a espantar todo tipo de fríos. Durante la espera, Alberto presentó a los niños a Silvia: Pablito, el mayor, y los mellizos Juan y Clara. Los niños la miraron con descaro y curiosidad, pero les llamaba más la atención la brillante cafetera Victoria Arduino, de latón y bronce, que emitía todo tipo de sonidos y tenía más palancas y contadores que una locomotora.
Mientras los niños devoraban los churros y señalaban las bolas de navidad y la nieve falsa que decoraba el interior del escaparate, Alberto se sacó del abrigo tres tebeos apaisados: uno de Roberto Alcázar y Pedrín, otro de El Capitán Trueno, para los dos niños, y otro de Azucena para la pequeña.
––Dice que no sabe si ser periodista o princesa –se excusó, señalando el tebeo de hadas romántico––. Espero que para cuando sea mayor se le hayan quitado de la cabeza las dos cosas. Cuéntame.
––Fuimos al… lugar de autos. Como habíamos convenido. Hoy a mediodía. Juanito y yo.
––Ese Juanito es Libélula, ¿verdad, papá? ––interrumpió la niña––. Dile que me tiene que hacer las fotos que me prometió.
––Ya se lo recordaré. Ahora calla y lee.
––Conseguimos camelar al portero y entramos en el piso de al lado. Ya sabes, para maquillar la noticia.
––En eso habíamos quedado, sí. ¿Y qué más?
––Pues que encontramos un… un “inquilino” inesperado en esa otra casa.
Alberto, incómodo, alzó una ceja.
––¿Un inquilino?
––Digamos que de un árbol de navidad colgaba una bola pelada… sólo que no había ningún árbol.
Alberto reaccionó con rapidez. Se puso en pie.
––Este café está frío. Voy a pedir que me lo recalienten. ¿Queréis más churros, niños?
El aplauso de los tres chiquillos fue unánime.
––Voy a pedirlos directamente en la barra. Así tardaremos menos. ¿Tu café está también tibio, Silvia?
––No como a mí me gusta. Te acompaño.
En la barra circular, a salvo de los oídos curiosos de los tres críos, entre el estrépito de los platos, el burbujeo del aceite donde se freían los churros y los alaridos de la máquina de café expresso, Silvia pudo contar con más detalle lo sucedido.
––El piso estaba precintado por la policía, como ya esperábamos. Averiguamos el nombre del chico muerto. Estudiante, según parece. Nada dado a los escándalos. O, al menos, discreto. Cuando convencimos al portero para tomar fotos de la otra habitación para hacer un montaje y colarlo como si fuera el de verdad, nos encontramos con un tipo ahorcado.
––Joder. Y luego la policía querrá colgarse medallas.
––Hay más, espera: los dos pisos están comunicados.
––¿Como las bibliotecas de los folletines de misterio? –bromeó Alberto mientras encendía un cigarrillo y pedía a un camarero joven una nueva ración de churros.
––No vi ningún libro en ninguno de los dos pisos. La puerta solo se podía abrir desde un lado, y en la habitación de José Luis…
––¿José Luis?
––Así se llama el chico asesinado. José Luis Cascales. El segundo apellido es más dudoso.
––Habrá que investigarlo. Sigue.
––En la habitación de José Luis no se nota que las dos casas están conectadas. Lo disimula el papel pintado.
––O sea, que tenían montado el lugar ideal para tener citas discretas, ¿no?
––No tan discretas, si ponían la radio a todo volumen.
––Pasión española, no importa el sexo, en cualquier caso. Cada uno entra por una puerta, y luego pinto pinto gorgorito, en tu cama o en la mía… Lo tenía bien montado el tal José Luis, qué cabrón. Una pena que al final algún cliente le saliera rana.
––¿Estás seguro de que sería un cliente?
––Estoy dispuesto a escuchar cualquier elucubración por tu parte, patito. Eres tú quien sueña con ser Agatha Christie.
––¿Recuerdas las marcas que vimos en el respaldo de la silla? ¿Las losas rotas del suelo?
––¿Ese detalle que saltaba a la vista y que por tu imprudencia consiguió que Ceballos nos pusiera de patitas en la calle? Lo recuerdo. Como para olvidarlo.
––Creo que a este otro cadáver, al ahorcado, lo ataron a esa silla y luego lo obligaron a presenciar cómo torturaban al muchacho.
––Ya sé que es mucha coincidencia encontrarse a dos fiambres en dos casas al mismo tiempo, ¿pero algún detalle más de esos que luego sirven para rellenar páginas y páginas en las novelas de misterio? Te advierto que el asesino no siempre es el mayordomo. Ni el portero.
––El chaval estaba atado a la cama con alambres.
––Y ensartado como un pollo de esos con los que sueña Carpanta. Sigue.
––El ahorcado tenía las manos atadas a la espalda con alambre también. Y los pantalones bajados. Creo que quien mató al chico luego arrastró al hombre al otro cuarto y lo ahorcó.
––O lo ahorcaron. Para asesinar a dos personas, y sobre todo para izar a otra hasta el techo hace falta una fuerza descomunal. O más de un hombre.
––Eso pensamos, sí. La cosa pinta sórdida.
––Y tanto. Joder, ya estoy viendo los titulares. Si nos dejaran publicarlos, claro. ¿Y por qué no? Es un barrio del extrarradio. Todo son putas y gente recién llegada del pueblo, todavía con el pelo de la dehesa y los trabucos del abuelo bandolero. La España negra. Esas cosas pasan. Un chapero descarriado, quien mal anda mal acaba… Sí, le podríamos dar un tono moralista y lo mismo se la colamos a la censura. El chaval era rubito, podemos decir que se sospecha que era extranjero. Americano.
––Hay un problema.
––Me lo temía.
––El tipo que colgaba… el segundo muerto. Dice Libélula que la ropa era de paño bueno. De sastre caro.
––No me jodas.
––Llevaba puesto un anillo de oro. De los que cuestan muchos duros.
––No nos va a valer entonces la excusa de un crimen lumpen, mierda. Bueno, los ricos también matan. Ahí tienes a Jarabo. ¿Sacasteis fotos?
––Libélula no perdió detalle.
––¿Y os dio mucho la lata la madán?
––Cuatro horas y pico declarando. Y sin que hubiéramos almorzado. Menos mal que nos vieron la cara de inocentes y no nos han hecho pasar la noche en el calabozo.
––¿No os quitaron las fotos? A Ceballos no se le escapa una, y como te pille entre ojos…
––Tu amigo Ceballos se encargó de abrirle las dos cámaras a Libélula y allí mismo le veló los dos carretes.
––Suerte tuvo de que no se las rompiera. En el fondo, les habéis hecho quedar como tontos. Sigue así, patito. Te auguro un paso muy fugaz por el periodismo de sucesos. No puedes escribir con la pasma en contra.
––Libélula fue más listo que ellos y consiguió salvar los carretes. Les dio el cambiazo.
––No me digas. ¿Y qué hizo con los verdaderos?
––Los escondí yo.
––No me puedo imaginar dónde.
––Pues no imagines. Ahora estará revelando las fotos. Lo mismo alguna sirve para ser publicada. Unas tiras negras que tapen lo más fuerte… pintarle un pantalón encima de las piernas desnudas… vosotros sabréis más que yo de esas cosas.
––Joder –suspiró Alberto, aplastando el cigarrillo a medio fumar y recogiendo la taza de café hirviendo y el nuevo plato de churros––. Con lo sencillo que es un robo con escalo, un atraco a mano armada, una riña de familias enfrentadas… Esas cosas se publican sin problemas. Historias de mariposones y torturas… Nos va a costar la misma vida llevar este caso adelante. Y a Ceballos no le va a hacer puñetera la gracia que publiquemos unas fotos que cree que ha destruido. En fin, se hará lo que se pueda. Esa es la sal de este negocio. Y ahora chitón, que los niños están al quite y saben más que los ratones coloraos. El lunes en la redacción nos vemos. Dile a Libélula que lleve las fotos, a ver qué le parece todo el asunto al Ogro. ¿Qué hora es? Solo, puedo llegar a casa a la hora que me dé la gana. Pero como me retrase con los niños, mi mujer me deja tieso en la misma puerta. Y no tengo ganas de que tu primer artículo publicado en El Caso sea mi responso, patito. Todavía tengo que terminar de pagar las trampas de la lavadora y el frigorífico.







Dieron dos vueltas con la Vespa para comprobar que la madán ya no estaba controlando el edificio. Primero, los dos, con Silvia montada detrás, la cabeza cubierta por un pañuelo rojo. Luego, Juanito Arroyo solo, diez o doce minutos más tarde, un muchacho como cualquier otro que sorteaba las calles medio vacías de aquella mañana de sábado, mientras ella lo esperaba tomando un café en un bar cercano. Hacía frío, pero ya no llovía. El barrio secaba los charcos al sol de enero, los niños jugaban con los perros soñando con los regalos imposibles que no tendrían dos noches más tarde, y el ambiente volvía a la normalidad: tras las euforias del inicio del año, el estupor resignado de comprender que nada iba a cambiar, ni lo haría nunca.
El crimen sin duda había sido ya la comidilla de Carabanchel Alto, pero apenas había arañado dos recuadros en el ABC y el Madrid, naturalmente sin los detalles escabrosos; sólo aparecería en primera plana cuando los especialistas en sucesos le metieran mano, o sea, ellos mismos. Y sólo si conseguían levantar las suficientes expectativas para seguir la noticia en paralelo a la investigación de la policía.
Dejaron la moto aparcada casi en el mismo sitio donde Libélula había esperado la otra noche. Ahora el cine estaba cerrado, pero la frutería permanecía abierta, pese al cartel de “Se traspasa”, y en la puerta charlaban algunas mujeres cargadas con los cestos de la compra. El mancebo de la zapatería veía pasar la vida, envidiando a los niños que envidiaban su sueldo de pocas pesetas pero podían ser libres jugando al fútbol con una pelota de trapo.
Entraron en el portal. De inmediato, cuando apenas habían dado dos pasos cegados para intentar orientarse, una cabeza asomó en el cubículo que ocupaba el ancho del primer tramo de escalera.
––¿Desean ustedes algo? ¿A quién buscan?
Era un hombre viejo y casi sin pelo, con unas gafas de montura de hierro y un cristal oscurecido que le ocultaba poco un ojo tuerto. Muy delgado, en su cara chupada asomaba un rastro de barba blanca imposible de apurar entre tantas arrugas. Debía tener unos sesenta años pero aparentaba al menos ochenta. Inmediatamente Juanito y Silvia identificaron al portero de la finca.
––Buenos días. A usted mismo veníamos buscando.
El anciano salió por la puerta y la entornó con cuidado, como temiendo dejar a la vista los tesoros que pudiera haber en su casa. Miró a Silvia, que se acababa de quitar el pañuelo de la cabeza y lucía su brillante cabellera rubia, y se fijó en Libélula el tiempo justo para comprender quiénes eran por las dos máquinas de fotos que llevaba al hombro, la Kodak Retinette y la Rolleiflex de dos objetivos.
––Pues ustedes dirán.
––Somos periodistas de El Caso y estamos haciendo un reportaje sobre lo que sucedió aquí la otra noche –respondió Silvia.
––No les digas nada, no nos vayamos a meter en más jaleos –dijo una voz detrás del hombre, y la puerta se abrió y reveló a una anciana gruesa y encogida que se cubría los hombros con un chal de lana gris.
––Lo que tenía que decir se lo dije ya a la policía –contestó el portero, sin dejar de mirar con su ojo único primero a Silvia y luego a las cámaras.
––No lo ponemos en duda, caballero. Como buen español que no tiene nada que temer gracias al sereno timonel que nos guía a todos y que sea por muchos años, es su deber colaborar con las fuerzas del orden, igual que es el nuestro contar lo que ha pasado –dijo Libélula, casi de corrido. Silvia, sorprendida, abrió mucho los ojos y entonces se dio cuenta del tatuaje azul que marcaba el antebrazo del portero, las palabras Por Dios, la Patria y el Rey desleídas en los arrugas de la carne ya enjuta. Como periodista veterano, Libélula había captado el detalle a la primera.
––Poco hay que decir. Ya lo vieron ustedes la otra noche. Han matado a ese chico y…
––Precisamente a eso nos referimos –lo interrumpió Silvia––. Terrible, un asesinato espantoso. Por eso queremos hablar con la gente que lo conoció en vida. Es lo único que podemos hacer ya por esa criatura. Puede que las circunstancias de su muerte hayan sido turbias, pero nadie merece morir sin que se sepa cómo era.
––Todos tenemos cosas buenas –apuntó Libélula, acariciando la funda de la Rolleiflex.
––¡Era un sinvergüenza y lo ha castigado Dios por sus fechorías! –escupió la anciana, y se dio media vuelta y volvió a entrar en la pequeña vivienda. La puerta se quedó abierta. El portero vaciló, dio un paso hacia atrás, y Libélula aprovechó para descolgarse la cámara del hombro y avanzar hacia el interior de la casa.
––¿Podría sacar una foto del patio?
El anciano se volvió de nuevo hacia su esposa. Bamboleándose de un lado a otro, como si tuviera problemas en las piernas debido al peso, la mujer se sentó tras una mesa camilla y se cubrió con el cobertor del brasero. Se encogió de hombros, gesto que Libélula interpretó como permiso para sacar la cámara de la funda y prepararla.
––¿Lleva película? –preguntó el anciano.
Juanito Arroyo abrió mucho los ojos, como si no comprendiera que la vejez, o la estupidez, juegan a veces esas malas pasadas a la gente cuando no saben cómo rellenar los segundos de incomodidad.
––¡Pues claro! ¿Tiene la bondad de indicarme el camino?
––Por aquí.
El portero los condujo hacia una puertecita junto a la cocina. Mientras lo seguían, Silvia no pudo dejar de echar una mirada curiosa a la casa: la mesa espartana, la jaula con los dos canarios nerviosos, el sofá gastado, el cuadro con la Santa Cena en alpaca y, al otro lado, una foto de un hombre con la boina roja de requeté, el borlón y la cruz de Borgoña de los tercios. Costaba reconocer a aquel hombre delgado en este anciano definitivamente flaco.
Libélula hizo el paripé de tomar dos o tres fotos del patio, gastando película y un par de flashes. Miró a Silvia y ella captó en seguida la indirecta.
––¿Quiere usted ponerse conmigo para una foto? –dijo ella, sonriendo––. Eso nos servirá para ilustrar el artículo.
––¿Me sacarían ustedes en El Caso?
––¡Por supuesto! De la mejor manera posible. O sea, vivo –contestó Libélula, haciendo un gesto con la mano––. Si quiere, lo citaremos por su nombre y todo.
El portero posó con Silvia, sin saber mirar muy bien a la cámara que le escudriñaba.
––¿Y esto saldrá cuándo?
––La próxima semana ya, claro –contestó Libélula––. ¿Es posible que pudiéramos sacar alguna foto… ya sabe, del piso de autos?
Los dos ancianos compartieron una mirada.
––No, no –titubeó el hombre––. No puede ser. La policía lo ha precintado.
––Claro –asintió Libélula, haciendo un mohín como si hubiera preguntado la tontería más grande del mundo––. ¿Pero cree usted que el vecino de abajo o el de arriba nos dejarían hacer alguna foto? Imagino que la distribución de los pisos no será muy distinta, y los lectores no tienen por qué saberlo y a la policía no le importará.
––No, no, no, No quiero molestar a ningún vecino. Menudos son. No se pueden ustedes imaginar la lata que han dado… quiero decir, que los interrogatorios de la policía nos tuvieron entretenidos ayer todo el día. Una y otra vez. Ya están todos bastante alterados, y de todas formas en el piso de abajo no vive nadie y está vacío, sin muebles, desde que desahuciaron a la Remedios cuando la Brigada Político Social se llevó preso a su marido por rojo allá por el verano. Ella tuvo que volverse al pueblo con lo puesto, y no creo que le interese a usted sacar fotos a unas paredes vacías llenas de telarañas.
––No, más bien no.
––La casa de al lado también está vacía.
––Vaya por Dios.
––Pero esa sí tiene muebles. Quiero decir que está alquilada a un señor de Alicante que sólo ha venido por aquí un par de veces. Es casi igual que el piso de José Luis, pero al revés.
––¿José Luis?
––El muchacho.
––El finado.
––Ese mismo. Muy fino. José Luis Cascales, se llamaba. Cascales Pavón, creo. O Cascales Chacón, tendría que mirarlo.
––¿Y dice usted que el piso está… al revés?
––Sí, que donde hay una ventana a la derecha allí está a la izquierda, no sé si me explico.
––Quiere usted decir simétrico, como en un espejo.
––Eso mismo. Siamétrico.
––Ah, pues la verdad es que nos vendría de perlas, ¿sabe usted? Si pudiéramos entrar ahí, saco dos placas, y luego se gira el negativo y arreglado. Ya retoco yo en la cámara oscura un par de detalles para que el señor de Alicante no se ofenda si llega a verlo. Pero claro, sin llaves, no es plan de echar la puerta abajo.
El portero exhibió entonces, orgulloso, un manojo de llaves atadas con un trozo de cable eléctrico.
––Las llaves las tengo yo, pero no sé…
––¡No te metas en líos, Juan, que te lo estoy diciendo! –tronó la vieja desde su mesa camilla.
––¿Se llama usted Juan? ¡Qué casualidad, yo también! Juanito Arroyo, qué cabeza la mía. Ni siquiera nos hemos presentado. Ella es Silvia Velázquez. Está empezando, ¿sabe usted? ¿A que es monísima? Yo de ella me dedicaba al cine y no a la prensa.
––Juan Urrutia –dijo el hombre, estrechando a destiempo la mano extendida––. Mi señora, Catalina. No siempre está de tan mal humor, pero con todo este jaleo la pobre no hace de cuerpo y…
––Me hago cargo, me hago cargo. Volviendo al tema, amigo Juan. ¿Podría usted abrirnos la puerta de ese otro piso? ¿El piso simétrico?
Sin esperar a que el anciano decidiera en su pugna particular contra su esposa y su vanidad, Silvia echó mano al bolso y sacó dos billetes de cien pesetas.
––Tome usted. Para que se convide. Es lo justo. Si a nosotros nos van a pagar por este trabajo, es de ley que usted se lleve algo.
La vieja se irguió desde la mesa camilla. Juan Urrutia cogió los billetes y echó a andar. Silvia y Juanito lo siguieron.
––¿Es verdad lo que ha dicho su señora? ¿Qué ese muchacho, José Luis, llevaba una mala vida? ¿Así a la vista de todos?
El portero se encogió de hombros.
––Eso parece. Yo nunca he visto nada. Bueno, algo sí, pero no está bien hablar mal de los muertos. Era un muchacho correcto, ya se lo dije a la policía. Estudiante, creo. Por lo menos siempre llevaba libros bajo el brazo. Muy guapete, chulángano. Ya que habla usted de cine, se daba cierto aire al chaval ese que hace ahora películas. Al jovencito que es hermano de Amparito Rivelles.
––¿Al de “Jeromín”?
––No, ese es Jaime Blanch ––intervino Silvia.
––Vimos una película suya hace unos meses en el cine de ahí al lado. “Quince bajo la lona”.
––Larrañaga. Carlitos Larrañaga. Monísimo –dijo Libélula, y de inmediato se contuvo.
––Ese mismo. De vez en cuando es verdad que se le veía con hombres desconocidos, gente mayor que él. Llegaban de noche y salían a la noche siguiente, sin llamar mucho la atención. La única pega era que a veces ponían la radio muy alta. Como la otra noche. Pero bueno, tampoco nada del otro jueves. Igual que cuando por la tarde uno quiere dormir la siesta y la del tercero izquierda pone las novelas de Sautier Casaseca a todo volumen. Uno sube, da unos golpecitos a la puerta, y se les pide silencio. Más rápido hacía silencio José Luis que la del tercero izquierda, por cierto.
––Menos la otra noche –dijo Silvia––. Cuando debió suceder el asesinato, ¿no?
––Yo estaba en casa de mi hija, tomando las uvas, y no volvimos hasta por la mañana, a eso de las once. Creo que casi todos los vecinos estaban fuera esa noche. Somos gente mayor y es el día en que los hijos nos sacan de casa, aunque bien que vienen a apalancarse todos aquí la Nochebuena. Nos metimos en la cama, pero fue imposible conciliar el sueño.
––La radio que sonaba.
––La radio, sí. Me avisaron los del cuarto, que llevaban sin pegar ojo toda la noche. Mentira, porque llegaron más tarde que nosotros, y en qué estado no llegarían que hasta vomitaron en el rellano. Mi Catalina tuvo que ponerse a recogerlo todo antes de que llegara la policía, con lo mal que tiene la pobra las piernas. Subí a llamar a la puerta… y me encontré con que la puerta estaba abierta. El resto… bueno, el resto ya lo imaginan. Bajé corriendo al bar de la esquina, que por suerte estaba abierto porque no cierra nunca, y llamé a la policía.
––Hizo usted bien.
––Y no toqué nada, oiga. Me acordé de que lo dicen así en el cine.
––Para que luego digan que no se aprende nada de las películas. Sin duda la policía se lo habrá agradecido.
Llegaron al rellano. La habitación donde había tenido lugar el asesinato estaba, en efecto, precintada: dos candados atornillados zafiamente a la puerta, y un cartel pegado con cinta adhesiva que advertía que por orden judicial allí no podía entrar nadie. Ni ganas. Silvia contuvo un estremecimiento al recordar el cadáver de aquel muchacho. El portero pasó de largo y se detuvo en la puerta de al lado.
––Éste es el piso que les decía, ¿ven? Pared con pared.
Rebuscó entre el manojo de llaves hasta da con la necesaria. Libélula preparó la cámara, lamentando que fuera el segundo piso: de haber sido un primero, quizá se habría atrevido de saltar de ventana a ventana hasta el lugar del crimen. Todo por una buena foto en primera plana y la paguita extra que El Ogro solía darle si las fotos ayudaban como reclamo para la venta del semanario.
Con dos giros certeros, la cerradura abrió la puerta. El anciano empujó la hoja y antes de tantear en la pared en busca del interruptor de cerámica un olor fuerte y rancio escapó de la habitación. Los tres arrugaron el gesto.
––¡Dios bendito! ¿Hay algún gato muerto ahí dentro?
La lámpara amarillenta reveló que, en efecto, la habitación era gemela de la de al lado. El mismo espacio pequeño y aprovechado al máximo, la ventana en el sitio contrario, la cocina y el fregadero a mano izquierda en vez de a mano derecha. También había una cama, no tan aparatosa como en la casa de al lado, pero no había ningún muchacho desnudo empalado en ella.
La excepción que rompía el paralelismo con el otro cuarto y a la vez lo redoblaba era el hombre que colgaba de una de las vigas del techo.
Libélula contuvo un gritito de susto. El portero, Juan Urrutia, se quedó boquiabierto, como si acabara de descubrir que había sido la víctima de una broma de mal gusto. Silvia, todavía con el pañuelo rojo en la mano, sólo pudo cubrirse la nariz ante el olor a descomposición que ya empezaba a inundar todo el cuarto.
––¡Nuestra Señora de Begoña! ¿Pero qué es esto? ¿Qué es esto?
Se volvió hacia los dos periodistas. Ahora, más que nunca, los vio como dos intrusos que habían venido a alterar la tranquilidad de la finca que controlaba. Pero al ver la cara de sorpresa de los dos no pudo sino tartamudear él mismo:
––¡Te-tengo que a-avisar a la p-policía!
Salió al pasillo y echó a correr escaleras abajo, en busca del bar de la esquina y su teléfono. Tontamente, Libélula se preguntó si tendría encima dinero suelto para comprar las fichas. Entonces el profesional que había en él se hizo cargo y con dos movimientos certeros montó las bombillas del flash y se acercó al ahorcado.
––¡Controla si viene alguien, Silvia! ¡Yo me encargo!
Libélula disparó foto tras foto, cambiando las bombillas, los ángulos, tomando planos detalle del hombre, de su rostro lívido. Desobedeciendo su orden, Silvia se acercó a mirar. Las pequeñas explosiones de los flashes resonaban como martillazos en el cuarto pestilente.
El muerto era un hombre de unos cincuenta años, fondón, con una barriga abultada. Colgaba de una cuerda de cáñamo gruesa, atada con un doble nudo corredizo a la viga madre que cruzaba el techo. Estaba desnudo de cintura para abajo, con los pantalones enganchados todavía en los talones. Le faltaba un zapato. Su rostro mostraba todavía las secuelas del miedo, incluso en la muerte: los ojos desorbitados e hinchados, la lengua fuera, el rastro cárdeno de los golpes que lo habían sometido antes de que lo izaran a éste su antepenúltimo lugar de descanso. Un detalle incongruente, en medio del desastre en que habían convertido su cuerpo, era el corte de pelo a navaja, todavía ordenado y escrupuloso. Tenía las manos atadas a la espalda. Con alambre. Silvia supo en ese momento que era el mismo alambre que había atado al muchacho a la cama de al lado.
Mientras le enfocaba las manos y manipulaba el objetivo de la cámara, Libélula se detuvo. Tardó un segundo en decidir si tomaba una nueva foto o no. Entonces, encogiéndose de hombros, la hizo. Silvia se fijó en lo que miraba. Entre los dedos rotos del cadáver asomaba un brillo amarillo, un grueso sello de oro. Asintió. Alberto García tenía razón: había leído demasiadas novelas policiacas, pero la presencia de aquel valioso anillo en la mano del hombre indicaba que el móvil del crimen no había sido el robo.
La mirada avezada de Juanito Arroyo advirtió la llave antes de que lo hiciera la curiosa Silvia. En la pared de la derecha había una cerradura donde asomaba una llave puesta, pero no se veía ninguna puerta.
––No vayas a tocar nada –dijo Libélula, mientras enroscaba una nueva bombilla para el flash.
Silvia alzó una mano enguantada y, sin hacerle caso, se acercó a la llave. La giró, sin encomendarse a Dios ni al diablo, y la puerta camuflada en el papel pintado se abrió unos centímetros, hasta chocar con algo que impedía que lo hiciera por completo. El estrecho espacio que quedaba, sin embargo, le permitió colarse por el hueco.
La puerta que comunicaba las dos viviendas topaba con el armario del otro lado. Empujando un poco, Silvia logró asomar la cabeza. Era, en efecto, la habitación del crimen. Del otro crimen, se dijo. Ya habían levantado el cadáver del muchacho, pero la costra de sangre seguía ensuciando la cama y la mesilla de noche. La silla solitaria seguía ocupando el mismo sitio.
Dejó el sitio libre para Libélula. Sin atreverse a entrar del todo en la otra habitación, el fotógrafo alargó la mano y disparó un par de fotos al azar, sabiendo que su pericia le permitiría captar los detalles que habían venido a buscar antes de que el caso se les duplicara.
––¿Qué están haciendo ustedes? –chilló una voz cascada, antes de que el grito se convirtiera en un gallo sofocado cuando el ahorcado giró sobre sus talones, dada la corriente de aire que se había abierto.
Era Catalina, la mujer del portero, que a pesar del estado de sus piernas había subido a ver qué pasaba mientras su marido corría a avisar a la policía.
––¡No toquen nada! ¡Ay, por Dios, qué disgusto, qué disgusto más grande! ¡Márchense de aquí antes de que acabemos todos en el cuartelillo!
Libélula regresó a la habitación. Dudó un momento, pero dejó la puerta interior entreabierta.
––Tranquilícese, señora. Ahora mismito nos vamos. No se preocupe usted, que la acompañaremos abajo mientras su marido regresa, y todos esperaremos juntos a que llegue la policía.
La mujer, sin dejar de mirar al cadáver, se arrebujó en su chal y se dio media vuelta. Empezó a bajar las escaleras. Por si los gritos alertaban a los vecinos, haciendo gala de una extraña conciencia cívica, Libélula cerró la puerta del nuevo piso. Se entretuvo un segundo en el rellano.
––Mierda, mierda, mierda –murmuró entre dientes, mientras sacaba los rollos de película de la cámara––. Menudo lío. Y Albertito tan pancho en su casa. Joder, como a la policía le dé por ponerse farruca, nos va a dar el santolio haciendo declaraciones.
––¿Quién iba a pensar que…? –Silvia, a falta de hacer otra cosa, se metió el pañuelo rojo en el bolsillo del abrigo––. ¿Qué habrá pasado aquí?
––Ya ves. Espero que el portero no tenga más llaves de otros pisos, no vaya a ser que esto sea una plaga. Toma, ten, coge esto.
Le tendió tres carretes. Silvia los miró, sin entender lo que quería decir.
––Escóndelos. Vamos, niña, que no tenemos todo el día
––¿Qué los esconda? ¿Pero dónde? ¿Y para qué?
––Porque lo primero que van a hacer los polis cuando lleguen va a ser velarme los carretes, o requisarme las cámaras. Mierda, y hoy traigo las dos, nada menos.
Con la misma precisión de movimientos, cargó otros dos carretes.
––Las fotos del santo de mi Rosita… me va a matar cuando se entere de que se han estropeado todas.
––¿Rosita…? ¿Pero quién…?
––Mi novia. Bueno, la chica con la que mi madre quisiera casarme. Muy guapa, ella. Pelín ciega. ¿Pero qué haces? ¡Esconde los carretes que ya tienen que estar al llegar!
––¿Y dónde quieres que los esconda?
––Eres una señorita, Silvia. En el sostén, por Dios. Ahí no te van a mirar, aunque ya quisieran.
Con rapidez, Silvia se volvió, se abrió los botones de la blusa y metió cada uno de los carretes en una de las copas de su sujetador. Notó el frío de la película contra sus pechos.
––Ya está –dijo mientras volvía a abrocharse la blusa y se cerraba el abrigo.
––Pues vamos bajando. Contaremos la verdad, ¿de acuerdo? Vinimos a hacer fotos y a entrevistar a los vecinos y nos hemos encontrado con este marrón. Ni más ni menos. Por la cuenta que les trae, más vale que no se pongan gallitos, porque ahí tienes lo bien que habían registrado el lugar.
––La puerta entre las habitaciones está bien camuflada. No se notaba nada desde el otro lado. Al menos yo no me di cuenta de nada.
––Ni tú ni la BIC. Jolines, aquí van a rodar cabezas. El Ogro se va a coger un cabreo de no te menees.
––¿Por qué? Si no nos quitan las fotos…
––¿Las fotos? Más valdría que tirara las películas a un pozo y así me ahorro el gasto del revelado. No nos van a dejar publicarlas ni hartos de vino, niña. Cuando el muerto era un chapero que no importaba a nadie, lo mismo podría haber colado: Alberto es un maestro diciendo lo que no se puede decir. No sé si tira de diccionario o es mejor escritor de lo que le gusta pensar. Pero ahora… ¿Te fijaste en las manos del ahorcado? ¿Viste el anillo? ¿Lo viste bien?
––Era un sello, me pareció. Un sello como hay tantos otros.
––Un sello, sí. Pero no un sello cualquiera, Silvia. No un sello cualquiera. Ese anillo cuesta un dineral. Ahí no se han cargado a un mindundi. Era un pez gordo. Y los pecados de los peces gordos no salen en la prensa.

El sereno le abrió la puerta con la rectitud de un carcelero. Le dio las buenas noches llevándose la mano a la gorra de plato, arropado en su bufanda como un abuelo de tebeo, y se marchó tras desearle feliz año. El sonido de su bastón resonando en la calle desierta tardó un rato en apagarse. Sólo entonces entró Alberto García en el portal.
Eran poco más de las once de la noche y el edificio, como la calle, como España, estaba en calma. No esperó el ascensor, averiado de tanto trasiego de niños en vacaciones al menos hacía tres días, y subió los dos pisos despacio, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo. Sentía un incómodo hormigueo en los dedos, la sensación de culpa que lo atenazaba cada vez que regresaba a casa en mala hora.
Inés no había cambiado la cerradura. Dos vueltas a la llave y al menos pudo estar seguro de eso. El interior estaba oscuro, lleno de olores familiares a niños y comida recalentada. Ni se le pasó por la cabeza que su mujer, fastidiada por aquel último desmarque suyo, hubiera hecho las maletas. A pesar del silencio de la casa, Alberto fue capaz de distinguir la respiración de los tres niños. La vela del ángel de la guarda estaba encendida, de todas formas.
Encendió una luz, la de la cocina. Se sirvió un vaso de agua del grifo. Estaba helada. En la mesa de la cocina, un plato con la comida ya fría, un tenedor, una cuchara, un cuchillo. Y un pequeño cuenco cubierto con un mantelito. Lo retiró para ver qué había dentro. Doce uvas ignoradas, esperándolo todavía para que iniciara el nuevo año. Picó una, la sintió reventar entre sus dientes, pero no tuvo fuerzas para tragarla. Las uvas están sabrosas en septiembre, no en enero.
Los niños dormían en su habitación, soñando esos sueños sin pesadillas que sólo sueñan algunos niños. Si les había preocupado irse a la cama dos veces sin ver a su padre no era algo que Alberto pudiera controlar ahora mismo. A lo hecho, pecho. Con la lucecita roja del ángel de la guarda pudo ver las tres caras, el niño mayor despeinado y a medio tapar, los mellizos mirándose el uno a la otra, como si quisieran continuar en el sueño aquella casualidad que los había hecho nacer paralelos. Tapó a Juanito, no se atrevió a besar a ninguno de los tres, por miedo a despertarlos, por no tener que contestar preguntas.
Inés dormía también. La puerta del cuarto estaba abierta, pero ella le daba la espalda, como si no esperase que llegara nadie o supiera que no merecía la pena esperarlo. Alberto se detuvo unos minutos en el quicio, hasta asegurarse de que no fingía. Se dio la vuelta y se dirigió a aquel cuarto de baño, reconvertido antes de que los niños nacieran, que hacía las veces de despacho y de refugio.
Encendió la luz, cerró la puerta, dudó entre encender un cigarrillo o tomarse un coñac. Se decidió por lo segundo. La botella de Soberano, sin embargo, estaba vacía. No recordaba haberla gastado. Tenía la vaga impresión de que en la redacción le habían regalado con la paga extra una botella de Ponche Caballero, pero no pudo encontrarla. Inés, posiblemente, la había escondido en alguna parte para que no bebiera. Podía empezar a buscarla entre el montón de revistas y libros hacinados, encender las luces, despertar a Inés, soportar un numerito y, a su vez, darlo. Pero no merecía la pena. De su escondite secreto sacó la vieja petaca de plata con el escudo de la División, la bandera roja y gualda comida por el roce, la esvástica negra borrada a propósito. Estaba medio llena. La destapó. Bebió dos sorbos.
Se sentó ante la mesa, mientras el coñac le hacía cosquillas en el estómago. La máquina de escribir parecía una extraña boca metálica que quisiera devorarlo. Trató de no mirarla. Sacó la carpeta del cajón y revisó las notas, repasó los viejos folios tachados una y mil veces. Cotejó la información de los recortes, las fotos que había ido encontrando de camaradas con los que se carteaba todavía, aquella libreta donde habían apuntado las palabras básicas para comunicarse con las campesinas en ruso. Leyó el último capítulo, tachó dos párrafos, acabó por arrugar el papel y tirarlo al suelo. Los recuerdos se atropellaban en su cabeza, pero no era capaz de darles forma. Dolían demasiado. Cada vez más lejanos en el tiempo, escocían cuando intentaba traspasarlos al papel. Niños muertos en la nieve, aquel iba a ser el título del libro. Allí iba a contar la historia del batallón, el frío, el desprecio, la lotería de la vida y la muerte en combate, el honor, la enfermedad, la picardía, el hambre, el silencio. Allí se explicaría a sí mismo, comprendería por qué, y para qué, y qué era lo que había ganado, o lo que había perdido. Todo aquello que había olvidado. Algún día escribiría la novela de aquella experiencia de guerra en una guerra que no les pertenecía a ninguno, una guerra que quisieron pintar de idealismo y fue una guerra sucia, como todas las guerras. Algún día, pero no esta noche. No esta noche, desde luego.



Desde los asientos del autobús desierto, mientras recorrían las calles que poco a poco se iba comiendo la noche, vieron un coche estampado contra un árbol. Un accidente. Silvia se volvió a mirarlo al pasar, pero Alberto no le prestó importancia, quizá porque pese a lo aparatoso del hecho no había sangre. Unas calles más adelante, encontraron otro coche en circunstancias similares. Y, unos minutos después, un flamante Renault estrellado contra una farola.
––¿Has visto eso? –preguntó Silvia––. Tres accidentes.
––Cinco.
––Yo he contado sólo tres.
––Porque no te fijas lo suficiente. Cinco coches, uno contra un árbol, ese contra una farola, otros dos de frente, y el último empotrado en la marquesina de un colmado, tres calles a la derecha.
––Pues se me han pasado dos. ¿No es extraño?
––¿Por qué iba a serlo?
––¿Suele haber tantos accidentes?
––Una noche como anoche, sin duda. Todos los idiotas que han salido a celebrar el fin de año con mucha gasolina en el depósito y todavía más alcohol en el estómago. Nada extraño por esa parte. Mañana lo sacarán en primera plana todos los periódicos.
––Pero nosotros no.
––No a menos que alguno de ellos llevara un cadáver destripado en el maletero. Cosa que, en ese seiscientos que hemos visto antes, tendrían que haber hecho en trocitos muy pequeños.
Llegaron por fin a la parada que más cerca los dejaba de su destino. Carabanchel, integrado en Madrid desde hacía apenas un año, conservaba todavía los elementos del pueblo del extrarradio que había sido siempre: calles sin asfaltar donde la lluvia había abierto charcos como llagas negras en el suelo, farolas que proyectaban conos de luz amarilla y sucia contra las paredes de unos edificios que dentro de poco serían pasto de la piqueta. Un bar abierto, como una mancha blanca contra la noche, donde alguien tocaba una guitarra y entonaba un fandango que recordaba una tierra dejada atrás en busca de un futuro que todavía no había aclarado. No había niños jugando en la calle, quizá por el frío, la lluvia y la hora, ni mujeres de pecho generoso ofreciéndose por treinta duros. Alberto no se extrañó: la calma de las calles indicaba que la madán estaba cerca.
No tardaron mucho en orientarse y en seguida llegaron a la casa de autos, como tendrían que definir al inmueble cuando redactaran el artículo. Cuatro plantas, una zapatería en el bajo, una frutería donde colgaba un cartel de “Se traspasa”. En la misma calle, al fondo, un cine de barrio anunciaba en sesión doble “El tigre de Chamberí” y “Los jueves milagro”.
Había dos 1400B de la policía aparcados ante el edificio, y media docena de números fumando en la puerta, con los capotes hasta las rodillas y los subfusiles al hombro. Alberto comprobó que no se había equivocado: no sólo habían llegado antes que el juez que tendría que ordenar el levantamiento del cadáver. También habían llegado antes que la Brigada de Investigación Criminal.
En la otra acera, literalmente, apoyado en su Vespa amarilla y añil, Juanito Arroyo fumaba un cigarro emboquillado sujetándose el codo derecho con la otra mano. La moto, nuevecita y algo estrafalaria en sus colores, le hacía pensar siempre a García si “Libélula”, que era como en la redacción llamaban al fotógrafo por no llamarlo directamente “Mariposón”, se sentía al ir montado en ella como Gregory Peck o como Audrey Hepburn.
––Hombre, Alberto, por fin. Menos mal que has llegado, ya se me estaba empezando a congelar el culete, hijo.
––No te puedes imaginar lo que cuesta encontrar un taxi un día como hoy, Juanito. Lo normal. También el gremio tiene que descansar –respondió García, y antes de que Silvia tuviera tiempo de abrir la boca, se apresuró a añadir––. Te presento a Silvia Velázquez. El Ogro me la ha encasquetado para que le enseñe el oficio. Silvia, éste es Juanito Arroyo, nuestro Robert Capa de andar por casa.
El fotógrafo miró a Silvia de arriba a abajo, midiéndola pero no como la había medido un rato antes el propio Alberto. Libélula calibró el peinado, el maquillaje, el abrigo y los zapatos. La sonrisa de oreja a oreja demostró en seguida que había pasado el escrutinio con buena nota.
––Encantado –dijo, y no se cortó un pelo y estampó con naturalidad dos besos en las mejillas heladas de Silvia––. Te he leído alguna cosa. Sábado Gráfico, ¿verdad? Aquel reportaje sobre Balenciaga. Di-vi-no. ¿De verdad que lo conociste en París? Oh, la, la, qué envidia, qué envidia…
––No te imaginaba yo leyendo artículos que no fueran de artistas de cine o de muertos –se burló García.
––Eso es porque no tienes sensibilidad ninguna, Albertito. Como esos cuatro hijos de su madre de allí al fondo.
––¿Los polis?
––Esos. Que les ha dado por no dejarme pasar. Así no hay quien trabaje ni nada. Y se me está haciendo tarde y mi madre estará ya preparando la cena…
––Hoy se cenan las sobras de anoche, no me seas llorón. No le va a costar ningún trabajo a la buena de doña Pura, si además te mima demasiado. Ah, ahí están ya Ceballos y el séptimo de caballería ligera.
Un coche negro aparcó levantando una ola de agua negra de un charco y dos policías de paisano bajaron casi al unísono, cada uno por una puerta delantera. Vestidos de oscuro, de constitución similar, podrían haber parecido hermanos gemelos si no fuera porque uno era calvo y el otro no, y porque el calvo le sacaba dos palmos de altura a su compañero. Se movían con gestos milimétricos, las manos sueltas a los lados de la americana, como si esperaran tener que sacar en cualquier momento una pistola. Uno de ellos se volvió a inspeccionar los alrededores y en seguida reconoció a García.
––Hombre, Alberto, si estás aquí y todo –dijo, forzando una sonrisa de tiburón que ampliaba la separación de sus dientes caballunos. Pese a su poca altura, tenía aspecto de hombre duro, y lo era.
––Pues no será gracias a ti, Ceballos.
––Te he llamado a casa, hombre. Tu mujer me contestó con cajas destempladas. Imagino que ni has aparecido por allí desde hace un par de días, ¿no? Qué crápula eres. En Nochevieja, y de picos pardos. Ya me gustaría a mí ser como tú… ––rió. Alberto se volvió incómodo y detectó la expresión de sorpresa en los ojos de Silvia y la mueca de resignación de Juanito Arroyo, que conocía al dedillo sus fechorías privadas––. Me supuse que en la redacción de tu periódico no habría nadie –dijo el policía, dando el asunto por zanjado.
––Pues lo había. Menos mal que el jefe tiene pinchada vuestra emisora.
––Hoy por ti, mañana por mí. Vamos a entrar, ¿vienes?
––Vamos. Pero tus hombres no dejan entrar a mi fotógrafo.
Luis Ceballos chasqueó la lengua y miró a Arroyo desde su metro sesenta de altura. Se empinó imperceptiblemente, y su lenguaje corporal dejó claro, para Silvia, que se consideraba más que capacitado para derribar al fotógrafo de una bofetada. Sólo le faltaba una excusa. O las ganas.
––Órdenes de la jefatura, Alberto –dijo el policía––. Aquí el aprendiz de Campua no puede entrar. De momento, al menos, dadas las características del caso. No vaya a ser que al final nos resulte sospechoso.
Detrás del teniente de la BIC, los policías armadas no pudieron contener la risa. Juanito Arroyo, que se supo a punto de estallar, supo también que no podía hacerlo y agachó la cabeza.
––No me vengas ahora con esas, Luis –insistió Alberto García––. Que no está el ambiente para cachondeo. Y el hombre lleva aquí más de una hora pasando frío.
––¿Y qué quieres que yo le haga? Ellos mandan y yo obedezco. Libélula, lo siento. No hay tu tía. Allí arriba han apiolado a un maricón, y según el informe es algo desagradable. Nosotros vamos a verlo ahora. Por lo que dicen, debe tratarse de un asunto de celos. Me juego el cuello si encima te llevo a verlo.
––Si nos quieres acompañar, podemos llevarte al cuartelillo a declarar –apuntó el compañero de Ceballos, Ormaeche, el calvo––. Ya sabes, por si nos puedes informar de algo que no sepamos, tú que eres un experto.
Las carcajadas de los policías resonaron burlonas en la calle desierta.
––¿Y si seguimos la conversación dentro? –preguntó Silvia, arrebujada en su abrigo. En la oscuridad del portal, sus ojos verdes ardían como dos llamas––. Aquí hace demasiado frío y está empezando a lloviznar.
Por tercera vez en la misma noche, y aunque estaba acostumbrada a que la miraran, Silvia Velázquez sintió como la analizaban de los pies a la cabeza. No le resultó difícil comprender que el examen que el policía estaba haciendo de su vestimenta difería en todo del que había hecho unos minutos antes el fotógrafo. Más que buscarle las formas por debajo del abrigo, Ceballos la había desnudado con la mirada y los efectos de su imaginación se habían reflejado, por un instante, en aquellos ojos que durante el día observaban el mundo desde unas gafas oscuras que ahora sin duda echaba de menos.
––Le aseguro, señorita –dijo el teniente de la BIC cuando terminó de pasearse por su cuerpo––, que no va a encontrarse un espectáculo apropiado para una dama. Si quiere, puede esperar en el coche patrulla y le diré a uno de los números que le traiga un chocolate caliente y unas galletas.
––Se lo agradezco, pero no es necesario –atinó a responder Silvia.
––No me vengas con esas a estas alturas, Luis –intervino García––. La señorita tiene clase, vale, pero también experiencia. Ha sido corresponsal, nada menos que en París. Está curtida en estas cosas, ¿verdad, Silvia? Oh, no os he presentado, qué cabeza la mía. Silvia Velasco.
––Velázquez.
––Velázquez, eso es. El teniente Luis Ceballos. Aunque nunca aparece en los créditos, podíamos decir que es uno de los muchos colaboradores de El Caso. ¿Verdad, Luisito? Hoy por ti, mañana por mí, ¿no? Mira, si quieres, de acuerdo, que Juanito se quede aquí. Y que tus hombres le traigan un café para que entre en calor. Es lo menos.
––¿Qué? –el fotógrafo no se pudo contener––. ¿Qué me quede yo aquí? ¡Pero bueno!
––Tú déjame hacer a mí. Ya hablaremos luego en la redacción, hombre. Ni que fuera la primera vez que hemos tenido que tirar de archivo. ¿Qué me dices, Luis?
––De acuerdo –Ceballos accedió a regañadientes; de pronto, su fachada de protector de la ley y el orden había quedado resquebrajada cuando, sin decir nada, García había dejado claro que también él tenía sus medios de ganarse un sobresueldo––. Pero chitón, como siempre. Y sin tocar nada, ¿estamos?
––Ni que nunca hubiéramos visto a un muerto, Luis, por Dios.
––Qué quieres que te diga, Albertito. A mí todavía más de uno me da escalofríos, y me temo que este vaya a ser uno de esos.
––¿Por algo en particular?
––Porque para matar a alguien en Nochevieja tienes que estar muy cocido o ser muy hijo de la gran puta. O las dos cosas. Vamos subiendo.
El policía echó a andar, seguido de su compañero calvo. Alberto García se volvió hacia Silvia y, con un susurro casi paternal, le indicó que lo siguiera.
El crimen había tenido lugar en el segundo piso. Había una puerta abierta en el rellano, de par en par, sin signos de fuerza. Un policía armada la custodiaba, como si fuera a esperar que los vecinos de las otras tres puertas fueran a entrar a llevarse a saco las joyas o el contenido de la despensa. El silencio era innatural, aunque García no tuvo ninguna duda de que los vecinos estaban asomados a las mirillas, al quite de todo. Se detuvo y se dio la vuelta, como inspeccionando el rellano. En realidad, lo que quería es que vieran bien su cara para cuando tuviera que regresar, sin policías de por medio, para hacer preguntas.
––¿Quién os ha dado el chivatazo, Ceballos? ¿Los vecinos?
––El casero. Al parecer la radio estaba sonando a toda leche desde hacía horas. Dice que era lo corriente, y que buenas trifulcas había habido ya con los vecinos. Pero si un día normal ya es una lata tener a un melómano en la casa, imagina después de la sobredosis de anís y polvorones. Viendo que la música no paraba y eran más de las dos de la tarde, imagino que la hora en que los demás vecinos despertaron de sus propias borracheras, uno de ellos vino a aporrear la puerta.
––Para empezar el año en paz y armonía.
––Cuando a uno le tocan los cojones, se los tocan, Albertito. Pero la puerta estaba entreabierta, y cuando entró dispuesto a arrancar los cables de la puta radio, se encontró el cadáver. Así empezó su año.
––Y lo terminó el otro. ¿Sabéis quién es?
––Morales lo está investigando abajo, con el casero y los vecinos. Un chapero, ¿quién quieres que sea?
La única habitación era a la vez comedor, cocina y dormitorio; había un cuartito de baño común para todos los vecinos en el pasillo, ya lo habían visto. La cocina apenas ocupaba una repisa en un rincón. La cama era grande, con el cabecero de hierro forjado. Debió ser una buena cama en tiempos, pero ahora estaba vieja, oxidada, demasiado aparatosa para aquel cuartucho. Había un bulto sobre ella.
Alberto y los dos policías intercambiaron una mirada de disgusto. Los tres reconocieron inmediatamente el olor dulzón. Ormaeche encendió la luz. Y entonces lo vieron. Silvia, detrás de los tres hombres, intentó pasar. Pero Alberto no la dejó.
––Juanito ha hecho bien en no subir –murmuró.
––¿Por qué?
––Porque no nos iban a dejar publicar las fotos de todas formas.
Sabiendo que tarde o temprano iba a tener que ceder, Alberto se hizo a un lado y Silvia, temerosa, lo adelantó.
Sobre la cama deshecha, en medio de un charco oscuro, había tendido un muchacho, boca abajo, desnudo. Su postura indicaba claramente que no dormía, aunque ya descansaba. Tenía el cuerpo torcido, paralizado en la muerte, ese último rictus que Alberto había visto tantas veces, en el frente ruso, cuando los camaradas caían para no levantarse nunca y quedaban desmadejados sobre la nieve, como desmadejado estaba ahora el muchacho sobre unas sábanas que su desangramiento había teñido de ese mismo rojo oscuro que mancha a veces los costados de los toros en el ruedo. Y un toro parecía, en efecto, pese al tono azulado de su piel fría, pues en su espalda sobresalía un hierro, un arpón oscuro y torvo que lo empalaba al colchón. Silvia dio un paso a la izquierda, incapaz de respirar y sofocada por el aroma dulzón que identificaba sólo ahora, y el cambio de perspectiva le permitió ver las muñecas atadas con alambre, en carne viva, la cabeza abierta del muchacho con el cráneo levantado que se desparramaba gris, salpicando el suelo y las paredes, y también comprender que aquella barra de hierro no atravesaba al cadáver por la espalda precisamente, sino más abajo.
––“El interfecto presentaba una herida inciso-contusa en el cráneo y un arponazo post-mortem en el orto” –murmuró Alberto García, dando voz al artículo que ya tenía en la cabeza.
––¿El “orto”? –preguntó Ormaeche.
––Tienes que leer más, Diego, que luego no te enteras. Si no puedo poner que le han taladrado el culo con una barra de hierro, tengo que recurrir a palabras más cultas. ¿Tú sabes lo que es un “interfecto”? Pues el mismo caso. Las cosas de la censura –se volvió hacia Silvia––. Si vas a vomitar, hazlo fuera, patito. Aquí la policía se molesta siempre porque dicen que se lo echamos todo a perder.
Silvia asintió. Estaba tan pálida como el muerto. Salió al pasillo, tomó aire unas cuantas veces, combatió la náusea como pudo, ante la mirada condescendiente del policía de uniforme que controlaba la puerta. Durante un segundo, tuvo la certeza de que iba a vomitarle en las botas. Superado el ataque de pánico, entró de nuevo en la habitación.
Los tres hombres fumaban, aprovechando el humo para encubrir sus muecas de repugnancia y sofocando en tabaco el olor de la muerte. Para no tocar nada, los tres se habían metido las manos en los bolsillos. Ceballos, impaciente, sacó la izquierda y miró el reloj contrachapado.
––Así cualquiera, leches. Así cualquiera. A saber a qué hora se colará el señor magistrado para proceder al levantamiento del cadáver. Ormaeche, llama otra vez a la comisaría. Diles que vayan despertando a los gandules de las huellas, que si no cuando lleguen vamos a necesitar mascarilla. Y ya tarda en llegar ese fotógrafo.
––Tengo uno abajo, por si te hace falta –se burló García.
––Ya tenemos bastante con un maricón muerto –escupió el teniente––. No vaya a ser que le dé por desmayarse o a echar hasta la primera papilla también a él.
––Si se refiere a mí, todavía no he vomitado –dijo Silvia, desde la puerta––. Ni voy a hacerlo.
Los dos policías se volvieron a mirarla. Alberto García siguió fumando.
––Veo que los cojones de tu equipo están al revés, Albertito –dijo Ceballos––. Aquí la rubita no tendrá experiencia, pero le echa valor.
––¿Pueden hacer ya una composición de lugar? –quiso saber Silvia, sin darse cuenta de que por algún motivo García no preguntaba nada––. ¿Saben qué ha pasado aquí?
––Un espectáculo asqueroso, señorita, ya lo está viendo –dijo Ceballos––. Una riña de maricones, lo más probable. Cuestiones de celos. O de dinero. O las dos cosas. Un asunto sórdido. Así se las gasta esta gente.
––O sea, no es un crimen pasional.
––Bueno… depende de cómo lo quiera usted ver, señorita. No ha sido cuestión de un cachiporrazo y a correr, eso está claro: ahí tiene al pobre chapero, con la cabeza abierta, una barra de hierro en el orto, que supongo que querrá decir el mismísimo culo, y encima atado con alambre. O estaban jugando a hacerse daño y se les fue la mano, o es un ajuste de cuentas.
––Está también la silla.
Los tres hombres se volvieron hacia Silvia.
––Aquí estuvo sentado alguien.
Ormaeche sonrió y salió de la habitación a llamar por teléfono, como le había ordenado su compañero. Ceballos cruzó una mirada con García, pero Alberto simplemente se encogió de hombros.
––Muy perspicaz, muchacha. Parece que nuestro desdichado “interfecto”, que eso sí me lo sé, significa “la víctima”, ¿no, Alberto? Parece que nuestro desdichado interfecto estuvo atado en esta silla antes de que lo apiolaran. Se nota en las marcas que hay en el respaldo, hechas posiblemente con el mismo alambre que usó el asesino para luego atarlo a la cama, antes de abrirle la cabeza y taparle el agujero.
Silvia, no muy convencida del todo, señaló las pequeñas baldosas del suelo. Dos de ellas estaban rotas, y había un imperceptible reguero de cerámica junto a las patas de la silla.
––El que estuvo aquí sentado se debatió a base de bien.
––Lo torturaron. Ya lo he dicho. Por eso pienso que el móvil no fue sólo cuestión de celos, sino de dinero.
Silvia asintió, como si la explicación del policía fuera más que suficiente y su curiosidad estuviera satisfecha. Sin embargo, volvió a la carga:
––La silla está mirando hacia la cama. Si el chaval estaba atado allí, ¿por qué esa orientación? ¿Qué había en la cama que obligaron a ver a la persona que estaba aquí atada?
––-No había nada ––negó Ceballos, obstinado––. Eso es evidente. El asesino ató al muchacho a la silla y le dio de hostias, mientras el sonido de la radio apagaba los gritos y los golpes, o qué se yo. Luego, cuando consiguió arrancarle la confesión que buscaba, dónde está la pasta, o los herretes de Juanita Reina, o lo que fuera, lo arrastró hasta la cama, lo ató al cabecero, y le reventó el cráneo. El que la silla estuviera en esa posición es una puta casualidad. No se pase de lista y quiera hacer mi trabajo, que yo no les digo a ustedes lo que tienen que escribir.
––Venga, Luis –intervino García, conciliador––. La chica sólo quiere ayudar. Es primeriza.
––Pues que no enrede. Ea, se acabó lo que se daba. Id saliendo de aquí que está a punto de llegar el juez y no quiero que luego me eche la bronca.
––Me mantendrás informado, ¿no?
––Ya veremos. Venga, arreando.
Alberto y Silvia bajaron las escaleras y llegaron a la calle justo a tiempo de ver cómo un hombre de abrigo oscuro y cara de malas pulgas, acompañado por un secretario pequeño y presuroso, bajaba de un coche de importación. El juez de guardia y su secretario.
Juanito Arroyo seguía esperándolos junto a la Vespa, alejado de los guardias que, de todas formas, le habían traído un café como acto de contrición. Los tres periodistas se reunieron y, al volverse a mirar la casa, Alberto se vio obligado a adoptar el papel que menos le gustaba, el de jefe del escuadrón de la muerte.
––Nunca, patito, nunca le digas a uno de la pasma cómo tiene que hacer su trabajo –dijo, severo, y Silvia no pudo sino bajar la cabeza––. ¿Crees que Ceballos es tonto? ¿Qué ha llegado a teniente de la Brigada de Investigación Criminal porque no se da cuenta de los detalles? La cosa es mucho más sórdida y más complicada de lo que quiere admitir, al menos ante nosotros, que somos a fin de cuentas unos mindundis a los que desprecia, aunque saque tajada del fondo de reptiles al revés que tenemos montado. Claro que ahí ha pasado algo raro. Y claro que han torturado a ese chaval delante de alguien. Es lo primero que vi, antes que el cadáver: la silla y los arañazos.
––Yo… ––Silvia titubeó––. Lo siento.
––Da lo mismo. A fin de mes, Ceballos volverá a ser un tipo encantador y nos informará de todo lujo de detalles.
––¿A fin de mes? ¿Vamos a esperar tanto?
––Claro que no. Mira, ya empiezan a llegar los técnicos –Alberto señaló otros dos coches que llegaban a la escena––. Se pasarán lo menos un día buscando huellas y removiendo Roma con Santiago. Y entrevistando a los vecinos, a los curiosos, a los que buscan notoriedad y a todos los chaperos que tengan la mala suerte de vivir por aquí cerca.
––Precintarán la vivienda, ¿no? Como de costumbre –preguntó Juanito Arroyo, quitándole el calzo a la Vespa. Se le hacía tarde y estaba congelado.
––Aquí no tenemos nada que hacer, por el momento –confirmó Alberto––. Hasta el sábado por la tarde, como poco, la madán estará al quite de quién entra y quién sale. Luego el caso, si no se resuelve en un plisplás, irá al fondo de otros casos. No creo que Ceballos lo resuelva tan rápido: no es su estilo, y menos con las fechas de por medio. Lo cual me recuerda… ––Alberto se frotó los ojos––. Joder, algún día tendré que aprender a no perderme de camino a casa.
––¿Es verdad lo que dijo ese policía, que no has aparecido por allí desde hace un par de noches? –preguntó Silvia––. ¿Siendo Nochevieja y todo?
––A lo mejor por ser Nochevieja, patito. Uno es así de complicado. Vamos a ver, antes de que empiecen a mirarnos raro. Cada uno a su esquina. El sábado por la tarde, Libélula, te quiero aquí.
––¿Otra vez? ¡Pero si no voy a poder sacar fotos!
––De un chapero con una barra de hierro en el culo, claro que no.
––¿Con una barra en…? ¡Qué horror, por Dios!
––Pero el sábado ya habrán levantado el cadáver, y aunque no podamos entrar en el piso, y sabemos que normalmente somos capaces de hacerlo, el piso de arriba o el de abajo deben tener la misma distribución. A ver si te dejan hacer unas cuantas placas y las colamos como escenario del crimen.
––¿Con maquillaje o a pelo? –preguntó el fotógrafo.
––Según cómo te dejen. Mira a ver cómo andan las cuentas del Ogro. Si la gente tiende la mano y traga, con maquillaje. Si no, la habitación tal cual, no vaya a ser que encima se molesten si les deshaces la cama. ¿Silvia?
––¿Sí?
––Ven con él. Eres más mona que yo, te habrán visto por las mirillas con la carita de susto. Interroga a los vecinos, sé tú misma, encandílalos. Alguien tiene que haber visto u oído algo, aparte de la radio a todo volumen. Un tío saliendo a toda leche por la puerta, un coche extraño en la calle, qué se yo. Me da que semejante escabechina no la hace un hombre solo.
––¿Y tú qué vas a hacer?
––¿Yo? –Alberto se encogió de hombros––. Volver a casa, que ya toca. Tengo suerte de que, como es fiesta, la parienta no habrá cambiado la cerradura, aunque es capaz. Y dormir, que estoy muerto en pie.
––¿No nos veremos aquí el sábado?
––El sábado tengo que llevar a mis críos al Price. Después, ya hablamos.





Había dudado qué vestido ponerse. Como Cenicienta, escapó pronto de la fiesta de la noche anterior, aunque no al filo de la medianoche, sino algo más tarde, justo en el momento en que el alcohol y la madrugada convertían en hombres-lobo a los caballeros de azul. Había llegado temprano a casa, agotada, hastiada, tan helada por dentro como por fuera y convencida una vez más de que no había tanta diferencia entre la alta sociedad que describía en sus columnas y ese otro mundo negro y miserable que la atraía como una llama encendida. Recordaba otros momentos, años atrás, cuando apenas era una niña recién puesta de largo, en que no era extraño que las copas de los cócteles se estrellaran contra los rostros y la educación saltara hecha trizas y a los insultos broncos y los ojos inyectados en sangre siguieran juramentos a la hombría y el honor. En una ocasión, un 12 de octubre, hasta una pistola cantó al aire, aunque sólo alcanzó el techo y descalichó la vergüenza de la anfitriona, que escapó a Biarritz y no volvió a abrir su casa de verano en Estoril a la mitad de los invitados de aquella noche. Por eso, impulsada por un sexto sentido, hallándose fuera de sitio aunque aquel hubiera sido su sitio desde siempre, Silvia Velázquez se metió pronto en la cama, sola y sobria. Le importaba un ardite que fuera Nochevieja. Esperaba una llamada y esa llamada se produjo el día menos indicado, como tenía el pálpito. Pero no se quejó por ello. No es oficio de dormir el de sacerdote, ni el de médico, ni el de periodista.

Nerviosa, como en su primera cita o la primera vez que visitó París, optó por un vestido sencillo, una rebeca gruesa de lana, y se cubrió de pies a cabeza con un abrigo beige que no era ni el mejor ni el más caro que tenía. No quería pecar de extravagante, pero tampoco le apetecía morirse de frío. Se maquilló lo justo, apenas un poco de sombra de ojos que disimulara la sombra de verdad que la noche de ruido y sueño incómodo le había marcado, y un carmín rojo, potente, que contrastaba con lo pálido de sus mejillas. Echó una libreta y dos lápices al bolso y, para no parecer ostentosa, dejó el Peugeot 203 de la familia aparcado y buscó un taxi. Todo en menos de quince minutos. Para que luego las lenguas de doble filo la llamaran a sus espaldas Escarlata O’Hara. Como si le importase.

La lluvia de la tarde había remitido. Madrid iniciaba el nuevo año resplandeciente y limpio, y parecía que le habían dado a las calles una capa de quitina o de betún. Apenas había tráfico, ni peatones, como si la ciudad durmiera todavía o las sobremesas de ponche y anís se hubieran ampliado hasta la hora en que abrieran los restaurantes y los cines. En medio de aquella pereza, resultaba extraño pensar que alguien pudiera darle la vuelta al calendario cometiendo un crimen, pero Silvia estaba convencida de que en esos asuntos no podía sorprenderse ya. Se equivocaba, claro, como se equivoca todo el mundo cuando tiene veinte años.

Cuando se bajó del taxi, antes de recibir el cambio, advirtió la figura de un hombre alto que fumaba junto a una farola, ante la puerta de la redacción. Reaccionó al verla y tiró la colilla al suelo, en medio de otras tres o cuatro colillas iguales que flotaban como barquitos de papel en un charco. Eso hablaba de la impaciencia del hombre, que no había querido esperarla en la redacción, ni en el portal siquiera. También le alertó a Silvia de que quince minutos para arreglarse y otros tantos para llegar al punto de destino no eran algo que se le pudiera perdonar cuando hay un caso de por medio.

Silvia guardó las monedas en el bolso, le dijo al taxista que esperara un momento y se volvió hacia el hombre. Un abrigo algo gastado, el rostro delgado y macilento de rasgos bien definidos, un bigote fino y las orejas grandes. Podría haber parecido un oficial del ejército pero llevaba el pelo demasiado revuelto, el nudo de la corbata demasiado estrecho, el cuello de la camisa arrugado y sucio. La impresión que le causó a Silvia Velázquez fue que el hombre había dormido vestido.

––¿Es usted Alberto García?

El hombre la miró de arriba abajo, calibrándola. Si hubiera sido una yegua, Silvia estaba segura de que le habría analizado los dientes o palpado los cuartos. En otra situación, en cualquier otra calle, en cualquier otro oficio, Alberto García quizá le hubiera dicho un requiebro improcedente, reduciendo su persona y sus estudios a mera carne con la que pasar un rato. O tal vez no. Silvia Velázquez tuvo la impresión de que no era el tipo de aquel hombre. Se equivocaba también, claro. No estaba dentro de la cabeza de García, ni sabía que García había llegado al punto en la vida de todo hombre en que encuentra siempre algo atractivo en cualquier mujer, aunque no cualquier mujer se convierte inmediatamente en objeto de conquista. Algún miembro de la misma tribu a la que pertenecía había inventado hacía siglos el dinero para ahorrarse ese esfuerzo.

––Eso era anoche. Ahora no estoy tan seguro. ¿Y usted, señorita…?

––Silvia. Silvia Velázquez.

––¿Aprendiz de periodista?

––Periodista ya lo soy, creo –respondió ella, algo picada. Y no pudo evitar aclarar––: Llevo una sección desde hace un año en Sábado Gráfico.

––La sección de moda y chafardeo, seguro –comentó el hombre, y Silvia notó que las mejillas empezaban a arderle––. ¿Y ahora quiere adentrarse en la crónica del crimen? No es agradable, niña. Cuesta trabajo tragarse el asco. ¿Qué quiere una chica como usted de este mundillo? ¿Busca emociones? ¿O sueña con escribir novelas algún día? Es más guapa que Agatha Christie, desde luego.

Silvia notó que todo el rostro se le volvía de color grana. Pero ya le habían avisado de que no iba a ser fácil.

––Usted, sin embargo, no llega a Clark Gable ––replicó, mirando a García de arriba abajo, como se mira a un pobre a quien sientas a la mesa en Navidad y olvidas al día siguiente––. Ni siquiera a Alfredo Mayo.

––No, no tengo las orejas tan grandes –rió García, sin darse importancia ni acusar el golpe––. Y el gran Alfredo me derribó una vez de un puñetazo, cuando todavía tenía Raza subida en la cabeza. Pero no tiene que avergonzarse de ser una niña mona.
––Ni rica, claro.
––Eso es algo que no puedo imaginar que le pase a nadie. Le han elegido mal compañero, guapa. Imagino que la Landi estará ocupada descubriendo misterios o no quiere competencia. Porque no creo que haya pedido expresamente trabajar conmigo, claro.
––He leído muchos artículos suyos.
––Así que fue usted –García se subió el cuello de la chaqueta; en verdad hacía frío––. No es solo mi patita, sino el hada madrina de mis hijos.
––¿Su patita?
––Mi patita. De pato. De los que siguen detrás a la primera cosa que ven moverse. Así aprenden.
––Creí que era usted quien andaba al paso de la oca.
––Lo hice, en tiempos. Era eso o el hambre. Bien, Silvia… podemos tutearnos, ¿no? No soy maestro de nadie, pero desde luego no lo sería de la vieja escuela. ¿Nos ponemos en marcha?
––Cuando usted… cuando quieras. El taxi está esperando.
Alberto García asintió. Dio un paso hacia el vehículo y Silvia no se sorprendió demasiado de que no le abriera la puerta. Si era un caballero, lo dejaba para otro tipo de mujeres, no para las periodistas. Pero García ni siquiera subió al taxi él tampoco. Rodeó el coche y se dirigió al conductor a través de la ventanilla.
––La señorita necesitará una factura por la carrera –le dijo––. ¿Es posible?
––Claro, jefe, por supuesto –respondió el taxista, y en menos de medio minuto le entregó un vale amarillo donde se detallaba el importe. García lo recogió, lo miró a la luz de la farola y se lo guardó en el bolsillo. Hizo un gesto con la cabeza al conductor y el taxista arrancó y se perdió en la noche.
––¿No vamos a ir en taxi? –preguntó Silvia––. ¿Tienes coche?
––Dios me libre. Pero a un par de esquinas podemos coger un autobús que nos dejará cerca de nuestro destino.
––¿No llegaremos demasiado tarde a… la escena?
––¿Un día como hoy? ¿Cuánto tiempo crees tú que va a tardar la madán en encontrar a un juez de guardia que no esté borracho y vaya a levantar el cadáver?
––¿La madán?
––La policía. En el cine los llaman la bofia. Para nosotros es la pasma o la madán. Si son de la secreta, la pestañí. Vamos, el autobús espera. Yo invito.
Echó a andar y Silvia tuvo que admitir, a regañadientes, que para alcanzar las grandes zancadas del veterano periodista iba a tener que pegarse a sus talones… exactamente como un patito detrás de su madre.
Media hora más tarde estaban los dos en el piso superior del autobús que llevaba a Carabanchel Alto, un trasto retirado de las calles de Londres y que disfrutaba de una segunda vida en Madrid.
––Si vamos en autobús, ¿para qué querías la factura de mi taxi?
––Soy coleccionista. Unos juntan sellos, otros monedas, otros tickets de autobús o de metro, y yo colecciono facturas de taxi.
––Anda ya –Silvia no pudo evitar sonreír mientras sacudía la cabeza, incrédula.
. ––¿Quieres la factura para algo, patito?
––Ni se me había ocurrido pedirla. No, no la quiero.
––¿Entonces qué más te da lo que yo vaya a hacer con ella?
––¿Siempre cubres los reportajes viajando en un autobús de mala muerte?
––También uso el metro, de vez en cuando.
––Pero apuesto a que en la redacción pasas la factura del taxi.
––De vez en cuando, sí. Como hoy. ¿Tú tienes hijos, niña?
––¿Tengo pinta de tenerlos? –Silvia respondió con rapidez, pero parpadeó dos veces, muy velozmente. Esperó que García no hubiera advertido el titubeo.
––Nunca se sabe, mujer. Nunca se sabe. Yo tengo tres. Dos niños y una niña. Pequeños aún, aunque me temo que crecerán rápido. Y los Reyes están a la vuelta de la esquina.
––Los Reyes no son los padres, ¿no? Son los fondos de El Caso.
––Haces que parezca malo que mis hijos se alimenten de la gente mala que anda suelta por el mundo, pero tengo claro que no es peor que hacerlo de la gente guapa que tira en ropas y fiestas el sueldo de todo un año de un españolito cualquiera. Lo cual me lleva a preguntarte… ¿tú qué has estudiado, si no es mucho preguntar? El Ogro me dijo que acababas de terminar la carrera. ¿De qué?
––De periodismo, ¿de qué va a ser?
––Pues menuda pérdida de tiempo. Doble, en tu caso, si es verdad que en tu familia hay pasta. El periodismo no se aprende con los codos, sino con las suelas de los zapatos. En la calle, no en las aulas. Si se te escapa alguna falta de ortografía, la culpa es de los de linotipia.
––Para eso estoy aquí, ¿no? Y no, no cometo faltas.
––¿Y resulta que quieres especializarte en sucesos? ¿Qué pasa, que te pone el morbo?
––No lo sé. Estoy aquí para que tú me enseñes. ¿Cuál es tu caso?
Alberto García dudó un segundo antes de contestar. Encendió un cigarrillo y dejó que el humo gris envolviera sus palabras un instante.
––Hay oficios que no se pueden dejar de hacer. Fontanero, bombero, enterrador, médico… Informar de la mierda del mundo es uno de ellos. Es la pasión por poder contar cosas y saberlas contar para transmitir esa pasión. ¿Tienes idea de lo que te estoy hablando?

––Claro. Si a ti te vale, también me vale a mí.

––Esa pasión sirve para que mis hijos tengan un Mecano por Reyes, y una Mariquita Pérez, ¿te parece poco, patita? Seguro que cada vez que abrías un regalo de niña no te preguntabas de dónde sacaba el dinero tu padre.

Esta vez, le tocó a Silvia Velázquez el turno de callarse.

(Esta historia es un pecio, una historia abandonada, inacabada. A cuatro manos, noir costumbrista. La empezamos hace muchos años. La abandonamos hace muchos años también. Hoy hemos visto que se anuncia una serie de televisión que se parece mucho a lo que aquí escribimos en casi cien páginas. Y de pronto se me ha apetecido, con el permiso de Juan Miguel, el otro padre de la criatura, compartirla)


Cuando Higinio el conserje abrió la puerta de la redacción, ya supo que había alguien dentro. El hecho de dar las dos vueltas a la llave cada mañana era para él, mutilado de guerra, el equivalente a izar una bandera imaginaria al toque de diana. Pero hoy, precisamente, no esperaba a nadie. Por la hora y por el día. Lloviznaba en Madrid, una lluvia fría y lenta que a poco que descendiera la temperatura se convertiría en nieve, y la gran ciudad dormía aún la fiesta de principio del nuevo año. Por eso, era pronto todavía para que la redacción empezara a llenarse de hombres de rostro enrojecido por el coñac y el frío dispuestos a contar en el turno de guardia hazañas sobre la despedida de 1958 y hacer apuestas sobre el partido de fútbol del próximo domingo.

Olía a tabaco, como de costumbre, esa costra de humo que se pegaba a las máquinas de escribir y los papeles acumulados sin ton ni son por la media docena de mesas de caoba que componían el espacio de la redacción, un viejo edificio reconvertido, perdido entre el laberinto de las calles del centro y que lo mismo podía parecer, desde fuera, una clínica veterinaria que un dentista. El viejo cartel de hierro y neón apagado, sin embargo, se encargaba de anunciar que entre aquellas cuatro paredes se arrojaba luz sobre la sangre que manchaba a España. Desde la ventana abierta de su cuartito de recepción, Higinio podía ver las dos últimas letras invertidas, sujetas con alambre al hierro forjado: “OS”. De noche, antes de cerrar, antes de que el cartel se iluminara, las farolas de la calle proyectaban sobre la pared de enfrente la sombra ya derecha del nombre del semanario: EL CASO.

Renqueando, Higinio encendió la luz, se quitó el gabán y la bufanda, se sopló las manos, y fue a colgar la ropa de la percha cuando vio en el suelo un abrigo sin dueño. Suspiró. Recogió la prenda y la olisqueó, captando de inmediato aquel aroma de tabaco negro y colonia Varón Dandy mezclado con otros olores de alcohol y otros perfumes que escapaban a su entendimiento. Con el abrigo en la mano, cruzó la estrecha redacción en forma de ele y allí lo vio, desparramado contra la mesa, el pelo revuelto y entrecano. Podría haber estado muerto como podría haber estado borracho. A lo mejor estaba las dos cosas, sin saberlo, o sin que le importara a nadie. Alberto García, de profesión periodista, un sabueso de sucesos que a lo largo de su carrera se había ganado el respeto de los compañeros y la policía, pero que parecía haberse perdido hacía tiempo el respeto a sí mismo.

Higinio echó un vistazo alrededor. Sobre la mesa de García, dos vasos vacíos, un puñado de colillas en el cenicero. Tabaco negro, Bisonte, el que fumaba García. Y otros cigarrillos más finos, rubio emboquillado, con marcas de carmín y a medio consumir. Meneando la cabeza, el conserje retiró uno de los vasos, vació el cenicero, advirtió entonces en el suelo, junto a la botella vacía de Fundador, una media de seda que había quedado desgarrada y rota, estropeada para siempre por las prisas o las bromas. Se agachó con esfuerzo, la hizo una pelota en el puño y se la guardó en el bolsillo, reprimiendo por un momento la necesidad casi vergonzosa de llevarse la media a la nariz para olerla.

Entonces, tras comprobar que la calefacción estaba en su punto justo, procedió a despertar al hombre dormido.

––¡Don Alberto! ¡Don Alberto! ¿Ha dormido usted aquí, hombre de Dios? ¡Despierte!

El hombre dormido agitó una mano, un gesto inútil que lo mismo pretendía apagar un imaginario despertador que coger de nuevo el vaso vacío. No abrió los ojos. Con paciencia infinita, el conserje lo zamarreó.

––¡Don Alberto! ¡Que son las cuatro y media de la tarde ya, por Dios! ¡Que Don Eugenio debe estar al caer y como lo pille de esta guisa le va a echar una bronca! ¡Que lo puede poner de patitas en la calle y tiene usted una familia que alimentar, carallu!

Alberto García chasqueó la lengua, se movió despacio, como a cámara lenta, y poco a poco levantó la cabeza. Alzó una ceja, abrió un ojo. Lo volvió a cerrar antes de frotarse las sienes y tratar de abrirlo de nuevo. Lo consiguió esta vez. Primero el ojo izquierdo. Luego el ojo derecho. Ojos claros, azules, rodeados de venillas rojas. Todavía bizqueaban un poco.

––¿Mmm….? ¿Dónde estoy?

––¿Dónde va a estar, hombre de Dios? En casa.

Alberto giró la cabeza a un lado y a otro, como un perro de caza que rastrea una presa que se ha perdido.

––¿En casa?

––En la redacción. En el semanario. O sea, en casa, ¿no? Porque mira que hay que tener poquísima vergüenza para pasar aquí la noche de fin de año. Su pobre mujer es una santa. No sé cómo se lo consiente.

Alberto trató de controlar, sin mucho efecto, el temblor de manos que lo sacudió de pronto. Lo achacó al frío de enero. Encendió un cigarrillo para calmar el tembleque y el cosquilleo del humo en la nariz le supo a gloria.

––Hablas como si no estuvieras casado, Higinio.

––Casado y con familia numerosa, don Alberto. Como usted, casi. ¿Pero qué hace aquí a estas horas? Todavía no ha llegado nadie.

Alberto se levantó, terminó de atarse el cordón de un zapato, se alisó el nudo de la corbata. Con tristeza, comprobó que la botella de coñac estaba vacía.

––Ojalá me acordara, Higinio. Ojalá me acordara.

––Pues si no se acuerda, de verdad que no sé si le compensa todo el ajetreo.

El periodista se encogió de hombros, recogió la chaqueta del respaldo de la silla, se la puso, y tratando de no perder el equilibrio se dirigió al pequeño cuarto de baño. Chocó una vez contra la pared, y estuvo a punto de hacer caer al suelo una de las primeras planas enmarcadas del semanario, aquella que había conseguido vender más de medio millón de ejemplares el año pasado. Dios tendría que tener un rinconcito en el cielo para gente como Jarabo.

Orinó con ganas, un chorro denso y amarillo que espumeó al chocar contra el blanco inmaculado y frío de la taza. Se volvió hacia el lavabo y se enjuagó la boca, escupió, volvió a enjuagarse. Mirándose en el espejo sólo lo necesario, se mojó luego la cara y el pelo, las muñecas, sin importarle si se salpicaba o no las mangas de la chaqueta. Tendría que pasar sin afeitarse. Con un pañuelo húmedo, se quitó las manchas de carmín del cuello de la camisa. No es que importara demasiado.

Cuando regresó a la redacción, el olor del café caliente se le coló por la nariz y estuvo a punto de hacerlo vomitar. Se contuvo. Higinio, taza en mano, se le acercó. Le tendió el café que le empañaba las gafas de alambre.

––Solo, sin azúcar, con una pizquiña de orujo, como a usted le gusta, don Alberto.

––Como necesito, más bien –murmuró el periodista. Bebió el café de dos tragos, sintiendo que le escaldaba la garganta y el esófago. El efecto fue instantáneo. Una nueva energía le corrió por todo el cuerpo y su mente se despejó. Un par de aspirinas tragadas en seco terminaron de hacer el avío. El temblor de manos desapareció, el cansancio se borró de sus párpados y en cuestión de cinco minutos nadie podría haber dicho que un rato antes estaba durmiendo la mona apoyado en la dura mesa donde repartía sus apuntes y sus libretas.

––¿Le importa a usted que vaya poniendo la radio, don Alberto?

Alberto García se encogió de hombros.

––Mientras no esté hablando Bobby Deglané, me da igual. Ahora mismo no soportaría ni dos minutos del Carrusel Deportivo.

––No sé de qué se queja, don Alberto. Si este año otra vez tiene el Madrid la liga en el bolsillo. Además, hoy es jueves.

––Ya veremos. Yo soy colchonero de toda la vida...

––Y yo del Celta, no te jode. Pero el Madrid es el Madrid, el equipo del Generalísimo, y eso va a misa, don Alberto.

––Para misas estoy yo ahora. Anda, pon esa radio y tráeme otro café, ¿quieres? Sin orujo esta vez, por favor.

––Acabará usted bebiendo zarzaparrilla, don Alberto.

––O agua de Carabañas.

El conserje, convencido de haber hecho la buena acción del día, se dio media vuelta y, siempre cojeando por aquella vieja herida de Belchite que se le había llevado el pie, encendió la radio y subió las persianas. Con paciencia, fue retirando los ceniceros de las mesas y, aunque no se atrevió a mucho más, ordenó unos cuantos folios. Preparó un segundo café cargado y sonrió cuando escuchó el tableteo de la Hispano Olivetti M40 de Alberto García compitiendo con los boleros y rancheras de la radio.
A las seis en punto, como siempre, el parte.

–– El general Batista ha llegado esta mañana al aeropuerto de Ciudad Trujillo, huyendo de la Habana ante el avance imparable de “los barbudos” del comandante Fidel Castro –entonó el locutor, el sustituto de Matías Prats, la voz de voces––. Fuentes dignas de todo crédito afirman que don Fulgencio Batista convocó a los altos oficiales del Estado Mayor, con los que se reunió en Campo Columbia antes de abandonar el país. El presidente, según estas fuentes, aseguró que dejaba la defensa de la capital cubana al general Cantillo porque no deseaba un inútil derramamiento de sangre…

––Sobre todo de la suya propia –comentó una voz, con sorna––. Este va a correr más que los italianos en Guadalajara.

La máquina de escribir se detuvo, Higinio dejó de servir la taza de café. En la puerta de la redacción, de punta en blanco, con un abrigo de astracán y una bufanda larga y un sombrero de fieltro a juego, Eugenio Suárez se detuvo el tiempo suficiente para comprobar que todo estaba en su sitio, tal como lo había dejado veintiocho horas antes.

––Ah –pareció sorprenderse al encontrarse a García––. ¿Ya estás tú aquí, Alberto?

––Estoy sustituyendo a Perales. Quiso aprovechar el puente para irse al pueblo. No sé qué de una herencia familiar que lo tiene a maltraer con unos primos. Lo mismo tenemos suerte y se encuentra un fiambre. La gente de los pueblos es muy bruta, ya lo sabes, jefe. Estacazo y cuchillada que te crió por un quítame allá estos regadíos. Igualito que en la capital, ¿eh? Donde esté un buen niño bien…

––¿Todavía escocido por lo de Jarabo, Alberto? –Eugenio Suárez se quitó los guantes con un gesto entre marcial y británico––. Estabas en otro sitio y no te tocó. Ya habrá más muertos y más asesinos.

––Mientras sólo podamos meter uno por número…

El director del semanario entró en su despacho. No se molestó en quitarse el abrigo. Se fue derecho al teletipo y le echó una ojeada. Arrancó una página.

––¿Desde cuándo las imposiciones de la censura han sido un obstáculo para nosotros?

––¿Desde que estuvieron a punto de meternos un puro porque el censor de turno no sabía lo que significaba “occiso” ni “interfecto”?

––Nadie nace sabiendo, Alberto. Menos que nadie, nosotros. Anda que no hemos pegado tiros.

––Y nos los han pegado. A mí más que a ti. Puñeteros rusos. Escucha, jefe, sé que todos se parten el culo por el juicio de Jarabo. Me gustaría cubrirlo a mí.

––Lo lleva Rubio, ya lo sabes.

––Yo lo haré mejor. Joder, si hasta conocí al tipo. Igual que tú.

––Compartimos colegio, nada más.

––Y alguna vez nos bebimos juntos la barra entera de Chicote. Venga, jefe, ¿qué más te da?

––¿Pero de verdad que tú te ves allí sentado, escuchando a los abogados aburrir a las moscas y al cínico de José María Jarabo preocupado por cuál es su mejor perfil, si el derecho o el izquierdo? Tú eres un periodista de otra raza, Alberto. O lo fuiste, al menos.

La acusación quedó implícita en el aire. García se lamió los labios, miró al suelo. Supo que el dulce del juicio al asesino de alta sociedad se le iba a escapar de las manos, como se le había escapado la cobertura y el descubrimiento del caso. A veces se preguntaba si no tendría que buscarse la vida en otro periódico, en otra sección que no fueran los sucesos. Pero con tres hijos en el mundo, era un riesgo que ya no podía correr. Además, se había hecho demasiados enemigos en Pueblo.

Eugenio Suárez sacó un puro de una cajita, se lo metió en la boca y se quitó el abrigo mientras repasaba rápidamente los teletipos. No les dio importancia, pero se llevó al oído el auricular que conectaba con la emisora de la policía. Escuchó atento unos instantes, garabateó unas palabras en una libreta cuadriculada y sólo entonces encendió el puro. García se preguntó si sería verdad o no que había enviado una caja de aquellos caros habanos a Jarabo por las ventas desorbitadas que gracias a sus crímenes había conseguido el semanario. De cualquier forma, con Fidel Castro entrando en las calles de la capital cubana, pocos puros iba a poder disfrutar nadie dentro de poco. La producción de tabaco y ron se la iban a llevar los rusos, estaba convencido, menudos eran. Los yanquis, con una revolución tan cerca de casa, seguro que andaban ahora con los huevos de corbata. Igual que Jarabo, claro: nadie en toda España dudaba que sus chulerías acabarían con el garrote vil.

––Parece que tengo algo para ti –murmuró Suárez, y levantó el teléfono y marcó un número. Cubrió el fonocular con la palma––. ¿Tienes un coche a mano? –le preguntó a Alberto.

El reportero negó con la cabeza.

––Mi cuñado está pasando el final de año en Navacerrada. Ya son ganas, con el frío que hace. No volverá hasta después de reyes.

––Pues píllate un taxi y que te den factura.

––¿Qué se cuece?

––Se pudre, más bien. Una muerte en Carabanchel. Una chorrada sin importancia, me imagino: una pelea entre maricones.

Alberto torció el gesto.

––¿Y me tiene que tocar a mí?

––Eso te pasa por llegar el primero a la redacción –hizo un gesto con la mano y descubrió el teléfono––. ¿Sí? Juanito, soy el Ogro. Ve preparando la cámara. Sí, ni en fiestas la gente descansa. Sí, ya sé que tú estarás cansado. Yo también, a ver si te crees que he recibido el año bebiendo refrescos de naranja. No, no tengo a nadie más a mano. Sí, te contará como horas extras. Venga, si además lo tienes a dos pasos. Te envío a García. No, no había otro. Todo el mundo está durmiendo la mona. Además, no irá solo. Apunta la dirección. ¿Tienes lápiz a mano? Pues búscalo, no me hagas perder más tiempo.

––¿No iré solo? –preguntó Alberto, anotando al mismo tiempo la dirección que Eugenio Suárez daba a su interlocutor, Juanito Arroyo, el fotógrafo a quien todos apodaban “Libélula”. Si era un crimen entre sarasas, enviar a un fotógrafo que perdía aceite podía ser un gesto de crueldad, o una jugada maestra––. ¿Vas a venir conmigo, jefe?

––¿Con lo que tengo que hacer aquí? No, tengo que devolverle un favor a un amigo bien situado.

––¿Cuál de tus amigos no lo está, Eugenio?

––Estudia en la universidad, te encantará el papel de mentor.

––¿Un estudiante? ¿Vas a convertirme en recogedor de vómitos de un estudiante? ¡Joder, Eugenio, si lo sé me quedo en casa!

––Mentiroso. Cualquiera sabe dónde te tomaste las uvas anoche. No, no es un estudiante.

––¿No?

––No. Es una estudiante. Una chica.

––No me jodas.

––Más quisieras. Tranquilo, me han dicho que es una chica lista. No te dará mucha guerra.

––¿Y si me la da?

––Entonces tienes permiso para estrangularla. Te juro que entonces te saco en primera plana.

––¿Me enviarás habanos a la cárcel, como a Jarabo?

––Sólo si me prometes que te los vas a fumar y no hacer guarradas.



2016-01-18

Y LA NAVE VA...

A los cinéfagos con complejo de culpa nos cuesta reconocer que el cine fue y es espectáculo de barraca de feria, hecho por unos técnicos para públicos no intelectuales, refugio de artistas en ciernes que desarrollaron un arte específico al alba del siglo veinte. Junto al golpe y el cachiporrazo del vagabundo a la carrera, el lirismo de la florista ciega, la soledad del hombre junto a los monumentos de piedra de la naturaleza, la mirada del pescador portugués asesinado por su propio barco.

El cine nunca ha olvidado su vocación de gran espectáculo: del silente al sonoro, del sonoro al color, del color al Cinemascope, del Cinemascope al Cinerama, del Cinerama al 3D, de la maqueta con hilos visibles a la maqueta manejada por ordenador y, luego, el dibujo informático indistinguible de la realidad filmada a la que se superpone. Los públicos aplaudimos a reclamos populares: la belleza de unos y otras, la majestuosidad de la pantalla, la sorpresa de los efectos especiales.

El héroe de una pieza dio paso al perdedor, el perdedor al cínico, el cínico al hombre alienado y corriente. Llegó la tecnología para resucitar magias perdidas y recurrió a los viejos seriales y camufló las influencias de los cómics. Y llegaron, muy tarde, los personajes del cómic justo cuando los efectos especiales permitían, y hasta barato, reproducir lo que hasta entonces sólo se había visto entre viñetas.

Creció entonces un nuevo tipo de espectador, el que los cinéfagos reconvertidos a honestos cinéfilos soportamos (o más bien no) en sesiones de cine calcadas de patios de recreo donde el bocadillo y el batido de vainilla son las palomitas y los refrescos (o, peor aún, los pestilentes nachos con queso): público no ya adolescente (que ese hubo siempre) sino público friki: el que no comprende que adaptar un libro de mil páginas al cine no consiste en filmar todos y cada uno de sus puntos y comas, el que se emociona con peliculillas menores de los héroes del tebeo americano y no admite críticas a su narrativa, a la plantilla con que se cuentan casi todas las historias, a los conflictos internos que supone trasvasar lo que funciona en un medio para que funcione en otro.

Manda la taquilla. Como ha sido siempre. Pero la taquilla es efímera. El público adolescente, por definición y naturaleza, es efímero: ave de paso. Llegarán las hipotecas, o el paro, o la falta de tiempo. Y vendrán otros públicos, y otros efectos especiales, y otros personajes de enganche. Los héroes de los cómics, como los públicos embelesados de ahora, se harán viejos.

Es lo que ha dicho Steven Spielberg, que sabe tanto de esto y que fue parte del origen de todo esto. El cielo y la tierra pasarán. La moda es moda. Desaparecerán los superhéroes cuando los públicos se cansen, cuando los actores envejezcan, mueran o simplemente pidan desorbitados aumentos de sueldo. Cuando la taquilla no responda porque de todo se cansa uno. Le sucedió al género cinematográfico por excelencia, lo ha dicho Spielberg: el western. Le sucedió al cine negro, al cine S, a la comedia generacional. Llegarán otras generaciones.

Han puesto a caldo, a Steven Spielberg, que fue el primero de la clase y tiene la sabiduría de ser ahora uno de los maestros viejos. Porque, lo mismo que ignoran el pasado del medio, los públicos nuevos ignoran que vendrá el futuro.

Pero el cine, sin embargo, seguirá rodando. Habrá nuevos personajes que se perderán en las pantallas en busca de otros horizontes, sea en jeep, o a caballo, o en nave espacial. Sea con capa escarlata o con pañuelo negro y pata de palo.


AL SERVICIO DE SU MAJESTAD BRITÁNICA




Los años cincuenta que en este ejemplar se despiden habían sido una década de asentamiento. Una guerra mundial ganada, un nuevo mapa geopolítico, unos veteranos que habían vuelto del frente un tanto cansados del exotismo y la popularización de nuevos héroes más apegados a lo normal, quizá por el mismo hartazgo de la aventura o porque el formato televisivo no daba para muchos sobresaltos por su perpetuo problema de presupuesto. En la historieta se fueron afianzando personajes más cercanos al lector (siendo Peanuts el máximo exponente de su momento; cito a Peanuts porque Hal Foster ya expresó su fascinación por este título), héroes más desaforados (como Phantom o Flash Gordon) se hicieron más realistas y hasta autoparódicos; la ciencia ficción y el terror tuvieron la zancadilla de la caza de brujas y se puso de moda el policíaco. Todo eso estaba a punto de saltar cuando llegara la nueva década, la prodigiosa, cuando los comic-books de colorines trajeran a los superhéroes y al pop al primer plano. Pero antes, en estos mismos años cincuenta, previo paso al cine que lo haría popular, un personaje que se convertiría en icono ya había empezado a socavar la moral bien pensante. Le debía muchísimo a los cómics, aunque ya no se le reconozca, y nos mostró a un agente secreto amoral y misógino con licencia para matar y beber a cascoporro. Dicen que Kennedy tenía sus libros en la mesilla de noche.

Puede que también Harold Foster leyera las novelas de James Bond, el agente británico de Ian Fleming. Porque su personaje, el príncipe Valiente, mil quinientos años, allá en la misma Gran Bretaña, se convierte en estos años finales de la década en el chico para todo del rey Arturo: en su mano derecha, su agente encubierto, su explorador, su general. Se le encargan todo tipo de misiones y Val las resuelve (o no) con su habitual descaro y su buena suerte. La aventura ya no le sale al paso: él mismo va a buscarla porque se lo ordenan desde arriba. Val (y Gawain en menor medida) se han convertido en funcionarios.

Foster juega con cierto distanciamiento formal en esta etapa; une el descreimiento con el humor, la aventura bélica con el horror. Si Valiente, disfrazado de Cid, es capaz de engañar a un señor feudal que mantiene prisionero a su amigo Gawain, es éste quien sigue tomándose la vida a risa y se dedica a seducir y estafar y hasta a partirse la cabeza contra escuderos y leñadores en un torneo de segunda. Foster, aquí, una vez más, toma partido por los desheredados de la tierra: los criados de Gawain, los forajidos perseguidos y mutilados por capricho. El descreimiento de Foster lo lleva a trazar una historia de amor que podría haber sido romántica y apasionada como si una comedia de Clark Gable y Claudette Colbert se tratara: no hay nada menos romántico que una parejita perdida en los caminos, empapada por la lluvia y sucia por el barro. Foster se ríe del amor y nos hace reír del romanticismo. Pero la tragedia espera a la vuelta a Camelot. Una riña tonta entre Val y Aleta hacen que nuestro caballero haga algo que hoy nos parece aterrador: zurrar a su esposa. Y este acto, contado en principio con despegue y naturalidad, sin que Foster parezca condenarlo en un principio, acaba convirtiéndose en un terrible detonante que va a afectar no sólo al matrimonio protagonista, sino a la cordura de nuestro príncipe.

Nuevamente, Val tiene un ramalazo bersekr que da miedo y a punto está de acabar con su vida. Es el pago a su terrible pecado y su salud depende del perdón. Aleta se convierte una vez más en dama angelicata que acude a salvar a su amado y a sí misma. Nos suena esta historia: un punto de ruptura similar se resolvió años atrás con el nacimiento de Arn meses más tarde.

Foster ahora juega otra vez la carta de Hulta, cuando ocultó el físico del mensajero en la guerra contra los hunos. También decide no contar lo que está pasando en los textos, pero los dibujos son harto elocuentes y Aleta cubre con capas y gasas, en toda la última parte de este libro, su estado. Un gran secreto que, a la postre, resolverá el dilema de Arn y las casas reales de Thule y las islas de la Bruma.

2016-01-05

HATER

Ignora lo que no te guste.



Nunca volverá a ser 1977. Nunca recuperaremos aquella ingenuidad, aquella sorpresa, aquel mundo que cambió y nos cambió, de la noche a la mañana, con el visionado de una película. La estudiada simplificación narrativa, la limpieza temática, la estructura que hacía ecos de tantos sitios que era como si resonara por vez primera, son imposibles de recuperar. Han pasado 38 años. Han pasado seis películas. Y dos hiatos. Y ha habido sobreexplotación de merchandising y universos expandidos. Y relevos generacionales. Y lo que fue una agradable fantasía espacial se ha convertido en iglesia.

Sobra comentar aquí lo mucho de bueno y malo que forman parte indisoluble del ADN de lo que es Star Wars y lo que Star Wars significa. Cada espectador rendido en fan tiene su esquema, sus preferencias, sus vivencias. Muchos se sienten dueños del juguete, sin querer reconocer nunca que contentar a todo el mundo es imposible, que el juguete tuvo un dueño (que además era su creador) y ahora tiene otro, ese que va camino de convertirse en el estudio más potente del siglo XXI.

La apuesta fue siempre (y esto no lo entendió George Lucas, que cometió el error de rodar las precuelas) el futuro de los personajes. No es el universo lo que interesa, sino la peripecia, la aventura, la sorpresa. No saber qué va a ser de unos personajes tan icónicos que es ya imposible crear otros que los sustituyan sin recordarlos. Cada uno de ellos es quien tuvo que ser porque tuvo que serlo: el joven ingenuo, el malvado implacable, el maestro sabio, el contrapunto cómico, el amigo deslenguado. Y, transcurridos tantos años desde aquel final apresurado y mal contado con el que Lucas se despidió por primera vez de su saga con El Retorno del Jedi, no ha quedado otra que jugar a lo único que se puede jugar cuando el juguete es tan estilizado que no admite más componendas.

De la mano del hijo putativo de Steven Spielberg (y, por ende, sobrino putativo también de George Lucas), JJ Abrams, se cuenta quizá lo único que podría contarse a nivel de evolución de universo y personajes: han pasado también treinta años en la trama, y a partir de ahí se juega a buscar adrede el paralelismo, la coincidencia, el guiño. Nada de extrañar, por otra parte: el propio George Lucas jugó ya dos veces a rehacer Star Wars (en VI y I, por si ustedes no quieren detenerse a pensarlo), igual que jugó una vez más a rehacer En busca del Arca Perdida (en La última cruzada, por las mismas razones). La marca de fábrica de esta sinfonía galáctica fueron las codas, las rimas, las repeticiones: el comentario de amargura de Obi Wan en IV se convertía en ironía en III, el coscorrón involuntario del extra stormtrooper se convierte en tendencia genética de Jango Fett. Así, ad infinitum. Situaciones paralelas, diálogos similares, y por encima de todo el contrapunto o el hilo conductor de la música.

Treinta años después los héroes de nuestra generación ya no pueden ser los héroes de otra generación. Nadie habría admitido, al menos ahora, un cambio de actores a la hora de interpretar a Han Solo, Luke Skywalker o Leia Organa. Había que renovar la escudería. Y hacerlo tirando hacia delante. Escamoteando, lamentablemente quizás, elementos interesantes de esa historia que todos creemos conocer pero ninguno conoce (en tanto el universo expandido ya no existe, y en buena hora). No tiene que haber sido tarea fácil: del trío protagonista, uno de ellos (Ford) es el único que ha conseguido llegar a la categoría de superestrella, quedando los otros dos relegados a sombras de sí mismos con carreras cuanto menos discretas. El tiempo, además, es inmisericorde con todos. O se saltaba en el tiempo doscientos años o se apalancaba con lo que hay. Y esta es la decisión que Kathleen Kennedy, Disney y Abrams han tomado. Lo tomas o lo dejas.

El universo expandido fue, aunque no lo quieran creer quienes lo consumieron, una maniobra comercial, un entretenimiento inter filmis. Pensando con dos dedos de frente, era imposible que nadie fuera a rodar unas “continuaciones” que sólo unos pocos en el ajo conocían. La película, como la primera trilogía, juega siempre a la sorpresa. La decisión de tirar por la borda lo que se leyó en novelitas malas, en tebeos regulares y en series de dibujitos animados a veces aceptables es tan inevitable como sabia. Aunque, por simple combinación de elementos y por lógica de evolución de personajes e historias, tenga que haber por fuerza elementos que se parezcan.

El despertar de la Fuerza es, por tanto, una continuación que se vuelve oficial en tanto oficial ha sido siempre sólo lo que se ve en pantalla. Es, entre otras cosas, un acto de amor, un homenaje de las nuevas generaciones a las generaciones que fueron. La continuación de aquellas situaciones, aquellos personajes, y sus sustitución, lenta pero inexorable, por otros personajes y otras situaciones.

No sólo es Star Wars; es Star Wars en su mejor salsa: apabullante, grandiosa, ridícula por momentos, sin demasiado tiempo para profundizar en los personajes ni encontrar los absurdos de la trama. Una montaña rusa de emociones. Tiros, duelos, explosiones, persecuciones, chistes tontos, personajes que amamos y personajes que amaremos, villanos que odiaremos, la tensión del saber cómo continuará lo que, siempre, ha sido una saga: o sea, una historia que se cuenta de padres a hijos.

Enmienda la plana, pues, a los errores que cometió Lucas: no hay ninguna alusión a la primera trilogía; se limitan y mucho los CGI; vuelve al universo gastado y limítrofe, a los malos que no son políticos sino militares nazis. Y se explica lo que no fue más que un contrasentido en los minutos finales de VI (y su versión expandida): un imperio galáctico de veinte años es una mierda de imperio galáctico.

La película tiene por centro el enfrentamiento, una vez más, entre luz y sombra, encarnados en la chatarrera (mejor “buscadora”) Rey y el aprendiz de Vader que es Kylo Ren. Entre ellos, el personaje más amado de la saga, Han Solo, que lleva sobre sus encorvados hombros todo el peso de la historia. Sí, hay paralelismos con IV, quizá en demasía, pero esta película es un puente. Quizá no podría ser de otra forma. Un segundo visionado ya nos hace comprender que no es tanto remake como rima. Sí, me dirán ustedes, y yo les doy la razón: harta un poco tanta estación de combate superdestructora. Claro. Pero tener la bomba atómica no impidió que luego se creara la de hidrógeno. O la de neutrones. O las que vengan.

Cuando vimos Star Wars no sabíamos nada de que pudiera ser un episodio IV, que habría continuaciones y precuelas. Aquí se juega con ventaja: saben los narradores y sabemos los espectadores que habrá continuaciones (quizá ad infinitum). Por eso la película se pasa volando, quedan establecidos muchos interrogantes y sabemos que no todos serán respondidos ni siquiera en la próxima película que ya se prepara.

La rima tiene en Rey y Kylo el juego de paralelismo cuádruple: entre Vader y este su nuevo epígono; entre Luke y su futura pupila. El gran descubrimiento es Daisy Ridley, casi un trasunto de Nausicaa del Valle del Viento, una figura femenina potente y autónoma, quizá una superJedi, una mutante que aprende todo sobre la marcha. Casi como el estadio inicial del otro gran personaje femenino y duro de nuestro momento, Imperator Furiosa. En el otro lado del tablero, la pieza negra, Kylo Ren con su secreto desvelado demasiado pronto, quizá, un malo que quiere ser tan malo como el que fue más malo y que se ve a un tiempo desvalido y a la vez abominable. Queda un malísimo en la sombra que quizá no sea tan interesante, a estas alturas de la narración, como el futuro enfrentamiento entre estas dos piezas de ajedrez invertidas, Rey y Ren.

Ese es el gran punto a favor de esta secuela que llega, ay, quizás demasiado tarde. Queremos saber qué va a pasar. Queremos saber qué motivó la deserción de Luke. Quién es Rey. Cómo completará su internamiento en el Lado Oscuro (a mí me gustaba más lo de “Reverso tenebroso”) ese aprendiz de brujo que fue un niño brujo terrible. A los fans veteranos nos queda, tal vez, la idea agridulce de que nos han escamoteado treinta años de historia, momentos que nos habría gustado ver, huecos que quizá no se rellenen más que a partir de datos y retazos de diálogo. Pero qué puñetas. El cliffhanger sigue ahí. La galaxia se hace cada vez más infinita.



Presentaremos "Mobtel", un teen noir divertido y surrealista, el jueves 11 en la librería QiQ de Cádiz.



Nuevo libro. Publica Cyberdark. Mis más o menos memorias de todo esto. Un texto que inicié aquí mismo hace la tira y que se publica, completo y terminado ya, en papel.

Si cine es movimiento, entonces Mad Max: Furia en la carretera es cine puro, sin aditamentos, el placer de la narración sin tregua y, al mismo tiempo, la búsqueda de la belleza en cada encuadre.

Treinta años han pasado desde que el loco Mad, policía reconvertido a superviviente, héroe a su pesar de un mundo post-apocalíptico, quedara varado en el desierto rojo donde vive y quema rueda. Se dice pronto. Mad Max, lo recordamos todos, fue una de las trilogías que salpicaron el cine de los ochenta, la presentación en la sociedad internacional del cine aussie y el trampolín del bello Mel Gibson. Tres películas que parecían tebeos, que participaban de la estética 2000 A.D y de Mètal Hurlant y que, incomprensiblemente, nunca se convirtieron en la gran franquicia que podrían haber sido: ni Marvel ni DC aprovecharon el tirón e hicieron adaptaciones al cómic, ni se jugó a los presupuestos inferiores que la historia bien permitía para lanzar una o varias series televisivas.

Vuelve ahora Max, de la mano de su creador George Miller, como han ido volviendo poco a poco todos los iconos que fueron sus contemporáneos: Rocky Balboa, Indiana Jones, Rambo o Star Wars. Y vuelve cambiando de rostro, pero no de ambiente, sustituyendo a Mel Gibson por Tom Hardy y presentando no un remake, como se anunció y causó alarma, sino una aventura más en el camino, un encuentro con otros supervivientes, con otro tipo de salvajismo. El resultado es la mejor película de acción de lo que llevamos de año y la mejor de la serie.

Llama poderosamente la atención que Miller, con setenta años ya a las espaldas, haya rodado esta película con un pulso narrativo envidiable. No hay CGI apenas: todo lo que se ve en pantalla (y se ve mucho) es físico, real, rodado en meses y meses de paciente coreografía de la destrucción. La película es un ballet hermoso y letal, una exageración de los postulados de la anterior trilogía, sin caer en el ridículo pseudo-humorístico que (¿por imposición de Mel Gibson, quizá?) lastró la última media hora de Más allá de la Cúpula del trueno (o sea, Mad Max 3, para entendernos). La paleta de colores, ahora virados al rojo más que nunca, más la presentación de personajes mutantes, deformes, exagerados, nos lleva de explosión en explosión a este western futurista que en ocasiones incluso parece steampunk. Tiene una gramática clarísima, esta película, una estilización absoluta de la acción y la violencia, donde los choques y enfrentamientos se ven y se entienden, donde el espectador no se despista en ningún momento ante las muchísimas cosas que pasan en la pantalla, y donde en todo momento, desde la catarata al guitarrista heavy, al pantano en la niebla o la tormenta de arena se muestra con un delicado sentido de la estética.

Sale poco Max, cierto: ya no es el protagonista de su propia vida, sino que es un juguete movido por las arenas de su mundo. En ningún momento se nos cuenta cuándo estamos, aunque algún detallito suelto (la locura que todavía acompaña a Max, las alucinaciones con su hija muerta, el motorcito del juguete musical) nos hacen pensar que, en lo que ahora es una cuadrilogía, esta película sería la segunda; justo antes de El guerrero de la carretera (o sea, para seguir entendiéndonos, Mad Max 2, hasta ahora la mejor de la serie), no después de ésta ni de la tercera (donde Max, recordemos, era ya más viejo).

La película es Sergio Leone, como todas lo fueron, pero aquí la maestría de Miller nos remite en ocasiones a John Ford, desde los escenarios al plantel de secundarios que huyen de la barbarie. Es, prácticamente, una versión siglo veintiuno de La diligencia, con los indios atacando el camión blindado e incluso la embarazada (o embarazadas) que viajan hacia ninguna parte.

Hay dos grandes personajes en la película, opuestos pero similares en su situación. Por un lado, una Charlize Teron que interpreta a Furiosa, un personaje femenino en ese mundo salvaje dominado por los hombres y que crea, sin complejos, una heroína de acción que busca redención por pecados que, sabiamente, nunca se nombran. El otro es el escuálido Nux ( Nicholas Hoult, a quien vimos en la franquicia mutante haciendo de la joven Bestia), un alucinado neo nazi cuasi vampírico que vive del vigor de la sangre de Max y que, en su búsqueda desesperada de un Valhala donde inmolarse acabará encontrándose a sí mismo.

Pasa muy poco en las dos horas de proyección, pero pasa mucho. Miller cuenta su película con trazos impresionistas, sin detenerse a profundizar en sus personajes ni en las motivaciones de estos: pero no hace falta. Basta una mirada, un comentario, un escaso momento de respiro para que comprendamos cómo son, por qué su desesperanza. Contra ese deseo de supervivencia, la muerte que no tiene miramientos y se lleva por delante a los personajes cada dos por tres.

Ese sería, entonces el leitmotiv de la historia: la búsqueda de esperanza y de redención. Y Miller, muy sabiamente, sin machacar las ideas, encuentra la posibilidad de recuperar ese mundo yermo y radiactivo lleno de líderes mesiánicos y pústulas en ese grupo de mujeres marginadas, supervivientes, víctimas, que encarnan la naturaleza que puede volver a asomar en cualquier momento, allá donde sólo hay desierto y chatarra, para crear un mundo que parta de cero y donde no tendrán cabida ni los líderes neonazis ni los héroes a su pesar, como Mad el loco, el guerrero de la carretera que ahora tiene un nuevo rostro y, ojalá, pueda llevarnos a vivir nuevas aventuras.

La industria del cine ha necesitado siglo y pico de evolución y revoluciones tecnológicas para poder mostrar, sin chirríos ni ridículos, lo que en los tebeos se soluciona con puntos de fuga y conocimiento anatómico. Quince años llevamos ya (si iniciamos todo esto con los primeros X-Men llevados a la pantalla) de experimentos de prueba y error y juegos malabares pirotécnicos, haciendo los cambios justos en la plantilla de la narración para mostrar a todos los públicos (y no sólo a los lectores de historieta, detalle que estos olvidan/olvidamos convenientemente) la traslación a la imagen móvil de aquello que fue un universo de creación, la mitología del final del siglo veinte.

Marvel, reconozcámoslo también, ya no es aquel pequeño foxterrier que ladraba a los talones de los grandes editores, en palabras de Stan Lee. Ya ni siquiera es una editorial de tebeos, aunque el zombie que ahora encarna lo parezca. Marvel está en manos de unos técnicos que a su vez están en manos de otros técnicos que dependen de cifras de ventas. Son, recordémoslo también, un pequeño imperio cinematográfico que depende del otro gran imperio al que nadie hace sombra hoy en día: Disney. Lo que vemos en las pantallas (sea por la propia Marvel Productions o por los títulos vendidos a fondo perdido a otras productoras como Fox y Sony) no es la versión en cine de los cómics, sino varias versiones (la de los mutantes por un lado, la de Spider-Man por otra, la del núcleo de los personajes que no vendieron en su día y ahora explotan) que se parecen levemente (o no) a los tebeos. La imagen móvil crea y recrea un palimpsesto que recicla, regurgita y recrea momentos puntuales de más de cincuenta años de comic-books, a ritmo endiablado y quemando ruedas con cada película…. Y que a su vez influye en el cadáver que son hoy los cómics. Verán cuánto tarda la Antorcha Humana de los tebeos en ser negro, o en morir ese personaje que…. Ah, los spoilers.

Con Vengadores: La era de Ultrón dicen que se pone fin a la fase dos de presentación (o introducción) de los personajes en el cine. Lo que empezó con Iron Man y se expandió a los demás títulos y que ahora dan (hipócritas) por cerrado con ese final algo falso que plantea la película. Dirigida por Joss Whedon, el inteligente creador televisivo de Buffy Cazavampiros, Ángel y Firefly, que ya se encargó de coordinar el convulso ballet de tantos personajes en la anterior entrega del supergrupo y que ahora, dicen que agotado, dicen que por desavenencias creativas, dejará el puesto en otras manos para la tercera película.

Hay acción a raudales, en esta nueva entrega. Demasiada acción, quizás. Mucha explosión, mucho golpe, mucho edificio derribado, mucho chiste tonto (que siempre se agradecen, eso sí). Pero el argumento es convulso y confuso, sin estilizar, y la dirección es errática, tanto en los movimientos de los actores cuando charlan y charlan y charlan (una rémora de la formación televisiva de Whedon, quizás), como en los desopilantes movimientos de cámara, donde todos pelean a la vez y saltan, esquivan, golpean y destruyen sin que nos de tiempo a verlo todo: la clara exposición narrativa de los cómics clásicos ha desaparecido, sustituida quizás por el cacao monumental de la narración de los cómics contemporáneos.

Es posible que parte del problema sea la enorme cantidad de personajes en liza. A los conocidos Hulk, Iron Man, Capitán América, Ojo de Halcón, Viuda Negra y Thor se les une un casting de secundarios que necesitan, todos, su medio minutito de exposición: María Hill, el insoportable Nick Furia, el viejo Stan Lee, el Halcón (Falcon en el cine) y el sustituto-pero-menos-porque-ya-lo-negociaremos-en-contrato-aparte de Iron Man, Máquina de Guerra. Y sumen ustedes la aparición estelar de Heymdall, Peggy Carter, Ulises Klau… Muchos personajes a la vez, para una historia que, además, presenta a un malo del que se deshace en segundos (el barón Strucker), a otro que desaprovecha, sembrando para el futuro (el citado Ulises Klau), más los dos mutantes-que-no-pueden-ser-llamados-mutantes-sino-mejorados, Pietro y Wanda (nada de “Mercurio” y “Bruja Escarlata”), el papel que por fin se merecía (o no), Paul Bettany como Visión. Y el malo. Un James Spader convertido en robot con labios y soliloquios algo planitos, Ultrón, que es el villano porque tiene que serlo y que sin embargo no hace grandes villanías, ni declama a Shelley (como debería), ni asusta. El juego meta-referencial entre Dios y su creación, o la poesía que en los cómics tiene tanto la aparición de Visión como el portentoso final donde Roy Thomas presentó a los lectores el poema Ozymandias hace ya cuarenta años, no se explora ni se justifica. No hay recreación de la mitología Vengadora más que lo justito. Whedon, más que nunca, ha hecho aquí un trabajo de encargo donde los fundidos en negro lastran el desarrollo de la poca chicha que tiene la trama, en tanto suponen un parón, y donde la espectacularidad de las escenas de acción no tiene una contrapartida en la emoción de la presentación de la amenaza: cuánto mejor hubiera sido que Ultrón les hubiera estallado en la cara a Banner y Stark en vez de aparecer cuando estos andan de copas, cuánto más no se habría cerrado el círculo si Wanda Maximoff hubiera tenido oportunidad de experimentar en carne propia un rescate in extremis por parte del Iron Man al que odia…

La película resuelve la dualidad del personaje de Quicksilver, que tanto en la franquicia mutante como en la marveliana-marveliana es interpretado por dos actores distintos, sin nombrar en ningún caso: solo sabemos que corren mucho, que uno se llama Peter y el otro Pietro. Lástima que no supieran ponerse de acuerdo y haber entregado la interpretación, en ambos lados del universo cinematográfico, al mismo actor. Sigue habiendo los huevos de pascua (o bantha fudu) para que los espectadores que están en el ajo babeen cuando se menciona a Wakanda (pero no sale Pantera Negra), con lo cual daba lo mismo que la acción se situara en Sebastopol o en Argamasilla de Alba. Lo más importante es cómo se distancia de la destrucción sin sentido de la que se acusa a El Hombre de Acero, la última película de momento de la Distinguida Competencia/Time Warner. Allá donde el nuevo Superman se enzarzaba en una ensalada de tortas con los invasores extraterrestres sin que parecieran importarle las vidas humanas que, forzosamente, tenían que perderse en el derrumbe de tantísimos edificios, ahora los Vengadores (obviando el caos que crearon en la propia Nueva York en la anterior película) tienen muy claro que su prioridad es salvar a los civiles de la población que Ultrón lanza a la atmósfera como si una isla de Laputa fuera. Lástima que no se les ocurriera esa idea veinte minutos antes, cuando tanto Capitán América (¿para qué se quita continuamente la máscara?) como Viuda Negra rescatan a un Visión encapsulado en medio de una orgía de coches destrozados y, se supone, conductores hechos fosfatina. Pero, claro, estaban en Corea.

Se nota que faltan muchos minutos de metraje, escenas que podrían haber profundizado más en la relación interpersonal de los personajes y hasta aclarar más momentos de la trama. Quizá se quedaron en la sala de montaje y las ofrezcan en una puntual edición en DVD. No se preocupen si advierten al final de la peli que, con todo, desconocen ustedes los poderes de Vision: podrán resolver la duda leyendo los cómics.

En la mejor tradición superheroica, aquí los buenos se pelean y dan estopa de continuo. Se nota que están preparando la tercera película del Capitán América (que sigue siendo el personaje Marvel que mejor se traduce en la pantalla): Civil War.