A veces, la baba del friki al ver sus gustos trasvasados a otro medio es, simplemente, la justificación ante el mundo de su propia existencia.

-Al teléfono, el otro día, con quien más hablo por teléfono.

2008-05-08

TERROR CINEMA




Me llegó ayer mismo y apenas he tenido tiempo de echarle un vistazo. Pero qué vistazo, y qué buen repaso al cine de terror más clásico, justo desde sus comienzos con Nosferatu hasta esa otra obra maestra ineludible, Tiburón, de Stevie Spielberg. Un repaso hecho desde el conocimiento y la pasión, en un libraco hermoso y a la vez manejable.

A destacar la cuidadísima selección de ilustraciones, donde los ojos se van a los diferentes pósters de las películas mencionadas según los países, incluyendo una muy buena porción dedicada a Jano.

Lo mejor, que podemos esperar que Pedrero Santos nos deleite con una continuación que recoja las obras del cine de terror que se han hecho hasta nuestros días.

¿Y de hace más de quince años? ¿Qué he visto y leído que me ha gustado, que recuerdo, que atesoro en la memoria y en los estantes? Hagamos memoria. Pero recuerden, no se trata de lista, sino de acumulación caótica.

PELÍCULAS: Qué bello es vivir, Casablanca, Murieron con las botas puestas, Star Wars, Tiburón, Cayo Largo, El quinto elemento, El último valle, El temible burlón, ¿Telefono rojo? Volamos hacia Moscú, Espartaco, En busca del Arca Perdida, Un americano en París, Sombrero de Copa, Gunga Din, La fiera de mi niña, El honor del capitán Lex, Macao, Gremlins, Gremlins 2, Regreso al Futuro (3), Mad Max (2 y 3), Real Estate, Buffalo Bill, Horizontes de Grandeza, La huida, Papillón, La condesa descalza, La centinela, Con la muerte en los talones, Ninotchka, Con faldas y a lo loco, Coraza Negra, El hombre tranquilo, Fort Apache, Dracula de Bram Stoker, El dorado, Goldfinger, Romeo y Julieta, La pradera sin ley, El padrino (3), Taxi Driver, Luna de papel, El graduado, El imperio contraataca, El retorno del Jedi, Bailando con lobos, The Postman, Silverado, Sospecha, Encadenados, Furia, La tumba india, Cuando ruge la marabunta, El planeta de los simios, Atraco a las tres, El crack, Papá Ganso, La reina de Africa, Cazador blanco, corazón negro, Los viajes de Sullivan, Gigante, Qué verde era mi valle, Centauros del desierto, La leyenda de la ciudad sin nombre, Harry el sucio, En la línea de fuego, La gran evasión, Camelot, Blade Runner, Terminator, Somewhere in time, Superman, La huella, Fantomas, La noche de los muertos vivientes, Zombie, ¿Quién puede matar a un niño?, La noche de Walpurgis, Noche de miedo, El quimérico inquilino, El baile de los vampiros, El desafío de las águilas, La misión, Indiana Jones y el Templo Maldito, Indiana Jones y la Última Cruzada, King Kong, Los siete samurais, Los siete magníficos, Charada, El mago de Oz, El gran dictador, La quimera del oro, Viva Zapata, Rebelión a bordo, Robin de los bosques, Robin Hood: príncipe de los ladrones, Robin y Marian, Jesucristo Superstar, La historia más grande jamás contada, El bosque petrificado, Scarface, Caballero sin espada, Juan Nadie, Uno, dos, tres..., El crepúsculo de los dioses, Rebeca, Recuerda, Psicosis, Los pájaros, El gran robo del tren, Rififí, Rufufú, El último metro, El cochecito, Historias de la radio, La lozana andaluza, Rocky, Toro Salvaje, Apache, Dos hombres y un destino, El jinete eléctrico, En la cuerda floja, Klute, El ojo de la aguja, 2001, una odisea espacial, La naranja mecánica, Los diez mandamientos, Adiós, cigueña, adiós, Ha llegado el águila, Los cañones de Navarone, Matar a un ruiseñor, Instinto Básico, La noche de la iguana, La noche del cazador, Ed Wood, Ciudadano Kane, La ingenua explosiva, La gran aventura de Silvia, La costilla de Adán, Cantando bajo la lluvia, Vera Cruz, El halcón y la flecha, Forajidos, El orgullo de los yanquis, Sargento York, Laura, Amarcord, Lawrence de Arabia, Marathon Man, Charlie, Lo que el viento se llevó y miles más.

TELEVISIÓN: Ladrón sin destino, Aquí está Lucy, Canción triste de Hill Street, Arriba y abajo, La ley de Los Angeles, Bronco, Cheyenne, Los invencibles de Némesis, En ruta, Curro Jiménez, ¿Es usted el asesino?, El fantasma del Louvre, Meteoro, El meteoro submarino, El capitán Escarlata, Thunderbirds, El detective fantasma, Daniel Boone, Shogun, Starsky y Hutch, Ironside, Mannix, Los casos de Rockford, Los dos mosqueteros, La conquista del Oeste, Los cuentos del mono de oro, Hombre rico, hombre pobre, Yo, Claudio, La víbora negra, Fawlty Towers, Remington Steele, Aló, aló, Un hombre en casa, Apartamento para tres, Crónicas de un pueblo, Simba el león blanco, El hombre sin rostro, El Santo...


CÓMICS: El capitán Trueno, El Jabato, Astérix, Blueberry, Príncipe Valiente, El Hombre Enmascarado, Flash Gordon, Rip Kirby, Nippur de Lagash, Little Nemo in Slumberland, Mafalda, Popeye, Spider-Man, Los 4 Fantásticos, Los Vengadores, Daredevil, Capitán América, Batman y los Outsiders, Superman Vs Muhammad Ali, Dennis Martin, Jackaroe, Patrulla X, James Bond, Modesty Blaise, Michel Tanguy, Barbarroja, Las aventuras de Isa, Valentina, Mort Cinder, El eternauta, Las falanges del Orden Negro, Dark Knight, Watchmen, Marvelman, La Cosa del Pantano, El Hombre Cosa, Omega the Unknown, The Spirit, Alvar Mayor, Las puertitas del señor López, Conan, Comanche, Bernard Prince, Luc Orient, XIII, Mandrake, Ben Bolt, Johnny Hazard, Tarzan, Brick Bradford, El mago de Id, Andy Capp, Palomar, Ronin, Valérian, Hom, Paracuellos, Los profesionales, Delta 99, Bri de Alban, Tex, Zagor, Historia de O,Mickey Mouse, Las aventuras de Blake y Mortimer, Tintín, Spirou, Manos Kelly, Peter Petrake, El Cid, Mage, Lucky Luke, Koolau, Torpedo 1936, Elfquest, Corto Maltés, Los escorpiones del desierto, Anne de la Jungla, Buck Danny, Aquiles Talón, Las siete vidas del Gavilán...


LIBROS: El resplandor, Las ninfas, Salem´s Lot, La danza de la muerte, Pantaleón y las visitadoras, Crónica de una muerte anunciada, Cien años de soledad, Los cachorros, Conversación en la catedral, La noche que llegué al café Gijón, Oliver Twist, Un yanqui en la corte del Rey Arturo, En busca del unicornio, Edad prohibida, Drácula, Moby Dick, El último de los mohicanos, Colmillo blanco, El sueño eterno, El largo adiós, Adiós, muñeca, La dama del lago, Muerte de la luz, Muero por dentro, Crónicas marcianas, Farenheit 451, Carrie, It, Tamburas, Sinhué el egipcio, L.A. Confidential, Jazz Blanco, Vivir y morir en Los Angeles, El halcón maltés, El señor de los Anillos, El Hobbit, Refugio del viento, Sueño del Fevre, Las islas del infierno, Jormungand, Mundos en el abismo, La montaña del oro, Matar un ruiseñor, Romancero Gitano, Marinero en Tierra, Hamlet, Los tres mosqueteros, El peregrino de las estrellas...


Ahora ve a la alcoba de mi dama, y dile...

De quince años para acá, me dicen. De 1993, precisamente, hasta ahora. La edad que tiene mi hijo Daniel. ¿Qué cosas me han gustado de las que he visto y leído desde entonces? Hagamos memoria, sin ser exhaustivos, y sin seguir ningún método.

CINE: La lista de Schindler, Matrix, Toy Story, Toy Story 2, El sexto sentido, Minority Report, Plan Oculto, Piratas del Caribe (1), Los increíbles, Open Range, Master and Commander, Shrek, Inteligencia Artificial, Salvar al soldado Ryan, Munich, Troya, Frequency, Atrápame si puedes, Infiltrados, Muere otro día, Banderas de nuestros padres, Chicago, El ataque de los clones, La venganza de los Sith, Ratattouille, El aviador, El prestigio, Camino a la Perdición, Forrest Gump, Gangs of New York, Los diarios de la motocicleta, Diamante de sangre, La momia, La momia-2, El Señor de los Anillos (las tres), Cold Mountain, Closer, Gattaca, Wilde, L.A. Confidential, Rápida y mortal, Se7en, American Beauty, Sospechosos habituales, Superman Returns, Hamlet de Kenneth Brannagh, Galaxy Quest, Looking for Richard, En nombre del padre, Kill Bill, The Boxer, Serenity, Algo pasa con Mary, Apocalypto, Los padres de ella, Braveheart, Maverick, Chicken Run, Payback, Million Dollar Baby, El laberinto del fauno, Hellboy, La niña de tus ojos, Spy Kids, The Faculty, Traffic, The Game, Snatch, El club de la lucha, Leyendas de pasión, La sombra del diablo, Boggie Nights, Hijos de los hombres, Magnolia, El gran Lebowski...

TELEVISIÓN: Buffy the Vampire Slayer, Angel, Firefly, El Ala Oeste, CSI, Hermanos de sangre, De la tierra a la luna, Deadwood, Héroes, House, Life, Alias, Journeyman, Los simuladores, Bone, Sexo en Nueva York, Galactica, Doctor Who, Torchwood, Prison Break, Las Vegas, Crossing Jordan, Padres forzosos, Aquí no hay quien viva, Cadfael, Men Behaving Badly, CSI: Miami, Mentes criminales, Dexter, Jekyll, Todos los hombres sois iguales, Little Britain, Roma, Los Soprano (hasta donde he visto, dos temporadas), Boston Legal, El abogado, Babylon 5, Caso abierto, Mister Bean, Medium, La Zona Muerta, Me llamo Earl, Las aventuras de Brisco County Jr., Kim Possible, Salem´s Lot...

CÓMICS: La casta de los Metabarones, Thorgal, Largo Winch, Nausicaa of the Valley of the Wind, Buda, Adolf, El almanaque de mi padre, Zits, Baby Blues, Midnight Nation, La balada de las landas perdidas, From Hell, Daredevil de Brubaker, Captain America de Brubaker, Catwoman de Brubaker, Preacher, Maus, Kingdom Come, Hellblazer, Pin Up, Murena, 300, Cuentos del dos mil y pico, Jonas Fink, La Prórroga, Fénix, El àrbol que da sombra, Las torres de Bois-Maury, Tom Strong, Criminal, Gotham Central, The New Frontier, Martin Mystere, Dylan Dog, X-tatix, La Edad de Bronce, Arrugas...

LIBROS: El sueño de la razón, Sherlock Holmes y la Sabiduría de los Muertos, La locura de Dios, Sherlock Holmes y las Huellas del Poeta, Por no mencionar al perro, Rhyla, La boca del Nilo, Tranvía a la Malvarosa, Jardín de Villa Valeria, La sombra del águila, Observadores del pasado: la redención de Cristóbal Colón, Ilión, Olympo, Eco negro, Hielo negro, El poeta, Echo Park, El abogado del Lincoln, La rubia de hormigón, Deuda de sangre, El vuelo del ángel, Luz funesta, Paisaje al paraíso, El último coyote, La fiesta del chivo, El paraíso en la otra esquina, Meanwhile: Milton Caniff, Hal Foster, Prince of Illustrators y cienes y cienes más.





No vale responder ni WWF ni Carlos, el segundo porque fue quien se dio cuenta primero, el primero porque se lo contó el segundo.

Lo mismo es una chorrada...

Y lo mismo no.

2008-05-04

DECIR AMIGO...

Decir amigo
es decir juegos,
escuela, calle y niñez.
Gorriones presos
de un mismo viento
tras un olor de mujer.

Decir amigo
es decir vino,
guitarra, trago y canción
furcias y broncas.
Y en Los Tres Pinos
una novia pa' los dos.

Decir amigo
me trae del barrio
luz de domingo
y deja en los labios
gusto a mistela
y a natillas con canela.

Decir amigo
es decir aula,
laboratorio y bedel.
Billar y cine.
Siesta en Las Ramblas
y alemanas al clavel.

Decir amigo
es decir tienda,
botas, charnaque y fusil.
Y los domingos,
a pelear hembras
entre Salou y Cambrils.

Decir amigo
no se hace extraño
cuando se tiene
sed de veinte años
y pocas "pelas".
Y el alma sin mediasuelas.

Decir amigo
es decir lejos
y antes fue decir adiós.
Y ayer y siempre
lo tuyo nuestro
y lo mío de los dos.

Decir amigo
se me figura que
decir amigo
es decir ternura.
Dios y mi canto
saben a quien nombro tanto.


Lástima, Paco, que ayer el fin de fiesta se te hiciera tan agrio y extraño. Quienes no entienden esta canción de Serrat se lo pierden.

Next stop, el día del chiki-chiki. Tenemos que ir pensando el menú.

2008-05-02

PRIMARIAS



Nuestra democracia ya no es aquella ilusión bisoña de hace treinta años, pero sigue arrastrando resabios de inexperiencia y atavismos de caudillaje que no sé si nos convienen a todos, en tanto que todos formamos parte de ella; quienes votamos a un partido y quienes votamos a otro; quienes son afiliados de cuota, simples simpatizantes, votantes ocasionales y, por qué no, quienes se sitúan en el lado opuesto del espectro político.

“Nada hay más parecido a una batalla ganada que una batalla perdida”, dijo Wellington, imagino que refiriéndose al recuento de las bajas en un bando u otro. Pero la política, aunque lo parezca, no es la guerra, y en los países democráticos existe la ley, quizá no escrita, de que quien pierde las elecciones, no importa por qué margen, está condenado a dejar el sitio o enfrentarse una larga travesía por el desierto de la que sólo se podrá emerger con un lavado de cara y de nombres.

A nuestra democracia, y no me refiero sólo al revuelto gallinero en que se ha convertido el Partido Popular, le hace falta mucha más transparencia y menos miedo al debate. Las ansiadas listas abiertas tendrían que iniciarse desde abajo. El síndrome del ordeno y mando, tan dado a aceptar como ley la palabra del líder (al menos mientras el líder tenga poder y, por tanto, capacidad de otorgar prebendas) en el fondo no hace sino distinguir, dentro de los partidos, dos o tres subclases sociales: el aparato directivo, los militantes activos, la base. Y por desgracia la base suele ser muda, aparte de, en demasiadas ocasiones, sorda y ciega. Ningún partido político debería ser una secta.

La democracia tendríamos que vertebrarla de abajo a arriba, como tantas cosas, lo que no significa precisamente que volvamos a los tiempos de las asambleas universitarias. Es normal que los partidos tengan facciones, y también es normal que existan partidos de corte artificial (el Partido Popular o Izquierda Unida son buena prueba de ello) donde se amalgamen tendencias que en otros países ocuparían incluso diferentes bancadas. Lo que no es normal es esa especie de miedo patológico que parecen tener casi todos a dejar hablar a las bases, que siempre están, por pura lógica, más en contacto con el día a día y con lo que se vive en la calle: un político de altura no tiene por qué saber lo que vale un café, como quedó demostrado hace unos meses; un militante de base sí que lo sabe, y su opinión debería contar mucho más de lo que cuenta.

Esas facciones, no obstante, y visto lo visto, andan jugando al desencuentro continuado. Ya hemos conocido, a lo largo de los años, los tiras, afloras, reflotaciones, cambios de nomenclatura del andalucismo hoy tan residual. La oposición popular parece empeñada estas últimas semanas en ser oposición de sí misma, descuidando en buena parte, o esa impresión transmiten, su misión de control del ejecutivo. Aguirre y Rajoy amagan y atacan, para dar un paso atrás y seguir con su minué. Sus respectivos adláteres echan leña al fuego o los rectifican o ratifican. De las catacumbas vuelven políticos quemados con ínfulas de salvadores (Alvarez Cascos y también, sapristi, Julio Anguita), mientras que el recambio del recambio (pero menos) es una señora marquesa que encima es aún mayor (en edad, y posiblemente en ideas) que un hombre que aspira a gobernar dentro de cuatro años y para, al menos, otros cuatro.

Todo esto nos demuestra que nuestra clase política está más acostumbrada a manejar la victoria que la derrota. Cosa lógica, porque son pocos los que reconocen, después de unas elecciones, haber perdido aunque sea un diputado.

No es malo buscar recambios: es necesario para la higiene democrática. Y al hacerlo no debe írsele a nadie la fuerza por la boca. Tantas veces hemos comparado nuestra política con el fútbol que me extraña que nadie haya hecho ahora el símil: cuando un equipo va mal, tenga culpa o no, quien coge la puerta es el entrenador. Es lo que pasa en democracia (¿Alguien recuerda ya los nombres de quienes se opusieron a McCain hace tan sólo unos meses?). Un cambio de entrenador y el club sigue adelante, o no se cambia pero se refuerzan otras líneas de actuación, pero siempre después de un análisis. Lo mismo en política, sólo que la decisión no deberían de tomarla solamente los consejos de administración de la cosa.

Publicado en La Voz de Cádiz el 28-04-08

2008-05-01

GENIALIDAD

Sólo Ray Bradbury es capaz de contar cómo un viejo habla con su última erección y que parezca algo delicado y poético.



Empezó una mañana normal. Quiero decir que no había en el ambiente nada extraño, que no estaba diluviando ni hacía más calor que de costumbre. Cuando digo que era una mañana normal quiero decir que era absolutamente normal, con el cielo azul, las nubes blancas, los pajaritos cantando y todo eso.

Me levanté tarde (algo también muy normal) porque mi despertador no había sonado a su hora (otra cosa normalísima) y acababa de perder la primera clase del día. Me levanté, me limpié los dientes, hice un poco de café y encendí un cigarrillo. Todo en veinte inutos, con lo que perdí la segunda clase.

Bueno, entonces me di cuenta de algo extraño. Yo no recordaba haber cambiado de marca de café (aquello seguía sabiendo al maldito café de todas las mañanas), e incluso la hechura del paquete era similar al de siempre; pero las letras, los caracteres que estaban allí escritos... no podía entender ninguno. Veréis, cuando uno ha pasado media vida aprendiendo un idioma tras otro y esperando la ocasión de encontrarse con una rubia extranjera para mostrarle la ciudad y... No, veo que no me seguís ninguno. Bien, yo soy — o era— maestro de idiomas: francés, español, alemán e inglés, naturalmente. Entendía mal que bien alguna palabra en ruso y últimamente estaba decidido a aprender árabe, por si las moscas. Podríamos decir que las lenguas han sido siempre la gran pasión de mi vida. ¿Todos me entienden? O.K. Aquel maldito sobre de café estaba escrito con unas letras a las que yo no era capaz de sacar ningún significado, y esto me hizo dudar un poco. No le concedí mayor importancia al asunto en aquellos momentos y preparé mis libros y salí de casa. Todavía no había abierto la boca, quiero decir que no había dicho una palabra.

Tenía el coche estropeado, como casi siempre, pero un taxi se cruzó delante de mí (casi me atropella, más bien), y le hice una seña para que parase. El conductor tenía cara de ratón, como en las películas, y un par de orejas enormes.

—A la Universidad de Empire —dije yo.

—De acuerdo —me contestó él.

¿No tiene nada de extraño, verdad? Bien, pues allí me quedé yo, con la boca descomunalmente abierta y los ojos más abiertos todavía. La cosa, maldita sea la gracia, no era para menos: estaba hablando a aquel tipo en... sí, estaba hablando en una lengua que yo no conocía, estaba emitiendo unos sonidos que no había emitido antes y que podía entender perfectamente, a pesar de ser nuevos para mí.

El conductor me miró, con una sonrisita que le llegaba desde una oreja hasta la otra y que parecía reivindicar para sí la totalidad del asiento delantero.

—¿Es ahora cuando se da cuenta, amigo? —me dijo con un tono burlón. Él también estaba hablando en aquel idioma que me sonaba tan extraño y que, al mismo tiempo, era capaz de entender.

—O...O...O... —Empecé a tartamudear, me sentía más ridículo que un vendedor de perros calientes en medio del edificio de la Bolsa—. ¿Qué demonios estamos diciendo? ¿En qué estamos hablando? ¿Por qué no hablamos en inglés?

El conductor redujo la velocidad y se acomodó hacia atrás en el asiento. Abrió otra vez la boca y esta vez tuve la sensación de que se sentía infinitamente superior al resto del mundo.

—Porque el inglés ya no existe.

Hizo un segundo de pausa, aceleró, se pasó la lengua por encima de unos labios arrugados como pasas, tomó aire y continuó.

—Lo andan diciendo por la radio cada tres minutos, en todas las emisoras y en todas las frecuencias. Los idiomas ya no existen, amigo: Algún chico listo ha inventado el lenguaje universal.

—¿Quéééé? —Di un brinco hacia delante y estuve apunto de comerme el frente del parabrisas.

El conductor asintió, se le veía asquerosamente seguro de sí mismo.

—Pe-pe-pero eso es una tontería. ¿Sin estudiarlo nadie? ¿De la noche a la mañana? ¡Qué absurdo! ¿Usted cree que vamos a dejar de hablar inglés así, de sopetón?

—El inglés ya no existe, amigo, intente hablarlo, verá como no es capaz de articular una jodida palabra. Ahora sólo existe este nuevo idioma. Bah, tampoco es nada importante.

—¿Nada importante? Acababa de tirar veinte años de mi vida por la borda y con un peso en los pies. No era capaz de recordar un maldito verbo en inglés, ni en francés, ni en castellano, alemán o ruso.

Agarré torpemente mi carpeta y rebusqué entre los papeles. Era mi letra, desde luego, mi sucia escritura inclinada, toda llena de manchas de tinta. No podía entender ninguna palabra. Absolutamente ninguna. Era todo tan confuso como un jeroglífico egipcio. Comprendí que el sobre de café, que yo no había podido entender, estaba escrito en inglés puro.

Comprendí también que acababa de quedarme sin trabajo.


* * * * *

En la Universidad me recibieron con una sonrisa triste. El claustro de profesores de lengua era lo más parecido a un velatorio que he visto en mi vida. Ni siquiera cuando la selección de los alumnos nos batió por quince a dos nos habíamos sentido tan tristes. El resto de las clases se estaban dando con relativa normalidad, con una gran improvisación, naturalmente, y cada veinte minutos se emitían las noticias que provenían de todo el mundo y que hacían referencia al nuevo y único idioma existente.

Eran las once y tres minutos y ya me había quedado sin uñas. Me decidí por arrancar los botones de la chaqueta cuando Pepper me encontró.

Pepper era profesora de matemáticas, ya sabéis: conjuntos, trigonometría, álgebra... un coñazo. Era una auténtica belleza: rubia, ojos claros, buena figura, realmente picante. Se merecía el apodo que era también su nombre, aunque cualquier juego de palabras era ahora intraducibie y sin gracia.

—¿Disgustado? —preguntó mientras se sentaba a mi lado y me cogía un cigarrillo del paquete. (Yo sabía, maldita sea, que era un paquete de Winston, pero mi mente se negaba a reconocer las letras y sacarles algún sentido, y a la hora de pronunciar lo llamaba de otra forma.)

—No, simplemente sorprendido. ¿Cómo pueden hacer esto sin consultar a nadie?¡Demonios, es anticonstitucional!

Ella sonrió. Yo me encontraba tan alicaído que ni siquiera miré sus piernas. Resoplé.

—¿Te das cuenta, Pepper? ¡Acabo de perder mi empleo! No es que el rector me haya despedido, no, ¿para qué se iba a tomar la molestia si ya no sirvo para nada? ¿Cómo voy a enseñar algo que ya no existe, que no recuerdo? Y aunque pudiera hacerlo... ¿para qué? ¡Jesús, pasarán años antes de que se pongan de acuerdo en la forma de estructurar este nuevo maldito idioma, en distinguir gramemas de lexemas, adjetivos de verbos, gerundios de participios... en el caso de que existan, claro! Y cuando se consiga, sólo podrán reintegrarse al trabajo los profesores de esta lengua. ¿Qué demonios hago yo sin mi francés, mi alemán, mi castellano?

Pepper exhaló una cortina de humo azul delante de su cara, dejando sólo a la vista un ojo poderosamente celeste.

—El presidente ha llamado a Chomsky personalmente. En todo el mundo los estructuralistas han empezado ya a trabajar sobre eso. En menos de seis meses se podrá enseñar morfosintaxis, semántica... menos lengua extranjera, claro. Lo siento, Nat, de veras.

La creí, naturalmente. No podía hacer otra cosa.

* * * * * *
Los periódicos de la tarde estaban correctamente redactados en el nuevo idioma. Lo llamaban «Lebab», un nombre ridículo, pero justo. Babel deletreado al revés; por demás, creo que ésta fue la única palabra que sobrevivió a las antiguas lenguas y cuyo significado éramos capaces de recordar: confusión.

Todos los malditos periódicos de todo el maldito mundo habían dedicado todas sus malditas páginas al suceso. Elogiaban la nueva conquista del ser humano: ¡La unificación de las lenguas! ¡El cielo estaba ya al alcance de los hombres! Mierda.

Nadie había matado a nadie en todo el día. Bueno, un par de accidentes, dos incestos, tres suicidios... Pero la guerra del Líbano se había paralizado inmediatamente; Belfast estaba tranquila y toda la gente había salido a la calle comentando la «buena noticia». Un periódico anunciaba en enormes titulares de media página: MILAGRO y luego, en más pequeño: De la ciencia. Todos los periódicos coincidían en que había acabado el sufrimiento de la humanidad. La Iglesia congregaba a todos los fieles y recordaba cómo en otro tiempo las «lenguas de fuego» del Espíritu Santo habían iluminado con su llama de sabiduría a los seguidores del Creador (palabras textuales).

Eran casi las seis de la tarde y yo estaba bebiendo un vaso de whisky, rodeado de periódicos, con toda mi atención puesta en el discurso que el presidente estaba largando a toda la nación a través de todos los canales de radio y televisión. Se le veía contento, feliz de su correcta articulación del nuevo idioma. Decía algo referente a que al fin sería posible el entendimiento de todas las naciones de la Tierra.

Todos veían el lado positivo del asunto. Todos menos yo. Bueno, había algunos más, unos millones de profesores de lengua, de literatura, de idiomas, traductores profesionales, adaptadores, actores de doblaje. Nadie importante.

Pero las bibliotecas habían dejado de ser útiles, porque nadie entendía las grafías de los antiguos idiomas. Los diccionarios sólo podían utilizarse como... bueno, ya sabéis cómo. Shakespeare, Goethe, Cervantes, Unamuno, Descartes, Moliere, Lovecraft, Byron, Poe... ninguno existía ya. Sus obras se habían convertido en simples montones de papelotes impresos inservibles. Ma-ra-vi-llo-so.

Allí estaba yo, rodeado de periódicos, medio borracho, sin trabajo y exhausto. Ni siquiera podía buscar en los anuncios por palabras un nuevo empleo: No podía entender los antiguos diarios y los nuevos, con la excitación, habían olvidado incluirlos.

* * * * *

Frederick Hooverstone, era el nombre. Profesor Frederick J. Hooverstone. Él era el... responsable. Cuarenta años de estudios sobre organización de lenguaje, neuronas, ayoslumínicos, transmisión de microondas. Él era el padre y la madre del lebab: Un viejecito arrugado, casi calvo, con una sonrisa encantadora. Había sido un cerebro gris toda su vida; niño prodigio a los tres años. Una criaturita.

Estaba explicando por la tele —por todas las teles del mundo— sus razones para haber «disparado sin avisar». Stone —en adelante lo llamaré así, porque su nombre es condenadamente largo— había descubierto las conexiones entre los órganos de fonación y las glándulas cerebrales que ordenan la articulación de las palabras. El lenguaje —decía él, y yo admití— no es más que el conjunto de unas reglas determinadas que aceptamos cuando somos niños y que luego nos acompañan durante nuestra vida. Si suprimimos todos los lenguajes nos encontramos de nuevo en la Edad de Piedra, mamuts y dientes de sable incluidos. Si pretendemos crear un lenguaje niversal —como el esperanto— lo único que lograremos será añadir un nuevo dioma a la ya larga lista.

Bien, el lenguaje, comprendido como un proceso inconsciente/consciente a lo largo de un proceso de aprendizaje, repercute en determinadas zonas del cerebro que seleccionan las palabras a emplear, su colocación en la cadena fónica, la concordancia entre verbos, sujetos y complementos, y más tarde su representación gráfica con la ortografía. Stone, hasta el momento, no estaba haciendo más que aludir a los estudios de Chomsky, allí presente, y el viejo Avram —lo encontré un poquitín más grueso— se infló como un balón de grasa. Tuve que sonreír aun en mi contra.

Stone pensaba que un idioma universal acabaría con el problema de la incomprensión y la incomunicación entre los hombres. Desde luego, los datos de todo un día de hablar lebab le eran altamente favorables: todo el mundo había quedado lo suficientemente confundido como para ponerse a pensar en otra cosa. Stone quería crear un nuevo idioma, distinto a todos los demás. Quería crear una lengua que fuera rica fonéticamente, que estuviera llena de resonancias semánticas, que pudiera escribirse con signos ortográficos no demasiado distintos a los occidentales. Sabía la manera de interferirlo en el cerebro por medio de microondas en clave que iban suministrando información al inconsciente. La creación de un nuevo lenguaje, con estas premisas, no le había resultado demasiado difícil.

Se había ayudado de computadoras, y de la ayuda económica del gobierno, naturalmente. Considerado como Top Secret durante un buen montón de años, Stone tenía pánico a que su descubrimiento fuese utilizado de mala manera, «en contra de la humanidad», había dicho, así que cuando tuvo todo dispuesto no avisó a Washington, sino que hizo funcionar su aparato emisor de microondas durante semanas hasta que el cerebro humano —todos los cerebros humanos de toda la Tierra— almacenaron sin saberlo el enorme potencial de una lengua nueva, al tiempo que los antiguos quedaban borrados en la fase final, el paso del inconsciente al consciente.

Se justificaba diciendo que de otra manera nunca se hablaría lebab, sino que se utilizarían las antiguas lenguas hasta que una ocasión determinada obligara a utilizarlo. En esto le di la razón. Yo nunca hubiera utilizado esa maldita lengua de haberlo querido.

Por otra parte, Stone era el único que conocía la relación entre las neuronas
semánticas y los órganos de fonación. La clave de microondas solamente era conocida por él, y las computadoras sólo obedecían al estímulo nervioso de los párpados del viejo al aletear despreocupadamente frente a la «llave» del registro informático. Stone temía que esclavizaran a la humanidad con variantes de sus estudios, pobre viejo.


Apagué el televisor cinco segundos antes de quedarme dormido. La cara de Stone, llena de felicidad y de temor a un mismo tiempo, me hizo pensar que todavía quedaban estúpidos filántropos en el maldito mundo.

* * * * *

No todo se había perdido, afortunadamente. La ciencia estaba almacenada en enormes libracos de signos, y las computadoras rebosaban datos sobre números, experimentos, química, datos y más datos. Conservaban referencias exactísimas sobre las obras literarias de toda la humanidad, sobre el área de difusión de los antiguos idiomas del mundo. Pero pocas eran las obras almacenadas en la clave de los computadores que habían quedado para poder ser traducidas, cuanto menos, al lebab (¿cómo podía un computador apreciar la poesía?). Se habían perdido siglos de historia de la humanidad. Stone no había previsto esto.

Habían pasado cuatro meses desde el día fatídico. Cuatro meses intentando recordar alguna maldita palabra de cualquier puñetero idioma, todo en vano. Cuatro meses viviendo del seguro de desempleo y de las colaboraciones de Pepper que me invitaba a comer un día sí y otro también.

La gente —toda la gente, incluido yo— se había acostumbrado al lebab. Se escribían en lebab los periódicos, empresas multinacionales editaban miles de millones de ejemplares de libros escritos en lebab. Diccionarios y enciclopedias aparecían en su mayoría incompletos, porque no había habido tiempo de recopilarlo todo. Se editaba en cantidades desenfrenadas con vistas a la exportación. En menos de un mes nos vimos sobresaturados de libros, historietas y revistas escritas en lebab y provenientes de Francia, de Angola, de Rusia.

Los libros empezaron a subir de precio. Cuando las tiradas enormes habrían podido abaratar los costes, los impuestos de importación/exportación ponían los libros poco menos que por las nubes. Era una dura competencia para ver quién abarcaba más. Nosotros teníamos prácticamente inundada de libros a Europa, pero África y Sudamérica estaban empezando a dominarnos. Era el caos completo.

Otra cosa: Era imposible destacar. El lebab era tan hermoso —maldición, tengo que reconocerlo— que cualquier tontería sonaba extraordinariamente perfecta. Escritores de primera línea, auténticos prodigios de imaginación, se veían desbordados por chupatintas malhablados que editaban en enormes cantidades y que empezaban a estacar sin tener ninguna calidad. Irwing Wallace anunciaba que no volvería a escribir en su vida. Harold Robbins no quería hacer ningún comentario.

La bomba estalló justo cuando Alfred Gayllard, «el joven Hemingway de la literatura americana» se ahorcó frente a su biblioteca de libros «antiguos». Hubo una gran manifestación de duelo en Nueva York, compuesta por amantes de las antiguas lenguas que venían de todo el mundo, y a la que asistí junto con Pepper. Un tarado incendió una librería donde se exhibían libros en lebab, y la policía, al disolvernos, organizó un follón de mucho cuidado. Más de veinte personas resultaron muertas y casi cien fueron heridas. Coño, no es que tuviera nada en contra de que se intentara quemar las librerías para así acabar con el lebab (ya sabía que no iba a servir de nada), pero aquellos pirómanos y los cerdos de uniforme habían puesto en peligro mi vida.

Si queríamos conseguir algo, la revolución no era un buen camino.

Por lo menos por el momento.


* * * * *


El lebab no había servido de nada. Belfast estaba otra vez en llamas. Beirut era un infierno. Oriente Medio una ensalada de tiros. El mundo había reaccionado con alegría ante el nuevo idioma, pero los pueblos no habían olvidado sus aspiraciones.

La cosa se complicó cuando un profesor de alemán de la Sorbona se suicidó frente a sus alumnos al hacer estallar una bomba que acabó con la mitad de la clase. Desde entonces, los profesores fuimos puestos en la lista negra de todos los gobiernos del mundo, considerados como «elementos subversivos».

En la O.N.U. el tiberio se formó cuando el delegado chino (supongo que con buena ntención) hizo alusión a la cara pecosa del delegado ruso, a quien le había sentado como un tiro la observación. En los antiguos tiempos, cualquier intérprete mediano hubiera evitado aquel escollo dando un giro a la frase, pero ahora estaba a punto de estallar una guerra y el mundo estaba, literalmente, acojonado. Empezaban a brotar las primeras manifestaciones populares contra el «lenguaje teledirigido» y las «fuerzas del capitalismo lingüístico». Todo estaba casi a punto.

La otra noticia me llegó por boca de Pepper, justo cuando el Sindicato Pro-Restauración de las Antiguas Lenguas y la Libertad de Expresión Fonética había decidido boicotear el lebab.

—¿Te has enterado, Nat? Un antiguo traductor de Shakespeare ha intentado matar al profesor Hooverstone.

Di un salto en la silla y estuve a punto de morderla.

—¿El profesor Hooverstone? ¡Claro, eso es! Pepper se me quedó mirando, con una mueca de inquietud en los ojos.

* * * * *

El maldito sabueso me cerraba el paso y me miraba con una cara que me hizo desear estar a mil millas hacia el este. Parecía muy capaz de levantarme en vilo con una sola de sus manos y voltearme por encima de la calle en un abrir y cerrar de ojos. Si no me creéis es que no habéis visto a ese tipo.

—Escucha, amiguito —me lo decía con una voz nasal que me hacía cosquillas en el espinazo—. El profesor Hooverstone no puede ser molestado por nadie. ¿Te enteras, chico listo? Por nadie. Así que lárgate de aquí antes de que te haga detener por alterar el orden público y por intento de asesinato en la persona del profesor. ¿Quién crees que iba a creerte? Ya ha tenido un atentado hoy y sería sencillo hacer creer que tú has planeado otro.

La pose a lo Humphrey Bogart no le sentaba en absoluto. Se le veía espantosamente ridículo, sosteniendo la colilla medio apagada con los labios. Cristo, como deseé tener medio metro más de altura y aplastarle la nariz entre los dientes.

—Quiero ver al profesor Hooverstone —dije con una voz rayada que no era en absoluto la mía—. Es algo de vital importancia. Yo era profesor de idiomas y...

—¿Quieres hacer el favor de callarte? —El sabueso me agarró por las solapas y me levantó un palmo del suelo. La chaqueta hizo crac en algún lugar de mi espalda. En mi vida he sentido tanto miedo. Deseé estar a un millón de millas hacia cualquier parte, pero la tenaza del mastodonte me obligaba a permanecer allí, colgando como un guiñapo muerto.

Bien, ya sabéis que en las películas suele aparecer el Séptimo de Caballería, con la bandera y la corneta tocando alegremente. Me preguntaba cuándo iban a llegar y hasta pensé si no habrían sufrido algún ataque indio, porque allí no aparecía nadie. Demonios, ni siquiera podía gritar diciendo: ¡Policía! porque aquel tipo era policía.

Me dio un empujón y yo rodé hacia atrás, aterrizando duramente en la capota de mi coche recién reparado. Algo crujió además de mi camisa, algo huesudo en mi espalda.

Cuando intenté levantarme, el mastodonte estaba otra vez encima mío. El golpe en el estómago me hizo volar directamente hacia el país de Morfeo.

* * * * *

Pepper pagó la fianza y al día siguiente estaba otra vez en casa, con un bonito vendaje cubriéndome la espalda. La noche en el camastro de la celda no había aliviado demasiado mi costilla rota.

—Ahora no puedes volver a intentarlo —dijo Pepper, que me estaba sirviendo un tazón de humeante café, ignoro de qué marca—. Si apareces otra vez allí lo de ayer pareceráuna broma y te largarán un par de meses a la sombra.

—Descuida, no pienso volver a hacerlo. Uuuff, ¿cómo puede haber gente tan bestia en el mundo?

Me incorporé a medias en la cama. El pijama estaba sucio y me sentí molesto.

—¿Qué vas a hacer ahora? —era de nuevo Pepper. Supongo que no sabía que yo ya había tenido suficiente interrogatorio la noche anterior.

—Si Hooverstone tiene teléfono estará intervenido y no podré hablarle, y desde luego, no pienso ni aparecer otra vez por allí.

—¿Qué vas a hacer entonces?

—¡Demonios! ¡Ya que no tengo una paloma mensajera, le escribiré una carta!


* * * * *


Y la escribí. Folios a máquina, doble espacio, todo eso. El texto era éste:

Profesor Hooverstone, etcétera, etcétera.

Muy señor mío:

Usted no me conoce. Al menos que yo recuerde. La única oportunidad que hemos tenido para conocernos fue abortada por ese cachalote vestido de azul que tiene usted por uardaespaldas. Sucedió hace dos noches y me costó una costilla y una noche en la cárcel, pero eso no importa demasiado siempre y cuando usted lea esta carta.

Me llamo Nathaniel Fencing (puede llamarme Nat) y antes tenía como medio de ganarme el pan el enseñar idiomas a todos aquellos que tenían intención de aprenderlos. Puedo jurarle a usted que no suspendía demasiado y que incluso era un buen maestro, pero dejemos eso ahora. No tengo intención de intimidarle, pero soy miembro del Sindicato, ya sabe a cuál me refiero. Quiero hablarle del lebab, profesor Hooverstone.

Señor, usted ha conseguido hacer real una de las más grandes utopías del hombre: desde casi siempre se ha pensado en la posibilidad de utilizar un único idioma en el mundo. Hasta ahí, todo correcto, ¿no? Bien, sigo. No sé cómo demonios lo ha hecho, pero nadie es capaz de hablar ya ningún idioma antiguo, sólo esta jerga de sonidos armoniosos que lleva el estúpido nombre de lebab.

¿Qué ha conseguido con esto? Dígame, profesor, ¿qué ha conseguido? Yo voy a decírselo: no ha conseguido absolutamente nada. La gente sigue matándose por un par de estupideces o por un millón de causas justas. Sí, estoy de acuerdo en que si ahora nos desplazáramos a Mozambique o a Belgrado, comprobaríamos —¡oh, felicidad!— que podemos entendernos fácilmente y que se han acabado los supuestos problemas de incomunicación humana, ¿no es cierto?

Quitemos mi problema, el problema de cientos de desgraciados que nos quedamos en la calle. Vayamos a lo más importante: Hemos perdido siglos de literatura universal, o lo que viene a ser lo mismo: Hemos perdido siglos de historia. ¿Qué ilusión puede hacer ahora leer a Bernard Shaw en un idioma que le es totalmente ajeno? Eso, suponiendo que alguien haya podido transcribir sus obras al nuevo idioma, cosa que dudo. Observe que utilizo la palabra «transcribir» y no «traducir» porque esto daría lugar a una interpretación totalmente nueva en cuanto a sonidos y forma de expresión, señor, todo habrá sido cambiado por completo. ¿Sabe lo que significa esto?

Luego está el maldito mercado negro del libro. Se editan millones de ejemplares de cada libro para lucro de unos cuantos peces gordos que no saben qué hacer con tanto dinero. Millones de páginas impresas con estupideces sin ninguna calidad literaria. Pero dejemos esto también aparte, ¿de verdad cree usted que el lebab va a permanecer inalterable?

Mire, si tomamos en consideración que el griego, el latín y sus derivados, las lenguas romances, provenían de un tronco común que es el indoeuropeo, aceptamos que hubo un momento en que sólo existía un único lenguaje que fue degradándose y erosionándose hasta dar lugar a un enorme montón de lenguas. Por ejemplo, hubo una época en que el latín dominaba Europa. ¿Sirvió de algo? En menos de diez siglos ya existía el francés, el catalán, el castellano, un enorme montón de dialectos en la propia Italia. ¿Cree usted que el lebab va a quedarse sin evolucionar? ¡Claro que no! En Sudáfrica tomará un rumbo y en Manhattan otro. Dentro de equis siglos habremos vuelto al principio, señor profesor, ¿qué harán nuestros descendientes, conectar el botón de su maquinita otra vez? ¡Es absurdo!

Además, el Sindicato ha decidido ayudar a evolucionar al lebab, hacerlo ininteligible.

Es muy sencillo. Vamos a empezar a pronunciar «mal», vamos a pronunciar sonidos istintos. Transmutaremos sonidos fricativos por bilabiales, dentales por alveolares, eso en la zona de Nueva York. En Texas arrastrarán las vibrantes. En Francia suavizarán las palatales. Y eso no es todo. No somos ahora capaces de leer en inglés, ni de hablarlo, porque no nos acordamos, pero sí sabemos la forma de empezar a recordar palabras.

Por ejemplo, yo sabía de memoria casi un centenar de poemas en inglés, alguna canción, algún que otro capítulo de un libro en prosa. Conservo una cuidada colección de discos grabados en inglés, y que ahora, naturalmente, no puedo entender, pero cuyo significado semántico conozco. Tomemos por ejemplo el poema de Annabel Lee de Poe, ¿lo conoce? Supongo que sí.

Yo lo sabía de memoria en inglés. Ahora, si intentara recitarlo solamente podría hacerlo en este maldito lebab, ¿me equivoco? Bien: no recuerdo la cadena de palabras en inglés pero sí su significado, lo que Poe decía en el poema. Tengo en casa una grabación con la voz preciosa de Richard Burton. Escuchándolo veinte o treinta veces podré empezar a sacar conclusiones y a establecer palabras. Un estudio comparativo, en cierto modo. Gracias a los documentos grabados, que ahora nos suenan rarísimos, podremos recuperar un cierto número de palabras en sus idiomas originales. Imagínese: todos los profesores del mundo pronunciando mal, mezclando palabras, haciendo una mezcla total de idioma nuevo y viejo... distinto en cada país, por supuesto. Eso aceleraría mucho la degradación de la única lengua. Degradación que sería forzada y voluntaria y que se machacaría insistentemente a través de todos los medios de comunicación.

No somos solamente los profesores los que suspiramos por la vuelta de la cultura y las antiguas lenguas. La enorme mayoría de la gente suspira por poder decir «maldito hijo de puta» en puro inglés americano. ¡En el lebab suena todo como un piropo, incluso los insultos son algo estético!

Profesor, admito que su descubrimiento es grandioso, pero ha quedado demostrado que no sirve para nada. No han acabado las guerras, como usted pensaba, ni la incomunicación humana. Profesor, en realidad a nadie del antiguo mundo le importaba que en China hablasen chino, porque nadie sentía la urgencia de comunicarse con un ser que está a miles de kilómetros de distancia. El lenguaje es algo familiar, algo que se usa para entablar contacto de una manera directa y familiar. Profesor, cuando se quiere realmente establecer una comunicación con alguien que no hable el mismo idioma, se logra mediante gestos, por señales, intercambiando palabras básicas. Siempre se logra establecer contacto de una manera o de otra. No era necesario un salvador que obligara a hablar una lengua que no nos gusta y a la que quisiéramos olvidar para siempre.

Profesor, admiro sus buenas intenciones, pero el mal de la humanidad, poniendo un ejemplo muy lingüístico, está en el fondo y no en la forma.

Atentamente:

Nathaniel Fencing.

Ex-profesor de idiomas.


* * * *

Dos días más tarde recibí contestación, algo que en realidad casi no esperaba. Era un sobre pequeño, escrito a mano con una letra menuda y redondita. Lo abrí. El texto era el siguiente:

Muy señor mío, etcétera, etcétera.

Antes que nada, he de reconocer que han sido ustedes muy inteligentes al encontrar un medio de resucitar palabras de las antiguas lenguas. Pero hay algo que debo confesarle: en realidad no las han olvidado nunca. Todos los sistemas de lenguaje siguen almacenados en sus cerebros, pero el paso del inconsciente al consciente hace que se emitan sonidos n lebab. Es una especie de condicionamiento inhibitorio, una especie de hipnosis. Me legra pensar que mediante un razonamiento lógico, científico, logren ustedes burlar la hipnosis, aunque sea en cierta forma rudimentaria.

Reconozco que el nuevo idioma no ha servido de nada. Reconozco que estaba equivocado, pero era tan hermoso pensar que iba a acabar con todos los problemas del mundo... Tiene usted razón: las lenguas tienden a disgregarse, no a unirse. El lebab, como todos los idiomas, es una cosa viva que tendrá que evolucionar hasta perderse en un número indeterminado de sublenguas. Eso es algo que yo no había observado. Pero no será necesario que ustedes escuchen horas y horas antiguos discos, ni que empiecen a pronunciar mal.

Usted es ahora el único que lo sabe: He invertido el proceso. Microondas de sentido contrario que llevan actuando más de quince días, están borrando poco a poco todo indicio de mi lengua y están despertando los antiguos idiomas ocultos en determinadas euronas del cerebro. En menos de una semana a partir de cuando usted reciba esta carta, todo volverá a ser normal, señor Fencing. Usted volverá a impartir sus clases de idiomas y la gente podrá maldecir a gusto.

Incluso yo voy a olvidar parte de mis estudios, ya sabe: tengo miedo de que mi señalizador, en manos de un dictador se convierta en un arma total. El mundo, como usted me escribe, no necesita un salvador, ni tampoco otro Hitler.

Por lo demás, ahora estoy investigando sobre los problemas de comunicación de los grandes primates. He descubierto que utilizan un lenguaje muy rudimentario y voy a tratar de encontrar la forma de comunicarme con ellos. Espero que el asunto se dé bien.

Sin otro particular:

Frederick Hooverstone.

Científico.

* * * *

Seis días más tarde me desperté hablando mi inglés de siempre. Todo recuerdo del lebab se había borrado. Nadie dijo nada, quizás porque todo el mundo lo esperaba. Por lo demás, ni siquiera alguien se encogió de hombros. La guerra del Líbano continuó. Dos o tres soldaditos ingleses habían muerto en una emboscada en Irlanda. Un golpe de estado en algún lugar de Sudamérica acabó con una efímera democracia.

Del lebab sólo quedaron algunos libros y periódicos, escritos ahora en una forma ininteligible, un mero recuerdo. Pienso, como lingüista, que tal vez me hubiera gustado recordar alguna que otra de sus palabras.

Las investigaciones de Stone con los primates siguen adelante. Alguien debería pararle los pies antes de que cree otra raza de idiotas sobre esta maltrecha Tierra.

2008-04-30

IRON MAN: THE MOVIE



Tranquilos, que aquí no van a leer ustedes que ésta es la mejor adaptación de un tebeo a la pantalla. Porque no lo es. O sí, quién sabe. Total, lo que es exactamente es la misma película de superhéroes de siempre, esa que ya hemos visto cinco o seis o siete veces. Un par de diálogos ingeniosos, unas actuaciones en piloto automático por parte de las dos estrellas masculinas principales (y con una Gwyneth Paltrow que parece mirar continuamente de reojo a ver cuándo le gritan "corten" y puede irse a cobrar el cheque y presentar su programa de cocina), una trama absolutamente predecible de pe a pa donde el levísimo toque adulto queda solapado por agujeros de guión del tamaño del monte Olimpo, una dirección que oscila entre lo plúmbeo y lo inexperto y, mira qué novedad, una película que se va a pique en cuanto enchufan la videoconsola y al Hombre de Hierro lo interpreta Luigi o SuperMario. Exactamente, me están entendiendo ustedes bien: en el momento en que Tony Stark se conecta el traje de metal, no se ve un pijo y todo pasa a velocidad de vértigo, con tomas desenfocadas, mucho ruido y pocas nueces, cámara que tiembla y dibujo animado que se nota un pelín. Lo de costumbre.

Un par de guiños para frikis no hacen una buena película, no sé si los guionistas y director lo saben. Salva los muebles como puede Robert Downey Jr. interpretando a esa especie de alter ego suyo, y hasta consigue que nos caiga bien el personaje a pesar de que parece que no se ha quitado todavía el rimmel desde que interpretó a Charlie Chaplin. No faltan los momentos en que se quitan todos el casco para que nos creamos que debajo hay un actor. Stan Lee hace por fin de Hugh Hefner (un chiste que me temo que el espectador no pilla; al menos el chaval friki que tenía sentado al lado no lo pilló, como no pilló hasta el final el acróstico de SHIELD que el superagente 86 de turno no llega a pronunciar entero). No, no sale Nick Furia (a menos que se traguen ustedes los títulos de crédito; yo me estaba haciendo pis). Ni, a falta de ver Hulk-2 (el que tenga ganas de ver Hulk-2: el trailer que pasan antes de esta peli hace que se parezca sospechosamente a esta peli) podemos asegurar que exista ningún cacareado crossover.

Dos horas y pico de episodio piloto de serie de televisión son muchas horas y pico, qué quieren ustedes que les diga. El origen del personaje, por mucho que lo pongan al día y trasvasen Vietnam a Afganistán, no se lo cree nadie. Y si encima el trabajo en la cueva lo están monitorizando los malos (¿el jefe terrorista es un trasunto del Mandarín para otras películas?), pues mucho menos nos lo creemos. Ojito con la casa de Tony Stark, donde es más fácil entrar que en la de Gran Hermano.

Y tiene delito que Tony Stark esté hueco. Que una cosa es tener metralla en el corazón y otra que te puedan meter un puño hasta la bola y no te afecte ni nada.

Eso sí, al menos uno sale del cine con la lección aprendida para el futuro: Speed Racer la va a ver su pastelera madre. Y lo mismo pica uno con Hancock, que tanto roba al Iron Man de los tebeos, sabiéndolo o sin saberlo.





¿Y a mí que todo esto de la ministra entre recios legionarios que le regalan patucos, baberos y peluches de la cabra me recuerda a Aleta entre los indios y los vikingos?



Eran los tiempos en que éramos jóvenes, aunque no tan jóvenes como habíamos sido apenas un ratito antes. Habíamos pasado de los tebeos en blanco y negro al nuevo comic, y a la línea clara, y la línea chunga, y hasta habíamos probado aquello que luego dejó de existir o se recicló a otra cosa: el comix. No sé si lo recuerdan ustedes o si estaban vivos siquiera.

Hablo en plural, porque sé que éramos al menos tres (Carlos, Vicente, yo mismo). Sé que había más repartidos por otros lugares del mundo. Aquellos a quienes los tebeos nos gustaban independientemente de que tuvieran nombre y apellido, denominación de origen o marchamo de cualité. O sea, éramos (y aún somos) los que no teníamos empacho en simultanear los 1984, los Creepy, los Comix Internacional, los Rambla, los Cairo, los Tótem, los Cimoc con los tebeos francobelgas (Astérix, Michel Tanguy, Los Pieles Rojas, Bruno Brazil) y, por supuesto, con los superhéroes que habían desaparecido entre tanto, hundidas las editoriales y trastocados, por poco tiempo, los gustos de los lectores, hasta que alguien se empeñó en hacer otra guerra y ganarla.

Éramos chicos de provincias y hasta de pueblo. No existían, fíjense ustedes, las librerías especializadas, al menos en España. Pero en seguida supimos, por un tebeo que encontré en una librería de Malgrat de Mar, que existía alto así nada menos que en Boulder, Colorado: Mile High Comics. Yo estudiaba ya filología inglesa, pero creo que no exagero si les confieso que sabía inglés a lo justito por entonces. Nos armamos, no obstante de valor, y pedimos a Francisco Tadeo Juan nuestros primeros comic-books americanos, a la librería Telio: X-Men (nos habíamos quedado sin saber el destino de Fénix), Fantastic Four (¡aquel tipo llamado John Byrne se guionizaba y todo!). Tadeo puso de su cosecha Conan y Warlord, supongo que porque a él le gustaban, aunque a nosotros no demasiado: ya Roy Thomas había dejado los guiones.

Poco después nos armamos de valor y pedimos directamente a Mile High: primero números atrasados (el primer número del Thor de Simonson me costó un accidente con el coche), luego suscripciones de dos en dos y de tres en tres. O sea, dicho en plata, estuvimos allí cuando Alan Moore todavía guionizaba La Cosa del Pantano. Cuando Byrne se puso de parte del Doctor Muerte con "This Land is Mine!", cuando descubrimos que Magneto se llamaba Magnus y era judío y cuando Paul Smith introdujo a Pícara en el grupo.

Años por delante de la edición en español, nosotros. Los primeros números de Alpha Flight, que luego nunca se han leído como había que haberlos leído, alternando los back-ups con la narración de las historias principales. El descubrimiento de Daredevil y aquellos encuadres prodigiososos, llenos de papeles volando, donde el bastón (aprendimos que se llamaba billyclub) rebotaba en el borde de la viñeta para alcanzar la mano que lo esperaba varias viñetas más abajo. Los números extraños de Swamp Thing coloreado de azul. Y la repesca de Miracleman, tan mal dibujado y tan interesante.

En Londres, en Forbidden Planet, un mes de julio (y aunque ya los había pedido previamente a Mile High, pero entonces había un desfase de hasta cuatro meses cuando nos llegaban los tebeos por correo), compré los dos primeros números de Watchmen. Y unos cuantos días después (o puede que al año siguiente), en un drugstore de mala muerte de un pueblo camino de Winchester, encontré en un cajón nada menos que todos toditos los números del Born Again, a cincuenta peniques cada uno, una vez más antes de que me llegaran por correo desde los Estados.

Nuestro panteón tuvo, pues, tres nombres que entonces no conocía nadie, o que despreciaba la intelligentsia a la que tan dada ha sido siempre el mundo de la crítica española: Frank Miller, John Byrne, Alan Moore. Y fue en un semi-fanzine o semi-revista de por aquí abajo, un engendro llamado Tuboescape, donde por primera vez, si mal no recuerdo, se escribió un artículo sobre Daredevil y lo que con Daredevil estaba revolucionando el amigo Frank.

Entonces vivíamos un sueño y una rebeldía. Se podían hacer buenos tebeos con los superhéroes, y allí estaba la prueba, y los cegatos se darían cuenta algún día. También, queríamos haber estado en aquel meollo, respirando aquella forma de entender el medio, improvisando, disfrutando, construyendo sobre los cimientos que habían edificado otros.

Quizá cuando llegamos fue demasiado tarde. Pero, durante mucho tiempo, fuimos, además de los únicos en saborearlos, los primeros.

2008-04-27

DE FERIA EN FERIA


Yo quisiera ser como Juanito y no sentirme extranjero en ninguna parte, pero a veces no lo consigo y sobrevivo las horas instalado en el descoloque. Como ayer mismo, fíjense ustedes, que nos tocó, porque tocaba, ir a la Feria. El único día de Feria que nos permitimos, gracias a Dios, que no están los cuerpos, ni las carteras, para estos trotes.

A ver, no me confunda nadie: me he divertido en la Feria, he reído en la Feria, he bebido en la Feria, hasta he bailado en la Feria (si lo que yo hago, dando manotazos y trabucando los pasos, es bailar). Incluso di mi primer beso en una Feria y hasta una rubia despampamente, confundida o borracha, me morreó al paso como si estuviéramos rodando un spot de perfume de rosas.

Pero la Feria de pronto llega de sopetón, cuando no la estás esperando (antes, cuando la gozaba más, era a mediados de mayo, ahora es ahora), y te deja todavía descolocado con ropa que ni siquiera es de entretiempo, con el paladar aún lleno de papelillos y la suela de los zapatos manchada de cera roja. De ahí el descoloque. Desembarcar en una feria, cuando la feria ya lleva tres días en marcha y tú aún no sales del asombro de lo rápido que se suceden los viernes, debe ser similar a eso que sienten los guiris cuando visitan San Fermín, o Las Fallas. O, sí, la Feria, de ahí que haya tantos extranjeros copichuelando con los demás (e incluso existe el caso de un americano que, en el paseo de caballos, cabalgaba su montura vestido no de corto, sino de cowboy, porque ése era precisamente su traje típico).

Me desconcierta mucho, a mí, la feria. Esa ciudad que se levanta fuera de la ciudad y reproduce trozos de la ciudad en las fachadas de las casetas. El trazado de las calles, más perfecto que el trazado de las calles de la ciudad de verdad, pero convenientemente atascado de bostas de caballo, caballos con jinete, y mucha gente que intenta cruzar cuando no debe. Un trazado y unas casetas que son similares año tras año, levantadas siguiendo el plano inexistente del recuerdo: la caseta municipal donde la caseta municipal, Corrígete Charo en la esquina de siempre, Los Amigos de Sevilla guardando la otra esquina. O sea, así, saltar de año en año de una feria a otra es como viajar en el tiempo de uno mismo, y sorprenderse lo justo de que quien antes charlaba contigo vestida de faralaes en el momento de un parpadeo se ha cambiado los colores de los volantes, o tus amigos de pronto visten más canas, o no han venido, o ya no están.

Es el primer día en que se nota el calor. En que afecta el ruido machacón de unas canciones que, porque soy de donde soy, no forman parte de mi acervo. El primer día que observas con satisfacción la belleza de las jóvenes vestidas de flor, de las maduritas interesantes luciendo todavía jardines de carne.

Pero me desubica la feria. Me aturde. Me cansa. No la entiendo ya, si quise entenderla alguna vez. Tan cara, tan falsamente superados los clasismos que son marchamo de otras ferias, tan nacionalísticamente andaluza en sus sonidos y en sus poses.

Sólo un día de Feria me basta y me sobra. Como calentamiento al verano, tal vez, sea necesaria. Compadezco a quienes, atrapados en el laberinto de casetas, todavía tienen por delante hoy y mañana.

"Ni Spiderman ni ninguna película basada en un cómic hubieran llegado jamás al cine sin Will Eisner. Él se inventó un género en los cuarenta que permaneció vivo durante décadas. Y cuando empezó a languidecer en los setenta volvió a revitalizarlo con la novela gráfica A contract with God, que sacudió la profesión y nos hizo ver que el cómic no era algo más que un panfleto que se edita semanalmente sino algo que podía ser permanente".

Frank Miller, en El País, hoy, desbarrando.

Otros tuvieron lo deseado, tú tienes tu “Deseo”,
un “Deseo” para ganar y un sobrante “Deseo”;
sé que estoy de más, siempre persiguiéndote
para que me añadas a tu dulce deseo.
¿Desearás tú, cuyo deseo es tan vasto y espacioso,
conceder por una vez que mi deseo en el tuyo se esconda?
¿El deseo de otros te parecerá recto y agraciado,
mientras a mi deseo ninguna bella acepción lo ilumina?
El mar, todo agua, aún acoge la lluvia,
y, con tanta abundancia, acrecienta su mole;
así tu, siendo rica en “Deseo”, añade a tu “Deseo”
un deseo mío, para hacer más grande tu amplio “Deseo”.
Que una negativa descortés no mate a tus gentiles suplicantes:
acoge a todos en uno, y a mí en ese único “Deseo”.

-William Shakespeare.


Tradutore traditore, y nada lo ejemplifica mejor que este soneto dedicado a la Dama Oscura que tanto hizo cavilar a nuetro héroe. Donde pone "Deseo" en la versión en español, Shakespeare usa "Will".

Pero, ojo, Will significa deseo. Y voluntad. Y testamento. Y el nombre del propio Will. Y, según parece, el nombre de quien al final se fue con el gato al agua del tesoro de la Dama Oscura. Y, para remate, es la palabra que define al sexo masculino. Y al sexo femenino.

Relean ustedes el poema, en español, teniendo en cuenta que ese "Deseo" significa todo eso a la vez, y comprenderán por qué Dios era klingon.

¿Qué se juegan ustedes a que la última escena de la nueva peli es la boda de Indy y Marion?

No se había visto otra igual en la historia. Lo de las ministras, quiero decir. No que sean nueve, una más que los hombres, por primera vez en el mundo, quizá, desde que las sociedades primitivas olvidaron el matriarcado a cambio de la que desde entonces nos ha caído encima. Me refiero a la reacción a su presencia. Vaya tela. Una, puesta a caldo por estar embarazada. La otra, por ser joven. La otra por delgada. Ninguno ha tenido la desfachatez, todavía, de acusar que alguna es fea.

De vergüenza, la reacción de muchos plumillas, acá y allá, bajando a la arena de lo zafio, de la conversación entre amigotes con dos copas de manzanilla en lo alto y el propio desván descuidado con la esposa en casa con la pata quebrá. Esos que se dicen liberales y que en realidad se ocultan tras un concepto hermoso que desvirtúan a cada palabra que escriben o cada rebuzno que ladran y que son ni más ni menos que lo contrario al liberalismo histórico: la reacción más chusca, los cantamañanas del absolutismo, los que siempre han dicho no a todo y creen que tendríamos que seguir viviendo como en tiempos de Felipe II (donde lo mismo habrían anhelado a los Reyes Católicos). Los mismos que hace cien años, posiblemente, habrían puesto el grito en el cielo porque emanciparon a los negros, o los dejaron estudiar y hasta votar. Los mismos que hace cincuenta y pico se habrían negado escandalizados, o con la misma sonrisita condescendiente de ahora, a que las mujeres (cabecitas locas, ellas) pudieran ejercer sus derechos igual que los hombres. No quiero ni imaginar el soponcio que le va a dar a más de uno, entre botos camperos, gomina y campos de golf, cuando algún día tengamos un ministro negro, o musulmán, o budista. Y no me lo quiero ni imaginar porque sé perfectamente cuál va a ser su reacción: la misma que ahora. La descalificación. El chiste grueso. La pachanga.


Quizá ya sea hora de que tengamos a una mujer y madre dirigiendo un ministerio dominado mayoritariamente por el sector masculino, porque en el mundo de hoy los ejércitos deberían estar para defender y no para atacar y es bueno tener en cuenta otros puntos de vista en ecuaciones que reducen las vidas a simples números. Y, desde luego, no vale descalificar así de sopetón a nadie porque sea demasiado joven (¿se puede ser demasiado joven?) o no se tenga experiencia para el cargo. Nadie, que yo recuerde, tiene experiencia de primer ministro hasta que lo es. Como nos recordaba Mafalda en una de esas reflexiones demoledoras suyas, la pega es que en ninguna universidad se estudia la carrera de gobernante.

Existe en política el periodo de gracia. Los tradicionales cien días. Hasta entonces, haríamos todos mejor en estar a la expectativa, y desear buena suerte a los ministros y a las ministras. No descalificar a nadie así de entrada. Porque entonces, cuando cometan los errores, cuando sus decisiones causen las inevitables polémicas, la carga razonada contra el error cometido habrá perdido su fuerza.

En fin, para qué seguir. Las marmotas han despertado de su periodo invernal y siguen siendo marmotas: dormir tanto entre el hielo no les ha enseñado nada. Como vampiros trasnochados, siguen lanzándose al cuello del primero que pase. Y si cuela, cuela. Más les vale tener un poco de paciencia: la rueda de la historia es imparable. Hasta Berlusconi (cuyas palabras humorísticas algo sacadas de contexto han sido mucho más elegantes que las de muchos de ellos, y en cualquier caso ha sido rápido de reflejos il cavaliere en rectificar) lo ha comprendido.

Como en cualquier otro oficio, se es buen o mal ministro independientemente del sexo que tenga el que ocupe la cartera. Y sólo se les podrá y se les deberá criticar por sus actos una vez los realicen, no antes, y no por ser joven o viejo, mujer u hombre: Mario Puzo sostenía que los políticos no son ni hombres ni mujeres. Mucho nos queda por andar, y a lo mejor no es ni descabellado el flamante nuevo ministerio de nuestra paisana. Por el bien de todos, suerte.


Publicado en La Voz de Cádiz el 21-04-2008




... y no le hace falta imitar a Batman.



Hay días en que uno se despierta con una noticia que te pinta una sonrisa en el rostro. Hoy, sin ir más lejos. Nuestro amigo Paco Roca, como deseábamos, acaba de ganar dos premios dos en el Salón del Cómic de Barcelona, al mejor tebeo español y al mejor guión por su obra Arrugas.

No sé si le han dado ustedes una oportunidad a Arrugas. Los medios, desde luego, sí. Y sería quizá, si no se la han dado ustedes, uno de esos casos en que los medios son más inteligentes que los lectores habituales de tebeos, porque Arrugas es un tebeo sólido, entrañable, perfectamente narrado y dibujado, que aborda un tema que los tebeos normalmente no tratan (los personajes de los cómics son adolescentes o, como mucho, héroes en la frontera difusa de la treintena): la vejez y sus consecuencias, la soledad, el Alzheimer.

Sin embargo, no crean ustedes que Paco Roca (que es joven, simpático, calladito, una especie de Peter Pan, o al menos a mí me lo ha parecido siempre) nos cuenta una tragedia. Fruto de mil miradas y mil investigaciones, y quizá de mil temores que nos ha hecho comprender que tarde o temprano compartiremos todos, en Arrugas se nos presenta una pequeña comedia de costumbres, donde la ternura y el humor ocultan la tragedia de esos seres humanos, ancianos ya, que en la milla verde de un asilo esperan a la muerte o, aún peor, a la planta de arriba donde tendrán que volver a esperar, ya sin saberlo, la negritud de la muerte.

Paco Roca presenta su asilo como una especie de colegio de internos, y por eso no es extraño que algún bellísimo flashback retrotraiga a un par de personajes a su infancia, justo cuando Emilio recupera el recuerdo de su llegada a su primera escuela, y sobre todo en una de las escenas más bellas que recuerdo haber leído nunca: la caza de la nube. También, porque es consciente de que en el fondo los ancianos protagonistas están en un campo de prisioneros, existe la figura del conseguidor, el campechano y cínico Miguel, el único que parece conservar la cabeza y las facultades en su sitio, obsesionado con el dinero y, al final, el que comprende cuáles son sus lealtades y quién es su amigo.

Los momentos de humor son abundantes, aunque Paco Roca no se corta y planta ante el lector algunos golpes a la mandíbula que dejan descolocados por su crudeza: la reacción a los ronquidos del viejo Félix y la elipsis de su resolución, por ejemplo. Atentos a la portentosa narrativa de las páginas 46 y 47, y sobre todo a la secuencia que se inicia en la página 95 y culmina en la 99, con esas dos planchas en blanco que contienen tanta reflexión, tanta magia, tanto miedo y tanto recuerdo del futuro.

Uno de los tebeos más impactantes que se han hecho en España a lo largo de su historia, duro y tierno, sin concesiones a los gustos lectores ni las imposiciones editoriales: sólo hace falta la visión de un poeta y la mano de un artista para dejar claro una vez más, por si alguien no se ha dado cuenta, de que no hay límites para la historieta, si quienes la trabajan tienen cosas que contar y compartir con todos nosotros.

Esta tarde Daniel se ha ido al cine a celebrar su cumpleaños con los amigos.
Laura ha comprado su primer disco, de Tokio Hotel, en alemán.
Anuncio de soledades por venir...


Lo he leído en varios sitios antes, da fe de ello Manuel Caldas en su libro y hace unos días, en su indispensable Comics en extinción, nos lo recordaba el amigo Anguloagudus. El estilo de trabajo de Hal Foster. No de cómo se pasaba las horas y las horas dibujando, que también, sino de su forma de abordar la historia.

Y, sinceramente, no me la creo. Me suena a propaganda del Kings Feature Syndicate. Quizá por un intento de darle una pátina de cultismo literario al trabajo del dibujante, como si hiciera falta, se nos cuenta que, en el proceso de guión, Foster escribía cada página como si fuera una novela, empleando varias páginas que luego reducía a un tercio para encajarlas en sus viñetas, completando así el bloque literario de cada plancha.

Y, perdonen ustedes, sigo sin creérmelo, porque nadie trabaja de esa manera, invirtiendo tiempo y esfuerzo en unos textos que luego va a tirar por la borda, con lo que eso cansa y lo que eso quema. Acepto, quizás, que en los primeros pasos dubitativos del proceso, en los primeros tiempos de Prince Valiant, inseguro y bisoño, Foster necesitara un guión más largo (aunque no necesariamente literario), pero estoy seguro de que, en seguida, cambiaría a escribir justo lo que cada historia y cada plancha necesitaban, ni una letra más. Hacerlo tal como lo publicitan ralentizaría demasiado el proceso, e insisto en que me parece una pérdida de tiempo, quizá una maniobra publicitaria de la KFS en la época en que se novelizaron los cómics, como si el proceso de trabajo hubiera ido de lo literario a lo dibujado y luego a lo literario nuevamente (aunque sabemos que esas novelizaciones no son, claro, de Foster, como no fueron de Raymond las novelas de Flash Gordon). No sé, en cualquier caso, si se conservan muestras de los guiones.

Lo mismo para el proceso del dibujo. Se nos muestra siempre la viñeta donde Val conversa con el jefe indio, y en los bocetos vemos cómo Foster parte de unos esquemas generales donde hasta llega a dibujar primero los huesos antes de poner encima la piel y los rasgos. O sea, seguro que nos encontramos ante unas viñetas de muestra para explicar la interiorización de la anatomía y las proporciones, no de un estilo de trabajo diario. Sería absurdo, e imposible, y la maestría sobrenatural de Foster difícilmente necesitaría ese paso a paso.

Y, sí, Prince Valiant se publicaba a razón de una página por semana, y Foster vivió más o menos encadenado a su mesa de trabajo toda su vida, hasta que tuvo que recurrir a ayudantes, en la familia y fuera de ella. Pero nuevamente su capacidad para el dibujo, y la soltura que ahora vemos en sus páginas de la mano de Manuel Caldas, nos indican que los trazos son de pincel, y mucho menos precisos y puntillosos de lo que nos hacía creer la reproducción, reducida de tamaño, coloreada y en ocasiones emborronada. Es evidente que para dibujar una viñeta-primer plano ni siquiera Foster necesita un día de trabajo. Y recordemos, como me comentaba Carlos Pacheco hace tiempo, lo que sucede cuando dibujamos en un globo hinchado, y cómo se ve mejor una vez el globo está vacío. Foster, de haberse dedicado los siete días de la semana al dibujo, no habría ejercido de cazador y pescador, como tanto le gustaba, ni habría recorrido medio mundo para inspirarse en los paisajes que luego iba a recorrer su personaje (aunque sí, es cierto, de vez en cuando recurría a reimprimir historias cuando Val contaba sus andanzas a sus hijos o sus biógrafos). Seguro que tampoco dibujaba perfectamente trajeado y encorbatado como vemos en las fotos.

Recordemos también que un dibujante de la escuela realista de Foster, cuya admiración hacia el maestro el propio Anguloagudus nos ha mostrado varias veces en su blog, Víctor de la Fuente, dibujó en Lucca o Angouleme, hace unos años, todo un caballo (lo más difícil de dibujar, según dicen los expertos), de un tirón, sin boceto previo... y empezando nada menos que por la cola.



No me digan ustedes que no se lo veían venir. Hemos dicho todos, por activa y por pasiva, incluso aquí mismo, que de unos cuantos años para acá la educación de nuestros hijos (y, en el fondo, la recepción de nosotros mismos a las consecuencias de esa educación) la hemos dejado en manos de quien no ha hecho una carrera, ni un cursillo de adaptación pedagógica, ni un máster extracurricular, ni tiene de su lado la experiencia de muchos años de estar de espaldas a la pizarra o atrincherado detrás de la mesa. O sea, que hemos quitado a los maestros y profesores buena parte de su función (aunque, no lo duden, seguimos echando la culpa a la escuela de buena parte de los males que en el mundo son, incluso de aquellos que le caen de rebote a la escuela y vienen de la sociedad de fuera), para entregárselos a los medios de comunicación de masas, esos que no se sabe muy bien quién los controla: Internet en menor medida (pero la que nos rondará, morena), y sobre todo la televisión.

De los tiempos en que los niños de diez años nos negábamos a ir a la cama porque nos asombraba lo serio que Emilito Gutiérrez Caba recitaba aquello de “Ser o no ser” que a algunos nos ha marcado tanto al Libro Gordo de Petete medió un buen trecho donde los españoles nos hicimos más altos a la par que nuestra ropa se hacía más corta. La llegada de la democracia y la multiplicación de las cadenas televisivas nos fue dejando, no sé si por dejadez o por conveniencia (no soy amigo de las teorías conspiranoicas), con una gran asignatura pendiente en nuestra educación. Los planes de estudios no consensuados nos han ido legando una generación de niños listos que aprenden a pasar de curso por la mínima, con lagunas enormes en su conocimiento (¿por qué se espera tanto a enseñarlos a leer?, por ejemplo), mientras que las contraprogramaciones y el amarillismo televisivo nos han acostumbrado a buscar ser famoso a toda costa, sin tener nada que ofrecer ni nada que sea novedoso, excepto el escándalo, el equivalente de hoy a la ducha-la-cama-y-el-yesverigüé que cantaba el recordado Pepe Da Rosa. Desde aquel famoso experimento sociológico que sólo se creyó Mercedes Milá hemos instalado a nuestra juventud y a nuestra infancia en la idea de que aquí no hay que esforzarse para nada, y que la mejor manera de vivir la vida es procurar no dar un palo al agua y echarle morro, mucho morro a la cosa.

Y ahora resulta que, experimentando con el mismo formato, donde nos han presentado ya a pánfilos, zangolotinos, pilinguis, marujas, modelos venidos a menos, cantantes sin voz, periodistas que ocultan celosamente su pasado progre y todo lo gastan en cirugía plástica (porque Dios selecciona los milagros, oiga), nos llegan los concursetes con afán didáctico donde un puñado de chavales y chavalas, cuando sobreviven a la criba y la befa y mofa de los jurados seleccionadores las pasan canutas para llevarse un premio que nunca se sabe cuál es, con unas bases del concurso (lo que en el vocabulario escolar llamaríamos una “programación de aula”) que cambia de día a día y a capricho de lo que quieran la audiencia, o los presentadores-profesores del programa, o los que pagan la publicidad.

Uno ve las broncas terribles que echan a esos jovencitos que, al contrario que los otros jovencitos que se pasan semanas encerrados en una casa tumbados en un sofá delante de las mismas cámaras, y comprende que, por culpa de nuestro sistema educativo, y por culpa de las mismas teles, es quizá la primera vez en sus vidas de adolescentes de veintipocos años que alguien les canta las cuarenta, los evalúa de manera más o menos objetiva, y les dice a la cara que no hacen las cosas bien. Los chavales, claro, lloran, se dan golpes de pecho, se desesperan, y a veces tratan de expresar con su vocabulario limitado (“te quiero mogollón, tía”) lo que supone ese contacto con la dura realidad que han eludido, posiblemente, desde que entraron en parvulitos hasta que dejaron los estudios para perseguir un trabajo basura.

Nos hemos superado a nosotros mismos, señores. La labor de los maestros está ahora, por fin, en manos de las cadenas de televisión. Sin estudios universitarios, sin cursillos del CAP, sin homologación que valga.

Mientras tanto, nuestros hijos se enfrentan el año que viene a la LOE, donde aparecen unas asignaturas de nombre tan raro y tan absurdas en sus ignotos contenidos todavía que parecen siglas en clave de alguna ex república socialista soviética.

Publicado en La Voz de Cádiz el 15-04-2008

Con lo bonita que sería la vida si no tuviéramos que comer...

Juan Miguel Aguilera, en Moncofa, a las seis de la tarde del sábado pasado.

2008-04-13

1522. BIBIANA AIDO



Hoy, quizás, un escalofrío premonitorio ha hecho cosquillas a alguien en el ayuntamiento de Cádiz, como cuando Elvis escuchó el primer disco de los Beatles.

O, quién sabe, quizá haya quien suspira aliviado en la Junta de Andalucía.


Algunos viernes salimos a cenar al chino, con los niños y una pareja de amigos y sus niñas. Después del inevitable rollito de primavera, el arroz 3-D y los wantún y demás viandas, solemos darnos un paseíto corto hacia nuestro irlandés, donde entre humo y un par de whiskitos terminamos saludando a la concurrencia, yo a ex-alumnos, ellos a compañeros de trabajo. Nuestros hijos, con santa paciencia, esperan jugando fuera o, algunas noches, se quedan en casa jugando con la wii (aclaro que los niños están ya en la adolescencia y ya prefieren escaquearse).

La otra noche, por aquello de que los críos estaban a buen recaudo, con Daniel haciendo de experto en informática para las otras tres, nos tomamos una copichuela en nuestro irlandés de siempre y, como era muy temprano (las once y poco), nos tomamos una segunda en el otro pub de la esquina. Y allí, como siempre que uno entra en territorio comanche, me sorprendió la diferencia de la fauna, cómo a ciertas edades la gente sale a quemar el último cartucho o subir al penúltimo vagón que pueda, cómo cuando entras todas las miradas se vuelven hacia ti y al instante, al ver que entras en compañía, dejan de mirarte y pasan a mirar el fondo de la copa. Más o menos como a Luke y Obi-Wan cuando entran en la cantina: posiblemente la fauna fuera igual de variopinta, con la diferencia que nosotros no llevábamos androides que tuvieran prohibido el paso.

Es entonces, observando los rostros de la gente cuando uno descubre rasgos que reconoce de otro tiempo muy lejano, e identifica a aquella señora escotada que intenta comerse con la mirada al señor calvo que trata en vano de hacerse servir más hielo en el cubata, o saluda a aquel gordito del lacoste aunque no logra situarlo exactamente si de los tiempos de la Transición o del instituto. Al cambiar de chiringuito el otro día, ya les digo, noté un extraño desasosiego, un adentrarme en vidas de soledades y noches de fracaso que no suelo encontrar en mi irlandés de siempre, dado a gente más joven y, en cualquier caso, más heterogénea.

Entonces entraron ellos. Cuatro, cinco, seis señores de mi edad, o como mucho tres o cuatro años más jóvenes. Cuarentones, talluditos, solterones. Mi primera idea al verlos, solos, aislados, algo alelados, saludando a diestra y a siniestra pero sin levantar grandes alegrías ni mostrar tampoco demasiada calidez en su relación hacia afuera, fue que no hace falta ser lector de tebeos, ni de mangas, ni gustarte lo gore ni la ciencia ficción para ser un friki.

Luego recapacité, y comprendí que realmente estaban donde no habían dejado de estar nunca, atrapados en las redes del Peter Pan que nunca han querido ser, solteros y enteros, quizás, como decía la otra, viviendo a destiempo ese desasosiego, ese vacío, ese dolor a la noche que no se logra olvidar del todo por la mañana. En el pub, había quien trataba de componer los cristales rotos de su vida; ellos quizá ya ni siquiera intentan comprender qué les falta a su ventana.

Debe ser terrible estar prisionero en la inseguridad adolescente, mientras el tiempo corre, porque en la vida no existe el día de la marmota.