«¿Quién nos guardará de nuestros guardianes?»
Juvenal




Era una monada de criatura. Toda una belleza. Y podéis creerme. Entiendo mucho de mujeres, aunque no sea capaz de comprender a ninguna de ellas en concreto. Aquella preciosidad era una de las chicas más bonitas que yo había visto nunca. En serio. Era magnífica. Tenía el pelo de color rubio, cortado milimétricamente a la altura de la barbilla, y las guedejas doradas le caían graciosamente a un lado y a otro de una cara perfecta de niña. Los ojos brillaban con el azul más claro que pueda imaginarse, y eran enormes. Curiosamente, no estaban desprovistos de pasión. Los ojos azules, ya se sabe, son unos ojos extraños. Al carecer de pigmentación no permiten leer en ellos. Son de ese tipo de ojos que refractan tu mirada y no te dejan saber qué hay oculto detrás de ellos. Los de aquella chica eran distintos. Tenían un deje angelical, un brillo de algo inocente y puro.

Eran los ojos de una niña en la cara de una niña, y todo combinado con un espigado cuerpo de mujer. El resultado era francamente encantador. Parecía una obra hecha para ser contemplada en cualquier momento, a cualquier hora del día o de la noche, pero preferentemente con el mínimo de ropa posible. Yo estaba tan entusiasmado mirándola de arriba a abajo que ni siquiera escuchaba lo que estaba diciendo. Cuando quise volver a captar la onda, ella había terminado de hablar. Escasamente pude apreciar que tenía una voz maravillosa, muy parecida a la de las locutoras de televisión.

La miré a los ojos y meneé la cabeza afirmativamente. Un largo historial como investigador por cuenta ajena me había enseñado que los clientes empiezan preguntando si tu nombre es el que ellos creen y si eres en realidad un héroe de alquiler dispuesto a meter la nariz en sus vidas privadas y echarles un cable cuando es necesario. Afirmé otra vez con la cabeza mientras me inclinaba hacia adelante, apoyando la barbilla sobre las manos para tratar de ver mejor las piernas de la chica.

—¿Y...? —pregunté levantado un ojo. Las piernas eran larguísimas y estaban forradas hasta las rodillas por una falda de seda sintética de un maravilloso color rosa. No sé si la chica se dio cuenta de lo que yo estaba mirando, pero el caso es que cruzó las piernas. El efecto fue bárbaro, pero me obligué a no mirar más y a concentrarme en lo que seguramente iba a ser un nuevo caso. Costó trabajo, porque las piernas eran realmente increíbles.

—Es... Es por cosa de mi novio —titubeó ella por fin, alisándose una manga del vestido y fijando la mirada en la punta de charol de sus zapatos.

Ah, el novio, claro. No podía faltar. Debí haber supuesto que semejante monumento no andaría por el mundo sin su gorilita de ojos tiernos. Sobre todo ahora que había tanta escasez de mujeres. ¿Y qué esperaba yo? ¿Que viniera buscándome por mi hermoso rostro? Era lógico pensar que no, y esto siempre duele un poco, especialmente para una mente paranoica como la mía. Así que me encontraba de nuevo en el caso del novio perdido, descarriado y metido en líos. Lo de siempre. La variante estaba en que algunas veces la oveja descarriada era una esposa, una hija o un padre alcohólico o drogadicto, y que el cliente era un marido, un hermano o un amante desesperado que temía, con razón, que todo el asunto fuera a terminar de mala manera. Al menos, esta vez el cliente era una chica guapa. Con un poco de suerte podía incluso ser una chica liberal a la que no le importara emasiado aliviar los bajos instintos del coyote que quería contratar como redentor de adolescentes estúpidos que piensan que es igual de fácil salirse que meterse en un lío. Todavía no sabía en qué jaleo se había metido el novio de aquella belleza, pero fuera cual fuese, no tenía perdón por lo que había hecho. Un tipo que se dedica a jugarse el pellejo y no se da cuenta del bombón que puede tener en sus manos se merece de sobra terminar hecho puré por obra y gracia de los cyborgs de la Guardia de Seguridad. Y estoy hablando en serio.

—Temo que esté metido en problemas —estaba diciendo la muchacha. Yo, como siempre, me asombré de la cantidad de cosas que se pueden pensar en un segundo. Pegué oído a sus palabras y traté de no mirar lo bien que movía la boca. No lo conseguí,claro. Era pedirme demasiado.

—¿Seguro que está metido en problemas? —pregunté yo. Deseaba de todo corazón que el lío fuera bien gordo, porque así tendría ocasión de conocer mejor a la muchacha—. ¿No habrá decidido abandonarte? ¿No tendrá otra chica por ahí?

Ella negó rotundamente con la cabeza. No pareció importarle que la tutease.

—No. Seguro que no. Sólo que... Sólo que él...

Me hizo un gesto con el índice señalando hacia arriba. Temía que hubiera micrófonos ocultos o cámaras de video-tape por alguna parte. Negué con la cabeza y la insté a que continuara hablando. Aunque no siempre nado en dinero, sí soy un investigador eficiente, con una licencia escrupulosamente puesta al día. Los malditos «seguris» nunca habían tenido oportunidad de recelar de mí. Si hubiera cometido alguna vez el más ligero desliz, ya estaría frito hace tiempo.

—Johann, mi novio. Es traficante.

—¿Quieres decir traficante de drogas? ¿Heroína?

Ella dijo que sí con la cabeza. Yo me llevé las manos a la mía y resoplé. Pipiolos de mierda metiéndose en líos. ¿No sabían que los «seguris» son únicos en su estilo detectando cualquier clase de porquería para envenenar a la gente? Cada «seguri» es por sí solo un auténtico laboratorio con piernas.

Basta una mota de opio en una habitación relativamente grande para que sus órganos sensores la detecten en menos de lo que se tarda en contarlo. La media era de treinta segundos. Y no son tipos que se anden con chiquitas a la hora de aplicar la Ley. Todo resulta asquerosamente sencillo: Pena de muerte para cualquier delito. Aplicación inmediata, bang. Solamente el homicidio tiene la oportunidad de un juicio imparcial, sin la ayuda tecnificada de la computadora.

—En realidad no sé por qué lo hace. De verdad —dijo ella, con la voz quebrada, casi a punto de llorar. Lo que me faltaba era hacer de pañuelo a una chiquilla nerviosa que iba a perder los nervios de un momento a otro. Una posterior mirada a las piernas de la chiquilla nerviosa hizo que no deseara otra cosa sino poder consolarla al viejo estilo Hollywood.

—No somos pobres —continuó—. Tenemos una renta bastante cuantiosa, soy químico, que nos permite incluso ahorrar unos miles de florines cada año. Pero Johann prefiere demostrar que un hombre puede ser más astuto que un cyborg y sus malditas computadoras. Por eso se metió en esto. El ni siquiera es adicto. Ni yo.

Yo tampoco había probado nada en mi vida. Y eso que la droga es legal en todo Amsterdam. La droga comprada al Estado, naturalmente, a un precio bastante elevado. La otra, la que vendían los traficantes, era ilegal, pero se vendía a más bajo precio (era más refinada: auguraba varios días de placer) y la demanda era mucha. Ni siquiera los cyborgs podían contener a todos los traficantes de Amsterdam. Se reproducían como ratas. Esto hacía que niños pijoteros como el tal Johann se metieran en el lío de su vida tratando de conseguir unos cuantos billetes extra y la emoción suficiente como para detener un tren en marcha. En cierto modo, lo comprendía. Yo hacía lo mismo en otro estilo. Si me dedicaba a esta locura del investigador a sueldo era más por jorobar a los«seguris» y su maldito tecnicismo que por ganar un dinero que en realidad casi no compensaba los riesgos de una profesión tan estúpida.

—Hace casi dos meses que está metido en esto. Y ahora no sabe cómo salir.

No pude por menos que felicitar al tal Johann por su habilidad. Diablos, dos meses es mucho tiempo funcionando. Los «seguris» habían desintegrado a traficantes con menos de dos semanas de carrera a las espaldas. Se presentaban de noche o de día, con los ojos metálicos analizándolo todo alrededor y disparando sus pistolas láser sin preguntar siquiera. Si la endiñaban espectadores inocentes, tanto peor para ellos, por supuesto. Dos meses es mucho tiempo.

—Alguien llevó el soplo a la Guardia de Seguridad hace dos días. Era drogadicto y había tenido problemas con su dosis o algo por el estilo. No lo sé.

Tendría que estar desesperado al intentar una locura así. Un desequilibrado mental, probablemente. El infeliz creería que los «seguris» irían a proporcionarle una nueva dosis y lo único que le hicieron, conociéndolos, fue descerrajarle un tiro entre los ojos. Puro estilo cyborg.

—Ni creo que sepas nunca qué ha sido de él —dije yo—. A esta hora, tu amigo el delator no abultará más que un montón de excrementos. Dios mío, los «seguris» debieron sentenciarlo en el justo momento en que se convencieron de que hablaba en serio y de que no tenía nada más que decir.

Ella afirmó con la cabeza. Estaba muy seria, pero supe que ya no iba a desmoronarse.

—Escúchame, muchacha... ¿Cómo dijiste que era tu nombre?

Me miró casi sorprendida. No esperaba que yo no recordara cómo se llamaba. Al respecto yo le hubiera aconsejado que en adelante esperara a que la vieran bien de arriba a abajo y que luego hiciera las presentaciones.

—Carolina. Carolina Strautman.

—Escúchame, Carolina. A esta hora los «seguris» habrán encontrado al gilipuertas de tu novio y lo habrán reducido a polvo y cenizas. No merece la pena preocuparse por él; preocúpate por ti. Si no estás limpia, los tendrás tras tus pasos en un santiamén.

—Estoy limpia. Johann siempre procuró dejarme al margen. Ni siquiera sé cómo operaba.

—Bien.

—Pero todavía puede que haya una esperanza de sacarlo de este lío. Los «seguris» ajusticiaron ayer al socio de Johann. Ya sabe. Le dispararon antes de que tuviera tiempo de escapar.

Como hacían siempre. Yo había visto muchas, muchísimas veces a los cyborgs en acción, pero no me había acostumbrado todavía a verles desenfundar sus pistolas láser. Disparaban una sola vez, sin fallar nunca. Estaban programados para hacer blanco en un cien por cien de los casos. A veces, cuando eran dos los fugitivos, se limitaban a colocar el rayo bifocal y a dejarlos tiesos a los dos a la vez. Una raya roja surcaba el aire, se dividía en dos y alcanzaba a los pobres diablos en el mismo momento. La primera vez que vi el rayo bifocal en acción tuve pesadillas durante una semana. La terapia para ibrarme de ellas fue ver otra vez en acción a los «seguris». La cotidianidad del miedo, creo que lo llamó mi psiquiatra.

La chica rebuscó en su bolso y siguió hablando.

—El soplón sólo conocía al socio de Johann, no a él. Los «seguris» no tienen ninguna pista de la participación de Johann en el negocio. Puede que no lo encuentren nunca. No hay relación entre Johann y el tráfico de drogas.

Me eché a reír. Ella me miró muy sorprendida, casi molesta. Yo paré la risa y la miré seriamente. Era endiabladamente hermosa. Tanto, que sentí remordimientos de decirle que no daba ya un chelín por la vida de su muy amado Johann. Los sistemas de deducción de los «seguris» no tenían ni un solo margen de error; tarde o temprano, Johann sería descubierto y volatilizado por un láser. La experiencia me había enseñado que esto sería pronto. Muy muy pronto.

—¿Y qué pinto yo en todo esto? —pregunté por fin, sin atreverme a decirle que era una carrera inútil la que íbamos a emprender, que ya todo estaba sentenciado.

—Busco su ayuda.

—Y yo te la ofrecería de buen grado. El único problema es que no sé cómo hacerlo. No soy Flash Cordón: No puedo enfrentarme yo solo a un ejército de «seguris».

Ella sonrió. Sacó del bolso un paquete recién abierto de Pall Mall y me ofreció un cigarro. Denegué el ofrecimiento con otra sonrisa.

—¿No fuma? —preguntó incrédula.

—El tabaco es una droga que mata lentamente —sentencié mirándole las rodillas. Ella encendió el cigarro inclinando la cabeza (tenía unas pestañas larguísimas), y se cubrió la cara de humo.

—Tampoco tengo mucha prisa en morirme.

Dio dos o tres chupadas al cigarrillo mientras ponía en orden sus pensamientos. Ahora parecía una mujer cerebral. Una modelo profesional de las de antes, con sus gestos cuidados y elegantes, y no la niña nerviosa del principio. A decir verdad, no parecía nerviosa en absoluto.

—Señor Steel, quiero que me ayude a sacar a Johann de la ciudad. Quiero que nos lleve a Rotterdam, donde viven sus padres. Podemos decir que le hemos contratado para que los encuentre, que no sabemos nada de ellos desde hace meses, lo cual es cierto. Así podremos salir de aquí.

Sonreí. Los «seguris» nunca se han caracterizado por su estupidez, y pocos han sido los que han logrado salir de la ciudad sin el salvoconducto en regla. Por lo demás, ¿quién quiere salir de Amsterdam? Toda Holanda es igual, dividida en núcleos ciudadanos dominados por Madre y con cyborgs repartidos por todas partes. No merece la pena molestarse en escapar. No, sabiendo que en todos los lugares va a pasar lo mismo. Miré a Carolina al fondo de los ojos azules. Era perfecta.

—Puedo pagarle —insistió ella—. ¿Veinte mil?

Diablos, veinte mil era mucho dinero, yo diría que incluso demasiado dinero para un trabajo de esta envergadura, que no requería pesquisas en profundidad ni excesos físicos. Veinte mil florines nuevos sólo por sacar al tal Johann y a ella de la ciudad y volver. Mucho dinero para un caso que ya estaba perdido de antemano. Con una cliente así yo estaba dispuesto a trabajar gratis, pero no se lo dije. No me importaría arriesgar la vida si al final de la historia, como en las películas de ciencia ficción, ella me recompensase con un beso. Sonreí otra vez. Carolina me caía realmente simpática.

—Te cobraré el precio normal. No soy Don Quijote pero te cobraré el precio normal, ¿de acuerdo?

Ella se puso tan contenta que creí que se iba a echar en mis brazos, pero no lo hizo. Apagó el cigarrillo en el cenicero de cristal de la mesa y me miró con aspecto feliz. Los ojos le desprendían chispitas de color azul pálido.

—Bien, podemos empezar ahora mismo —dije yo poniéndome en pie—. ¿Sabes dónde está Johann?

Ella se puso de pie también; era más baja que yo, y tenía una figura deliciosa. Se colocó el bolso en el hombro y me miró con gesto de agradecimiento.

—Ajá. Está escondido en un apartamento alquilado cerca de la antigua desembocadura del Ij, ¿sabe dónde es?

Me coloqué la chaqueta.

—Sí. ¿Lleva mucho tiempo escondido?

—Dos días. ¿Por qué? ¿Sucede algo?

La miré tratando de no darle importancia al asunto. Por nada, le dije, pero estaba realmente preocupado. Dos días escondido significaban dos días sin acudir a su trabajo, fuera cual fuese. A la hora de sumar dos y dos, los «seguris» daban mucha importancia a este tipo de pistas. Recogí la pistola del primer cajón del escritorio y la sopesé en mi mano. Era una Luger automática modificada para isparar balas explosivas. Muy grande y muy incómoda, pero también muy precisa. Con ella uno casi se sentía a salvo de los «seguris». Sólo casi. Comprobé el cargador y por el rabillo del ojo pude ver que ella me estaba observando.

—¿Para qué la pistola? —preguntó con una voz asombrada, como si la pistola fuera un objeto de culto.

—Siempre la llevo encima. No es que me guste, pero la ley obliga a todos los Investigadores a sueldo a llevarlas. ¿Has visto alguna vez a un «seguri» sin su pistola láser? —Ella se echó a reír—. Pues lo mismo ocurre con nosotros. Para las inspecciones de rutina se fijan más en nuestras armas que en nuestros documentos. De verdad.

La siguiente pregunta era inevitable.

—¿Ha disparado alguna vez con eso?

Y entonces tuve que explicarle que no llevaba el arma por deporte, sino por obligación. Y que yo no tenía espíritu de «seguri» y que no andaba liándome a tiros con la gente. Que nunca me habían contratado para matar a nadie, y que el que intentara hacerlo terminaría convirtiéndose en mi primera víctima, porque para asustar y matar ya se encargaba bastante eficientemente nuestra gloriosa Guardia de Seguridad. Que esperaba no tener que disparar nunca sobre nadie, y que lo que más me gustaría hacer en el mundo es volarle la cabeza a un «seguri» de un disparo, pero que como no tengo alma de loco, ni de suicida, no lo hacía, porque le tengo mucho apego a la vida. Ella se quedó conforme, con los ojos abiertos de admiración, no sé si hacia mí o hacia el arma. Parecía realmente impresionada.

Me adelanté, muy caballerosamente, y abrí la puerta, cediendo el paso. Ya en el ascensor, me atreví con la pregunta.

—¿Qué edad tienes, Carolina?

Ella se puso roja como un indio (si es que queda ya alguno), y bajando los ojos ontestó:

—Veintitrés años.

La miré incrédulo. Traté de no parecer demasiado suspicaz.

—¿Seguro?

Ella titubeó.

—Bueno... veintiuno.

Era la primera vez que veía a una mujer sumarse años y no quitárselos. Bien, bien, al menos me quedaba el consuelo de no poder decir aquello de «podría ser tu padre», porque no le llevaba más que nueve años.

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Comentarios

1
De: RM Fecha: 2008-08-20 01:53

Verano de 1978. Influido por la lectura en inglés de "Farewell my lovely", el joven Rafa Marín escribe su primera novela corta, uniendo lo que sabe de género negro con lo que sabe de ciencia ficción. De paso, y sin que se diera cuenta nadie, inventé el cyberpunk.

La novela corta se publicó en Nueva Dimensión 129. Gracias a la habilidad como extorsionador de Angel Torres, conseguí cobrar por su publicación y todo. 7500 pesetas de entonces.

Perdonen ustedes las torpezas e ingenuidades propias de la edad.



2
De: PiliBaena Fecha: 2008-08-20 02:43

¿Publicarás las siguientes partes no? es que me ha enganchado.

Sr. Steel, me he acordado de Remington Steele que la estaba viendo justo ahora.

También me ha recordado a lo que han querido hacer los de Moonlight, pero que no han podido conseguir, que serie más mala por Dios



3
De: RSMCoca Fecha: 2008-08-20 08:30

Yo la leí entonces, en ese ND 129, y disfruté como un enano.

Buena ocasión para revisitarla.



4
De: Vazquez Fecha: 2008-08-20 08:34

"uniendo lo que sabe de género negro con lo que sabe de ciencia ficción. De paso, y sin que se diera cuenta nadie, inventé el cyberpunk. "

¿El cyberpunk es eso?

Pues suena mejor de lo que creia. Yo pensaba que consistia en meterse cables en la cabeza y alardear de jerga pseudoinformatica, razón por la que ni siquiera le he echado un tiento a Neuroamante. Solo me he leido lo de Rodolfo Martinez, que si me gusto..



5
De: Jose Joaquin Fecha: 2008-08-20 08:38

La primera novela (corta, eso sí) que leí tuya. Recuerdo que al leerla sentí que estaba como adentrándome en Blade Runner (no sabía, claro, que la habías escrito casi cinco años antes de que Ford casara pellejudos), y disfruté enormemente, pues nunca me había imaginado que una obra de CF pudiese captar tan bien un ambiente sin recurrir a imágenes.

No obstante, de aquellos 16 añños el relato que más me gustó (o el que más vivamente recuerdo) fue el de "Payaso arrepentido", tal vez porque era como un tebeo de Iron Man, tal vez porque nunca antes me había encontrado a un personaje tan cínico.



6
De: Juanmi Fecha: 2008-08-20 09:21

Para mí este relato fue muy importante. Me demostró que los españoles podían hacer ciencia ficción como la que a mí me gustaba, y me animó a escribir.
Por cierto, ¿el dibujo es de Fonteriz?



7
De: fnaranjo Fecha: 2008-08-20 09:34

También yo lo leí entonces, en ese ND que debo conservar todavía por ahí, en alguna caja. Y me flipó.



8
De: Billy Batson Fecha: 2008-08-20 10:33

No he leído mucha cienciaficción pero casi todos los cuentos que he visto parecían ocurrir en lugares de cartón piedra. Esto parece de verdad.



9
De: RM Fecha: 2008-08-20 10:35

Publicaré la novela en diez entregas, Pili.




10
De: RM Fecha: 2008-08-20 10:38

El dibujo lo he pescado por ahí. No creo que sea de Fonteriz, aunque se da cierto aire.



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