—Uh, uh, creo que tenemos problemas.
Carolina se volvió disimuladamente hacia donde yo había señalado con la mirada y entonces los vio venir. Eran tres, patrullando en perfecta formación, tan tiesos como si se hubieran tragado el palo de una escoba. La gente se iba apartando temerosamente a su paso, y luego sus caras recobraban el color natural característico de peces de laboratorio al ver que los «seguris» no iban a por ellos. Venían hacia nosotros, de eso no cabía duda.
Susurré unas palabras a Carolina recomendándole calma y me volví a esperarlos, porque era inútil disimular. Además, todavía no teníamos nada que temer.
Los tres cyborgs se detuvieron a pocos pasos de nosotros, y al principio ninguno dijo nada. Luego, el «seguri» que comandaba la patrulla (un teniente, según pude ver por las insignias de su guerrera), me saludó con una inclinación de cabeza. El reflejo del sol en el casco negro me lastimó los ojos.
—Señor Steel... señorita.
El teniente extendió ceremoniosamente una mano hacia Carolina, y ella la estrechó con naturalidad, sin asomo de duda. Nuestros «seguris» son terriblemente educados. Si no tuvieran esa engorrosa manía de ir disparando a la gente, creo que incluso estaría dispuesto a jugar con ellos una partidita de cartas. Sin apostar, por supuesto.
Una pequeña puntualización: No hay dos «seguris» iguales, puedo asegurarlo. Sin embargo, yo no recordaba haber visto nunca antes a aquel teniente, lo que me hizo suponer que me había fotografiado y escaneado mientras se iba acercando y que Madre le habría hecho conocer hasta el número de zapatos que uso. En aquel momento, el maldito «seguri» me conocía mejor de lo que yo llegaré a conocerme en toda la vida, pero la sonrisita de familiaridad le quedaba grotescamente fuera de sitio. Estaba preguntándome si también habría recibido información sobre Carolina cuando él mismo me sacó de dudas.
—Su documentación, señorita, por favor —dijo con un tono de voz que pretendía ser amable. Los ojos metálicos no se fijaron en el magnífico escote: Estaban demasiado atareados analizando nuestra presión sanguínea. En fin, él se lo perdió. Uno de los principales defectos de los «seguris» es que no son capaces de apreciar la belleza. Y Carolina era una mujer de una sola vez, vaya si lo era.
La pregunta del «seguri» me había informado de lo que yo quería: Todavía no sabían quién era ella. A menos, naturalmente, que los «seguris» sean capaces de fingir, cosa por la que yo no pondría una mano en el fuego. Carolina no se alteró, echó mano al bolso sin ningún tipo de nerviosismo y sacó su tarjeta de identificación, entregándosela al teniente.
Éste la sostuvo por unos segundos en su mano derecha, posando sobre el papel plástico sus ojos de metal.
—Mmmm... Miss Carolina Strautman, veintiún años, nacida en Groninga, licenciada en bioquímica por la Universidad Flamenca de Amsterdam... —dijo devolviendo la tarjeta a la muchacha. Obviamente, le gustaba ponernos nerviosos. Se volvió hacia mí sonriendo; no tenía aspecto de matón, pero tampoco parecía una candida palomita—. ¿Un nuevo cliente, señor Steel?
Ahí me tenía entre dos fuegos. Si mentía, el muy ladino era capaz de detectarlo (y no es que fuera a incinerarme allí mismo, sino que entraría en sospechas y todo se nos pondría cuesta arriba, lo que no nos interesaba en absoluto), y si decía la verdad me ofrecería su ayuda (¡su ayuda!) y yo mismo los conduciría sobre Johann, cosa que tampoco queríamos. Tuve que decidir tan rápidamente como ellos, en unas décimas de segundo. Es una suerte que los «seguris» no sepan leer el pensamiento.
—Por el momento no. Antes tengo que hablar con la otra mitad del asunto, con el novio de la señorita, para decidir si lo acepto o no. —Era una verdad a medias, así que supuse que el «seguri» no recelaría. Creo que lo conseguí por muy poco.
El teniente se hizo a un lado dejándonos el camino libre y se llevó una mano al casco, saludando.
—Muy bien, adelante.
Introduje la llave de plástico en la cerradura del coche y las dos puertas se abrieron simultáneamente. Hice una señal a Carolina para que entrara en un asiento. Cuando yo estaba a punto de colocarme al volante, el «seguri» añadió:
—Siento lo del novio, señor Steel. La señorita es realmente muy guapa.
Y me pareció que el hijo de puta se sonreía.
Saqué el coche del aparcamiento y lo enfilé hacia la autopista. Carolina se echó hacia atrás en su asiento, se llevó una mano al pelo y resopló. Una rodilla blanca le quedó al descubierto.
—Uuf, de qué poco nos ha ido.
Sonreí mirándola de reojo. Esperé a dar la vuelta en una curva y entonces hablé. La rodilla seguía estando descubierta.
—Has estado muy bien, nada de nervios, muy tranquila. El «seguri» no ha sospechado nada, bravo.
Ella pareció sorprendida. Le brillaron los ojos.
—¿Nada de nervios? ¡Dios mío, si apenas podía reaccionar! En la vida he pasado tanto miedo, con aquellos tipos de uniforme tan cerca... y los ojos relucientes... Creí que iban a taladrarme.
La palabra no era exacta, pero valía. El teniente no intentaba «taladrarnos» sino hacernos un cardiograma para pulsar hasta qué punto teníamos algo que ocultar. La actitud cerebral de Carolina hizo que se quedara con un palmo de narices.
—Empecé a temblar cuando subí al coche —continuó explicando ella —. Nunca había deseado con tantas ganas beber algo bien fuerte.
Yo puse cara de asco. Ella me miró entre risueña y divertida. Ahora también le brillaban los labios.
—¿Tampoco bebe?
Negué con la cabeza. Me miré en el retrovisor y juro que me vi con una cara de tonto que nunca antes había descubierto. Carolina, que posiblemente creía que yo soy Philip Marlowe, Mike Hammer o uno de esos, se echó a reír. Su carcajada sonó a cristal, y no es en absoluto una metáfora.
—¿No fuma ni bebe? ¿Qué pasa, es que no tiene usted ningún vicio?
Adelanté un coche blanco y me volví hacia ella, mirándola fijamente.
—Soy un maníaco sexual —confesé a media voz. Ella soltó otra carcajada más divertida que la anterior y meneó la cabeza. No debería haberse reído. Mi psicoanalista dice que es cierto, y por lo que me cobra, debe tener razón, si no, es que me ha estado timando descaradamente desde hace tres años (cuando lo de mi primer y último divorcio, del que prefiero no entrar en detalles).
Recorrimos cinco o seis manzanas sin hacer ningún otro comentario. Una vez tuvimos que hacernos a un lado para permitirle el paso a un coche patrulla repleto de «seguris», que corría como si les estuviesen quemando los circuitos. Irían a cumplir con su deber, por supuesto. Cuando corren a esa velocidad y hacen sonar las sirenas hasta volver histérica a media población, es que van a jugar otra vez al tiro al blanco. No falla.
Siempre que me pongo al volante pienso lo mismo: Me resulta inconcebible pensar que Amsterdam fuera hace mucho tiempo una ciudad surcada por canales sobre el Amstel y el Ij, de verdad. No puedo hacerme a la idea de que las autopistas de plastimetal fueran antes canales, que antes fuera llamada «la Venecia del Norte» y todo eso. Sea cierto o no, ya no hay puentes, ni ríos, y el edificio más antiguo que se conserva es la Universidad Judía, puesto en pie desde el siglo XVII o quizá desde antes. A mí me gusta tal como es, con sus edificios de cristal y plástico; no es chauvinismo, es que no puedo imaginarlo de otra forma. Lo comenté con Carolina y ella me dio la razón.
—Cierto. En la Universidad estudiamos viejas películas y fotografías de otro tiempo — comentó ella— y aquello no parecía Amsterdam.
Le miré la rodilla un segundo, desvié la mirada y me acomodé en mi asiento.
—¿Era bonito?
—Era distinto. No sabría explicarlo.
—Mmm, a mí me gusta así. Aunque tampoco sabría decir por qué. Costumbre, supongo.
Ella asintió.
—La ciudad tiene muchos defectos, por supuesto, pero supongo que no más que en otras épocas. Si no existieran los «seguris»...
—Pero existen, y no está en nuestra mano que dejen de existir. Además, si los soporta todo el mundo, ¿por qué nosotros íbamos a ser distintos?
Carolina me dio otra vez la razón y encendió un cigarrillo.
—Es por aquí cerca —dijo—. Doble a la izquierda.
Obedecí, y pronto estuvimos frente a un edificio blanco y gris que no era demasiado alto ni demasiado agradable. La calle estaba desierta, así que no fue difícil aparcar el Ford Cobra frente a la casa. Las puertas del coche se abrieron, primero la de Carolina, luego la mía, y ambos bajamos. Ella dijo algo y entró en el portal. Yo la seguí, no sin antes mirar si el coche estaba bien aparcado.
Johann vivía (o se escondía) en el tercer piso, así que no esperamos el ascensor y subimos a pie. Conté por curiosidad los escalones y me perdí en el número treinta y cinco.
Debían ser al menos sesenta. Cuando llegamos al rellano, Carolina sacó una llave y abrió la puerta, que se deslizó hacia la derecha con un zumbido que me hizo pensar que necesitaba una ligera reparación en el sistema electrónico. Entramos en el apartamento,que estaba pintado de blanco y no olía del todo mal. Recorrimos un par de habitaciones hasta que encontramos al tal Johann. Ella se abrazó a él y yo procuré mirar hacia otro lado. En la pared colgaba un cuadro abominable. Cuestión de gustos, supongo.
Yo siempre había imaginado a Johann como un niñato dentón, salpicado de granos y rubio. Fallé en todo menos en el color del pelo. Johann era alto, de mentón firme, piel morena y ojos claros. Si yo fuera un poeta cursi y no un investigador a desgana diría que se parecía al David de Miguel Ángel, así que no lo diré. Maldición, lo encontré perfecto, sin mácula, y esto me hizo sentir violento y celoso. Formaban una parejita tan perfecta (los dos rubios, muy acaramelados, como dioses de la antigüedad), que me recordaron a aquellos personajes de las novelas: Salther y su mujer guapísima, cuyo nombre no recuerdo en este momento. Estuve allí al menos cuarenta segundos, aguantando sus carantoñas, hasta que carraspeé molesto. Ellos se separaron, y Carolina tomó al chico de la mano y me presentó.
—Johann, éste es el señor Steel, el que va a ayudarnos.
Yo estaba tratando de sonreír de oreja a oreja cuando observé algo raro. El muchacho me miraba con una expresión ausente, como si estuviera viendo algo más allá de mí, como si fuera idiota o ciego. Moví una mano delante de sus ojos y él apenas parpadeó. No me gusta sentirme como un fantasma, así que lo cogí por un brazo y lo senté sobre la mesa. Le subí la manga y en el antebrazo descubrí tres pinchazos rojos. Solté al muchacho con desgana.
—Así que no era drogadicto, ¿eh? —refunfuñé encarándome con Carolina, que me miraba también extrañamente, como si no comprendiera la razón de mis anteriores movimientos—. ¿Y qué piensas tú que son esas marcas del brazo, picaduras de mosquitos, acné juvenil?
Ella se quedó muy sorprendida. Tardó tiempo en coordinar palabras.
—N-no, no lo es... él...
—Ahí lo tienes, míralo bien, lleno de heroína hasta las cejas. No le falta más que babear como un crío.
Traté de calmarme, aunque no lo conseguí inmediatamente. Me senté en un rincón, Carolina se quedó de pie, y Johann continuó mirando las musarañas. Suspiré ruidosamente y me esforcé por comprender al chico: Dos días oculto, sin nada que hacer sino esperar la llegada de los «seguris» son demasiados para cualquiera, incluido yo. Si Johann estaba solo y desesperado, era lógico que terminara emborrachándose o inyectándose algo; si era traficante, como parecía, no era extraño que le sobrara algún material en reserva.
—Bueno, no es tan malo como parece, Carolina. —Traté de consolarla, porque su cara se había vuelto de piedra—. Esto no hará más que retrasarnos unas horas, un día a lo sumo. No es tan importante.
La verdad es que sí lo era. Un día más significaba exactamente eso: un día más. Traducido significaban veinticuatro horas de tensión; de esperar a que el chico se recuperase; de que los «seguris» no terminaran encontrándonos; de que los nervios no pudieran con nosotros. Veinticuatro horas corriendo a favor de las pesquisas de los cyborgs. Las posibilidades en contra se triplicarían, y yo lo sabía. Carolina también, por supuesto, no era fácil tratar de engañarla.
—Espera aquí e intenta hablarle —ordené a la chica. Me quité la chaqueta, arrojándola sobre cualquier parte—. Voy a tratar de ver qué se ha inyectado y hace cuánto tiempo.
Salí de la habitación e inmediatamente encontré lo que estaba buscando: Un frasquito de metal que todavía estaba tibio, tres cápsulas vacías, una hipodérmica en el suelo. Mierda, el niño se había acabado de inyectar unos segundos antes de nuestra llegada. Posiblemente mientras subíamos las escaleras; si hubiéramos subido por el ascensor tal vez hubiéramos llegado a tiempo de impedirlo. Mierda, mierda, mierda, la dosis todavía no había hecho todo su efecto, y si como me temía era un long fly, a Johann le quedaban todavía más de trece horas de viaje. Media cápsula más y adiós, chico listo, yo cuidaré de tu novia. Me volví hacia la sala, la pistola pesaba en el sobaco.
—No hay nada que hacer —anuncié a Carolina—.Acaba de inyectarse un mínimo de dos cápsulas. Todavía está en el camino de ida al nirvana. Paciencia y a esperar, a menos que...
Carolina me miró con una chispa de esperanza. Johann estaba diciendo algo, posiblemente contaba corderitos.
—A menos que... ¿sabes si tiene por aquí algo de «despierta-muertos»?
—¿El antirreactivo nitroso? No lo sé, es muy posible. Pero si ha tragado tanta cantidad no le hará efecto.
—Tal vez sí, tal vez no. En todo caso servirá para despertarlo un poco. Hay que buscar por todas partes. Ya sabes cómo es, una cápsula de plástico verde.
Diez minutos más tarde estábamos inyectando el «despierta-muertos» en el brazo derecho de Johann. La cantidad era insuficiente, pero de otra manera corríamos el riesgo de dejarlo tieso allí mismo. El muchacho se estremeció y empezó a sudar. Al cabo de tres minutos empezó a vomitar y manchó el horrible cuadro de la pared. Siete minutos más tarde tiritaba de frío. Al cuarto de hora sus ojos lagrimeaban pero habían ganado un poco de lucidez. Reconoció a Carolina y me miró como si no me hubiera visto en su vida, cosa que en cierto sentido era cierta.
—Oh... oh... —Tartamudeaba—. Los «seguris»... Los«seguris»... ¿Han venido los «seguris»? ¿Me han matado los «seguris»?
Vaya, así que el chico había agarrado su pequeño trauma. Indiqué a Carolina que lo calmase, porque corríamos el peligro de que la reacción fuera negativa y que empezara a experimentar una pesadilla que le llevara a hacer alguna tontería. Carolina obedeció y él pareció apaciguarse un poco.
Hice café, y al cabo de una hora Johann nos explicaba que se había sentido muy solo durante los dos últimos días y que se había refugiado en la droga. Todavía estaba flotando y la lengua se le trababa a menudo, pero al menos podíamos entender lo que decía. Dios, temblaba como si le hubiésemos sacado de un bloque de hielo. Cuando se puso en pie, tardó en coordinar movimientos, pero pronto, todavía aturdido, pudo andar por la habitación. Entonces oímos la sirena, rotunda, amenazadora, mortífera. Nos quedamos paralizados por el estupor, porque sabíamos lo que ignificaba aquel sonido:
Ellos habían llegado.
—¡Los «seguris»! —gritó Carolina— ¡Dios mío, ya están aquí!
Los dos corrimos hacia la ventana y nos asomamos. Johann se quedó de pie, anonadado, con la cabeza hundida entre los hombros. La expresión de su cara daba pena. Abajo, la calle seguía tan desierta como antes, pero a lo lejos apareció la mancha negra de un coche patrulla.
—¡Maldición! —gruñí yo, con la cara lívida y las piernas temblando —. ¡Atrapados como ratas aquí arriba!
—¿Qué vamos a hacer, Steel? —sollozó Carolina, con la voz quebrada. La responsabilidad de darle una respuesta me pesó como una losa sobre los hombros. La situación no era muy halagüeña, desde luego, pero traté de recuperar la calma. Lo primero era apartarnos de la ventana. No debía resultar muy agradable recibir un tiro desde la calle, entre otras cosas porque así les ahorraríamos trabajo a los sabuesos. Luego recordé que no venían por nosotros, que a quien buscaban era a Johann, y si bien Carolina y yo seguíamos estando en peligro, era el chico el que llevaba la peor parte. Me volví hacia él, y me quedé realmente sorprendido cuando vi que no estaba allí.
—¿Dónde diablos se ha metido?
Carolina se volvió ante mi observación y comprendió inmediatamente. Tenía los ojos rojos.
—¡Johann!
Corrió hacia la puerta, yo recogí la chaqueta del suelo y la seguí. La puerta estaba abierta, y desde el descansillo pudimos oír la carrera apresurada de Johann y los jadeos que le producía el esfuerzo. Carolina echó a correr escaleras abajo y yo me abalancé sobre ella y la detuve; ambos rodamos por el suelo.
—¡Maldición! ¿Quieres escucharme? —Ella trataba de zafarse de mi presa, pero yo la agarraba de una forma salvaje. El olor de su cuerpo era realmente embriagador. Sentí que la cabeza me daba vueltas y que el hombro me dolía—. ¡Cálmate, Carolina!
Estaba decidido a abofetearla cuando ella dejó de oponer resistencia. Se derrumbó en mis brazos y pude observar que pesaba más de lo que parecía a simple vista. Tenía la piel suave y caliente.
—Escúchame. Escúchame un momento. Está haciendo la única cosa lógica que puede hacer: tratar de huir. Aunque no estuviera drogado, tendría menos de un cero por ciento de probabilidades de salir con vida. Si vamos tras él, si salimos corriendo por esa puerta, los «seguris» dispararán contra nosotros y no será una, sino tres, las víctimas. ¿Comprendes?
Ella asintió. La solté y pudo permanecer de pie sin mi ayuda. Los dos estábamos cubiertos de sudor y jadeábamos como animales. Johann ya debía estar abajo, en la calle, rodeado de cyborgs. Extrañamente, no escuchamos ningún estampido. Bajamos silenciosamente la escalera y a la altura del primer piso encontramos una ventana rota que daba a la calle contigua.
—¡Vaya! —dije yo—. El muchacho ha sido inteligente a la hora de escaparse. Espero que no se haya partido la crisma en el momento de saltar.
No lo había hecho. Cuando nos asomamos a la ventana, apenas pudimos ver cómo un coche se ponía en marcha y escapaba a toda velocidad. Era un Ferramonti blanco y al volante iba Johann, que aparentemente se había recobrado bastante de los efectos de la droga. Casi inmediatamente, de la otra calle vino el sonido de una sirena que se multiplicó por tres al poco tiempo.
Asomamos la nariz en la puerta y pudimos ver que la calle había quedado tan desierta como antes. Corrimos hacia mi coche y pronto estuvimos relativamente seguros en él. Las sirenas se alejaban hacia el este.
—¿Y ahora? —pregunté a Carolina.
—¡Dios mío! ¡No podemos dejarle morir así!
Claro que no podíamos dejarle morir así, pero tampoco podíamos hacer otra cosa. Maldita sea, todavía no sé por qué puse el coche en marcha y seguí el sonido de las sirenas. Mientras estuvieran aullando enloquecidas querrían decir que Johann todavía estaba vivo.
El Ford Cobra se situó a pocos metros de distancia del último coche patrulla, que iba rezagado unos cien o doscientos metros de los otros dos coches perseguidores. Intenté adelantarlo, pero no pude. Los «seguris» me cerraban el paso impidiéndome hacerlo.
Yo ya sabía lo que iba a pasar. Lo había visto otras veces. Cuando el coche de Johann estuviera a tiro, uno de los «seguris» sacaría su largo brazo por la ventanilla y dispararía sobre la parte trasera. No fallaría, por supuesto, y el coche se vería obligado a detenerse.
Cuando el infeliz intentara seguir huyendo a pie, ellos bajarían de sus coches, le darían un poco de tiempo y luego harían fuego sobre él. Así de fácil. Y detrás de todo aquello estaba yo, sintiéndome impotente ante los acontecimientos, con un bombón como Carolina sollozando y mordiéndose las uñas a mi lado, sin poder hacer nada.
El coche de delante aceleró, y yo procuré pegarme a él. Uno de los «seguris» se volvió y a través del parabrisas dijo algo que no entendí. Posiblemente estaría advirtiéndome de que redujese la velocidad y que dejara de hacer estupideces. Mandé una mirada de odio hacia el maldito cyborg y continué pisando el acelerador. Entonces escuchamos el estampido y el chirrido de los neumáticos disueltos. Carolina se pegó contra el cristal, tratando de ver lo que pasaba.
Casi inmediatamente, el coche de delante se paró en seco. Yo desvié la marcha para no chocar con él y detuve también el mío. A cinco metros quedaban los otros coches patrulla, y un poco más adelante el de Johann echaba humo por la parte de atrás. Los «seguris» estaban de pie, andando lentamente, estrechando el cerco. Aunque no podía ver a Johann, supe que estaría allí, corriendo de un lado para otro, sin comprender nada, sin coordinar los movimientos, completamente saturado de droga. Sentí pena por el chico.
Uno de los «seguris» levantó el brazo. Empuñaba la pistola y se asemejaba a una brillante estatua negra. Antes de que disparase, Carolina soltó un grito, pulsó el teclado y la puerta de su lado se abrió hacia arriba.
Demasiado tarde traté de detenerla. La puerta volvió a su posición inicial, cerrándose herméticamente con un click que indicaba que el sistema hidráulico funcionaba a la perfección. Tratando de no perder la calma, presioné la tecla azul que abriría mi puerta, pero no funcionó. Muy nervioso, pulsé una y otra vez,pero la puerta seguía sin abrirse. La puerta de al lado tampoco funcionó. Empecé a experimentar una horrorosa sensación de deja vu cuando a través del parabrisas vi a Carolina corriendo con dificultad hacia el «seguri», casi a cámara lenta, con los taconcitos de charol impidiéndole la carrera.
Inmediatamente el cyborg disparó, y un chorro de luz roja brotó de la pistola y corrió hacia donde debía estar Johann. Carolina gesticuló, moviendo alocadamente los brazos, pero no se detuvo. Me aplasté contra el cristal y sentí su frío contacto en la cara, lo golpeé con impotencia. Carolina siguió corriendo. De atrás vino una raya roja y de pronto la muchacha estuvo envuelta en una brillante luz anaranjada y luego, sencillamente, dejó de estar allí.
La puerta se abrió entonces hacia arriba con un chasquido. Como si todo aquello no hubiera sido más que la broma macabra de una mente enferma.
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Categorías: Ciencia ficcion y fantasia

