Estaba apretando los puños contra el volante cuando vi de reojo la figura negra de un «seguri» acercándose. Levanté la vista y reconocí al teniente que nos había detenido antes. No esperé a que me diera ningún tipo de orden y salí del coche. Estuve a punto de caer al suelo porque laspiernas se negaban a sostenerme.
—Vaya, señor Steel, no creí que volviéramos a encontrarnos hoy. El mundo es un poco pequeño, ¿no le parece?
Hablaba con un tono entre desafiante y burlón, completamente consciente de que con un solo gesto en contra me enviaría encantado a hacerle compañía a Carolina y Johann. No tuve más remedio que asentir con la cabeza a sus bravatas, cerré los ojos y me apoyé en el coche.
—Lamento que todo haya terminado así —continuó— pero el novio de su cliente resultó ser traficante de drogas, ¿lo sabía? Uno de los más hábiles.
Asentí otra vez, sintiendo cómo me invadía la náusea y el terror ante el rayo rojo y los chacales de uniforme negro.
—Ah, ¿lo sabía? —dijo con los ojos brillantes, sonreía mostrándome los dientes—. Entonces sabrá también que al ayudarle estaba infringiendo la Ley. Y ya sabe cuál es elcastigo para los que intentan traspasar las barreras de esta Ley.
Ahí me tenía atrapado. Dos segundos más y todo acabaría de una vez. Sin embargo, pensé que si hubiera querido acabar conmigo ya lo habría hecho, así que llegué a la conclusión de que no estaba completamente seguro de mi intervención en aquel feo asunto. Si quería salvar el pellejo tendría que hacer algo y ya. Lo mejor era contar la verdad, aunque luego sintiera asco de mí mismo. Empecé a hablar en voz muy baja, sabiendo que el «seguri» me escucharía de todas formas.
—Yo no sabía que podía infringir la Ley. Ella, la muchacha, vino a mi oficina queriendo contratarme para encontrar a los padres del muchacho, eso me dijo. Yo la seguí porque estaba encandilado con ella. Era muy guapa y me fié de lo que me decía. Acepté ir a casa del muchacho.
Tomé aliento. El teniente seguía mirándome con la sonrisita entre los labios. Adelante, Steel, me dije, lo tienes casi en el bote.
—Ella me engañó. Cuando llegamos adonde estaba él, descubrí que el chico era traficante de drogas. Querían...querían que los sacase de Amsterdam. Yo me negué en redondo a aceptar. Estábamos discutiendo cuando oímos las sirenas y el chico escapó escaleras abajo. Ella quiso ir tras él y me las vi en figurillas para convencerla de que ya estaba perdido. Tuve que traerla hasta aquí... ¿Cómo iba yo a suponer que la muy estúpida saldría corriendo en vez de quedarse quietecita y verlo todo sin entrometerse?
El teniente siguió quieto, plantado allí delante, pero la mano no se movió hacia la pistolera. Sonrió con una sonrisa que se me antojó muy cordial y empezó a dar media vuelta.
—Por supuesto. Siento lo de la chica, señor Steel. Pero la Ley puntualiza muy claramente la prohibición de intervenir en las acciones de la Guardia de Seguridad.
Se alejó. De no haber estado seguro de si iba a hacerle daño, me hubiera gustado darle una patada en los testículos. Pero no lo hice, claro.
Completamente desmoralizado, terminé jugando a las cartas en casa de mi psiquiatra. Perdí por lo menos ochenta y tres chelines. Por lo visto, aquél no debía ser mi día de suerte.
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