Estuvimos discutiendo algunas pequeñas puntualizaciones durante el resto de la noche, hasta que el amanecer pareció ya demasiado inminente. Ellos hablaban y hablaban, desplegando ante mis asombrados ojos todo un abanico de felices augurios. Para aquellas mentes cuadriculadas no parecía existir el significado de la palabra fracaso.
Estaban tan convencidos de la victoria final que hablaban con un exaltado tono de optimismo que juzgué muy peligroso, porque se contagiaba rápidamente. A cada una de mis nuevas preguntas, ellos contestaban con alguna salida que servía para difuminar mis temores, aunque no para borrarlos del todo.
Jhon, el del rostro estúpido y pistola igual que la mía, miró el reloj del escritorio y luego hizo una seña al resto del grupo. Inmediatamente, los hombres de detrás de la mesa se pusieron en pie, movidos por un resorte milimétrico que me trajo a la mente el recuerdo de los «seguris». Cuatro segundos después, dos de ellos salieron de mi casa, sin hacer ruido, y se perdieron cuando la puerta se corrió detrás con un suave ronroneo. Eran Christian y el otro, cuyo nombre no conseguía recordar, y a quien nunca más he vuelto a ver. Tras esperar un tiempo prudencial, José hizo lo mismo, aunque él fue más educado y se despidió antes con una señal de cabeza.
Jhon consultó el reloj y entonces guardó la pistola en el cinto. Se alisó los pliegues de la camisa (debía ser todo un dandy) y se dispuso a salir. Estaba ya en la puerta cuando se dirigió a mí:
—Hasta la vista. Y no lo olvides: No nos busques. Nosotros te encontraremos a ti. Tampoco le hables a nadie de nuestra existencia.
Aquella pregunta rozaba la impertinencia más sublime, así que decidí ser impertinente a mi vez.
—Descuida, los «seguris» no suelen pagar generosamente las delaciones de gente como yo.
Jhon se detuvo en la puerta el tiempo suficiente para darse cuenta de que estaba bromeando. Cuando fue a salir, le interrumpí la marcha otra vez.
—¿Y si me sale algún nuevo caso?
Jhon pareció exasperarse hasta el infinito, me miró con odio y masticó las palabras antes de marcharse definitivamente.
—Acéptalo. No podemos hacer nada que pueda conducir a nuestra pista. Actividades normales, no lo olvides.
—Good bye —escupí en inglés, con una sonrisita que me llegaba desde una oreja hasta la otra.
—Eres de los que no perdonan, ¿eh?
La voz sonó a mi espalda. Era Sondra, a quien había estado a punto de olvidar. El olor era demasiado fuerte como para haberla olvidado por completo.
—Eso creo —contesté concentrando todo mi poder de seducción en mi ojo izquierdo.
Me acababa de dar cuenta de que estábamos completamente solos. Estuvimos casi cinco minutos allí, uno frente a otro. Ella sentada de mala manera sobre la mesa blanca, yo hundido en el sillón, muy cansado pero sin pizca de sueño. El reloj seguía latiendo con su quejido monótono.
—¿Tú no sales? —pregunté mirándole la boina negra sobre el manojo de cabellos rojos.
Ella se repantigó sobre el escritorio y me lanzó una de esas miradas que te hacen cosquillas en los tobillos.
—Mi misión es vigilarte de cerca. Di un paso hacia ella. Sonreía.
—¿Cómo de cerca?
Al principio la mesa fue incómoda, después terminamos por acostumbrarnos. Ella era todavía más explosiva de lo que yo había imaginado.
Por cierto, ni siquiera se quitó la boina.
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