Nueve días más tarde sonó el teléfono. Yo estaba muy entretenido jugando al ajedrez conmigo mismo, así que tuve que interrumpir la partida para atenderlo. Descolgué con desgana y pegué la oreja al auricular, dispuesto a escuchar las lamentaciones de lo que suponía un nuevo cliente. La verdad es que no esperaba que fueran ellos. En aquellos benditos nueve días había tenido entre mis manos un caso poco importante que había podido solucionar en unas horas con un par de visitas y tres o cuatro llamadas telefónicas.

Mis amigos los chiflados no habían dado señales de vida en todo ese tiempo, y si tengo que ser sincero, llegó un momento en que pensé que no iba a volver a verlos. De todas formas, no esperaba que se pusieran en contacto por teléfono. Yo había imaginado algo más teatral, como una nueva visita nocturna o un mensaje oculto en la taza de café de cada tarde. Ellos, por lo visto, se habían empeñado en matarme la ilusión y optaron por hacerlo con algo tan frío y poco personal como el teléfono. Como digo, descolgué con bastante pereza el auricular, mientras daba vueltas a la cabeza para tratar de escaparme del inesperado jaque que yo mismo me había tendido. La voz sonó grave y casi me sobresaltó. La reconocí instantáneamente. Era Jhon.

—¿Steel? Somos nosotros. El momento ha llegado.

Cristo, cada día me gustaba menos aquel muchacho. Me había pasado nueve de los días más aburridos y ansiosos de mi vida esperándolos, y ahora me venían con prisas. Sentí ganas de patearle la nariz, pero me contuve. De todas formas, no hubiera podido hacer nada por teléfono. Traté de dominar el miedo (el corazón me había dado un respingo), y sentí cómo el sudor me latía helado por la frente. ¿Es que aquella pandilla de estúpidos no sabían que era muy posible interceptar la llamada? Si por casualidad tuviera el teléfono intervenido —cosa que nunca he estado en condiciones de asegurar— no pasaría mucho rato antes que un chico avispado al otro lado de los cables atara cabos y se enterara de lo que estábamos hablando. Intenté sacar una voz fría y calmada, pero no lo conseguí.

—¿Estáis locos? ¿Y si alguien está interceptando esta llamada?

La voz de Jhon sonó tan milimétricamente segura de sí misma como siempre. Me pregunté qué demonios comerían aquellos aprendices de revolucionario para no tener nunca dudas de nada. ¿Las partes prohibidas de los libros de Stalin?

—No hay peligro, estamos filtrando la llamada. Ya sabes que no podemos correr riesgos.

—Estáis en todo.

—Gracias. Te volveremos a llamar dentro de quince minutos a la Estación Cooperhuille. La primera cabina. No faltes. Ah, una última cosa: No lleves tu coche, podrían reconocerlo.

Un click que restalló en mi oreja me anunció que la comunicación se había cortado. Ya lo sabía: No podíamos correr riesgos. Colgué el auricular y miré tristemente el tablero de ajedrez. Aquello tenía todas las trazas de ser un jaque mate.

Estaba lloviznando, así que tuve que agarrar mi gabardina para salir a la calle. Bajé en el ascensor y una vez en la acera me dirigí a la cercana boca de metro. La verdad es que Jhon no debía de haberse molestado recomendándome que no utilizara mi coche. No lo hubiera hecho de todas formas. Desde el incidente con Carolina, tenía mucho cuidado de no montarme en aquella trampa con ruedas. Como no me seducía la idea de quedarme atascado dentro, había llevado el maldito vehículo al mecánico. No lo tendría revisado y puesto a punto hasta dentro de cuatro días. Al fin y al cabo, viajar en metro es más barato y divertido.

La estación estaba a medio llenar, porque todavía no era la hora punta. Mientras venía el tren, me entretuve mirando las gigantescas carteleras de los cines, como hacía siempre. No había una sola película que mereciera la pena. Cuando me di la vuelta, pude ver los faros de la máquina saliendo de una oscura boca. Era mi tren, y monté en él. Aunque el vagón estaba desierto, rehusé el asiento y pasé hasta el fondo. Echamos a andar con una lentitud desesperante, pero todavía había tiempo.

Cooperhuille estaba también vacío de gente. Bajé del tren y miré en derredor buscando las cabinas telefónicas. Demonios, no vi ninguna. Apretando el paso, salí a uno de los pasillos cubiertos de losetas blancas, y entonces las encontré. Eran al menos media docena, todas desocupadas. Y entonces me vino la pregunta: ¿La primera cabina en su dirección o en la mía? Miré a ver si tenían algún número o algo que las identificase, pero no había nada. Todavía faltaban tres minutos, así que decidí gastarlos masticando algo.

Fui hasta la pared de enfrente y compré una barrita de chocolate en la máquina automática. Los dulces son mi perdición, pero conservo toda la dentadura intacta. Llevaba comida la mitad de la tableta cuando sonó uno de los teléfonos. Era el primero en mi dirección, después de todo. Esperé a que sonara tres veces más y entonces descolgué. Una cualidad para un hombre importante es la de hacerse esperar, y yo no quería que creyesen que me estaba devorando las uñas de los pies mientras esperaba su llamada. Mi oficio me ha enseñado a ser paciente.

—Aquí Steel —dije sin dejar de masticar el chocolate.

—Bien, somos nosotros. ¿Estás seguro de que no te ha seguido nadie?

Miré alrededor antes de contestar.

—Nadie salvo el hombre invisible.

Luego cambié de tono, bruscamente.

—¿Quién demonios crees que iba a seguirme?

La voz del otro lado no contestó. Hablaba en susurros y por alguna avería en la conexión, las «eses» restallaban de una forma muy molesta. Por supuesto, hizo caso omiso a mi pregunta.

—Escucha atentamente. Te llamaremos otra vez a la Estación Rembrandt. También a la primera cabina, dentro de diez minutos.

No me hizo ninguna gracia aquel recelo, pero traté de disimularlo bromeando.

—¿Digamos dentro de quince minutos?

La voz de Jhon sonó sorprendida.

—¿Quince minutos? ¿Es que pasa algo?

—Nada importante, salvo que acabo de perder el tren. Voy a tener que esperar el siguiente. Cinco minutos.

Era mentira, pero de alguna manera tenía que hacerles pagar tantas medidas de seguridad. Dios, cuánta opereta.

—Está bien. Dentro de quince minutos en Rembrandt.

Y colgó. Yo terminé de comer el chocolate y monté en el tren que estaba llegando. La hora punta estaba ya casi encima, y los vagones bajaban cada vez más cargados de gente.

Cuando llamaron en Rembrandt, yo estaba leyendo las tiras cómicas del diario de la tarde. Como era lógico esperar, me citaron otra vez para una nueva llamada tres paradas más abajo. Iba a decirle a Jhon lo que pensaba de él y de su maldita Revolución por teléfono, pero me contuve. Esta vez no esperé a que ellos dejaran de hablar, sino que colgué primero. Monté en un nuevo tren y empecé a recordar mi lista favorita de epítetos malsonantes. Por supuesto, iban dirigidos a Jhon y a su particular amor por las cabinas telefónicas.

La hora punta estaba ya encima, y tanto los agones como los andenes estaban llenos de gente, de suerte que me sentí como una avispa en un hormiguero. Las cabinas estaban todas ocupadas, salvo la primera, que tenía un cartelito de «No funciona». Hice caso omiso de la advertencia y entré en ella. Mientras esperaba la llamada, decidí que era la última vez que me hacían montar en aquel gusano de hierro. No estaba dispuesto a seguir jugando a aquella especie de juego estúpido. El teléfono sonó.

—Aquí Steel. Escucha, ¿cuánto tiempo va a durar esto?

La voz de Jhon sonó tan llena de calma como siempre, aunque esta vez me pareció percibir en ella un ligero matiz de burla.

—El juego acaba de terminar, Steel. Has llegado a tu destino. Por favor, sal de la cabina y espéranos.

Obedecí. De la cabina contigua salió Jhon, con un brillo divertido en los ojos y en los dientes. Otros tres hombres, a quienes yo no había visto nunca antes, se nos acercaron desde distintos puntos, tratando de disimular que yo era el centro de su viaje. Aquella putita de lujo llamada Sondra no apareció por ninguna parte, y yo lo sentí.

—¿Ves qué rapidez, mi impaciente amigo? —dijo Jhon, mirándome con sorna—.
Síguenos despacio.

De lo que no cabía la menor duda era de que Jhon había visto muchas películas en su vida, porque parecía gozar con aquella estupidez tanto como una lesbiana en un convento de monjas. Dios mío, era un fanático, pero le seguí. Anduvimos entre ríos de gente hasta llegar a la superficie, y entonces comprendí el objeto de todo aquel tejemaneje subterráneo: Lo que pretendían era que nos confundiéramos entre la gente para despistar a algún posible perseguidor recalcitrante. Demasiadas películas, demasiado melodrama, mis queridos muchachos. Si los «seguris» no tenían la más remota idea de la existencia de la organización, y menos aún de mi contacto con ella, ¿a santo de qué iban a seguirme? ¿Por el puro placer de ponerme nervioso y hacer deporte? No. Entonces se me ocurrió que tal vez no temían una persecución de los siempre simpáticos «seguris», sino que recelaban de mi honesta persona. Aquella deducción paranoide me puso frenético.

En la calle, Jhon se dirigió sin vacilaciones hacia un coche aparcado. Era un Volvo blanco, de aspecto flamante, que tenía los cristales empapados por la fina lluvia que no dejaba de caer desde hacía un buen rato. Uno de los hombres que nos acompañaban (un gigante peludo que haría parecer a King Kong como un monito de feria) se colocó al volante, y Jhon se sentó a su lado. Yo tuve que hacerlo en el asiento de atrás, entre los otros dos tipos que ni siquiera habían abierto la boca. King Kong puso el coche en marcha y salimos del aparcamiento. Lo que me extrañaba, conociendo la afición de Jhon por el melodrama, era que no me hubieran vendado los ojos, pero me hice el tonto y no dije nada, por supuesto. King Kong me miraba con desconfianza por el espejo retrovisor, sin siquiera lanzarme una sonrisita.

El Volvo era un cacharro potente, un monstruo nuevo, pero King Kong apenas apretó el acelerador un par de veces. Debía ser uno de esos conductores descansados o bien su cerebro de primate no le dejaba coordinar los movimientos para conducir el coche más velozmente. De todas formas, el trayecto no fue largo. Recorrimos unos trescientos metros de avenida y luego King Kong se desvió una vez hacia la izquierda, atravesó un puente subterráneo producto de los antiguos anales y aparcó hábilmente el coche delante de un edificio que yo conocía muy bien. Era el antiguo gimnasio donde yo me había entrenado durante años. Sus siete plantas habían sido arrendadas a una compañía transportista y había cerrado sus puertas y despedido a sus pocos clientes. Aunque cinco plantas habían sido modificadas en oficinas, dos de ellas todavía conservaban el complejo polideportivo de otro tiempo, me explicó Jhon, tratando de darle a su exposición un aire de cordialidad que no le sentaba en absoluto.

King Kong y los otros dos muchachos desaparecieron de mi vista, y Jhon y yo esperamos el ascensor. Cuando éste llegó, había otros dos hombres dentro. No debían ser oficinistas, porque saludaron a mí acompañante con la cabeza y me pidieron muy educadamente que les entregase mis armas. Les di la Luger y sonreí. Contrariamente a los héroes de las novelas, cada vez que suelto la pistola no sólo no me siento como desnudo, sino que me quitan de encima un gran peso. La Luger es grande e incómoda, no me gusta llevarla a todas horas colgando del sobaco.

Jhon me condujo por dos o tres pasillos (el sonido de nuestros pasos producía un efecto increíble) hasta que llegamos a una habitación que no me era del todo desconocida. Antes había habido una piscina cubierta, ahora allí dentro se reunía el consejo militar que esperaba derrocar a Haydn y mandar a los «seguris» a tomar viento.

Espié las caras de la misma manera que ellas me estaban espiando a mí. No conocía a nadie, excepto a Sondra, que estaba sentada en un asiento giratorio y me lanzó una breve sonrisa de circunstancias. Un hombre extraordinariamente parecido a Fred Astaire se levantó y me dio la bienvenida. En el transcurso de las tres siguientes semanas, él se convertiría para mí en el típico sargento odioso de las películas. Pero también me enseñaría mucho. Se llamaba Carlus Lindstrom, y era a la vez cordial y antipático, como debe corresponder a alguien que habría de entrenarnos para asaltar el Palacio de Cristal y ofrecernos garantías de éxito.

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