Fred Astaire y yo nos quedamos solos, pero que nadie piense nada extraño. Lindstrom se me quedó mirando meticulosamente,escrutándome arriba y abajo de una forma que me produjo picor en todo el cuerpo. Por un momento llegué a sentirme como un esclavo sordomudo en mitad de una subasta, pero luego Lindstrom sonrió y dejó de analizarme, con lo que comprendí que me daba el visto bueno. Sobre la mesa blanca estaba mi pistola. Lindstrom la tomó en su mano, vació el cargador, la sopesó un par de veces y volvió a soltarla, pero no me la entregó. Hizo girar su asiento y me miró a los ojos.

—Tengo entendido que este lugar no le es del todo desconocido, ¿me equivoco? —dijo amablemente. Tenía una agradable voz de barítono que se veía entorpecida por una fea ecaída en las terminaciones de las frases. Hablaba como si tuviera una miga de pan entre los dientes.

—No. Yo solía venir aquí hace un par de años a nadar y ejercitarme en el tiro con arco. Luego lo dejé y no vine más. Pero parece que esto no es ningún secreto para ustedes, ¿no?

Fred Astaire cruzó los dedos y se echó hacia atrás en el sillón. El pulgar izquierdo le quedó sobre el derecho y pude adivinar que era zurdo. Reclinó la cabeza y empezó a hablar. Estaba memorizando mis datos.

—Por supuesto que no. Ebenizer Martin Steel, treinta años. Altura: un metro ochenta, ojos negros, ciento cincuenta y cuatro libras de peso (está usted un poco delgado, joven), dos años de estudios universitarios de dirección cinematográfica, divorciado, solitario... ¿Me olvido algo?

—Creo que no, señor. ¿Qué han hecho, secuestrar a un«seguri» o dieron con mi ficha por casualidad?

Lindstrom volvió a sonreír. Antes de contestar pulsó un botón sobre la mesa. No esperó una respuesta y yo me pregunté qué diablos había hecho.

—Nuestro ordenador particular está conectado con Madre, así que no fue difícil encontrar sus datos una vez legido como necesario a nuestra causa.

La puerta se abrió y Sondra y otros tres hombres entraron en la gran sala. Pude reconocer a Jhon y a José, pero el otro era para mí un perfecto desconocido de rostro vulgar. Hasta entonces yo había creído que los revolucionarios eran gente de cara amarilla y ojos saltones, pero aquellos tipos eran de lo más normal. Tal vez me había encontrado con miles de ellos por la calle cada día sin sospechar que estaban esperando el momento adecuado para gritarlo a los cuatro vientos. Lindstrom hizo girar el asiento hacia ellos y descruzó las manos blancas en señal de bienvenida. Tenía el aspecto de un distinguido gentleman caído en bancarrota.

—¡Ah, mi querida Sondrita y compañía! ¡Pasad, pasad! SeñorSteel, creo que ya conoce a la encantadora Sondra y a los galantes caballeros que la acompañan.

Me quedé rígido, un poco desilusionado, porque no esperaba que aquel tipo perfecto olvidara que yo no conocía al tercero de los individuos. Fue como si de pronto, hablando metafóricamente, su cabeza perdiera el hilo resplandeciente que la cubría momentos antes. Fred Astaire, a pesar de su elegancia y sus buenos modales, también era humano. Le hice observar —también muy galantemente— que el recién llegado y yo no habíamos sido presentados. Lindstrom murmuró algo y se golpeó teatralmente la frente con la mano izquierda. Cuando la mano volvió a su nivel normal, sonreía.

—¡Cierto, cierto, qué cabeza la mía! Señor Steel, permítame que le presente a Francis Shasta, nuestro experto en Ingeniería Técnica.

La mano de Francis era fría y dura, pero sus ojos y su sonrisa eran cálidos. Era un mozarrón de unos veinticinco años, de pelo castaño oscuro y labios finos y pálidos. El pelo le cubría rebeldemente un ojo, lo que hacía que el otro le brillara con un simpático deje de malicia. Siguiendo con el símil cinematográfico, diría que se parecía a James Dean, salvo que no se parecía a James Dean en absoluto. Era alto, ancho y cordial. Posiblemente, también inteligente. Tenía una voz trémula, infantil, como no debía tener un hombre de su corpulencia. No hace falta aclarar que el muchacho me cayó simpático. Era un tipo tan normal, que yo a su lado parecía patético.

Lindstrom se levantó de su cómodo sillón y nos indicó a los demás que nos sentáramos. Mientras lo hacíamos miré de reojo a Sondra y vi que esta vez no llevaba la boinita negra entre los rizos. Más tarde me enteré que sólo la usaba en las «misiones de guerra», aunque no supe lo que quiso significar con eso. Jhon se sentó a mi lado y José lo hizo en otro sillón. Tanto Francis como Sondra se sentaron en una especie de blanco sofá en forma de ele. No lo había observado antes, pero todos los adornos de la gran sala, lo mismo que las paredes, estaban pintados de blanco.

Lindstrom pulsó un botón en la mesa y una pantalla bajó del techo a pocos metros de nosotros. De la pared de atrás surgió un diminuto proyector de cine, así que no me fue difícil suponer que nos iban a pasar una película. Rogué al cielo para que fuera interesante.

—Como verá, señor Steel —dijo Fred Astaire encendiendo un cigarrillo —, vamos directo al grano. Por si no lo imaginaba antes, usted, la señorita Sondra, José y Francis son los elegidos por nuestra computadora para intentar llegar con las mayores probabilidades de éxito al refugio de Haydn. ¿Le sorprende?

La verdad es que no me sorprendía nada. Únicamente me extrañaba que Jhon no hubiera sido elegido para el trabajito, ya que había estado relacionándose conmigo desde el principio y supuse que él sería uno de los joviales kamikazes siempre listos a partirse la cabeza por la causa. Mi mentalidad machista había supuesto que Sondra no vendría con nosotros, aunque en el fondo siempre supe que iba a ser así. Si había alguien capaz de hacerlo era ella, así que me alegré de tener semejante compañía en el momento de morir.

Oh, claro que no pensaba en la muerte. Eran más divertidos los otros pensamientos, los relacionados con la vida, el placer, la alegría y todo eso. Si íbamos a estar entrenándonos como fedayines durante el tiempo que fuera, ella estaría allí, sudando, jadeando y estudiando con nosotros. Lo que equivalía a decir que terminaríamos juntos de sudar, jadear y estudiar, y podríamos salir a bailar, cenar y hacer otras cosas más interesantes; si ella no se oponía, naturalmente.

Fred Astaire continuó hablando durante un par de segundos. Me estaba advirtiendo de que ya no podía volverme atrás, y que estaba irresistiblemente atado a ellos. Todo aquello lo sabía yo; lo supe desde el momento en que Jhon había sacado la pistola en mi casa y me pidió una decisión. Desde entonces, la situación se había vuelto irreversible, y yo lo sabía. Para bien o para mal, había decidido seguir viviendo.

Lindstrom se sentó de nuevo y apagó la luz. La sala sólo quedó iluminada escasamente por el cono de luz blanca del cinematógrafo. Francis Shasta se rascó la nariz y se acomodó en su asiento. Por su forma de mirar, adiviné que ya había visto la película. Las caras de los otros tres, cubiertas de un brillo blanco, demostraban que sabían tanto de aquello como yo mismo.

La pantalla se llenó de imágenes en movimiento. La película era defectuosa, y el sonido no llegaba con nitidez, por lo que supuse que había sido tomada con teleobjetivos desde una distancia prudencial. En el rectángulo blanco apareció la figura familiar de un coche patrulla atravesando las calles a toda marcha. Sentí un escalofrío en la espalda, pero me obligué a seguir mirando. La escena estaba tomada desde arriba, y a veces la imagen temblaba y se volvía borrosa, como si el que la había filmado se hubiera acomodado para seguir mejor la persecución, que de eso trataba lo que estábamos viendo. Dos coches patrulla perseguían a otro coche verde que no tenía ninguna posibilidad de escapatoria. El sonido estridente de las sirenas quedaban amortiguado por la distancia de la toma, produciendo un efecto sumamente extraño.

—Como podrán ustedes suponer —anunció Fred Astaire distrayéndonos momentáneamente de la pantalla—, estamos contemplando una escena real, filmada por nuestro compañero Francis. Lo que viene a continuación no es muy agradable, pero es necesario que ustedes sigan viéndolo.

Lo que venía a continuación no era difícil de suponer. Un tercer coche patrulla apareció repentinamente frente al coche que huía, cortándole la posibilidad de escape. El coche verde patinó hacia la izquierda y fue a estrellarse contra uno de los edificios colindantes. La toma era extraordinariamente clara en este aspecto, Francis incluso había aumentado el objetivo para favorecer lo que venía luego.

—De los tres ocupantes del coche fugitivo —dijo otra vez Lindstrom— uno muere al salir despedido por el cristal delantero. Obsérvenlo.

Era cierto. El hombre era el conductor del vehículo, y el choque contra la pared de ladrillo y metal lo envió directamente a través del parabrisas. Supongo que debió morir en el momento exacto de la colisión, ya que su cuerpo ni siquiera gesticuló en el aire. Fue el que más suerte tuvo de los tres ocupantes.

—Los otros dos hombres han salido milagrosamente con vida, ahí los tienen. Voy a ralentizar la imagen para que puedan verlo mejor.

Algo chasqueó en la oscuridad, e inmediatamente la acción empezó a desarrollarse a cámara lenta. En la pantalla, los dos sobrevivientes salieron del coche trastabilleando y cubiertos de sangre. Siguiendo el juego del gato y el ratón, los «seguris» bajaron de sus coches con la rutinaria indiferencia de quien va a tomarse un helado de fresa. Sabían que su trabajo estaba a punto de terminar, pero esto no parecía alegrarlos ni disminuirlos. Ellos, simplemente, se limitarían a disparar contra quien fuera cumpliendo con lo que algún cretino pretencioso había llamado «su deber», y luego se darían media vuelta, listos a recorrer las calles hasta que tuvieran que repetir el número. La película no hacía más que enseñarnos lo de siempre de una manera bastante chapucera. Todavía no lograba captar por qué demonios había ralentizado Fred Astaire la imagen, aunque algo me decía que no lo había hecho por puro placer morboso.

—Observen ahora los movimientos de estos dos hombres —dijo Lindstrom con una voz fría y metálica.

Antes de que los «seguris» echaran mano de sus pistolas, los fugitivos echaron a correr calle abajo. Se separaron tomando cada uno una dirección distinta, pero básicamente su punto de destino era el mismo. ¡Santo Dios, habían enfilado directamente contra los cyborgs! En la habitación las respiraciones se entrecortaron, y de un modo inconsciente, todos quedamos erguidos en nuestros asientos.

—Madre de Todos los Santos —susurró José—. Esos tipos son dinamita. ¿No se dan cuenta de lo que están haciendo?

—No van a conseguirlo. Los tienen encima ya —dijo Sondra con altivez, como si
estuviera juzgando una película de ficción y no una imagen real.

—¡Silencio! —cortó Fred Astaire, esta vez de un modo colérico—. Luego habrá tiempo de comentarios. Ahora limítense a mirar.

Obedecimos. En la pantalla, los dos hombres recorrieron en zigzag la distancia que les separaba del primer «seguri», que los esperaba ya con la pistola en la mano. Parecía que el muy estúpido no se daba cuenta de que los fugitivos no querían precisamente huir. Cuatro o cinco segundos más tarde, los tenía virtualmente encima. Sin dudar un solo instante, el «seguri» disparó contra el hombre que le venía por la izquierda, friéndolo en el acto. Simultáneamente, el otro fugitivo hizo fuego contra el cyborg, que recibió el impacto en mitad del pecho. Las detonaciones, por causa de la cámara lenta, sonaban extrañamente graves y largas, como si fueran el ronquido de un animal inmenso. El «seguri» se retorció sobre sí mismo de la misma manera que un trozo de metal cuando se funde, y cayó pesadamente al suelo. El agresor quedó fuera de toma, pero nuevos disparos atronaron lentamente. Cuando la cámara volvió a enfocarlo, ya todo había terminado para él.

Un fuerte suspiro de Sondra nos devolvió a la realidad. Al secarme el sudor de los ojos me di cuenta de que estaba completamente excitado, y que los demás también sentían lo mismo. Cristo; aquello había sido demencial, pero la secuencia todavía no había terminado. La cámara volvió a enfocar al «seguri» caído, que se agitaba en el suelo como una mosca sin alas. El hijo de puta aún estaba vivo, a pesar de que había recibido un tiro en pleno pecho. Pugnando por levantarse, logró hincar una rodilla en el suelo y en ese momento otros «seguris» se acercaron a ayudarle. Estaba cubierto de rojo, lo que me hizo saber que los «seguris» también sangran. La luz se encendió y la película quedó detenida en ese punto.

—Lo que acabamos de ver es absolutamente real —concluyó Lindstrom levantándose—. Ocurrió hace tres semanas y la casualidad quiso que el bueno de Francis estuviera en casa para poder filmarlo. Evidentemente, el incidente fue silenciado por las autoridades.

—¿Quiénes eran esos dos? —preguntó José rascándose una ceja—. Quiero decir que no debían ser precisamente unos pazguatos. Llevaban armas, conducían como en el cine y se arriesgaron a pegarle un tiro a un «seguri», ¿qué habían hecho?

Lindstrom sonrió. Dio la vuelta a la mesa y nos miró a todos en conjunto. Supongo que debimos hacerle gracia, porque volvió a sonreír. A Papaíto Piernas Largas sólo le faltaba la música y los pasos de baile.

—La televisión y la prensa airearon mucho la noticia. Son los hombres que intentaron el secuestro de Fionnuala Van der Brook. ¿Lo recuerdan?

Claro que lo recordábamos. Fionnuala Van der Brook y su excelso padre habían ofrecido un millón de florines por las cabezas de los tres tipos que habían intentado secuestrarla en mitad de una conferencia de prensa. La noticia había corrido como reguero de pólvora, y no era para menos. Fionnuala Van der Brook, la niña de papá, la hija del multimillonario, había resultado con la nariz y la mandíbula rotas en el forcejeo, con lo que su siempre rutilante belleza ya nunca sería la misma. Mientras nosotros discutíamos sobre la inmortalidad de los «seguris», en Saint Tropez debían estar de luto, llorando por la que había sido llamada «Emperatriz del Mediterráneo». He de confesar que yo también me sentí impresionado por la noticia, porque la «niña Fionnuala» siempre me ha atraído con locura. En casa todavía conservo un álbum con sus fotos y un ejemplar firmado (lo compré en una reventa) de aquel horrible libro que escribió: Yo, Fionnuala. Así que aquellos tipos no sólo no se habían conformado con destrozarle la cara a una de las mujeres más hermosas del mundo, sino que se sentían aún con agallas para intentar cargarse a un «seguri» y seguir viviendo. No sé por qué, pero empecé a sentir por ellos una mezcla de admiración y repugnancia.

—Se anunció que los tres hombres habían sido capturados y ajusticiados, pero no se dijo que habían disparado contra los cyborgs y herido gravemente a uno.

—¿Así que no murió, después de todo? —interrumpí yo—. ¿De qué demonios están hechos los «seguris»? ¿De kriptonita?

—El cyborg no murió, a pesar de que la bala le dio exactamente aquí —contestó Lindstrom, punteándose el corazón. Observé que, con su flema de gentleman, nunca llamaba a los «seguris» por su mote, sino que usaba con ellos la palabra más culta «cyborg».

—Puede que la pistola fuera de pequeño calibre, o tal vez la bala resbaló por las costillas —intentó explicar José.

Lindstrom negó con la cabeza.

—El disparo atravesó el corazón y terminó alojándose en el pulmón, José. El calibre, posiblemente un 33, bastaría para matar a un hombre a esa distancia.

—¿Entonces qué posibilidades tenemos de poder eludir a los «seguris»? —dije yo, un poco alicaído con toda aquella exposición de inconvenientes—. ¿Cómo vamos a poder neutralizarlos?

Carlus Lindstrom, por toda respuesta, apagó la luz y conectó el proyector. En foto fija apareció el esquema de un «seguri» visto de frente. En el dibujo, ciertamente, no parecía la mitad de peligroso de lo que en realidad era. Vacas sagradas, si comparáramos a los «seguris» con la Gestapo, éstos no serían más que un puñado de boy-scouts en su día de maniobras.

Lindstrom señaló la pantalla y anunció pomposamente que aquellos eran los bocetos del interior de un cyborg, cosa que saltaba a la vista por muy ciego que uno fuera. Yo pregunté algo referente a cómo demonios habían podido conseguir unos datos semejantes, y el viejo Fred Astaire se limitó a hacerme observar que su organización no existía desde ayer o anteayer, jovencito, sino que llevaban muchos años preparándose para el momento. No me informó de mucho, esa es la verdad, pero yo me quedé tan contento.

—Como pueden ver —dijo—, el aparato circulatorio se completa con otro sistema complementario que actúa directamente sobre los puntos nerviosos del cerebro, estimulados electrónicamente por un computador adosado a la zona parietal de la caja craneana.

»Con esto se acaban las dudas que surgieron hace años sobre la verdadera identidad de nuestra policía. No se trata de robots androides, ni de entes clónicos, sino de hombres. De seres humanos mecanizados y preparados para ser infalibles gracias a un cerebro conectado a Madre y capaz de registrar datos en cuestión de segundos.

»En la parte izquierda del pecho los cyborgs tienen, como todos nosotros, el corazón. En la parte derecha se les ha colocado una especie de «caja negra», como las de los aviones y los coches, que es la que suministra energía al cerebro y, por contra, alimenta al computador. Hemos estudiado la manera de inutilizarlos, con el grave inconveniente de no tener ningún cyborg a mano para analizarlo. Afortunadamente, no hemos tenido que jugar al doctor Frankenstein y nos ha bastado hacer un duplicado del sistema complementario sobre un molde de plástico.

»Sólo hay dos maneras de inutilizar a un cyborg. La primera, y más viable, es la de dispararle sobre el pecho.

—Pero... —interrumpió Francis esta vez—. Ya hemos visto en la película que esto no basta.

—Mi querido Francis —contestó Fred Astaire con un cierto tonillo de pedantería —. El disparo debe efectuarse sobre la caja negra, en la parte derecha del pecho.

—Eso exigirá una puntería endiablada, además de suerte —observó José sin dejar de mirar el dibujo en la pantalla. Aquello parecía divertirle y a la vez llenarle de miedo tanto como a mí mismo, así que me solidaricé con su pregunta.

Lindstrom miró de reojo al proyector, sonriendo.

—Desde luego, si utilizas un 33, como el desgraciado de la película, la posibilidad de destrozar al cyborg será mínima. Pero si en vez del 33 usas balas explosivas, el resultado será algo muy distinto. ¿No es así, señor Steel?

Vaya, así que yo era algo parecido al experto en armas del cotarro. Me encogí de hombros y medité cuatro segundos antes de ofrecer una respuesta.

—Así será si usted lo dice. Una bala explosiva bien colocada abriría el plexo solar, por supuesto. Incluso aunque fuese a dar en el lado equivocado, el «seguri» saltaría en pedazos. Pero comparado con el láser que ellos usan, esto va a ser como tirarle piedrecitas a un tanque Shermann.

Lindstrom señaló con un puntero la cabeza del «seguri» en la pantalla blanca.

—La segunda posibilidad es disparar sobre la cabeza. Haciendo fuego aquí, los cyborgs quedarían inutilizados para siempre con más facilidad incluso que disparando al pecho. Hay una tercera posibilidad, mucho más remota, para la lucha cuerpo a cuerpo.

—¿Otra? —preguntó Sondra, como si nos estuviesen dando el regalo de Navidad de nuestro vecino millonario y no la corbata de lunares de cada año—. ¿Cuál?

—Un golpe seco sobre la nariz, en la frente. El cyborg quedará ciego y luego su propio mecanismo interior lo electrocutará. Pero es muy arriesgado.

Eso se quedaría para otro, no para mí. Yo me contentaría con disparar al pecho o el cráneo y que el «seguri» hiciera el resto, que empezara a lanzar trozos de carne y sesos, o válvulas, o lo que demonios tuviese dentro. Desde luego yo no estaba dispuesto a hacer de héroe a lo kung-fú y enfrentarme a ellos en un cuerpo a cuerpo. Bastante hacía ya con meterme en aquella locura como si fuera un espía de las películas.

—Bien, creo que es bastante por hoy —dijo Lindstrom desconectando el proyector—. A partir de mañana empezaremos los entrenamientos en grupo y también empezaremos a puntualizar más detalles. Los quiero aquí a la misma hora de hoy.

Los demás se levantaron y salieron lentamente de la inmensa sala blanca. Francis Shasta iba discutiendo con José alguna cosa referente a un buen disparo entre los ojos, según pude oír, y Sondra se entretuvo charlando con Jhon en el mismo marco de la puerta. Carlus Lindstrom se sentó de nuevo en su asiento giratorio, cruzó las piernas y me llamó a su lado.

—Señor Steel, una última puntualización. Para evitar posibles suspicacias por parte de los cyborgs, vamos a incluirle en la nómina de la empresa. De esta manera, su conexión con este lugar se verá encubierta por una relación de trabajo, ¿le parece?

Me parecía. Aquello era condenadamente lógico, desde luego. Tan condenado y tan lógico que yo mismo había supuesto cuál iba ser el próximo paso a dar desde que Jhontodo-sonrisas me había llevado allí unas cuentas horas antes. Si ser investigador a sueldo tiene algo positivo, esto es que te enseña a prever algunas cosas antes de que pasen. Si tiene algo negativo, es, precisamente, que no te enseña a preverlo todo. Gajes del oficio, supongo. Nadie es perfecto.

—Para no crear sospechas, usted figurará como agente de seguridad durante el plazo de un mes. Como si fuera un guardián contratado por un determinado lapso de tiempo.

—Bien, no sospecharán. Ya he hecho de guardaespaldas antes.

—Lo sé. ¿Tiene usted coche?

—Un Ford Cobra de hace tres años, modelo XL, aunque ahora lo están reparando.

—No importa. Daré orden para que a partir de mañana disponga usted de un coche de la empresa. Cuando recupere el suyo podrá utilizarlo igualmente, ¿de acuerdo?

Asentí. Lindstrom recogió mi pistola de la mesa, colocó el cargador en su sitio y me la entregó. Luego sacó unos papeles blancos del segundo cajón del escritorio. Aquel nombre era tan meticuloso que no me hubiera extrañado nada que me hiciera jurar sobre la Biblia.

—Firme aquí. Todo debe parecer normal, como si fuera un contrato más de los cientos que redactamos cada día. Es lo único que convencería a los cyborgs, si recelaran, de su vinculación a esta empresa.

Tomé el papel y así lo hice. Por un momento tuve la ligera impresión de que estaba firmando mi propia sentencia de muerte.

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