—Que me despellejen vivo, Steel, si entiendo qué le pasa a este cacharro —dijo Schott limpiándose en un paño verde las manos manchadas de grasa—. He revisado el Open al menos diez veces y todo el puñetero sistema funciona a la perfección, puedo jurártelo. Incluso he desmontado el engranaje pieza por pieza para ver qué demonios iba mal, y cada una está impecable, de verdad. No me explico cómo pudiste quedarte encerrado dentro. Mira.
Schott dejó caer el paño al suelo sin demasiadas contemplaciones e introdujo la llave en el contacto. Las dos puertas se abrieron simultáneamente, como si nada hubiera nunca funcionado mal, y Schott entró en el coche y se sentó al volante. Esperó a que las puertas se volvieran a cerrar y entonces puso el motor en marcha.
—¿Ves? —gritó a través de la ventanilla abierta—. Desde fuera el eyector funciona como una seda. Vas a ver desde dentro.
Schott se arrellenó en el asiento, aseguró el cambio de marchas y pulsó el primero de los mandos. La puerta de su lado se abrió suavemente, con un tenue chasquido, como había hecho siempre. Sonriendo, Schott pulsó de nuevo y la otra puerta se abrió de la misma forma.
—¡Cómo una seda! —repitió, haciéndose oír sobre el estruendo del motor hasta que tuvo que apagarlo—. Este cacharro tuyo vale mucho, Steel.
—Natural. Como que todavía no he acabado de pagar los plazos— dije yo con una sonrisa, mientras echaba una ojeada curiosa alrededor y acariciaba las orejas a Míster Tracy, el gato.
Schott, me parece que no lo he dicho antes, es mi mecánico, y puedo asegurar que es de lo mejorcito que hay en la profesión. Aunque rara vez tengo problemas con el coche, me gusta llevárselo cada cierto tiempo para que lo revise y lo ponga a punto. Schott es un muchachote rubio y curtido que anda siempre lleno de grasa de arriba a abajo y que parece disfrutar con ello como si en lugar de aceite tuviera el cuerpo lleno de diamantes. Todo lo que esté relacionado con motores le fascina, y año tras año se dedica a ganar sistemáticamente el concurso de maquetas de avión teledirigidas que se organiza en la parte norte de la ciudad. Lo que más le gustaría en el mundo es, según me ha explicado siempre, volar en un Fokker rojo como el que llevaba el chiflado de Von Richtofen en la Primera Guerra, circunstancia que yo suelo aprovechar para burlarme de él diciéndole que me recuerda a ese simpático perrito de las historietas antiguas, Snoopy. La otra gran debilidad de Schott son los gatos, y Míster Tracy no es sino el padre de una inmensa prole que alcanzaba, la última vez, la cifra de dieciséis criaturas.
—Ya ves, Steel, que todo está como nuevo. ¿Y dices que sólo te has quedado encerrado dentro una vez?
Sólo una vez, le dije, y volví a explicarle el episodio de cómo Carolina Strautman salió corriendo del coche hacia donde los «seguris» estaban friendo a su novio, y cómo yo me quedé atrapado dentro sin poder evitar que los muy malditos la frieran también a ella. Lo conté dándole un tono de frialdad al asunto, porque no quería que Schott descubriera que soy un sentimental y que últimamente odiaba a los «seguris» más que de costumbre por obra y gracia de mis nuevas inclinaciones revolucionarias. Creo que no lo conseguí, porque el muchacho se me quedó mirando pensativamente, como si toda la historia no hiciera más que producirle ardor de estómago.
—No me lo explico, de verdad que no me lo explico.Todo funciona bien, sin tropiezos. No encuentro una explicación lógica, a menos que...
—¿Qué? —pregunté intentando quitarme de la manga de mi chaqueta nueva las uñas del gato. Todo lo que conseguí fue que el animal se encabritara y me mordiera en un dedo.
—A menos que los «seguris» sean capaces de interferir el mecanismo y todo el sistema de apertura solamente con mirarlo.
Solté al gato con una interjección y abrí los ojos estúpidamente. Confieso que al principio lo que Schott estaba intentando explicarme me sonó a chino, aunque más tarde pude captar la onda, con lo que la cadena de mis pensamientos quedó disparada a una velocidad supersónica.
—¿Puede interferirse el Open desde fuera, sin manipularlo antes?
Schott se encogió de hombros.
—Supongo que sí, no estoy seguro. Bastaría un aparato emisor de ultrasonidos colocado a poca distancia, quizás en uno de los coches patrulla, no olvides que el Open es muy sensible. No cabe duda de que sí podría hacerse, aunque ahora no sé exactamente cómo. De todas formas, es la única explicación que se me ocurre.
—Sí, supongo que sí —dije yo dubitativamente, porque lo que Schott pretendía era perfectamente plausible. Los «seguris» disponen de tal cantidad de aparatitos técnicos que no sería de extrañar que les resulte incluso divertido dejar encerrada a la gente dentro de sus coches mientras ellos se dedican a practicar su deporte favorito.
Mientras anotaba el número de mi tarjeta de crédito, que sin duda sabía ya de memoria, Schott empezó a insistir sobre si me gustaría cambiar el coche de color, y convertir el rojo en verde metálico o en una modalidad de amarillo de su invención, a lo que yo me negué en redondo. Schott estaba a punto de convencerme cuando se dio cuenta de lo de mi brazo.
—Oh, no es nada serio. Una luxación. Me caí por las escaleras de la oficina ayer, cuando me distraje mirándole las piernas a una rubia que también bajaba.
No era cierto, por supuesto, pero no podía decirle que me había lastimado el brazo el segundo día de entrenamiento por culpa de un tipo bruto llamado Corwin, ni tampoco que mi nuevo empleo provisional no era más que una perfecta tapadera para derrocar a Haydn y acabar con el dominio de los «seguris», porque seguramente Schott ni siquiera me habría creído. Lo del brazo no era importante, pero dolía un poquitín. Por fortuna no estaba roto. Ni que decir tiene que desde entonces me negué a entrenarme con Corwin, quien, al día siguiente, también lastimó en una pierna a Francis Shasta.
Como el coche estaba listo, decidí llevármelo. Estaba entrando en él cuando una última pregunta de Schott me entretuvo.
—¡Eh, fui a ver esa película que me dijiste!
—¿Cuál, West Side Story? ¿Te gustó?
—Mucho, sobre todo el último baile, el del garaje.
Arranqué el coche y lo dejé allí tarareando con un horrible acento una de las canciones de la película, creo que América. Apretando el acelerador a fondo, llegué a las oficinas en siete minutos. Aunque era tarde, no fui el último en llegar: Todavía faltaba Lindstrom, con lo que mi retraso no fue tenido en cuenta. Estaba charlando con José y Francis Shasta cuando Fred Astaire llegó, y como de costumbre, todo fueron prisas. Nos hizo pasar a la sala de proyecciones, donde nos sentamos en círculo. Lindstrom parecía un poquitín excitado, nervioso, como si hubiera pasado toda la noche sin pegar ojo.
—Caballeros, lamento tener que traerles malas noticias —anunció con gesto grave, sin alterar lo más mínimo su encopetada figura de aristócrata arruinado—. La Oficina de Telecomunicaciones acaba de hacer público que Haydn viajará a La Haya dentro de dos semanas, donde pronunciará una serie de conferencias y se entrevistará con los primeros ministros de Francia y Bélgica. Esto quiere decir que tendremos que retrasar nuestro proyecto un mes o hacerlo con una antelación de diez días sobre el calendario previsto.
No sé cómo demonios se las arregló Lindstrom para contagiarnos su nerviosismo, pero todos nos quedamos fuertemente excitados, frenéticos, como si en vez de aquello nos hubiera anunciado que teníamos una atómica colgada del pecho. El maldito Haydn no salía de su jodido Palacio de Cristal desde hacía casi dos años, y tenía que ser precisamente ahora cuando decidía irse de tournée con todo su maravilloso despliegue de guardias uniformados. Era como si hubiese sospechado lo que estábamos tramando, como si con aquel movimiento inesperado nos desarticulara para siempre antes de que pudiésemos darnos cuenta. Maldición, no se podía esperar un mes, porque el riesgo que corríamos era tremendo. Y tampoco podíamos hacerlo todo a tontas y a locas, porque nuestras posibilidades de éxito quedarían difuminadas en cuanto nos encontráramos con la boca de una pistola empuñada por un «seguri».
—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Sondra, retirando una uña medio mordida del alcance de la boca.
Lindstrom se encogió de hombros y suspiró. Realmente parecía muy abatido.
—No lo sé. Si esperamos un mes más terminaremos por explotar, por traicionarnos nosotros mismos en un descuido. Si lo intentamos antes de la partida de Haydn, es muy probable que fracasemos, con lo que la represión será todavía mayor que antes y quedará aplastado para siempre cualquier nuevo conato de resistencia. De todas formas, sois vosotros quienes debéis decidir qué hacemos. Es vuestra vida la que, principalmente, va a estar en juego.
—¡Bah! ¿Qué son diez días después de todo? —exclamó alegremente Francis Shasta. Yo digo que debemos hacerlo cuanto antes. Y es más, creo que podemos conseguirlo. ¿Que Haydn quiere marcharse a La Haya? Muy bien, que lo haga. Pero con nuestro permiso.
Transcurrieron dos segundos de absoluto silencio, sólo entrecortado por las agitadas respiraciones de todos los presentes.
—Todavía quedan quince días. Trece si damos por supuesto que no actuaremos la noche antes de la partida de Haydn —dijo José con mucha calma, eligiendo cuidadosamente las palabras, como era su costumbre—. No es mucho, pero peor es nada. Como Francis, creo que podemos hacerlo. ¿Que no estamos entrenados lo suficiente en ejercicios físicos? Bien, entrenémonos más intensamente. ¿Que nos falta información y preparación? Bueno, vamos a estudiar de firme a partir de ahora. Todo menos quedarnos cruzados de brazos.
Lindstrom tomó asiento (extrañamente lo hizo sobre un ángulo de la mesa) y preguntó con la mirada a Sondra. Ésta meditó unos segundos, frunció los labios y se llevó una mano al pelo rojo antes de empezar a hablar. Su voz sonó firme y segura, como siempre.
—Por mí, de acuerdo. José y Francis tienen razón. No podemos quedarnos quietos, hay que moverse. Aunque no terminemos hechos unos tarzanes, algo sí podremos conseguir en estas dos semanas. Personalmente, nunca creí que los entrenamientos fueran tan importantes. Yo voto sí. Lindstrom se volvió hacia mí, el único que quedaba, y me miró de una manera afectuosa, pero taladrante. Supongo que se sintió emocionado por las palabras de los otros tres y le traía de cabeza que yo les fuera a dar un no como respuesta.
—¿Señor Steel? —preguntó, sus ojos quemaban.
—¿Por qué no? —contesté —. Nunca me ha gustado esperar, así que hagámoslo rápido. Como dijo alguien, un hombre sólo muere una vez, y lo demás son cuentos. Por mí no hay inconveniente en hacerlo antes de que Haydn salga de viaje. Además, ¿y si le diera un infarto a mitad de camino? Nunca podríamos hacerlo ya, porque el muy cretino no regresaría.
Todos rieron ante mi estúpida ocurrencia, y Lindstrom se puso en pie y quedó tieso como un «seguri» cuando presenta armas. No me había equivocado antes: El bueno de Fred Astaire estaba emocionado por nuestro bonito gesto, pura pamplina. Empezó a darnos las gracias, hizo un poco de teatro y luego comentó que no había esperado otra cosa de nosotros. Dio la vuelta a la mesa, apagó la luz y preparó el proyector y la pantalla.
La película que nos mostró tenía, al menos, mejor calidad técnica que la del primer día, aunque tampoco me dijo nada. Sobre la tela blanca lo primero que apareció fue la figura familiar del Palacio de Cristal en una vista nocturna. Lindstrom se sentó, se llevó un cigarrillo a los labios y empezó a hablarnos antes de encenderlo. Cuando lo hizo, la lama del fósforo inundó como un soplete la sala oscura.
—Aquí tenemos el Palacio de Cristal —dijo con un tono neutro, como si pensara que nos habíamos estado chupando el dedo durante todo el tiempo—. La película fue tomada por un grupo de especialistas que recorrieron la ciudad en elicóptero con permiso especial del propio Gobierno. Naturalmente, se limita a enseñar el aspecto exterior del sancta sanctorum de Laurenzes Haydn y de algunos edificios olindantes. Como saben, de las treinta y nueve plantas del Palacio de Cristal, sólo cinco están reservadas a las habitaciones privadas del tirano, mientras que el resto del edificio está destinado a albergar la cabeza de Madre y el centro neurálgico del control de los cyborgs.
Lo cual no nos decía gran cosa. Intenté protestar, porque la película no hacía más que mostrar el Palacio desde arriba, con gran profusión de tomas, sin otro aliciente que el de tratar de localizar en la ciudad iluminada la Plaza del Damm, pero mantuve cerrada la boca. Fred Astaire, como era norma, debía tener algún as oculto en la manga de su frac, porque si no fuera así nosotros estaríamos saltando y sudando en la sala de entrenamiento y él no estaría gastando estúpidamente saliva y tiempo. No me equivoqué, por supuesto. Mi intuición, modestia aparte, también se iba convirtiendo en norma.
—Haydn vive entre los pisos veinticinco y veintinueve. Una afortunada filtración, que hemos estado esperando desde hace años, nos ha permitido conocer lo siguiente.
No podía ver la cara de Lindstrom en la oscuridad, pero seguro que estaba radiante. El proyector siguió desenroscando película hasta que se detuvo con un chasquido. En la pantalla apareció algo que nos sobresaltó a todos. Era el plano completo de una de las plantas de Haydn.
—No importa ahora cómo se produjo la filtración. Lo único verdaderamente importante es que tenemos en nuestro poder el plano del piso veintisiete, precisamente donde Haydn tiene sus habitaciones de descanso. Caballeros, no es necesario decirles que tendrán que aprenderse este plano de memoria. Con él, entrar allí y conseguir nuestro objetivo será como quitarle un caramelo a un niño.
—¿Cómo vamos a entrar ahí dentro? —interrumpí yo, frotándome la nariz con el dedo índice—. Hacerlo desde abajo, planta por planta, sería prácticamente imposible, aunque lo hiciéramos vestidos de mecánicos electricistas, como en las películas. El asalto por arriba nos ahorraría unos cuantos pisos, pero sería casi más difícil bajar, porque los «seguris» sabrían en todo momento nuestra posición y les resultaría sencillísimo coparnos antes de que llegáramos abajo. Lo ideal sería estar metidos ya en la planta. El único problema que encuentro es cómo hacerlo.
José y Sondra me dieron la razón, Francis Shasta dibujó una sonrisa de complicidad, y Fred Astaire apagó el cigarrillo y se tomó su tiempo antes de contestar. Mi pregunta, al parecer, no había sido nada estúpida, de lo que me alegré. No habría soportado que aquel club de petrimetres me tomara por tonto.
—Bien, vayamos por partes. Como usted dice, señor Steel, ir subiendo desde abajo sería imposible. Cierto. Colocarnos en lo alto y descender planta por planta nos ahorraría, exactamente, quince pisos, pero sería como entregarnos directamente a los cyborgs. Cierto también. Tiene usted razón cuando dice que lo ideal sería entrar irectamente en la planta veintisiete. Eso es, exactamente, lo que vamos a hacer. ¿No es sí, Francis?
Francis Shasta afirmó con la cabeza y sonrió sin moverse del sitio. Yo me quedé mirándolo y traté de adivinar qué había oculto en todo aquel embrollo. Entrar directamente en la planta veintisiete, muy bien. ¿Cómo hacerlo, volando? Algo me decía que no. Ese algo era la sonrisa feliz de Francis Shasta.
—En efecto, señor Lindstrom. Para llegar a las habitaciones de Haydn no hay otro sistema que éste —dijo Shasta levantándose del sillón blanco y trazando una línea en el aire con la mano abierta.
—¿Vamos a hacerlo volando? ¿Has inventando ahora unas alas de plástico, querido Francis? —preguntó Sondra con burla, pero el muchacho no se inmutó.
—No, no vamos a hacerlo volando. Ni tampoco he inventado nada, querida. Se trata, sin más, de deslizamos por un cable de metal hasta el Palacio y luego ir descendiendo por el exterior hasta llegar al lugar exacto. Bonito, ¿verdad?
Sondra gruñó algo, por lo que sospeché que no le hacía mucha gracia la sapiencia de Francis Shasta, y se quedó pensando alguna cosa en silencio. Supongo que la idea de cruzar el vacío como un funambulista de circo le parecía un tanto ridicula, igual que a mí.
—Pasarán desde el edificio de la Pijlsteeg Enterprises —dijo Lindstrom volviendo a poner en marcha el proyector—. No es el más cercano, pero es el único que da a la cara norte del Palacio de Cristal y además pertenece a una firma de mi propiedad. Hemos estudiado la situación y el camino menos dificultoso es precisamente éste, así que podemos agradecer que la suerte esté de nuestra parte al menos en algo. La ventana por la que deberán entrar es ésta que pueden ver aquí.
Lindstrom proyectó una ampliación del Palacio de Cristal y señaló con un bolígrafo la ventana que había citado. Todo lo que puedo decir es que aquello estaba condenadamente alto. Quizás Francis Shasta pensara que aquel ridículo rififí era sencillo, pero a mí me daba muy mala espina. No es que tuviera vértigo, es que tenía miedo. Una caída desde aquella altura significaba llegar abajo más desintegrado que la víctima de un «seguri», y estoy hablando completamente en serio.
—¿No hay peligro de ser descubiertos desde abajo? —preguntó José, siempre cauteloso—. ¿No nos verán los«seguris»?
—¿A más de ochenta metros de altura y de noche? No creo. Es posible, naturalmente, pero para algo habremos colocado previamente explosivos en la Central Hidroeléctrica. Como sabéis, Jhon y un grupo de hombres están preparándose en otro lugar para este movimiento.
—Un momento —interrumpió Francis Shasta, tomando de nuevo la palabra—. Creo que he dado con algo importante. Se me acaba de ocurrir: Si además de volar la reserva de electricidad de la ciudad nos dedicáramos también a hacer trizas el edificio de Telecomunicaciones, dividiríamos más a los «seguris» y ganaríamos en lo que hemos llamado «efecto sorpresa». Ya que Haydn nos está obligando a hacer las cosas a la carrera, deberíamos buscar alguna baza oculta que nivelara nuestras fuerzas. Mientras los cyborgs estén buscando en otro lado a los responsables, apagando incendios o patrullando como locos por las calles, nosotros habremos ganado un poco de ventaja sobre ellos y podremos introducirnos en el maldito refugio de Haydn.
Lindstrom escrutó a Francis de arriba a abajo, como un profesor hace con su alumno antes de un examen, y luego meneó dubitativamente la cabeza y frunció el ceño. No dijo nada, lo que era señal de que dejaba que nosotros habláramos primero.
—No sé. Si abusamos de las explosiones lo primero que pensarán es que vamos a ir directos a por Haydn —objeté yo.
—A mí me gusta —dijo Sondra mirándome a los ojos y sonriendo—. Una serie de explosiones en cadena, atacando puntos claves de la ciudad, despistarían a los «seguris» y nos permitirían actuar con un poco más de tranquilidad. Si vamos a tener a los «seguris» encima de todas formas, más vale que sea lo más tarde posible.
Aquí le di la razón a mi encantadora gatita. Los «seguris» no iban a dejarse matar, por supuesto, así que cuantos menos nos encontráramos en nuestro camino, más posibilidades tendríamos de salir con vida. Esto significaba llevar a buen término la misión, pero lo que realmente me importaba en aquel momento y siempre eraconservarme entero. La gloria podía venir luego.
—Yo estoy de acuerdo —puntualizó José, la mente lógica del grupo, arrugando las cejas en actitud pensativa—. Si tenemos elementos y material para hacerlo, ¿por qué no?
Tal vez sería conveniente hacer pensar un poquito a los «seguris», hacerles creer que nuestro objetivo es el Senado, o el Museo Arqueológico, o la Casa de la Moneda. Cualquier cosa que pueda alejarlos unos minutos servirá.
Lindstrom se rascó la barbilla y finalmente esperó a que yo me convenciese, cosa que no tardó mucho. Ellos siempre tenían la razón y, al fin y al cabo, con todo aquel barullo de la dinamita y los explosivos plásticos no podíamos perder nada. Sí, todos estuvimos de acuerdo en organizar un bonito carnaval para dentro de trece noches. Pero todavía quedaban muchas pequeñas puntualizaciones que concretar, y muchos ejercicios que resolver, así que Fred Astaire volvió la película atrás y nos enseñó de nuevo el plano de las habitaciones de Haydn. Mientras trataba de aprendérmelo de memoria, tuve un pequeño escalofrío, un deje mal reprimido de emoción. Me vino encima la agobiante sensación de que en nuestra carrera contra reloj alguien había adelantado el minutero.
Dios mío, saber que apenas trece días después podríamos estar muertos fue lo que me hizo tiritar de miedo.
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Categorías: Ciencia ficcion y fantasia

