La impresionante estructura del Palacio de Cristal estaba allí, brillando como un diamante en mitad de la noche. Frente a ella, sobre el edificio de Pijlsteeg Enterprises, nosotros esperábamos el momento de pasar al otro lado. Resultaba duro pensar que nuestro plazo se había cumplido y que apenas habíamos progresado nada. Oh, claro, hacía varios días que no sentía ya agujetas, y hasta había logrado aprenderme de memoria el maldito plano de la planta veintisiete del refugio de Haydn, e incluso los resultados de mis ejercicios de tiro se habían visto incrementados en dos puntos, pero todo aquello no me tenía contento en absoluto. Mi optimismo y mis buenos deseos se habían ido esfumando día tras día. Tal vez lo mío no fuera más que asqueroso derrotismo, pero cuanto más pensaba en la forma en que íbamos a jugarnos la vida, más me convencía de que estábamos estinados a perderla.
Y allí estábamos, mordiéndonos las uñas desde hacía más de seis horas, contando los minutos que nos separaban de la media noche. Las órdenes de Lindstrom habían sido tajantes: nada de píldoras contra los nervios, nada de calmantes. Debíamos esperar estoicamente, sin ingerir nada que pudiera mermar nuestros reflejos. Bien, Fred Astaire lo dijo y nosotros le obedecimos. Al cabo de la tercera hora, los nervios se vieron sustituidos por un estado de ansiedad febril que nos hacía desear que el tiempo transcurierra todavía más rápidamente y que llegara por fin el momento de la acción. Ahora, mientras Francis Shasta cronometraba los preciosos segundos con su reloj, el iedo y la ansiedad dieron paso a una calma fría que helaba los ojos y avivaba la mente. Faltaban cinco minutos.
—Es la hora —dijo Francis guardando el cronómetro en un bolsillo del echo—. Vamos arriba.
José, Sondra y yo obedecimos. Los cuatro entramos en el ascensor sin decir nada más, y medio minuto más tarde llegamos al tejado. La noche del sábado era fría y serena, sin luna. Abajo, toda la ciudad se veía iluminada en un espectro que iba desde el verde hasta el amarillo. Luces diminutas que se deslizaban de un lado a otro eran el brillante rastro de los coches en movimiento.
Francis nos hizo revisar por enésima vez nuestro equipo, todas y cada una de las armas, las gafas infrarrojas, el pequeño nulificador calorífico colocado en forma de reloj sobre nuestras muñecas. Volvió a sacar el cronómetro y consultó la hora.
—Tres minutos —anunció.
Respiré hondo y miré al cielo. Inconscientemente empecé a descontar segundos y cuando me di cuenta, molesto, me obligué a dejarlo. Eché un vistazo a mis compañeros de aventura y no pude evitar pensar que estábamos completamente locos. Los cuatro íbamos vestidos de negro de la cabeza a los pies, como en las películas de grandes robos de joyas, y en bandolera llevábamos suficiente munición como para acabar fácilmente con medio ejército. Las tres pistolas las llevábamos colocadas en distintos lugares, según la comodidad personal de cada uno.
—Muchachos, la función está a punto de comenzar— dijo en tono humorístico Francis Shasta—. Si alguno sabe rezar ya puede ir haciéndolo.
—Amén —contestó José, muy serio, todavía más pálido que de costumbre por acción del ropaje negro.
—Amén —dijimos a un tiempo Sondra y yo, más de una manera mecánica que
religiosa.
Francis se acercó al borde del tejado y revisó el pequeño mortero que él mismo había colocado unas horas antes. La cuerda metálica estaba cuidadosamente enrollada en el suelo, como una gigantesca cobra enredada en el piso de asfalto. Se colocó detrás del aparato y sus dedos acariciaron cariñosamente la superficie brillante. Finalmente, su mano derecha se crispó sobre el gatillo y permaneció allí, esperando.
Sondra había tomado el reloj. Siguió el avance de la manecilla con la expresión altanera de una estatua ecuestre, completamente concentrada en su labor, que en modo alguno era insignificante.
—Treinta segundos. Caballeros, algo va a sonar inmediatamente en el edificio del Senado.
Y sonó. A pesar de la altura y la distancia, todos pudimos oír el estallido de la primera bomba. Simultáneamente, Francis disparó. La cuerda metálica surcó el vacío y fue a engancharse cien metros más allá, en la pared del Palacio de Cristal. Luego quedó tensa, dispuesta para aguantar el peso del primer hombre.
En la calle, mientras tanto, se armó un jaleo de todos los diablos. Luces de color rojo, desplazándose como cohetes espaciales, anunciaban que los «seguris» acababan de ponerse en movimiento. Muchas de las casas se encendieron, convirtiendo la ciudad en un igantesco árbol de Noel. José, extrañamente, sonrió. Comentó entre dientes que el espectáculo no tenía precedentes y que era gratis.
—Diez segundos —anunció Sondra, con voz fría. Ni siquiera había sonreído nte la broma del muchacho—.Telecomunicaciones viene ahora. Adelante.
Listo ya bajo la cuerda tensa, Francis Shasta se pasó la lengua por los labios. Sus ojitos de niño estaban muy abiertos, en una curiosa mezcla de diversión y pánico. Trató de sonreír.
—Alea jacta est, muchachos —dijo—. Bonito momento para hablar latín, ¿no os parece?
Hubo una segunda explosión, más intensa que la anterior, y Francis cruzó el espacio como un cometa con piernas. Sondra dejó el cronómetro, afirmó su cuerpo al cinturón de seguridad y siguió a Francis en su viaje. En el tejado quedamos José y yo. Abajo, en la calle, las luces rojas y el débil gemido de las sirenas parecieron triplicarse.
—Tu turno —dijo José.
Sin decir nada más, me lancé al espacio. La sensación de estar colgando y deslizándome a la vez no era nueva para mí, porque la había experimentado muchas veces en los entrenamientos. Sin embargo, la velocidad, la altura, el miedo, me hicieron sentirme como un monigote mecánico zarandeado por la mano del marionetista. Mientras pasaba de un edificio a otro, apenas pude ver las luces brillantes de toda la ciudad, diluidas en un borrón granate. El viento me golpeaba la cara y me hacía lagrimear estúpidamente, trayéndome a la memoria la primera vez que monté en moto. Cinco segundos después, José me siguió. Los otros dos estaban esperando sobre el tejado del Palacio de Cristal. Demonios, lo estábamos consiguiendo.
—Bien, ahora viene lo más difícil —recordó Francis —. ¿Algún problema?
Todos negamos con la cabeza. Francis resopló aliviado y nos hizo colocar las gafas infrarrojas. Obedecimos. Quedaba ya muy poco tiempo. Eché una ojeada hacia abajo y estuve a punto de caer. No hubiera pasado nada, porque todavía seguíamos todos prendidos a la cuerda de metal, pero la posibilidad de bajar todos esos metros estuvo a punto de hacerme quitar los pies del estrecho e incómodo pedazo de cornisa que teníamos como asidero. Jhon no podía fallarnos ahora. La luz tenía que desaparecer. La ciudad debía quedar a oscuras. Vamos, Jhon, rogué, tú cumple con tu cometido y yo te prometo que olvidaré que eres un esquizoide.
—Tranquilos —recomendó Francis—. Todavía faltan quince segundos para el apagón; nada de perder la calma.
Conté hacia atrás, esperando que Jhon no nos fuera a dejar en la estacada en semejantes momentos. Puntual como un reloj suizo, el viejo Jhon-nariz-de-plástico hizo añicos la Central Eléctrica y la ciudad, de pronto, quedó oscura como si sobre ella hubieran derramado un tarro de tinta. Sólo quedó entonces el sonido. La oscuridad semejaba un gigantesco agujero negro en el espacio.
—¡Vamos! —rugió Francis, deslizándose hacia abajo por la pared de metal y plástico.
Los demás le imitamos, como si fuéramos paracaidistas de alguna misión secreta. Teníamos treinta segundos escasos para bajar los doce pisos y meternos dentro antes de que Madre pusiera en funcionamiento los sistemas de emergencia y la luz volviera a dar vida a la ciudad paralizada.
Francis desenfundó la pistola y la amartilló mientras bajaba. Frenó un poco su caída con los pies y disparó. Hubiera dado lo mismo que la ventana tuviera cristales a prueba de balas o papel de caña por barrotes, porque el disparo destrozó todo el marco y parte de la pared en un segundo. Todavía estaban salpicando trozos de piedra y metal cuando ya Francis, soltando el delgado cable, se introdujo dentro del edificio con una graciosa pirueta. Sondra, una fracción de segundo después, hizo lo mismo. Yo fui el siguiente en entrar, pero la suerte no quiso acompañarme. Entré rodando, igual que una pelota de carne, como habíamos hecho cientos de veces en los entrenamientos. Sentí un golpe en la muñeca izquierda e, inmediatamente, el sonido casi imperceptible del metal al romperse.
—¡Mierda! —exclamé— ¡El nulificador!
José entró entonces, ágil como un gato montes y listo para la acción con la pistola en la mano. Recogí apresuradamente el pequeño artefacto en forma de reloj y lo sacudí dos veces. Estaba muy nervioso, desde luego. La lucecita verde indicaba que todo funcionaba a la perfección, gracias a Dios. Solamente la cadena había resultado destrozada con el golpe. En los entrenamientos no habíamos previsto la posibilidad de que un trozo desperdigado de la ventana pudiera estropear un nulificador y poner en peligro nuestra supervivencia.
—¿Todo en orden? —preguntó Francis levantando la pistola a la altura del hombro. Parecía un reluciente personaje de las historietas. Un superhombre articulado dispuesto para la matanza.
—Sí —contesté yo, guardando en el bolsillo el aparato y quitando el seguro a la pistola al mismo tiempo—.¿Cuánto nos queda?
—Menos de diez segundos.
Francis dio dos pasos hacia delante y pareció reconocer en el pasillo desierto el plano que tantas veces habíamos estudiado unos días antes. Señaló a José y éste echó a correr el primero, destacando poderosamente su atuendo negro con el amarillo lechoso de las aredes. Una luz muy tenue inundó toda la estancia justo cuando los demás empezábamos a correr tras él. Inmediatamente, sonó una débil señal de alarma, íbamos a tenerlos sobre nosotros en un santiamén.
Salimos del primer pasillo y llegamos a una encrucijada de canales. Francis pareció titubear un momento, como si no estuviera seguro del camino a tomar, pero la decisión de los demás lo sacó de dudas. Teníamos que seguir hacia delante. Siempre hacia adelante. No había tiempo para dudas. Era correr o morir.
Quince segundos más tarde, al doblar una esquina, nos encontramos por primera vez con una patrulla de «seguris». Sólo eran dos, y parecían tan confusos y asustados como nosotros mismos. El calor de nuestros cuerpos, literalmente absorbido por el nulificador, bastó para que los desconcertados cyborgs no supieran con exactitud dónde estábamos.
Esto fue suficiente para que pudiéramos enviarlos sin contemplaciones al otro barrio. Francis disparó dos veces, haciendo blanco en el primer «seguri» con tanta precisión que éste no tuvo tiempo ni de sacar el láser de su funda. El otro cyborg encajó una bala explosiva entre los ojos y reventó con un gemido ronco. Había disparado José, así que ni Sondra ni yo habíamos tenido tiempo de estrenarnos. Bien, no había prisa. Otro caería.
Seguimos corriendo, mirando hacia atrás de vez en cuando por si venían tras nuestros pasos. En un segundo cruce parecieron otros dos malditos cyborgs, cortándonos el paso a Sondra y a mí y separándonos momentáneamente de José y Francis. La mujer disparó y el «seguri» se escoró hacia la izquierda, destrozado por el impacto. Cuando quise disparar, su compañero ya tenía el láser en la mano, cosa que me asustó y no me permitió precisar el tiro. Con las sienes latiéndome enloquecidas, hice fuego, pero sólo pude alcanzar al hijo de puta en la mano derecha, que estalló junto con la pistola. El «seguri» emitió un agudo quejido de dolor que me hizo saber que los cyborgs también sienten.
—¡Al corazón o a la cabeza! —recriminó Sondra con un tono de voz muy colérico—. ¡No lo olvides o perderás la vida!
Todavía no había terminado de hablar cuando el «seguri» fue alcanzado por sus disparos y terminó hecho pedazos. Ni siquiera tuve tiempo de dar las gracias a Sondra, porque ya corría por delante al encuentro de José y Francis. No tuve más remedio que correr tras ella. Maldición, que una mujer haga mi trabajo es algo que no me gusta.
Sonaron dos detonaciones al otro lado del pasillo, y el silbido chirriante de un láser al ser disparado. Frenéticos, llegamos a tiempo para ver cómo media pared se derrumbaba por el rayo rojo de uno de los «seguris». Francis rodaba por el suelo, disparando con las dos pistolas a un tiempo. José no estaba a la vista. Los «seguris» eran siete, y otros res estaban destrozados en el suelo. Pude apreciar que acababan de llegar en un ascensor que estaba todavía abierto. Dios santo, aquello debía ser nuestro final: Todos tenían sus
pistolas láser en la mano, y nos doblaban en número.
Sondra vació el cargador de una ráfaga y logró alcanzar a dos de los malditos puercos. Saltó detrás de la pared en ruinas justo a tiempo de esquivar tres rayos rojos. Francis, desde el suelo, disparó, y yo lo imité. Otra de las paredes se convirtió en polvo a mi espalda. Juro que ni siquiera tuvimos tiempo para pensar. No había miedo, ni nerviosismo. Era como estar contemplando una película en la que los personajes disparan y se matan. Exactamente eso. Incluso tenía la impresión de estar viendo toda la escena desde fuera, desde una butaca. La única sensación extraña era que faltaba la música que remarcara los momentos máximos. Escuché mi propia voz desde muy lejos gritando a mis compañeros que se apartaran, y noté que mis manos sacaban una granada del cinturón. Me vi a mí mismo arrojarla y me cubrí el rostro. Luego, la explosión lanzó trozos de carne de los cyborgs en todas direcciones y recobré la consciencia. Toda la pared, el suelo y el techo, estaban salpicados de sangre. Mi cara y mi cuerpo no eran una excepción. Al verme cubierto de rojo quise vomitar, pero tampoco pude hacerlo. Una segunda granada, arrojada por Sondra desde el otro lado, destrozó el ascensor y nos libró momentáneamente de una nueva acometida de los «seguris». El silencio que se produjo entonces me hizo experimentar un desagradable silbido en los oídos. Corrimos hacia donde estaba caído Francis.
—¿Y José? ¿Dónde...?
Francis se levantó trastabillando, completamente cubierto de polvo y de restos de sangre ajena. Hizo un esfuerzo por encontrar la voz y señaló el pasillo.
—Siguió corriendo —dijo mientras tosía como un tuberculoso. Señaló el ascensor inutilizado—. Vimos que venían más «seguris» y yo me quedé aquí para cubriros. ¡Dios, casi no lo cuento! Vamos, tal vez José esté en apuros más allá.
Volvimos a correr sin concedernos un asqueroso segundo de descanso. Los tres estábamos fatigados, pero no nos detuvimos. Mientras seguíamos los pasos de José, aprovechamos para recargar nuestras armas semivacías. No nos entretuvimos en recoger los lásers del suelo. Sabíamos que solamente un «seguri» es capaz de dispararlos.
Encontramos dos cyborgs más en el camino, pero los dos habían recibido sendos disparos de José unos segundos antes. Uno de los «seguris» todavía humeaba, cortocircuitándose. José no estaba a la vista, lo que nos hizo suponer que todavía conservaba la vida. Sin dejar de correr, eché una ojeada a mi reloj: Un minuto seis segundos. En la calle todavía debía estar explotando el Palacio de Justicia.
—Ya falta poco —jadeó Sondra—. Tal vez José ya esté allí dentro.
Francis asintió y apretó el paso. Las habitaciones de Haydn estaban situadas en el centro justo de la planta, después de los invernaderos artificiales que el propio tirano cultivaba. Treinta y un segundos después, cuando otros tres «seguris» habían sido quitados de la faz de la Tierra, nos encontramos con José, que corría hacia nosotros.
—¡A cubierto! —gritó—. ¡Esto va a estallar!
Nos tiramos al suelo y casi inmediatamente todo el piso se estremeció. La carga plástica, suficiente como para derribar una pared de hormigón y acero, nos zarandeó de un lado a otro. La luz de gran parte del edificio se cortó otra vez.
—Me alegro de veros con vida, chicos —dijo José incorporándose de un salto. Seguía teniendo la cara pálida, pero ahora había un brillo distinto en su mirada. Se me asemejó a un espectro, a una remota especie de no muerto escapado de su tumba—. El último obstáculo ha sido quitado de en medio. Ahora ya nada nos separa de Haydn.
Nos levantamos tan rápidamente como pudimos, todavía un poco aturdidos por la explosión, y seguimos a José, que en ese momento se había convertido en la cabeza del grupo. Bien, parecía que íbamos a lograrlo, después de todo. Yo no había dado un cobre por nuestras vidas, pero allí estábamos. Incluso habíamos llegado más lejos de lo que había supuesto en un principio. Entramos en el santuario violado de Haydn con las armas en la mano, dispuestos a continuar la batalla. Todo aquello no sirvió para nada, porque dentro no había nadie. Solamente, de entre los escombros, sobresalía la cabeza cercenada de un «seguri» muerto.
—¡Vacío! —exclamó Francis Shasta recorriendo las habitaciones con una expresión idéntica a la de un tigre encerrado en una jaula—. ¡Mierda, no hay nadie! ¡El maldito pájaro ha volado!
Luego habíamos recorrido todo el camino para nada. Las habitaciones estaban desiertas, sin rastro alguno de vida. No había el menor asomo de la presencia de Haydn. Ni siquiera los «seguris» estaban a la vista. Traté desesperadamente de pensar, buscando una solución convincente. Tal vez nos habíamos equivocado de habitación, o de camino. O tal vez fuera la ventana la equivocada. Una posterior mirada me convenció de que no era así. Aquellas eran las habitaciones de Laurenzes Haydn, no había duda.
—¿Dónde puede estar? —preguntó Sondra mordiéndose los labios llena de
frustracción—. ¿Dónde se puede haber metido?
Los cuatro pensamos durante unos segundos y llegamos inmediatamente a la misma conclusión. Si Haydn no estaba allí, si tampoco nos esperaban más «seguris», la única solución lógica era pensar que se habrían quitado de en medio apenas supieron que nos habíamos introducido en el edificio. ¿Dónde habían podido ir? La respuesta era bien sencilla: Al puesto de control de Madre.
—Ese hijo de puta nos va a poner las cosas todavía más fáciles #8212;masculló entre dientes José, con el mismo brillo asesino en la mirada—. Si está en Madre, si lo cazamos en Madre, nos ahorrará el trabajo de obligarle a llevarnos hasta ella.
Comprendimos inmediatamente lo que José quería decir. Haydn estaba tres plantas más arriba. Tenía que estarlo. La cabeza de Madre era inviolable. Posiblemente el viejo loco no imaginaba que fuéramos capaces de llegar hasta allí. Posiblemente seguía confiando en su muralla de «seguris». Posiblemente, ahora, nos daba ya por muertos. Bien, bebe tu último brandy, muchacho, y saboréalo hasta el final. Nadie iba a pararnos. Habíamos llegado hasta allí y no podíamos volver atrás. Nuestra única alternativa era subir. Madre iba a encontrarse con cuatro nuevos invitados.
El ascensor particular de Haydn era cilíndrico, brillante y muy rápido. No fue difícil dar con él a pesar de que estaba camuflado en una pared elegantemente adornada con tapices. Entramos en él y ni siquiera tuvimos que tocar ningún botón. La máquina subió directamente hacia arriba. Alguien de estúpido aspecto iba a llevarse una desagradable sorpresa.
Cuando la puerta se abrió, Francis y yo hicimos fuego sobre dos sombras oscuras que se acercaban corriendo. Eran dos «seguris», por supuesto. Recibieron cada uno cuatro impactos y murieron sin decir ni pío. Sondra y José salieron del ascensor. Habíamos llegado a la cabeza de Madre, por fin. El centro neurálgico del imperio de Haydn estaba en nuestras manos.
La sala era muy grande, de aspecto limpio, reluciente. Todo allí se asemejaba a un gigantesco centro espacial deshabitado. La iluminación fallaba, pero las paredes todavía parpadeaban en cientos de minúsculas luces rojas. Aquellos eran los paneles de mando. Los circuitos que regían toda Amsterdam en su conexión con el resto de la computadora, situada debajo de la ciudad.
Acurrucada en un extremo, pudimos ver una figura humana. No era un «seguri», aprecié, porque su estatura era más pequeña. Debía tratarse del propio Haydn. Se acercó a nosotros con los brazos en alto, cojeando, sin duda lleno de pánico. Era Haydn, en efecto. Y se rendía sin condiciones.
Sondra disparó cuatro veces. No eran balas explosivas, naturalmente, porque de ser así con un solo disparo habría bastado. La primera bala alcanzó a Haydn en el cuello, de donde brotó una oleada de sangre. El hombre se llevó una mano a la herida y la segunda bala se la atravesó con un nuevo chapoteo. Haydn gritó y todo lo que pudo decir quedó borrado por un gorgoteo insensato. La tercera bala perforó el corazón. La cuarta quedó incrustada en la cabeza. Cuando Haydn cayó al suelo ya estaba muerto. Me volví hacia Sondra, que todavía sostenía la pistola humeante en su mano izquierda.
—¿Estás loca? —grité fuera de mí—. ¿Qué demonios te crees que estás haciendo? ¡Éste no es momento de dejarse llevar por los nervios!
Todo se precipitó a partir de entonces. Sondra me miró con una expresión neutra y se limitó a encañonarme con la pistola. Parecía hastiada. A mi espalda, José y Francis se movieron rápidamente. Pude apreciar que no estaban sorprendidos por la acción de la muchacha. En mi mano, la Luger colgó laxa. Mi cabeza estaba a punto de estallar. Los nervios, la tensión, esta última jugada extraña. No entendía nada.
—El baile de máscaras ha terminado, encanto —dijo Sondra sin dejar de apuntarme—. Deja caer la pistola, niño, no quieras morirte antes de la cuenta.
Obedecí. La Luger resbaló de mi mano y produjo un chasquido seco al llegar al suelo. Sondra no tuvo que decirme nada más. Aparté la pistola con el pie, tal como había visto hacer en millares de malas películas. Por el rabillo del ojo, vi a Francis y a José muy atareados reprogramando a Madre. Debí haber hecho caso al consejo de mi abuelo: Me habían engañado como a un colegial. En cierto modo me lo tenía merecido, por estúpido.
—¿Por qué?— me oí decir. Mi voz sonaba fría y distante, apagada por la cólera y el miedo.
Sondra sonrió, con toda la maldad del mundo reflejada en sus ojos verdes. El pelo rojo tenía ahora un desagradable color de sangre. Es curioso, pero lo único que pensé fue que si hubiera terminado de estudiar aquella bella estupidez de dirección cinematográfica, ella habría podido hacer un convincente papel de madrastra.
—¿No lo imaginas aún, querido? No va a haber Revolución. No vamos a terminar con los «seguris». Todo se limitará a un... ¿cómo te diría yo? A un relevo en la dirección de la empresa. Nosotros vamos a tomar el mando. Fuera Haydn. Kaputt. Ahora seremos nosotros quienes decidamos las leyes. ¿No te parece simplemente perfecto? Ah, sabía que estarías de acuerdo.
Era imposible no estarlo. Así que toda la fachada de la Revolución no era más que un engaño. Nada de hermosos ideales, ningún deseo de implantar justicia. Poder. Todo lo había movido el simple ansia de poder. Un montón de gente había sido engañada, muerta, nada más para que otro cerdo tomara el lugar de Haydn. Muy bien. Hubiera deseado aplaudir, pero el miedo me paralizaba el gesto.
—¿Lindstrom?
—Aja. Él ocupará ahora el lugar de ese estúpido —dijo la mujer señalando el cuerpo de Haydn, bañado en su propia sangre—. Pero no lo llames así. Su verdadero nombre es Hostench. Me gustaría decirte que lo recordaras para el futuro, pero es inútil tomarse la molestia. Para ti no va a haber futuro, Steel. Eres demasiado estúpido para ocupar un lugar entre nosotros. Cuantos menos sepan los pasos que hemos dado hasta aquí, mejor para todos.
—Naturalmente. Apuesto a que tu nombre ni siquiera es Sondra. Apuesto a que los otros dos no se llaman José ni Francis.
Ella sonrió, excusándose. Maldición, debí haberlo supuesto. Sobre todo por José. Con aquel aspecto delgado y pálido no parecía en absoluto un latino. Oh, Dios, me había dejado engañar por aquel puñado de mal nacidos y ni siquiera había entrado en sospechas.
—Todo eso lo comprendo. Pero quiero saber por qué yo.
Sondra dejó caer sobre su otro pie el peso de su espléndido cuerpo. Realmente, estaba soberbia con aquella ropa negra.
—Ya te lo hemos dicho. Nuestra computadora eligió cuatro nombres para la misión. Uno de ellos eras tú. Aunque no eras de los nuestros, la computadora decidió que una mentalidad paranoica como la tuya nos hacía falta.
Agradecí el cumplido con una inclinación de cabeza. Ella continuó hablando pero se cambió la pistola de mano y sacó otra arma. Era la de las balas explosivas. Mi preciosa gatita no quería correr riesgos.
—Tardamos en encontrar un incentivo que te impulsara a decidirte, pero al final valió la pena.
—Ya. Como la historia de la araña y la mosca. ¿Es por eso por lo que has estado flirteando conmigo todo este tiempo?
Ella volvió a sonreír y entornó los ojos.
—Oh, no. Yo no era necesaria para esto. La encargada fue otra mujer. Una muchacha muy linda, por cierto. Creo que la conoces, Steel. Se llamaba Carolina Strautman.
El estómago se me revolvió y sentí cómo me invadía la náusea. Estuve a punto de caer. Una niebla roja me cubrió los ojos. Carolina Strautman no. Yo había visto cómo la mataban los cyborgs. Carolina Strautman no podía ser uno de ellos. Ella era distinta. Tenía clase. Luché por no perder la consciencia.
—¿Quieres decir que ella se dejó matar por esto?— dije con un hilo de voz. La bilis se me retorcía detrás de los dientes.
Sondra volvió a sonreír. José y Francis continuaban tecleando. La reprogramación de Madre era complicada, pero ellos estaban perfectamente adiestrados para hacerlo.
—No exactamente —dijo la mujer—. Ella no sabía lo que nosotros pretendíamos. Como tú, pensaba que la Revolución era nuestro objetivo. Oh, hay muchos que creen lo mismo entre nosotros. Desgraciadamente, pronto llegarán a darse cuenta de lo equivocados que estaban. Carolina y su estúpido novio se sacrificaron por ti. ¿No te conmueve un poquito?
No me conmovía nada. Solamente me irritaba. Me enloquecía. Aquellos puercos y sus palabras bonitas. Sus apetecibles mujeres, sus inventos perfectos. Lindstrom debía nadar en oro, maldito hijo de puta. Habían estado jugando con fuego durante mucho tiempo, pero al final habían aprendido a dominarlo sin quemarse. Hale hop, detrás de las máscaras quedaban al descubierto sus feos rostros.
Sondra amartilló la pistola, que retumbó en mi cerebro como el crujido de una cucaracha al aplastarse. Los ojos verdes, malignos como los de una serpiente, sonrieron ante mi futura muerte. Iba a disparar.
—Una última pregunta —dije desesperadamente, tratando de ganar tiempo—. El coche. ¿Fuisteis vosotros quienes interceptasteis el Open de mi coche?
—Claro. No podíamos correr el riesgo de que te frieran detrás de Carolina Strautman. Creo que la muy estúpida ni siquiera sabía que iba a morir.
—¿Cómo lo hicisteis? ¿Desde otro coche cercano?
—Oh, no. Fue la propia Carolina quien lo estropeó. Cuando los «seguris» la
interceptaron, el emisor dejó de funcionar y la puerta se abrió. Francis —vamos a llamarlo así— es realmente un tipo muy inteligente.
Y yo era un pedazo de burro. Mientras ella hablaba, busqué una posibilidad para escapar. El ascensor estaba todavía allí, abierto. La pistola estaba en el suelo, demasiado lejana para que pudiera alcanzarla. Me maldije a mí mismo, reprochándome haber tirado las otras dos pistolas vacías en la habitación de Haydn. Una luz en los ojos de Sondra me advirtió de que iba a abrir fuego.
—Adiós, Steel. Ha sido un placer conocerte.
Y disparó. En el momento exacto en que ella apretaba el gatillo, salté hacia la derecha, hacia la pistola caída. Sentí la bala explosiva estallar muy cerca y rodé por el suelo. Jadeando, alcancé la Luger con la mano derecha y traté de levantarme. Para hacerlo quise apoyar la mano izquierda en el suelo y entonces vi que ya no me quedaba mano izquierda. La explosión me había destrozado todo el brazo hasta la altura del codo. Me mordí los labios con desesperación. Todavía faltaban unos segundos para que el dolor viniera, cortante y rápido.
Una segunda bala hizo impacto a pocos centímetros de donde yo había estado dos segundos antes. Rodé sobre mí mismo y disparé tres veces, segando en un abanico de fuego las vidas de José y Francis. Sondra recibió un disparo en la mano derecha, con lo que quedábamos a la par. Su pistola y sus dedos se diseminaron en un arco rojo mientras ella gritaba. Una segunda bala se incrustó en la barbilla de Francis Shasta, que apenas tuvo tiempo de sentirlo. José recibió al impacto en el estómago, y la mitad de cuerpo voló en pedazos.
Me levanté tan rápidamente como pude. Sondra sollozaba en el suelo, presa del dolor y la rabia. No quise tener para con ella un gesto de piedad y me negué a concederle el tiro de gracia. Quería que sintiera tanto dolor como estaba sintiendo yo. Me di la vuelta y corrí hacia el ascensor abierto. Entré en él justo cuando la mujer sacaba otra pistola y la apretaba fuertemente con su mano izquierda. Dos impactos de bala no explosiva se introdujeron en el ascensor antes de que la puerta se cerrase. Respiré hondo mientras bajaba a toda velocidad. No sabía cómo podría salir de allí, con todas las plantas infectadas de «seguris». Me cazarían como a un conejo. Bien, al menos moriría matando.
El ascensor se paró en la planta baja, y la puerta empezó a descorrerse muy lentamente. Ante mí apareció la figura negra de un «seguri». Sin dudarlo un momento, disparé, y el cyborg reventó con una expresión de mortal sorpresa en el rostro. Salí al pasillo desierto. ¿Qué demonios pasaba allí? No había nadie a la vista. Los demás «seguris» parecían haberse volatilizado. Nadie venía en mi búsqueda.
Sin esperar a que aparecieran, eché a correr hacia la salida del edificio. Solamente dos «seguris» más intentaron cerrarme el paso, y ninguno de los dos pudo conseguirlo. Entonces me di cuenta de que mi repentina racha de buena suerte debía agradecerla al nulificador calorífico, felizmente oculto en el bolsillo de mi pecho. No dejaba de ser una absurda paradoja pensar que si hubiera seguido con él en mi muñeca lo habría perdido junto con el resto de mi brazo. Me volví a morder los labios y seguí corriendo.
Salí a la calle sin ningún otro percance. La ciudad estaba todavía oscura y silenciosa. Bajé los escalones de mármol y dejé atrás el maldito Palacio de Cristal. Veintisiete plantas más arriba, Sondra tendría tiempo de terminar de reprogramar a Madre, aunque hacerlo con una sola mano le costaría mucho trabajo. No pude evitar echar una mirada hacia arriba mientras corría entre las calles y me perdía en la oscuridad de la noche.
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