Desde los asientos del autobús desierto, mientras recorrían las calles que poco a poco se iba comiendo la noche, vieron un coche estampado contra un árbol. Un accidente. Silvia se volvió a mirarlo al pasar, pero Alberto no le prestó importancia, quizá porque pese a lo aparatoso del hecho no había sangre. Unas calles más adelante, encontraron otro coche en circunstancias similares. Y, unos minutos después, un flamante Renault estrellado contra una farola.
––¿Has visto eso? –preguntó Silvia––. Tres accidentes.
––Cinco.
––Yo he contado sólo tres.
––Porque no te fijas lo suficiente. Cinco coches, uno contra un árbol, ese contra una farola, otros dos de frente, y el último empotrado en la marquesina de un colmado, tres calles a la derecha.
––Pues se me han pasado dos. ¿No es extraño?
––¿Por qué iba a serlo?
––¿Suele haber tantos accidentes?
––Una noche como anoche, sin duda. Todos los idiotas que han salido a celebrar el fin de año con mucha gasolina en el depósito y todavía más alcohol en el estómago. Nada extraño por esa parte. Mañana lo sacarán en primera plana todos los periódicos.
––Pero nosotros no.
––No a menos que alguno de ellos llevara un cadáver destripado en el maletero. Cosa que, en ese seiscientos que hemos visto antes, tendrían que haber hecho en trocitos muy pequeños.
Llegaron por fin a la parada que más cerca los dejaba de su destino. Carabanchel, integrado en Madrid desde hacía apenas un año, conservaba todavía los elementos del pueblo del extrarradio que había sido siempre: calles sin asfaltar donde la lluvia había abierto charcos como llagas negras en el suelo, farolas que proyectaban conos de luz amarilla y sucia contra las paredes de unos edificios que dentro de poco serían pasto de la piqueta. Un bar abierto, como una mancha blanca contra la noche, donde alguien tocaba una guitarra y entonaba un fandango que recordaba una tierra dejada atrás en busca de un futuro que todavía no había aclarado. No había niños jugando en la calle, quizá por el frío, la lluvia y la hora, ni mujeres de pecho generoso ofreciéndose por treinta duros. Alberto no se extrañó: la calma de las calles indicaba que la madán estaba cerca.
No tardaron mucho en orientarse y en seguida llegaron a la casa de autos, como tendrían que definir al inmueble cuando redactaran el artículo. Cuatro plantas, una zapatería en el bajo, una frutería donde colgaba un cartel de “Se traspasa”. En la misma calle, al fondo, un cine de barrio anunciaba en sesión doble “El tigre de Chamberí” y “Los jueves milagro”.
Había dos 1400B de la policía aparcados ante el edificio, y media docena de números fumando en la puerta, con los capotes hasta las rodillas y los subfusiles al hombro. Alberto comprobó que no se había equivocado: no sólo habían llegado antes que el juez que tendría que ordenar el levantamiento del cadáver. También habían llegado antes que la Brigada de Investigación Criminal.
En la otra acera, literalmente, apoyado en su Vespa amarilla y añil, Juanito Arroyo fumaba un cigarro emboquillado sujetándose el codo derecho con la otra mano. La moto, nuevecita y algo estrafalaria en sus colores, le hacía pensar siempre a García si “Libélula”, que era como en la redacción llamaban al fotógrafo por no llamarlo directamente “Mariposón”, se sentía al ir montado en ella como Gregory Peck o como Audrey Hepburn.
––Hombre, Alberto, por fin. Menos mal que has llegado, ya se me estaba empezando a congelar el culete, hijo.
––No te puedes imaginar lo que cuesta encontrar un taxi un día como hoy, Juanito. Lo normal. También el gremio tiene que descansar –respondió García, y antes de que Silvia tuviera tiempo de abrir la boca, se apresuró a añadir––. Te presento a Silvia Velázquez. El Ogro me la ha encasquetado para que le enseñe el oficio. Silvia, éste es Juanito Arroyo, nuestro Robert Capa de andar por casa.
El fotógrafo miró a Silvia de arriba a abajo, midiéndola pero no como la había medido un rato antes el propio Alberto. Libélula calibró el peinado, el maquillaje, el abrigo y los zapatos. La sonrisa de oreja a oreja demostró en seguida que había pasado el escrutinio con buena nota.
––Encantado –dijo, y no se cortó un pelo y estampó con naturalidad dos besos en las mejillas heladas de Silvia––. Te he leído alguna cosa. Sábado Gráfico, ¿verdad? Aquel reportaje sobre Balenciaga. Di-vi-no. ¿De verdad que lo conociste en París? Oh, la, la, qué envidia, qué envidia…
––No te imaginaba yo leyendo artículos que no fueran de artistas de cine o de muertos –se burló García.
––Eso es porque no tienes sensibilidad ninguna, Albertito. Como esos cuatro hijos de su madre de allí al fondo.
––¿Los polis?
––Esos. Que les ha dado por no dejarme pasar. Así no hay quien trabaje ni nada. Y se me está haciendo tarde y mi madre estará ya preparando la cena…
––Hoy se cenan las sobras de anoche, no me seas llorón. No le va a costar ningún trabajo a la buena de doña Pura, si además te mima demasiado. Ah, ahí están ya Ceballos y el séptimo de caballería ligera.
Un coche negro aparcó levantando una ola de agua negra de un charco y dos policías de paisano bajaron casi al unísono, cada uno por una puerta delantera. Vestidos de oscuro, de constitución similar, podrían haber parecido hermanos gemelos si no fuera porque uno era calvo y el otro no, y porque el calvo le sacaba dos palmos de altura a su compañero. Se movían con gestos milimétricos, las manos sueltas a los lados de la americana, como si esperaran tener que sacar en cualquier momento una pistola. Uno de ellos se volvió a inspeccionar los alrededores y en seguida reconoció a García.
––Hombre, Alberto, si estás aquí y todo –dijo, forzando una sonrisa de tiburón que ampliaba la separación de sus dientes caballunos. Pese a su poca altura, tenía aspecto de hombre duro, y lo era.
––Pues no será gracias a ti, Ceballos.
––Te he llamado a casa, hombre. Tu mujer me contestó con cajas destempladas. Imagino que ni has aparecido por allí desde hace un par de días, ¿no? Qué crápula eres. En Nochevieja, y de picos pardos. Ya me gustaría a mí ser como tú… ––rió. Alberto se volvió incómodo y detectó la expresión de sorpresa en los ojos de Silvia y la mueca de resignación de Juanito Arroyo, que conocía al dedillo sus fechorías privadas––. Me supuse que en la redacción de tu periódico no habría nadie –dijo el policía, dando el asunto por zanjado.
––Pues lo había. Menos mal que el jefe tiene pinchada vuestra emisora.
––Hoy por ti, mañana por mí. Vamos a entrar, ¿vienes?
––Vamos. Pero tus hombres no dejan entrar a mi fotógrafo.
Luis Ceballos chasqueó la lengua y miró a Arroyo desde su metro sesenta de altura. Se empinó imperceptiblemente, y su lenguaje corporal dejó claro, para Silvia, que se consideraba más que capacitado para derribar al fotógrafo de una bofetada. Sólo le faltaba una excusa. O las ganas.
––Órdenes de la jefatura, Alberto –dijo el policía––. Aquí el aprendiz de Campua no puede entrar. De momento, al menos, dadas las características del caso. No vaya a ser que al final nos resulte sospechoso.
Detrás del teniente de la BIC, los policías armadas no pudieron contener la risa. Juanito Arroyo, que se supo a punto de estallar, supo también que no podía hacerlo y agachó la cabeza.
––No me vengas ahora con esas, Luis –insistió Alberto García––. Que no está el ambiente para cachondeo. Y el hombre lleva aquí más de una hora pasando frío.
––¿Y qué quieres que yo le haga? Ellos mandan y yo obedezco. Libélula, lo siento. No hay tu tía. Allí arriba han apiolado a un maricón, y según el informe es algo desagradable. Nosotros vamos a verlo ahora. Por lo que dicen, debe tratarse de un asunto de celos. Me juego el cuello si encima te llevo a verlo.
––Si nos quieres acompañar, podemos llevarte al cuartelillo a declarar –apuntó el compañero de Ceballos, Ormaeche, el calvo––. Ya sabes, por si nos puedes informar de algo que no sepamos, tú que eres un experto.
Las carcajadas de los policías resonaron burlonas en la calle desierta.
––¿Y si seguimos la conversación dentro? –preguntó Silvia, arrebujada en su abrigo. En la oscuridad del portal, sus ojos verdes ardían como dos llamas––. Aquí hace demasiado frío y está empezando a lloviznar.
Por tercera vez en la misma noche, y aunque estaba acostumbrada a que la miraran, Silvia Velázquez sintió como la analizaban de los pies a la cabeza. No le resultó difícil comprender que el examen que el policía estaba haciendo de su vestimenta difería en todo del que había hecho unos minutos antes el fotógrafo. Más que buscarle las formas por debajo del abrigo, Ceballos la había desnudado con la mirada y los efectos de su imaginación se habían reflejado, por un instante, en aquellos ojos que durante el día observaban el mundo desde unas gafas oscuras que ahora sin duda echaba de menos.
––Le aseguro, señorita –dijo el teniente de la BIC cuando terminó de pasearse por su cuerpo––, que no va a encontrarse un espectáculo apropiado para una dama. Si quiere, puede esperar en el coche patrulla y le diré a uno de los números que le traiga un chocolate caliente y unas galletas.
––Se lo agradezco, pero no es necesario –atinó a responder Silvia.
––No me vengas con esas a estas alturas, Luis –intervino García––. La señorita tiene clase, vale, pero también experiencia. Ha sido corresponsal, nada menos que en París. Está curtida en estas cosas, ¿verdad, Silvia? Oh, no os he presentado, qué cabeza la mía. Silvia Velasco.
––Velázquez.
––Velázquez, eso es. El teniente Luis Ceballos. Aunque nunca aparece en los créditos, podíamos decir que es uno de los muchos colaboradores de El Caso. ¿Verdad, Luisito? Hoy por ti, mañana por mí, ¿no? Mira, si quieres, de acuerdo, que Juanito se quede aquí. Y que tus hombres le traigan un café para que entre en calor. Es lo menos.
––¿Qué? –el fotógrafo no se pudo contener––. ¿Qué me quede yo aquí? ¡Pero bueno!
––Tú déjame hacer a mí. Ya hablaremos luego en la redacción, hombre. Ni que fuera la primera vez que hemos tenido que tirar de archivo. ¿Qué me dices, Luis?
––De acuerdo –Ceballos accedió a regañadientes; de pronto, su fachada de protector de la ley y el orden había quedado resquebrajada cuando, sin decir nada, García había dejado claro que también él tenía sus medios de ganarse un sobresueldo––. Pero chitón, como siempre. Y sin tocar nada, ¿estamos?
––Ni que nunca hubiéramos visto a un muerto, Luis, por Dios.
––Qué quieres que te diga, Albertito. A mí todavía más de uno me da escalofríos, y me temo que este vaya a ser uno de esos.
––¿Por algo en particular?
––Porque para matar a alguien en Nochevieja tienes que estar muy cocido o ser muy hijo de la gran puta. O las dos cosas. Vamos subiendo.
El policía echó a andar, seguido de su compañero calvo. Alberto García se volvió hacia Silvia y, con un susurro casi paternal, le indicó que lo siguiera.
El crimen había tenido lugar en el segundo piso. Había una puerta abierta en el rellano, de par en par, sin signos de fuerza. Un policía armada la custodiaba, como si fuera a esperar que los vecinos de las otras tres puertas fueran a entrar a llevarse a saco las joyas o el contenido de la despensa. El silencio era innatural, aunque García no tuvo ninguna duda de que los vecinos estaban asomados a las mirillas, al quite de todo. Se detuvo y se dio la vuelta, como inspeccionando el rellano. En realidad, lo que quería es que vieran bien su cara para cuando tuviera que regresar, sin policías de por medio, para hacer preguntas.
––¿Quién os ha dado el chivatazo, Ceballos? ¿Los vecinos?
––El casero. Al parecer la radio estaba sonando a toda leche desde hacía horas. Dice que era lo corriente, y que buenas trifulcas había habido ya con los vecinos. Pero si un día normal ya es una lata tener a un melómano en la casa, imagina después de la sobredosis de anís y polvorones. Viendo que la música no paraba y eran más de las dos de la tarde, imagino que la hora en que los demás vecinos despertaron de sus propias borracheras, uno de ellos vino a aporrear la puerta.
––Para empezar el año en paz y armonía.
––Cuando a uno le tocan los cojones, se los tocan, Albertito. Pero la puerta estaba entreabierta, y cuando entró dispuesto a arrancar los cables de la puta radio, se encontró el cadáver. Así empezó su año.
––Y lo terminó el otro. ¿Sabéis quién es?
––Morales lo está investigando abajo, con el casero y los vecinos. Un chapero, ¿quién quieres que sea?
La única habitación era a la vez comedor, cocina y dormitorio; había un cuartito de baño común para todos los vecinos en el pasillo, ya lo habían visto. La cocina apenas ocupaba una repisa en un rincón. La cama era grande, con el cabecero de hierro forjado. Debió ser una buena cama en tiempos, pero ahora estaba vieja, oxidada, demasiado aparatosa para aquel cuartucho. Había un bulto sobre ella.
Alberto y los dos policías intercambiaron una mirada de disgusto. Los tres reconocieron inmediatamente el olor dulzón. Ormaeche encendió la luz. Y entonces lo vieron. Silvia, detrás de los tres hombres, intentó pasar. Pero Alberto no la dejó.
––Juanito ha hecho bien en no subir –murmuró.
––¿Por qué?
––Porque no nos iban a dejar publicar las fotos de todas formas.
Sabiendo que tarde o temprano iba a tener que ceder, Alberto se hizo a un lado y Silvia, temerosa, lo adelantó.
Sobre la cama deshecha, en medio de un charco oscuro, había tendido un muchacho, boca abajo, desnudo. Su postura indicaba claramente que no dormía, aunque ya descansaba. Tenía el cuerpo torcido, paralizado en la muerte, ese último rictus que Alberto había visto tantas veces, en el frente ruso, cuando los camaradas caían para no levantarse nunca y quedaban desmadejados sobre la nieve, como desmadejado estaba ahora el muchacho sobre unas sábanas que su desangramiento había teñido de ese mismo rojo oscuro que mancha a veces los costados de los toros en el ruedo. Y un toro parecía, en efecto, pese al tono azulado de su piel fría, pues en su espalda sobresalía un hierro, un arpón oscuro y torvo que lo empalaba al colchón. Silvia dio un paso a la izquierda, incapaz de respirar y sofocada por el aroma dulzón que identificaba sólo ahora, y el cambio de perspectiva le permitió ver las muñecas atadas con alambre, en carne viva, la cabeza abierta del muchacho con el cráneo levantado que se desparramaba gris, salpicando el suelo y las paredes, y también comprender que aquella barra de hierro no atravesaba al cadáver por la espalda precisamente, sino más abajo.
––“El interfecto presentaba una herida inciso-contusa en el cráneo y un arponazo post-mortem en el orto” –murmuró Alberto García, dando voz al artículo que ya tenía en la cabeza.
––¿El “orto”? –preguntó Ormaeche.
––Tienes que leer más, Diego, que luego no te enteras. Si no puedo poner que le han taladrado el culo con una barra de hierro, tengo que recurrir a palabras más cultas. ¿Tú sabes lo que es un “interfecto”? Pues el mismo caso. Las cosas de la censura –se volvió hacia Silvia––. Si vas a vomitar, hazlo fuera, patito. Aquí la policía se molesta siempre porque dicen que se lo echamos todo a perder.
Silvia asintió. Estaba tan pálida como el muerto. Salió al pasillo, tomó aire unas cuantas veces, combatió la náusea como pudo, ante la mirada condescendiente del policía de uniforme que controlaba la puerta. Durante un segundo, tuvo la certeza de que iba a vomitarle en las botas. Superado el ataque de pánico, entró de nuevo en la habitación.
Los tres hombres fumaban, aprovechando el humo para encubrir sus muecas de repugnancia y sofocando en tabaco el olor de la muerte. Para no tocar nada, los tres se habían metido las manos en los bolsillos. Ceballos, impaciente, sacó la izquierda y miró el reloj contrachapado.
––Así cualquiera, leches. Así cualquiera. A saber a qué hora se colará el señor magistrado para proceder al levantamiento del cadáver. Ormaeche, llama otra vez a la comisaría. Diles que vayan despertando a los gandules de las huellas, que si no cuando lleguen vamos a necesitar mascarilla. Y ya tarda en llegar ese fotógrafo.
––Tengo uno abajo, por si te hace falta –se burló García.
––Ya tenemos bastante con un maricón muerto –escupió el teniente––. No vaya a ser que le dé por desmayarse o a echar hasta la primera papilla también a él.
––Si se refiere a mí, todavía no he vomitado –dijo Silvia, desde la puerta––. Ni voy a hacerlo.
Los dos policías se volvieron a mirarla. Alberto García siguió fumando.
––Veo que los cojones de tu equipo están al revés, Albertito –dijo Ceballos––. Aquí la rubita no tendrá experiencia, pero le echa valor.
––¿Pueden hacer ya una composición de lugar? –quiso saber Silvia, sin darse cuenta de que por algún motivo García no preguntaba nada––. ¿Saben qué ha pasado aquí?
––Un espectáculo asqueroso, señorita, ya lo está viendo –dijo Ceballos––. Una riña de maricones, lo más probable. Cuestiones de celos. O de dinero. O las dos cosas. Un asunto sórdido. Así se las gasta esta gente.
––O sea, no es un crimen pasional.
––Bueno… depende de cómo lo quiera usted ver, señorita. No ha sido cuestión de un cachiporrazo y a correr, eso está claro: ahí tiene al pobre chapero, con la cabeza abierta, una barra de hierro en el orto, que supongo que querrá decir el mismísimo culo, y encima atado con alambre. O estaban jugando a hacerse daño y se les fue la mano, o es un ajuste de cuentas.
––Está también la silla.
Los tres hombres se volvieron hacia Silvia.
––Aquí estuvo sentado alguien.
Ormaeche sonrió y salió de la habitación a llamar por teléfono, como le había ordenado su compañero. Ceballos cruzó una mirada con García, pero Alberto simplemente se encogió de hombros.
––Muy perspicaz, muchacha. Parece que nuestro desdichado “interfecto”, que eso sí me lo sé, significa “la víctima”, ¿no, Alberto? Parece que nuestro desdichado interfecto estuvo atado en esta silla antes de que lo apiolaran. Se nota en las marcas que hay en el respaldo, hechas posiblemente con el mismo alambre que usó el asesino para luego atarlo a la cama, antes de abrirle la cabeza y taparle el agujero.
Silvia, no muy convencida del todo, señaló las pequeñas baldosas del suelo. Dos de ellas estaban rotas, y había un imperceptible reguero de cerámica junto a las patas de la silla.
––El que estuvo aquí sentado se debatió a base de bien.
––Lo torturaron. Ya lo he dicho. Por eso pienso que el móvil no fue sólo cuestión de celos, sino de dinero.
Silvia asintió, como si la explicación del policía fuera más que suficiente y su curiosidad estuviera satisfecha. Sin embargo, volvió a la carga:
––La silla está mirando hacia la cama. Si el chaval estaba atado allí, ¿por qué esa orientación? ¿Qué había en la cama que obligaron a ver a la persona que estaba aquí atada?
––-No había nada ––negó Ceballos, obstinado––. Eso es evidente. El asesino ató al muchacho a la silla y le dio de hostias, mientras el sonido de la radio apagaba los gritos y los golpes, o qué se yo. Luego, cuando consiguió arrancarle la confesión que buscaba, dónde está la pasta, o los herretes de Juanita Reina, o lo que fuera, lo arrastró hasta la cama, lo ató al cabecero, y le reventó el cráneo. El que la silla estuviera en esa posición es una puta casualidad. No se pase de lista y quiera hacer mi trabajo, que yo no les digo a ustedes lo que tienen que escribir.
––Venga, Luis –intervino García, conciliador––. La chica sólo quiere ayudar. Es primeriza.
––Pues que no enrede. Ea, se acabó lo que se daba. Id saliendo de aquí que está a punto de llegar el juez y no quiero que luego me eche la bronca.
––Me mantendrás informado, ¿no?
––Ya veremos. Venga, arreando.
Alberto y Silvia bajaron las escaleras y llegaron a la calle justo a tiempo de ver cómo un hombre de abrigo oscuro y cara de malas pulgas, acompañado por un secretario pequeño y presuroso, bajaba de un coche de importación. El juez de guardia y su secretario.
Juanito Arroyo seguía esperándolos junto a la Vespa, alejado de los guardias que, de todas formas, le habían traído un café como acto de contrición. Los tres periodistas se reunieron y, al volverse a mirar la casa, Alberto se vio obligado a adoptar el papel que menos le gustaba, el de jefe del escuadrón de la muerte.
––Nunca, patito, nunca le digas a uno de la pasma cómo tiene que hacer su trabajo –dijo, severo, y Silvia no pudo sino bajar la cabeza––. ¿Crees que Ceballos es tonto? ¿Qué ha llegado a teniente de la Brigada de Investigación Criminal porque no se da cuenta de los detalles? La cosa es mucho más sórdida y más complicada de lo que quiere admitir, al menos ante nosotros, que somos a fin de cuentas unos mindundis a los que desprecia, aunque saque tajada del fondo de reptiles al revés que tenemos montado. Claro que ahí ha pasado algo raro. Y claro que han torturado a ese chaval delante de alguien. Es lo primero que vi, antes que el cadáver: la silla y los arañazos.
––Yo… ––Silvia titubeó––. Lo siento.
––Da lo mismo. A fin de mes, Ceballos volverá a ser un tipo encantador y nos informará de todo lujo de detalles.
––¿A fin de mes? ¿Vamos a esperar tanto?
––Claro que no. Mira, ya empiezan a llegar los técnicos –Alberto señaló otros dos coches que llegaban a la escena––. Se pasarán lo menos un día buscando huellas y removiendo Roma con Santiago. Y entrevistando a los vecinos, a los curiosos, a los que buscan notoriedad y a todos los chaperos que tengan la mala suerte de vivir por aquí cerca.
––Precintarán la vivienda, ¿no? Como de costumbre –preguntó Juanito Arroyo, quitándole el calzo a la Vespa. Se le hacía tarde y estaba congelado.
––Aquí no tenemos nada que hacer, por el momento –confirmó Alberto––. Hasta el sábado por la tarde, como poco, la madán estará al quite de quién entra y quién sale. Luego el caso, si no se resuelve en un plisplás, irá al fondo de otros casos. No creo que Ceballos lo resuelva tan rápido: no es su estilo, y menos con las fechas de por medio. Lo cual me recuerda… ––Alberto se frotó los ojos––. Joder, algún día tendré que aprender a no perderme de camino a casa.
––¿Es verdad lo que dijo ese policía, que no has aparecido por allí desde hace un par de noches? –preguntó Silvia––. ¿Siendo Nochevieja y todo?
––A lo mejor por ser Nochevieja, patito. Uno es así de complicado. Vamos a ver, antes de que empiecen a mirarnos raro. Cada uno a su esquina. El sábado por la tarde, Libélula, te quiero aquí.
––¿Otra vez? ¡Pero si no voy a poder sacar fotos!
––De un chapero con una barra de hierro en el culo, claro que no.
––¿Con una barra en…? ¡Qué horror, por Dios!
––Pero el sábado ya habrán levantado el cadáver, y aunque no podamos entrar en el piso, y sabemos que normalmente somos capaces de hacerlo, el piso de arriba o el de abajo deben tener la misma distribución. A ver si te dejan hacer unas cuantas placas y las colamos como escenario del crimen.
––¿Con maquillaje o a pelo? –preguntó el fotógrafo.
––Según cómo te dejen. Mira a ver cómo andan las cuentas del Ogro. Si la gente tiende la mano y traga, con maquillaje. Si no, la habitación tal cual, no vaya a ser que encima se molesten si les deshaces la cama. ¿Silvia?
––¿Sí?
––Ven con él. Eres más mona que yo, te habrán visto por las mirillas con la carita de susto. Interroga a los vecinos, sé tú misma, encandílalos. Alguien tiene que haber visto u oído algo, aparte de la radio a todo volumen. Un tío saliendo a toda leche por la puerta, un coche extraño en la calle, qué se yo. Me da que semejante escabechina no la hace un hombre solo.
––¿Y tú qué vas a hacer?
––¿Yo? –Alberto se encogió de hombros––. Volver a casa, que ya toca. Tengo suerte de que, como es fiesta, la parienta no habrá cambiado la cerradura, aunque es capaz. Y dormir, que estoy muerto en pie.
––¿No nos veremos aquí el sábado?
––El sábado tengo que llevar a mis críos al Price. Después, ya hablamos.


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