De esta noche, le sorprendía siempre el silencio. Como siguiendo una especie de toque de queda, a pesar de las luces encendidas en las casas, no se escuchaba un alma en todo Madrid, igual que imaginaba que no se escucharía en toda España. Noche de Reyes, pijamas de felpa y niños con los ojos cerrados a la fuerza, intentando conciliar un sueño que no venía mientras los padres, en la habitación de al lado, trataban de no dormirse y esperaban el momento que no llegaba nunca para sacar los juguetes de los diversos escondites que habían repartido por toda la casa.
Siendo la menor de cuatro hermanos, Silvia llegó demasiado tarde al secreto de esta noche. Descubrirlo fue una desilusión inevitable, pero pasajera. Otras desilusiones tardarían mucho más tiempo en borrarse, si es que lo hacían alguna vez. Recordaba las miradas de complicidad de Juan Carlos, de José Antonio, de Ramiro, y la exquisita parsimonia con que sus padres, cuando ambos vivían, la enviaban a la cama después de obligarla a cepillarse bien los dientes y rezar tres avemarías. Luego, aquel suplicio del frío bajo las mantas, los crujidos de la casa, a veces la lluvia y una vez la nieve contra las ventanas, roces minúsculos que en cualquier otra noche no le habrían llamado la atención y que sin embargo esa noche resonaban como cañonazos y la mantenían despierta y nerviosa. Siempre flotaba aquella amenaza que no entendía del todo: los Reyes no vendrían si los esperaba despierta, o si se asomaba a verlos, a pesar de que ya se habían dejado ver en la cabalgata y un par de veces, en el Casino, habían acudido a regalar a los hijos de los socios algún juguete como adelanto.
Pero no había más remedio que intentar dormir. Se cubría la cabeza con las mantas cuando no lo conseguía, y al amanecer era la primera en la casa que salía al encuentro con la sorpresa esperada. Llegó a pensar que los Reyes debían ser tan ancianos que no sabían leer ya muy bien, porque aunque siempre le traían aquellas cosas que pedía, nunca faltaba algo que no había pedido, y que acababa por encandilarla. A menudo Silvia se preguntaba dónde estaban ahora aquellos Reyes, dónde estaba ahora aquella niña.
Doña Pilar la estaba esperando, como ya sabía. El servicio se había retirado. Ninguno de sus hermanos vivía ya en casa: Juan Carlos trabajaba en un bufete a caballo entre Madrid y Barcelona; iba a hacerse de oro pero al coste de una úlcera, pero era el camino inevitable si quería algún día un escaño en las Cortes. José Antonio estaba trabajando con Lucio Costa en la construcción de Brasilia, y Ramiro, consagrado a la carrera militar, el único que había seguido los pasos de su padre, estaba destinado en la base aérea de Zaragoza, jugando con los modelos a escala real de las maquetas que todavía adornaban su cuarto y que, hasta anteayer mismo, tal noche como hoy, componían su propia lista de regalos.
Un beso en la mejilla de su madre, las preguntas de rigor (“¿Has cenado? ¿Quieres que te prepare algo?”, “No, déjalo mamá, ya me hago yo misma un bocadillo”) y un rato delante del televisor, esa caja mágica que había sustituido en la familia las voces mágicas de la radio. Decían que era el aparato del futuro, que ya había más de cincuenta mil casas con sus receptores de importación, pero de momento a Silvia no le atraía demasiado el invento, quizá porque prefería las pantallas enormes del cine, o porque las horas de emisión eran tan escasas que siempre la pillaban a trasmano. Su madre, sin embargo, se pasaba las horas allí delante, como si estuviera dispuesta a entablar una conversación de un momento a otro con Matías Prats o con Mario Cabré. Tanto mejor. El sonido algo estridente de la pantallita en blanco y negro disimulaba los silencios que se habían abierto entre ambas.
París les había traído un distanciamiento inevitable. Fue la negación de todo en lo que Silvia había creído, el despertar a un mundo adulto que esgrimía las creencias según le convinieran en el momento. Silvia no había podido hacer nada al respecto, y en el fondo hasta lo agradecía. Pero aquella decisión tomada en su favor, sin su conocimiento ni, quizá, su consentimiento, había abierto una brecha infranqueable con su madre. Doña Pilar ya no le había vuelto a preguntar, como hacía casi con ternura cada vez que la telefoneaba algún chico o asistían juntas al cine o al teatro, cuándo la iba a hacer abuela, pese a su juventud, ya que sus tres hermanos no parecían por la labor. Los hombres, ya se saben, pueden casarse tarde. Las mujeres, en cambio, se quedan para vestir santos. No había vuelto a preguntarlo: tuvo la oportunidad, aunque fuera forzada, y prefirió el borrón y cuenta nueva a la vergüenza o la desgracia de por vida. Y no se enteró nadie.
Sobre la mesa, el ABC de ayer, el chiste de Mingote recortado que doña Pilar seguía coleccionando por inercia, porque ya lo coleccionaba en vida su marido. El artículo en primera de Gironella, declarando que aún creía en los Reyes Magos. Silvia se fue a la cama pensando que por desgracia ella no creía ya en esas historias, como había dejado de creer ya en tantas otras. Mañana, al amanecer, no tan temprano como antaño, las dos mujeres solas de la casa se intercambiarían regalos: un collar, un reloj, una blusa, un pañuelo, quizá, ahora que Silvia había tomado la decisión de seguir escribiendo, una estilográfica. No habría sorpresas. Ni tampoco cariño. Ese puente se había roto en París, en la clínica.
Como en los viejos tiempos de la infancia, a Silvia le costó trabajo conciliar el sueño. Pero no por ilusión hacia lo que pudiera traerle el día de mañana, sino por todo lo contrario.






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