Se había quedado sin tabaco. Un enfermero le dio un cigarrillo, pero no tenía fuego, así que Alberto se pasó un rato jugueteando con él entre las manos, hasta que se lo guardó en el bolsillo. Nunca le había gustado el olor de los hospitales, y aunque la actividad a estas horas era tranquila y no había el típico bullicio de enfermos quejándose no dejaba de fastidiarle, y de sorprenderle, cómo un acción imprevista podía arruinarte la vida en un abrir y cerrar de ojos.
Volvió a sacar el cigarrillo y se lo metió en la boca, aspirando el tabaco ya humedecido. La culpa era suya, no del bueno para nada de Ricardo Ramos, se acusó. Si le hubiera dicho que no lo acompañaba, seguro que no habría tenido valor para presentarse él solo en aquella corte de los milagros en busca de un cura que se quitó de en medio en cuanto sonó el disparo, antes de que los demás comensales sujetaran al camarada del bigotito de Hitler y alguien menos bebido que el resto le hiciera un apresurado torniquete a Ricardo en la pierna y mandara al maitre, todavía maquillado de betún, a que corriera al teléfono para avisar a la policía y a una ambulancia.
Llegaron casi a la par, como si estuvieran esperando la llamada. La policía, a tomar declaraciones y a detener a quien fuera preciso. La ambulancia, a meter sin miramientos y con mucho esfuerzo al herido en una camilla y a salir pitando hacia el Hospital General. Alberto se había librado de pasarse las horas declarando ante la policía porque en el fondo no había visto nada, ocupado como estaba en llenar de arroz el plato, y fueron los caballeros mutilados y excombatientes quienes prestaron juramento e informaron a los dos números de la Benemérita. Al parecer, hubo acuerdo común de que en una discusión sobre señoras lo último que se saca es una pistola, que era precisamente lo que había hecho el hombrecito del bigote hitleriano. Alberto, que aprovechó la ocasión para meterse en el dos caballos, seguir a la ambulancia y acompañar a su amigo, apenas tuvo tiempo de ver cómo el detenido tiraba de credenciales y se cuadraba de la manera más marcial que le permitía su pierna ortopédica y todo el alcohol trasegado.
Ricardo dormía ahora, cubierto por una sábana hasta el pecho. Parecía tan tranquilo, como si haberle visto los colmillos a la muerte no significara gran cosa para él, así de inconsciente era. Una bala de calibre pequeño, bien lo sabía Alberto, puede matar igual que una nueve milímetros, pero todos los tontos caen de pie y el disparo de la Astra 200 había hecho un destrozo más llamativo que aparente. Esa misma herida en un hombro, como en las películas, habría permitido al muchachito bueno seguir disparando hasta que no quedara nadie en pie. En la vida real, y en la entrepierna, había sido un aguijonazo suficiente para que Ricardo se meara por las patas abajo y perdiera el conocimiento de puro miedo.
Le había tocado a Alberto lidiar con la más fea hasta que apareciera la guapa. El papeleo. Con tal de que su amigo no se muriera desangrado en el pasillo, firmó cualquier cosa. Siendo un día tranquilo, metieron a Ricardo en el quirófano de inmediato y la intervención apenas duró una hora. O la herida era en efecto de poca enjundia, o el cirujano tenía prisa por salir de guardia y ponerle los juguetes a su querida o a sus hijos.
La guapa apareció al filo de la medianoche, cuando lograron localizarla y darle la mala noticia. Charo. Abrió la puerta con precaución, acompañada de una monja de hábitos blancos y cara de Trotaconventos, y ahogó una exclamación de angustia. Alberto no supo si por ver a su marido inconsciente o por encontrarse con que él estaba dentro sentado. Corrió a la vera de Ricardo y se quedó allí plantada, inmóvil y nerviosa, sin saber cómo interpretar aquel silencio de su respiración entrecortada. Alberto se levantó de la silla, se metió de nuevo el cigarrillo en el bolsillo sin darse cuenta de que se le había roto entre las manos mientras la monja, que no sabía nada ni podía sospecharlo, los dejaba a los tres a solas.
––Dicen que no es grave –murmuró Alberto, la garganta seca––. Si no hay complicaciones, se recuperará en un par de semanas.
Charo no se volvió a mirarlo.
––¿Cómo ha sido?
––Una pelea de borrachos. Ya sabes cómo es él. Se enzarzó en una discusión estúpida y han acabado metiéndole un tiro en la ingle. Un poco más y no lo cuenta.
Charo se volvió entonces. En sus ojos oscuros había un brillo de lágrimas que no habían podido escapar de sus párpados cerrados. Hacía calor en la habitación y se quitó el abrigo con un movimiento líquido y felino, como se había quitado la ropa tantas noches para Alberto. Él contempló la boca carnosa, los pechos generosos, el talle estrecho y las caderas amplias que tantas veces habían soportado su peso entusiasmado. A su pesar, notó los principios de una erección. Era mucha mujer, Charo Moreno, demasiada mujer para un inútil como Ricardo, pero lo suficiente, quizá, para que hubiera estado dispuesto a dejarse pegar un tiro defendiendo una honra que durante más de tres años le había pertenecido a Alberto, a quien consideraba, sin serlo, su mejor amigo.
Se miraron a los ojos, sin hacer ningún comentario, compartiendo el pecado mudo que los había amarrado y ahora los obligaba a alejarse como un par de imanes que huyen, rechazados por el mismo polo. Los dos casados, los dos infelices, los dos entregados a una pasión salvaje que pudo haber acabado con ella en la cárcel y con él quién sabía dónde. Cuántas citas a ciegas, cuántos magreos en los cines, en coches prestados, en la redacción vacía que ahora Alberto llenaba alguna que otra noche de mujeres compradas que no borraban su recuerdo, en hoteles de mala muerte donde no miraban los carnets falsos y, ya cuando el frenesí no tuvo remedio, en la propia casa de Charo, mientras Ricardo trataba inútilmente de redactar un artículo o vender un seguro y dejaba vía libre al engaño. Alberto, que había conocido a muchas mujeres, nunca había conocido a una mujer como Charo. Y ella, que sólo había conocido a dos hombres, no había tenido más remedio que elegir al desgraciado que ahora, en la cama, iniciaba un ronquido tranquilo, como de niño pequeño que espera que los Reyes Magos no se olviden de su regalo.
––Hace mucho tiempo que no te veía, Alberto.
––Va para dos años.
––¿Y los niños?
––Bien, bien. El otro día estuve con ellos en el circo, y hoy habría visto la cabalgata de no ser… de no ser por tu marido.
––¿Y tu mujer?
Alberto se encogió de hombros. Charo comprendió. Se sentó en la silla, cruzó las piernas, y Alberto pudo ver una carrera remendada con tino en la media.
––¿Cómo te va a ti?
––Tirando. Madre y esposa de la misma persona. El día menos pensado seré viuda. O cogeré la puerta y me quitaré de en medio.
––¿Tan mal te va?
––¿Cómo quieres que me vaya? Si es que no hace nada a derechas. No tiene constancia, ni suerte, ni empuje. Pajaritos, sólo pajaritos en la cabeza. Se empeña en ser periodista y no sabe hilvanar dos frases que tengan sentido. Cree que vendiendo enciclopedias puerta a puerta, o Magefesas, o seguros, se hará rico y me tratará como a una reina –Charo rió sin humor ninguno––. Y ahora cree que podrá zanjar todas las deudas que tiene encima cobrando una herencia.
––¿Y no es así?
––¡Y yo qué sé! Ricardo ha nacido para ser el primero en creer sus propios embustes. Lleva toda la vida esperando que se le muera un familiar, un tío abuelo por parte de madre, creo, en Alicante. Para heredar unas tierras. Y el tío abuelo se muere hace mes y pico, le salen sobrinos hasta debajo de las piedras, la familia, que es igual de tarada que mi marido, se lía a mamporros, se dicen de todo, buscan a un abogado aunque Ricardo decía que él lo arreglaba todo por su cuenta…
––Pero no lo arregló, claro.
––Ni siquiera en la familia lo esperaban. No aparecen papeles por ninguna parte. Nada que demuestre quién es el propietario real de las tierras.
––¿Para eso buscaba al cura?
––Se le ha metido entre ceja y ceja que el cura sabe dónde están los documentos.
––¿Y es así? Sabes que yo me fío más bien poco de los curas.
––¿Qué más da? El plazo de presentación de alegaciones termina en un par de semanas. Si no, las tierras pasarán al ayuntamiento del pueblo. Y quien sacará tajada será cualquiera menos nosotros. Y ahí lo tienes, en el séptimo cielo. Cuando pueda salir de aquí, será tarde. Pero te juro que no me quedaré a sonarle los mocos esta vez. Antes, me dedico a la vida.
Alberto extendió una mano, tocó brevemente la mano de Charo. Notó poco la descarga eléctrica. Se puso en pie. Recogió el abrigo.
––Vimos al cura en esa fiesta –dijo––. Si Ricardo no hubiera sido tan impetuoso, o no hubiera estado tan bebido, habría podido hablar con él esta misma tarde. En cambio, prefirió arriesgarse a convertirse en eunuco.
––Para lo que le sirve la hombría…
––Vi al cura un momento, en medio del barullo. Pero si está en Colmenar Viejo, y con un nombre como el que tiene… no creo que sea difícil localizarlo. El dos caballos está aparcado ahí abajo, ¿te importa que lo coja?
Charo alzó la cabeza.
––¿Para qué?
––Si el tiempo apremia, puedo ir a hacerle una visita mañana o pasado. Cuando pase la fiesta y deje organizado el trabajo en la redacción.
––¿Lo harías por él?
––No –Alberto sacudió la cabeza––. Lo haría por ti.
Salió de la habitación. Necesitó inspirar profundamente el fresco de la noche para espantar el olor a desinfectantes y el otro olor más doloroso del perfume de Charo. Miró la hora. Las doce y media. Se había perdido la cabalgata, como ya sabía. Entró en el coche aparcado y le costó arrancarlo. Cerraba los ojos y en las retinas sólo veía la boca de Charo, el cuerpo de Charo, las noches con Charo. Ricardo no lo sabía, pero debía a su esposa las copas que Alberto le pagaba, los favores que le hacía, los capotazos que le echaba. Por una sensación de culpa, posiblemente. Porque había traicionado a un amigo y la vida de siete personas había hecho equilibrios en la cuerda del escándalo y las murmuraciones. Nadie tenía derecho a empezar de nuevo. Los errores se soportan o se expían.
Enfiló la Gran Vía arriba. Casi la una. En Galerías Preciados estarían vendiendo de saldo los juguetes que sus hijos no imaginaban que mañana tendrían.

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Comentarios

1
De: RM Fecha: 2016-03-15 12:15

... y hasta aquí llegamos. Creo que fue una lástima abandonar la historia.



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